Consumación
de la primavera, de
Santiago Corchete.
ANTÍFONA
DE LUZ
I
Esa voz marcescente que
despierta
poro a poro el acopio de vivir,
y riega con sus llamas
insurgentes
el pulso de la tierra; que
amanece
de murmurios y sin vacilación
en los labios de mórbidos
parénquimas,
abriéndose al azar
cuando todo se enciende de
equinoccios
y conquistas, ya húmeda
la sed,
posesivo y también
progresivo, proteico,
prometeico,
difuso y apremiante.
Ese don, esa fe, esa constancia
que pervive en la urdimbre de
las cosas
hasta hacerlas milagro
repetido,
cuando los ojos hablan a los
ojos
acogidos al tímido
rescoldo
de la adolescencia:
ese amor
potestad de dominios que, cual
luna,
recorriera los ámbitos
del cosmos
y alumbrara el vacío con
la misma
certera asiduidad,
que una gota de agua
fertilísima
dispuesta a fecundar a los
océanos
con semillas de hondas
redenciones
incoloras y urgentes porque
cíclicas.