Trilogía de Sarajevo, de
Miguel Murillo.
CANCIÓN
DE CUNA PARA UN CACHORRO DE PANTERA
Un
tiempo lleva Marcus preparando un biberón de leche en la
cocinilla de gas de su cuartucho. A su lado se remueve en un cesto
cubierto con una manta el cachorro de pantera que perdió a la
madre.
MARCUS.- (Al cachorro
mientras comprueba la temperatura de la leche) Un minuto más
y está lista...como recién salida de la teta de tu
madre. No hay que impacientarse. La leche tiene un secreto, un punto
que debemos conocer porque tan pronto está fría,
calmada, inerte...y en un segundo rebosa el borde del recipiente y se
quema en el fuego, lo pone todo perdido, y huele a animal
abrasado...Tiene un punto, su punto que no podemos calcular con un
reloj, y que todas las mujeres conocen, salvo las distraídas y
dejadas, que lo conocen también, pero se olvidan...Las mujeres
conocen muy bien el momento en que la leche hierve, y lo intuyen sin
necesidad de reloj...Tú no lo puedes entender porque aún
no tienes experiencia, pero yo que ya he vivido lo mío...puedo
asegurarlo.
Es una relación
ancestral la de toda hembra con la leche. Menos las hienas. Las
hienas tienen la leche fría y huelen mal...a leche fría.
El Superintendente me amonestó
porque, según él, le tengo manía a las hienas.
Pero señor Superintendente...¿cómo voy a
tenerle manía a las hienas?. Simplemente no me gustan. Ya, ya
sé que ellas no tienen la culpa de que sus glándulas
anales estén hiperdesarrolladas y por eso huelan mal. Pero ¿y
la leche? ¿qué me dice de esa leche helada que repele
hasta a sus cachorros?. No tienen más remedio que beberla.
¡Faltaría más! Porque el instinto de conservación
es el instinto de conservación...
(Se da cuenta de que la
leche empieza a hervir y rápidamente la aparta del fuego)
¡A punto he estado de formarla! (Comprueba la temperatura
del biberón en su muñeca) Demasiado caliente.
Tenemos que esperar.
(La luz eléctrica del
cuartucho titubea, parece que está a punto de apagarse la
vieja bombilla) ¡Ya estamos! Como todas las noches. (Mira
el reloj) Es pronto aún para que apaguen.
Debería habernos llamado
el Superintendente. No es lógico que en esta situación
alguien se despreocupe como él lo hace. De todas formas, te
advierto, este Superintendente es un hombre un poco...especial. Tiene
ciertos hábitos que no acaban de convencerme. Y no lo digo por
aquel día en que me pidió la llave del parque, siendo
un día de descanso y cierre. Se empeñó en
celebrar la boda de su hija en estos jardines. Cada uno tiene sus
gustos. Así podía enseñarles el parque a sus
invitados, era una forma de agasajarlos, como el que tiene una granja
y decide celebrar la boda de su hija junto a las vacas y presumir de
vacas ante los invitados. Pero es que es un hombre muy especial.
Debería llamarnos, ponerse en contacto conmigo. Hay muchas
cosas que hacer, mucho trabajo. Yo lo haría... pero ya me
dirás cómo puedo yo tomar una decisión sin que
él me autorice.
Eso lo tengo grabado dentro. No
puede un empleado tomar una iniciativa sin solicitar antes el permiso
correspondiente. Es algo que lleva implícito el sentido del
deber, como la lealtad, la puntualidad y el cumplimiento de las
obligaciones. Eso se llama consideración...consideración
con la jerarquía. Si no ocurre como me ocurrió en
aquella ocasión...claro que uno era muy joven e inexperto, y
se creía el amo del mundo, un sabelotodo...La cosa parecía
simple, limpiar la jaula de las gacelas enanas...quince gacelas
enanas, como de juguete. (Señala un espacio como si fuera
la jaula de las gacelas) Parecía imposible que en aquel
espacio pudieran caber quince gacelas, pues cabían...Lo usual
era llegar, mirar dónde estaban todas, abrir el cerrojo de la
primera trampilla, bajar la segunda trampilla, entrar, cerrar la
primera trampilla, abrir la segunda trampilla y acceder a la jaula a
limpiar. Muy largo me pareció el proceso y sin encomendarme a
nadie, ni al Superintendente, claro, decido abreviar y abro la
primera trampilla sin cerrar la segunda, abro la segunda, y ¡zas!
una gacela que se desliza entre mis piernas y sale corriendo de la
jaula, otra que me viene de frente e intento frenarla, dos que se
aprovechan y saltan por encima de mis brazos...(Como loco recorre
el cuartucho buscando gacelas)...otras dos que se esperan a que
tenga una en las manos y se meten entre las piernas...yo que me caigo
con la gacela en las manos, que se escapa, por
supuesto...Total...quince gacelas enanas huyendo por los paseos y
comiendo plantas...y veinte empleados que no tuvieron otra cosa que
hacer en todo el día que cazar gacelas enanas por culpa de mi
negligencia, de mi falta de consideración hacia mi superior.
¡Tenías que
haberle visto! La cara roja por la ira...la barbilla temblándole,
yo que no sabía cómo explicarle lo ocurrido. Me
amonestó, fue la primera y la última amonestación
que he recibido en todos estos años de servicio. Nunca más
volví a dejar las trampillas de las gacelas abiertas a la vez.
Y nunca más volví a tomar una decisión sin su
permiso. Por eso estoy aquí, por eso estamos aquí...por
consideración, lealtad, sentido de la responsabilidad
y...(Calla con gesto sombrío)...porque no
tenemos otro lugar. Ya no hay otro lugar.
