Romance de La doncella guerrera.

 


En Sevilla, a un sevillano,
siete hijas le dio Dios,
todas siete fueron hembras
y ninguna fue varón.
Y la más chiquerretita
a lo que se prometió:
a servir al rey un año
disfrazada de varón.
Al montar en su caballo,
la espada se le cayó.
Por decir: «maldito sea»,
dijo: «maldita sea yo».
Al rey, que la estaba oyendo,
de amores le cautivó:
-¡Ay madrecita, ay Dios madre!
que yo me muero de amor;
que el caballero don Marcos
es hembra, que no es varón.
-Convídale tú, hijo mío,
a comer contigo un día,
que si ella fuera mujer,
silla baja cogería.
Toditos los caballeros
se sientan en sillas bajas,
y el caballero don Marcos
ha cogido la más alta.
-¡Ay madrecita, ay Dios madre!...,
-Convídale tú, hijo mío,
a comer peras un día;
que si ella fuera mujer
el pecho se llenaría.
Toditos los caballeros
las peritas se guardaban,
y el caballero don Marcos
se las regala a las damas.
-¡Ay madrecita, hay Dios Madre!...
-Convídale tú, hijo mío,
a correr contigo un día:
que si ella fuera mujer
al punto se cansaría.
Toditos los caballeros
en seguida se cansaban,
y el caballero don Marcos
no corría, que volaba.
-¡AY madrecita...
-Convídale tú, hijo mío,
a baños contigo un día;
que si ella fuera mujer,
nunca se desnudaría.
Toditos los caballeros
se empiezan a desnudar,
y el caballero don Marcos
ha comenzado a llorar.
-¿Por qué llora usted, don Marcos?
-Porque debo de llorar
por un falso testimonio
que me quieren levantar.
-No llores tú, reina mía,
no llores, mi alma, ¡por Dios!
Que eso que a ti te entristece
desea mi corazón.


Tomado de Bonifacio Gil, Cancionero infantil, Madrid, Taurus, 1981.