Romance del Crimen de Cabezuela.

 



En una preciosa aldea
de la hermosa Extremadura,
que se llama Cabezuela,
vivía Antonia Delgado,
joven de brillantes prendas:
apenas cumplió tres lustros,
o vio quince primaveras,
de esta tal se enamoró
Juan Francisco de las Heras;
con el fin honesto y casto
de desposarse con ella,
según que nos lo previene
nuestra santa madre Iglesia.
Estando para casarse
sucedió la suerte adversa
de que cayese soldado
en la rematada guerra;
a su destino marchó
lleno de angustia y de pena,
y la Antonia se quedó
transformada en Magdalena,
siendo sus ojos dos fuentes,
que noche ni día cesan.
Pasados algunos años
tuvo por noticia cierta,
que Francisco había muerto
en una acción muy sangrienta.
Cuando esto se divulgó,
se presentó a la doncella
Alejandro Carrascosa,
y pidió su mano bella.
Antonia se la otorgó
y los padres con presteza
disponen el matrimonio
y la boda se celebra.
El cielo les dio una niña
que era la gloria completa
de aquellos finos amantes,
de sus abuelos y abuelas.
Pero como la fortuna
no tiene su rueda quieta,
y la serpiente infernal
solo trastornos inventa,
de la noche a la mañana
Juan Francisco se presenta,
causando asombro a toditos
los vecinos de la aldea.
Pronto le dan la noticia
de que su novia se encuentra
ya casada, y que tenían
una hermosa hija tierna.
Disimulando su furia
aquella horrorosa hiena,
áspid convertido en hombre,
y basilisco en fiereza,
fingiendo que se alegraba,
dijo sea enhorabuena.
Se salió para paseo
y con la Antonia tropieza,
mas con mil zalamerías
la dijo de esta manera:
“Dios te guarde, amada Antonia,
¿cómo te va, dulce prenda?
¿Te trata bien tu marido?
Dímelo, que si supiera
te mirara en malos ojos
de puñaladas le diera.”
La joven le contestó
que se hallaba muy contenta,
muy estimada y en paz,
que era cuanto hallar pudiera.
Después de varias razones,
y sabiendo estaba fuera
el marido de la Antonia,
le dice: “Sólo quisiera
que me hicieses un favor”,
contestándole la honesta
y virtuosa muchacha
“pídelo, como no sea
en ofensa de mi esposo
por concedido te queda”.
“Te quiero mucho, Antonia,
para que imaginar puedas
que yo había de ofenderte
ni por asomo siquiera.
Es el caso que esta noche
hemos dispuesto una cena
entre cuatro o cinco amigos
y no queremos que sepan
de nada nuestras familias;
con que así, si tú quisieras
la hiciéramos en tu casa,
el favor se agradeciera.”
La amable Antonia responde:
“Si es esa friolera,
a la hora que tú digas
yo te la tendré dispuesta.”
“No es menester te incomodes
que por que sea completa
nuestra broma, entre los cuatro
hemos pensado el hacerla.”
Se despidieron entrambos,
y él besó la niña bella,
diciendo: “Dios te bendiga,
hermosísima azucena”.
Serían como las ocho,
llaman los cuatro a la puerta,
abre la Antonia y entraron
con muchísima cautela,
diciendo: “No hacer ruido
porque alguien no nos sienta”.
Se meten en la cocina,
empiezan a partir leña,
ponen la sartén al fuego
y con aceite la llenan.
Llama Francisco a la Antonia
que estaba dándole teta
a su desgraciada hija
y al instante se presenta:
“¿Qué quieres, Francisco?”
“‘¡Qué he de querer! Considera.
Quiero que estés con nosotros
y disfrutes de la fiesta”;
y tomándole la niña
al momento la degüella,
sin que la infeliz madre
el libertarla pudiera.
Sin aliento y sin palabra
la triste madre se queda,
y aquel impío verdugo
a hacer tajadas empieza.
Fríen aquella paloma
y al punto paran la mesa,
y para dar más tormento,
a la madre luego ordenan
que vaya y que traiga vino
para celebrar la cena,
acompañándola uno
con una orden expresa
de que al menor movimiento
de acción, de palabra o seña
que en la muchacha advirtiese,
de puñaladas le diera.
Le dan la bota y dinero
a la afligida cordera,
y con el otro a su lado,
se dirige a la taberna,
pide el vino, y al pagar,
le aprieta a la tabernera
la mano; mas ella, astuta,
cayó al instante en la cuenta
de que algo le sucedía
a Antoñita la de Hera.
Le da parte a su marido
y le dice a toda prisa:
“Ve y avisa a la justicia,
y que sigan las huellas
a esa infeliz criatura
que con peligro se encuentra.”
El prudente tabernero,
más veloz que una saeta,
reúne unos paisanos
y marchan a toda prisa
a casa del señor alcalde,
quien con suma ligereza
acude a casa la Antonia
y con su gente la cerca.
No se oía ni una mosca
cuando uno de ellos observa
que la puerta de la calle
estaba medio entre abierta.
La empuja poco a poco
y con el alcalde entran
otros tres y con silencio
hasta la cocina llegan,
donde oyeron que Francisco
obligaba con soberbia
a que comiese la madre
de aquella inocente presa,
diciendo, si no comía,
lo mismo haría con ella.
Prepararon los fusiles
y al golpe los cuatro entran
y los sorprenden sentados
sin que moverse pudieran.
La infeliz madre que vio
gente que la socorriera,
con lágrimas abundantes
y las rodillas en tierra,
cruzadas entrambas manos,
decía de esta manera:
“Justicia, señor, justicia,
señor alcalde, clemencia,
de aquesta angustiada madre
mirad esta niña tierna
que está frita en la sartén,
aquí tenéis la cabeza.
No queráis que sin castigo
se quede esta atroz tragedia.
¡Ay, Alejandro, ven pronto!
Pero no, tente, no vengas:
no te acerques, que no sabes
lo que en tu casa te espera.
Yo fallezco, Jesús mío,
en esta hora postrera,
no desamparéis mi alma,
recogedla, pues es vuestra.”
Y dando un tremendo adiós,
se quedó la infeliz muerta.
El alcalde y los paisanos
se ahogaban de la pena
al ver a aquella infeliz
que quebrantaba las peñas.
Maniataron a los reos
y a la cárcel se los llevan
y al otro día temprano
Alejandro se presenta
en la aldea y se halla
en aquella triste escena.
Le informan de todo el caso;
mas él con mucha reserva
sin dar a conocer a nadie
lo que le ofrece su idea,
con la escopeta en el brazo
a la cárcel endereza;
cuando poquito a poco
se fue acercando a la reja
y vio a todos los cuatro
con las caras muy risueñas,
pero cargados de hierro;
y, montando su escopeta,
mató a uno de los reos;
mas la justicia ligera
acudió y le desvió
como pudo de la reja;
y amargamente llorando
a su casa se lo llevan,
y al ver su mujer e hija,
se cayó difunto en tierra.
¡Oh desdichados esposos,
Dios en el cielo los tenga!
A los reos los llevaron
a la capital de aquella
eslarecida provincia,
donde pagaron su pena
muriendo en garrote vil,
pidiéndole a Dios clemencia.