Fantasía en la plazuela, de Pedro de Lorenzo.



LA FIRMA


La vivienda de Alberto ocupa el ala izquierda, tercera planta, exterior, con cuatro balcones de barandaje corrido sobre la glorieta de los Melancólicos. Es un cuarto de largos pasillos y habitaciones entarimadas, altas de techo, espaciosas. Por la escalera interior, Alberto pasa a la terraza. Hermosean las vistas, en el confín la sierra, el fasto de los crepúsculos, de claras tintas ahora, con el alba. Ha madrugado Alberto; le horroriza la oficina, sin antes subir, sumirse en la membranza, entre sus cuadros, coger aquí un pincel, mover un lienzo, contemplar las paredes de su estudio.

¡Para esto se aplicó! Evoca y se ve en la ciudad, capital de tercera, cursando el grado. No era un vocablo extraño, “grado”, pero nunca más habría de oírlo en su vida nueva, desde que se vinieran a Madrid. En la provincia, apenas se usaba bachiller –“bachiller en artes, borriquito en todas partes”-, bachillerato, sino grado; un castellano limpio: se decía escribiente, bracero, casino, barbería, imprenta; raramente funcionario, proletario, café, peluquería, papelería. Tampoco, ni en labios cultivados, disonaban “plebiscito”, “hinóptico”, “ojecto”....

Alberto sospechó que en los seis cursos del grado no alcanzara el conveniente conocimiento de los clásicos. Sólo que, en la sospecha, puso años de tardanza... Sí que, graduándose, le ha sido posible concurrir a las oposiciones, sentar plaza, casarse. Ya, es oficial administrativo. Ya el porvenir lo tiene asegurado: setenta años y, cuando menos se podrá jubilar jefe de negociado de segunda, con todos sus derechos, pasivos máximos, como un señor sargento licenciado antes del año de gracia de... ¡Qué estupidez!

Dudó, mirando la estufa, sin decidirse a encender. Se tiró en el sofá. Ya pronto la oficina, la firma. Ya las pintadas vistas, los paisajes que la mañana fuera enmascarando en los bastidores del ventanal, ¿a quién desvelarían? Los propios cuadros, ¿para qué? Los bocetos esperaban su voluntad de mano tesonera, abandonados, vueltos contra la pared. No, preferible ir dejándose y ahora, a la luz de la memoria, contemplar el políptico, la exposición de cuadros de su pasado.

Se deseó escultor. Le acongojaba la vida de aquella capital, sin obra ilustre, sin colecciones ni museos. Insensiblemente, su interés se desvió, ganado por la pintura: desde el primer lápiz, desde los ejercicios de la primera copia, sus gustos de principiante no le hacen sonreír; hoy ve como un signo propiciatorio y patético el que ya entonces se gozara en lo grandioso, lo convenido por el halago, el gusto común de un público de burgueses de zarzuela, amigos del folletín y el buen tono. Sólo muy lentamente vendrían las rectificaciones, el aprecio de las obras cuyo conocimiento no se adquiere por su noticia en los catálogos.

Le contristaba reconocer que para él, por muchos años, el arte fuera motivo de vanidad, un entretenimiento quizá ennoblecido, pero con su tanto de puramente lúdico. Entre los primeros apuntes, la espuma de sus juguetes de niño. Joven, alternó bocetos y naipes; si abandonó sus muñecos, es que se había procurado uno, vivo y delicioso: Estrella..

Tal vez enamorado de ese nombre, por el capricho de vocablo tan mágico y significativo, que pronunciaba Stella, con música de letanía -Turris eburnea, Rosa mystica, Domus aurea, Stella matutina---, le consagró sus preferencias: estrella de la mañana, torre de marfil... Amor, arte y soledad; su casa de oro, la rosa de su corazón. Huérfano temprano, apenas adolescente se emancipó; aceptó sin reservas las cuentas de la tutela, desoyó todo consejo, se casó.

Sumido en los recuerdos, no siente hoy Alberto ganas de pintar. Tampoco se decide a sus problemas de hombre -¿la profesión, la vocación?-, ni aun se interesa por los lienzos últimamente esbozados. Y continúa, absorto de la inquietante íntima exposición colgada en las galerías del alma. Se detiene en uno, en otro, ante los mil y un cuadros que sueña. Su temática, para esta exposición, es la soledad del hombre. Hay una marina de cielos altos, limpios; las aguas pálidas; y en lejanía, sobre el azul purísimo, la blanca vela apareciendo, a la derecha, en el horizonte, indefensa y altiva, solitaria, apenas lienzo y móvil, como un milagro de ingravidez en la acechante dureza sobrecogedora de la mar en calma. Junto a la marina, un cartón que en el catálogo sentimental de Alberto se rotula: “Es otoño y atardece”. Nubes de brasa pasada, colérico el aire, resoles de rojo en negro, ni un solo ser sobre la tierra, calcinada; un árbol ni un camino, o un pájaro, o una flor.

La paleta de Alberto juega escasos colores; tesoneros de la idea, se impone austeridades, cuidoso hasta la minucia, amante de una profundidad de fondos desolados. Es la pintura cuestionable, es esto: el hombre y su problema. Por ejemplo, esta tabla: un interior, una salita en abandono; en la mesa un telegrama abierto; frente a la ventana, de par en par, a través de la reja, el reloj de péndulo; las primeras sombras pugnan por adensarse en los rincones, señorean la vespertina luz en retirada; unos pétalos han caído del búcaro, en la mesa; las manecillas del reloj marcan las once; una saeta al once, la otra al uno, que vale por 11,05, por 12'55; la penumbra ha subido y ha rebasado la esfera del reloj; no es posible precisar...

