Vargueño de saudades,
de José López Prudencio.
LA
FAJA Y EL ÁNGELUS.
OFRENDA.
El autor ha querido que las
añoranzas y sensaciones, sugeridas por un libro viejo, queden
en estas páginas a la manera que se conservan, olvidadas y
polvorientas, en los carcomidos plúteos de un viejo vargueño,
las bagatelas que el tiempo convierte en reliquias evocadoras. Y las
ofrece, como una flor de recuerdo, a la memoria de su hermano, don
Francisco López Prudencio, un pobre peregrino de este mundo
que a los treinta y cuatro años vio caer sobre la claridad
meridiana de su vida, la noche de la muerte, con heroica y santa
resignación cristiana, el día 12 de enero de 1909,
dejando sólo en el alma de los suyos el perfume oloroso de su
recuerdo.
La tarde está opaca,
cenicienta, fría; llueve copiosamente; la lluvia abrillanta
los tejadillos de la catedral que se empinan tras de las toscas
almenas, unas almenas adustas y feudales que festonean los recios
muros como único alarde de crestería y cornisamiento;
bajo el almenar, de trecho en trecho, en vez de gárgolas,
grifos o dragones, hay unos canalones de hierro; por cada uno de
ellos, en esta tarde encapotada, brolla espumoso raudal que, en
amplia comba, cae con estrépito sobre los guijos de la
plazoleta, destacando el verde de las finas yerbecitas que crecen
entre sus junturas.
Ha acabado el coro; en el
zaguanete de la puerta de San Blas aparece nuestro clérigo
embozándose, recogiendo sus manteos y su ancho balandrán;
abre el enorme paraguas encarnado, y guarecido bajo su amplia copa,
se arriesga al descenso de la escalinata de granito y a la travesía
de la plazoleta, sorteando los copiosos surtidores de los canalones;
gana la acera y, con toda la precipitación que le permiten sus
pies nudosos y torpes, se refugia en su casa, renunciando al
cotidiano paseo con dulce resignación.
En estas tardes es cuando más
utiliza nuestro clérigo este pequeño librito. Él
es el encargado de hacer todos los años la cartilla litúrgica
de la diócesis; ¡de cuántas dudas le ha sacado
este folletito viejo con su alfabeto gótico, el de los
manuscritos del siglo XIII al XVI, el del misal mozárabe de
Toledo y hasta la tabla de la numeración antigua! Sentado a la
camillita que pone junto a la ventana para aprovechar la luz, ante
todo, rompe la faja de El Correo Español, su única
pasión, su única lectura recreativa; lo desdobla
pausadamente, lo lee con detención desde la primera línea
hasta la última; ¿cómo no leerán este
periódico todos los españoles? ¡Ah! Por la
contumacia maldita de no leerlo, se explica nuestro clérigo
todos los males que afligen a este pobre país. Desalentado,
entristecido con esta consideración, aparta el periódico
y se entrega de lleno a su alta, a su grave, a su difícil y
trabajosa misión de confeccionar la cartilla y a contestar las
cartas de los clérigos que le piden ejemplares; para toda esta
labor consulta a menudo nuestro librito, y el dato más
interesante, el hallazgo que más le satisface, el que más
ha de utilizar, lo registra con la fragmentaria faja de El Correo:
esta misma faja que yo he encontrado entre las páginas
amarillentas señalando su último hallazgo.
Cae la tarde; la luz se va
enrareciendo y ya no le permite proseguir su tarea; la lluvia
prosigue su téntiga salmodia; nuestro clérigo queda
pensativo contemplando los terrosos muros de enfrente, la puerta
chiquita que da a un patinillo sombrío y empedrado; por allí
se entra a las bodegas, a los extensos y numerosos alfolíes,
laneros, bodegas que allá, en los tiempos florecientes de la
piedad española, se atestaban con los pingües bastimentos
de aceites, lanas, granos y demás copiosos frutos que rendían
las fecundas dehesas del cabildo.
Solemnes y reposadas suenan en
la torre las campanadas del Ángelus, interrumpiendo las dulces
meditaciones de nuestro clérigo; se levanta, y buscando en sus
enormes bolsillos el rosario, se va con pasitos lentos y torpes a la
habitación donde le esperan las señoras silenciosas,
enmantonadas, envueltas en la penumbra y en un suave perfume de
manzana que se quema en el brasero. El golpeteo uniforme de la lluvia
se une a la solemne monotonía del rezo como el rudo
acompañamiento de un órgano misterioso, ancestral, de
edades primitivas, lejanas...
Tomado de Manuel Simón Viola, La narración corta en Extremadura,
Servicio de Publicaciones de la Diputación de Badajoz, Badajoz, 2000.