En
la ciudad el viento, de
Santiago Corchete.
V
DE IMPROVISO, salimos de la
infancia
con los ojos repletos de
colores
y las manos del hambre en los
bolsillos.
La calle nos abrió a la
vecindad
y el barrio a su indulgencia,
pero fue
muy grato saludar cada mañana
la llegada del sol hasta las
copas
más altas de los
árboles, y oír
el canto de los pájaros
volver
a llenar de alegría
nuestros ojos;
lentamente, sin prisa en el
reloj,
la vida comenzó a
proporcionarnos
una vaga y agraz fisonomía
de poeta filósofo en
ciernes.

VI
FUERON años oscuros con
mil cosas
escasamente libres: alimentos,
ideas, adhesiones, voluntad,
y aquella vigilancia enmarañada
que añadía
temores a la infancia,
con la opaca sospecha del
vecino
presente en una atmósfera
de odio
y de desconfianza. Cierto día
suscribimos un pacto con la
vida,
y aceptamos quedar desheredados
para siempre de toda propiedad;
pero no renunciamos al amor
y, convictos y adictos a su
luz,
firmamos serle fiel hasta la
muerte.

IX
Amábamos la noche con pasión
firme, ancha y profunda; conseguimos
habitar su extensión y, displicente,
se entregó a nuestro afán como una rosa
temprana, desmedida y holocausta.
Por eso que escribir es una causa
perdida de antemano, cada noche
constituyó un capítulo del libro
supuestamente escrito con palabras
heridas de grandeza; todo fue
posible en su regazo misterioso:
los sueños, la ilusión, y convocar
aquella mariposa que llegaba
en la aurora de cada amanecer.

LISTOS
PARA ZARPAR
(a
Robert L. Stevenson)
Partir es comenzar a regresar
temerosos de no llegar a
tiempo.
Nos fuimos alejando cada vez
más dentro de nosotros,
y anclados al arpón de
la costumbre
presagiamos un mar embravecido
detrás del horizonte.
Qué impaciencia
de novatos grumetes esperando
que amainara sus furias
barlovento;
así permanecimos, con la
duda
condensada en los ojos, sin
saber
la fecha ni la hora ni el lugar
de la ansiada partida.
Mas inútil
es creer que el velamen esté
listo
tras el largo cansancio de
añorar
el regreso; no obstante
preguntaba a diario al Capitán:
Señor; ¿cuándo
partimos?, pero siempre
con gesto dilatorio respondía:
Mañana nos haremos a la
mar.

PAISAJE
DE NIÑEZ
¿Cómo
era, Dios mío,
cómo
era?
JUAN RAMÓN
JIMÉNEZ
Llévame a visitar
aquella luz
que un día atesoramos en
la fe
radiante cuando jóvenes;
al menos
déjame la ilusión
restablecida
de creer que está todo,
porque inmóvil,
amarrado a los hilos invisibles
de alguna dimensión que
se ha salido
del espacio y el tiempo.
Déjame
recorrer los caminos de esta
luna
propicia que me late, de este
afán
que me ahonda y asombra, de
este fuego
que me alumbra y deslumbra;
hace ya
miles noches vacías que
no existo,
y es inútil abrir el
grifo lento
de las horas lloviendo,
porque el tiempo no duerme en
el reloj
sino que en unidad con el
espacio
forma parte de él.
Por eso, llévame
de nuevo a aquel jardín
que descubrimos
con los ojos del alma, cuando
el día,
los árboles, el río
y las campanas
del mundo rebosaban de
clemencia.
Siempre el paisaje está
muy por encima
Del humán que lo habita,
y es ocioso
Sentirse superiores siendo
esclavos
Porque el paisaje es dueño
de sí mismo,
Territorio que el tiempo, y el
espacio
Forjaron despaciosos al
unísono:
Dejadme frecuentar la
intensidad
De aquel hermoso sueño
primordial
En donde nací y estuve hombre.