Inmediatamente, como Alberto piensa en imágenes, se figura otra tabla: muro y ventana; en el hueco, una hoja de cristales; en la otra hoja, abierta; para un espectador situado al fondo de la estancia, la ventana enmarca un mismo paisaje, pero visto a través de dos tan distintos elementos como los reflejos en el cristal y la sensación de lejanía que en el cuadro pone la cristalinidad del aire.

¡Qué firme el sol, qué alta la mañana! No sabe si se quedó unos minutos dormido. ¿Minutos? Le sobresalta oír abajo la puerta que se abre, que acaban de cerrar. Se incorpora. Tropieza en un caballete; lo aparta, y repara en la acuarela no concluida, pendiente de los últimos baños; es tema mínimo, pero todo un mundo, el mágico mundo del papel. Las pajaritas de papel; las estrellas: clavadas en un cielo de luz ática, entre rayos de hielo; se atropellan los poliedros de un acantilado; y en el mar, tintas que gradualmente se alejan, progresivamente aguadas, un barco de papel de periódico; niños sin corazón se estampan en las casitas o recortan osos y ángeles en la pizarra del castillo negro.

Echa una tela sobre el caballete y se acerca al mirador. Pegándose a los cristales; se volvería niño, pero lo impide la quilla de la nariz, que no se achata contra el cristal, como entonces, desafiante de las gotas que llovían por el vidrio, él burlándose de que jamás le mojaran. La calle ahora está más honda y esta casa no es alegre ni suya como en la vieja ciudad. Las copas de los árboles no andaban por la calle; eran árboles de verdad, porque la ciudad acababa y venía el campo. Ahora... Diez años casado. Raudo, el sol ya ilumina la línea de los pinos, allá, camino de la sierra. Sigue atento la calle. Ya sus mañanas han desaparecido; la noche de Alberto crece, fabulosa, porque su oficina es un interior frío, sombrío, y le parece la negra noche de un mundo condenado, un mundo que no goza de luz ni de calor.

Los hijos van creciendo: Lina ha cumplido ocho: ¿Eugenio? Sí, los seis años que Alberto lleva en la oficina. ¿Por qué se le ocurrió solicitar? Ciertamente había sido juventud cobarde. No fue de vocación débil; pero carácter indeciso. Le habían consentido, le habían dispensado de resistir, de oponerse, de luchar. La falta de contrarios no es una felicidad, más bien desatino de educación; quizá ya fuera tarde; ya quizá no entendiera que no siempre es en el “sí” donde uno se afirma. Alberto era de natural obediente, manso de inclinación; en su agenda, si al empezar enero, para norte del año, copiaba: “Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde corazón”, Mat. 11, 29; al enero siguiente elegía, de pan espiritual, las palabras de Filip, 2, 8: “Y en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte”...

-¡Ahivá, Stella!

Cruza la calle; la ve atrochar por el desmonte, entrar en los jardines, perderse entre la fronda de la Cuesta; va con los niños; al colegio, naturalmente. En Alberto brinca un desasosiego extraño, las paredes del estudio le oprimen, se retira del ventanal, se precipita. Hoy... Ya no llega a la firma. “Falta de puntualidad”; quizá peor, quizá “Falta de asistencia”... Señor, hazme obediente, ruega Alberto; menos inútil mi sumisión, padecida, más todavía. Ya no ve a Stella. Nunca le fue posible copiar la cabeza de Stella. ¿Por qué a veces piensa ... ? Peligroso pensar, querido: se notan diez años de casados; quizá no fuera tontería darle su vuelta al vocablo: ¿Cristalización? Descristalización. ¡Sí, puede ser algo sin remedio! En el sentimiento, ¿y quién manda? Pero, ¿depende de uno? ¿Cómo creerse tan seguro y prometer? Viene lo malo, pues la mañana para la oficina; la tarde, el otro empleo. ¿Cuándo ya con los niños, cuándo Stella? Hasta renunciaría a pintar...

Ya no llega a la firma. ¿Pintar? Quizá con suerte, encontrando taxi abajo... Alberto se decide. Vale probar. Atraviesa la estancia. Y en ese rincón, de golpe...

El lienzo más amado. No ha puesto mano en él. ¡Ay, sería la gran obra! Le quita el polvo, lo lleva al sofá, mira su nitidez de alba, ávido; le pone título: entre dientes, “Encadenado”. Hay una luz altísima; como la fulgencia de un rayo de alta tensión, sostenido en su relumbre. El águila, invisible, pero de anchas alas que pesan sobre la faz de Prometeo. En los confines, allá del mar, la escarpada roca. Hacia ella caminante un hombre todavía joven, la figura vencida por la pesadumbre del caviloso. Alza un rostro por hacer, en el que Alberto sólo presiente lo que será el mítico ceño de resolución obstinada; la mano derecha contiene su costado; desde el cenit, fuera del cuadro, la sombra de las alas de un avión, el águila, sombra que baja y entenebrece la decisión del hombre que camina. Apenas esbozados, los ojos, impasibles, fijos en la roca. Encadenado. La cadena son esos pies, hondos en el suelo. En el brazo izquierdo, caído, echado atrás, la brasa de la antorcha: una linterna, de luz enrojecida porque la luz escapa entre los dedos que la rodean y se crispan. Pensando en esos dedos, sus dedos despulsándose, ahora, ¡cómo firmar!

Alberto coge la paleta, conjuga rabioso las tonalidades, los fríos fondos. Ya se endereza el sol. También, y es el sol, se sube por las paredes. Y Alberto, que hoy no firma, trabaja. Para la mariposa y el caracol, trabaja. Despiadadamente. Trabaja.




Tomado de Manuel Simón Viola, La narración corta en Extremadura, Servicio de Publicacio