Trofeos de raza, de Rufino Delgado Fernández.



PRELUDIO



No escribí este librejo con la creencia
de derrochar las galas de la poesía;
lo escribí como apuntes de la experiencia
libre de adulaciones y fantasía.


En él no hay voces bellas, ni de violines
las cadenciosas notas que halagan tanto;
ni encontrarás perfumes de los jardines,
ni de doradas jaulas pomposo canto.


Si en él encuentras flores, serán sencillas,
nacidas de la propia naturaleza:
flores que al lado nacen de las semillas
y que alegran los trigos con su pureza.


Flores que adornan vegas, valles y prados
y que de esencias gratas los campos llena;
son alientos de jaras que van mezclados
con romero, tomillos y yerbabuena.


Sus orquestas son gratas, y forman parte
los silbidos de flautas de pastorcillos,
los cantos de las aves y otros de arte
que con las alas hacen los negros grillos.


No encontrarás sonetos ni madrigales
dedicados a ninfas de bellos ojos
y manos nacarinas, que entre cristales
disfracen sus anemias con tintes rojos.


Las mozas de mi libro son sanas, puras,
con bellezas de nieve y labios de grana;
sus rostros son hermosos, y sus figuras
van derramando gracia por las besanas.


Las hay morenas, llenas de gracia y vida,
que en los sembrados muestran su gentileza:
todas a sus encantos llevan unida
virtudes, sentimientos, honra y pureza.


Sus palabras son toscas, pero sinceras,
y para nada estiman sus rostros bellos:
saben que las bellezas son pasajeras
y que vuelven en plata rubios cabellos.


No encontrarás varones afeminados
de esos que se enamoran de la elegancia,
de sombreros, de trajes y de calzados,
y que en grandes espejos ven su arrogancia.


Los machos de mi libro son fuertes todos,
sin que ensayen sus fuerzas para los circos;
las hicieron luchando de varios modos:
descuajando asperezas, labrando riscos,


Forjando en los talleres esos herrajes
con que los campesinos labran la tierra;
ni admiran oropeles en los ropajes
ni amasan sus aceros para la guerra.


Y no es porque en sus manos no esté segura
la espada que a Pizarro le honraba tanto:
hoy tiene iguales hijos la Extrema-dura,
y a ninguno la lucha le causa espanto.


Pero estos son modernos conquistadores,
y no quieren inicuas y absurdas leyes;
prefieren más las luchas por sus amores
que estériles consejos de avaros reyes.


Saben que de guerreras glorias ganadas,
suelen ser las grandezas sangre y escombros:
y los premios son luego cargas pesadas
que aniquilando llegan sobre los hombros.


Las armas de sus luchas ellos las baten;
pero no las emplean para la ruina:
las usan en los campos donde combaten
a la naturaleza bella y divina.


Y ella, al esfuerzo rudo de los guerreros,
vencida y generosa, muestra sus dones:
verduras, luego espigas, después graneros,
que es la paz y la gloria de estos varones.


También en el librejo que vas leyendo
has de encontrar personas ;
yo todos sus errores voy reprendiendo,
lamentando angustiado sus tristes males.


En él también incluyo a las mujeres
que gozan murmurando de ajenas vidas:
éstas faltan ingratas a sus deberes
imprudentes causando tristes heridas.


Como soy fiel testigo, nada exagero,
y obras malas y buenas te las presento;
cumplo lo prometido siendo sincero,
ahora tú juzga libre mi pensamiento.









TRISTEZA



Voy a contaltí aqueyo, mujel mía;
te voy a icil las gielis de mi alma,
el por qué de chequinu
siempre quería estal solu en la montaña;
el por qué no reía
cuando diva a tu casa
y estaba siempri serio, siempri tristí,
como las nubes pardas.


Yo nunca tuví padres,
juí hijo de la desgracia,
juí un pilongu, ya ves, un hespiciano,
un naide, un peazo e zarza.


Solu tuví querel de dos presonas:
de tío Lino y tía Cándida;
los dos que me sacaron del hespicio
pa tenelmi con ellos en su casa.


Eran dambos tan güenos y sentios
que algunas vecis me nombraban...
¡y si vieras, mujel, cuánta alegría
al oilos icil esa palabra!


Entonces de repente toas mis gielis
ajuían de mi alma,
como ajuyen los lobos del cordero
al sentil los pastoris que lo guardan.


En el pueblo, en ves de Federico,
pilongu me nombraban;
las madres no querían vez nenguna
el velmi con sus hijos pá la plaza;
yo siempri estaba solu,
y por esu me diva a la montaña.


Yo era pa toa la jenti como un trapo
lleno de repununza;
los que mejol chalral quisun conmigo
me jerían más fuerte con sus chalras.


Unas vecis me iclan: -Pilonguinu,
el velti siempri solu mos da ansia;
mos dueli que los mozus del lugal
tos te ajuyan la cara,
como si tú tuvieras culpa alguna
de otras presonas malas.


Yo antoncís no poía estal oyendu,
y ajuía corriendu a la montaña,
a lloral ayí solu toas las gielis
que ajogaban mi alma.

No quería pensal si tenía padres,
y con ellos ca y cuando me soñaba;
los vía cerca e mí, yamalmi hijo...
¡qué dulcis me sabían sus palabras!

Yo abría los brazos pa apretal a dambos
y ellos tamién mu juerte me abrazaban;
dicían que eran felices con jayalme
y que todas mis gielis los contara;...
yo antonces las icía...
¡Y si vieras qué tristis se queaban!


Antoncis me jacian más caricias
y me daban más besos en la cara;
mí madre me cogía como a un neni,
Iciéndome: -¡Hijo mío de mi alma...!
Qué alegre estaba yo, mujel quería,
cuando to estu soñaba,
y qué tristí, qué tristi iba queando
al dispertal solinu en la montaña.