(Comprueba de nuevo el
biberón) Falta poco, un segundo más y se enfría.
Ten paciencia...Sé que tienes hambre pero no es cosa de que te
abrases con la leche. (Abre el grifo del lavadero y comprueba que
no hay agua) Si tuviéramos agua, te lo enfriaba en un
santiamén. Pero no hay. Lleva cortada meses y los que quedan
para que vuelva a correr el chorro... Se lo he dicho muchas veces...
no tenemos agua, señor Superintendente, y apenas podemos
servirnos de la fuente del camino rocoso. Sería necesario
utilizar la del estanque. Se pone como una fiera. Me habla de
las formas, de la dignidad y de la estética, ante todo la
estética... ¿Dónde cree usted que trabaja?
Esto es un parque con historia, con siglos de antigüedad, no una
nave industrial abandonada, ni un embalse para tintoreros musulmanes
Y lleva razón, ¿sabes?
Lleva razón. Este es un parque que inauguró el
mismísimo emperador...en los forjados de su verja está
aún el escudo imperial, y en los cenadores y en la puerta
principal está el escudo del águila bicéfala,
majestuoso, imponente...Lástima que tengas aún ojos de
cachorro y no veas bien...ahora mismo te acercaba para que lo
contemplaras. Bueno, ahora no, claro...pero algún día
verás ese escudo. Te lo prometo.
(Toma el biberón y
comprueba que está en su punto. Luego se acerca al canasto y
extrae un revoltijo de mantas en el que yace el cachorro) Toma,
bebe, bébelo todo que nunca se sabe...Tienes los ojos de tu
madre, los mismos ojos de tu madre, profundos, misteriosos y
bellísimos... ojos de ágata, tu madre...Me
enamoré de ella. (Ríe) Que sí, que me
enamoré de tu madre. ¿Te parece extraño? Tú
porque no la has conocido...pobre criatura, pero era toda una hembra,
una real hembra...Se deslizaba por su jaula como una reina, como una
bailarina de ballet...sin apenas rozar el suelo...suavemente...
(Deja el envoltorio en el
canasto y camina como una pantera por el cuartucho) Fíjate
bien...así se movía...deteniendo sus ojos con una
firmeza que estremecía...(Imita la mirada de la pantera)
y giraba sobre sus pasos para volver a recorrer el
camino...orgullosa, elegante, sigilosa...(Se detiene) Tu madre
me enamoró...sí, me enamoró, a mí, a un
pobre viejo solitario que estaba acostumbrado a mil hembras...
(Coge de nuevo el
envoltorio) Mira, algunas noches, sobre todo si había luna
llena, me tumbaba en ese jergón rendido...agotado de andar
todo el día de un lado para otro...y la escuchaba...primero
eran sus pasos, como el roce de una mano sobre un vestido de
seda...luego, su respiración...dejando salir el aire de golpe,
suspirando...deteniendo la noche entre suspiro y suspiro...y,
finalmente, su llamada...un grito delicado pero afilado como un
puñal, que cortaba la noche con su hoja plateada...y no me
podía resistir. Salía de esta habitación y me
acercaba a la jaula, ella fijaba sus ojos encendidos en mí, y
yo la llamaba en voz baja... ojos de ágata...
ojos de ágata...
Una noche...sé que es
una locura, lo sé...rodeé la jaula y abrí el
portón de hierro, entré en su habitáculo, ella
se detuvo y me miró...entonces alargué la mano y
acaricié su piel. ¡Oh Dios mío! No te puedes
imaginar qué sensación...No puedes entender cómo
me sacudió aquel latigazo eléctrico en la mano...La
aparté deprisa y salí de la jaula atontado...Toda
aquella energía había recorrido mi cuerpo y me había
desbordado...Llegué hasta aquí empapado de sudor, con
las lágrimas brotándome como una fuente...(Con
pudor) Me oriné ¿puedes creerlo?.
Esa era tu madre, chico...una
hembra de bandera (Sigue dándole el biberón al
cachorro)
Mi madre era muy distinta.
Apenas la recuerdo. De las montañas. Te puedes imaginar cómo
era mi madre, siendo de las montañas. Callada, pequeña,
con unas manos como sarmientos, comidas por el hielo, y unos pies
diminutos que la llevaban desde las leñeras hasta la aldea y
que parecían bastones de madera que se clavaban en el barro y
en la nieve. Era muy religiosa y sólo elevaba la voz para
cantar las canciones de la iglesia, con un tono de flauta aguda que
nos hacía reír. Sobre todo a mi padre, al viejo
Marcus...el bebedor de cerveza, el titán que se enfrentó
a diez alemanes una noche en el nevero y bajó con sus cabezas
cortadas para ponerlas en el mostrador de la taberna y decir aquello:
Germánico, sirve cerveza a estos amigos, que cuando
escape por sus gargantas cortadas, ya estará Marcus para que
no se desperdicie
Esa frase es la herencia que
recibí de él. Era el santo y seña de nuestra
aldea...la frase del gigante Marcus, un motivo de orgullo para mi
familia y para mis paisanos. Hasta el maestro nos la escribía
en la pizarra para que todos imitáramos el valor y la
fortaleza de mi padre...
Aquí, como irás
aprendiendo, se valoran mucho estas cosas...cortar cabezas,
exterminar al enemigo...somos un pueblo de héroes, de
guerreros...de titanes que nunca torcieron su cuello bajo el yugo del
enemigo...En esto tienes ventaja, pequeño, porque has ido a
nacer en el lugar ideal para afilar tus garras y tus colmillos. El
lugar ideal para que nazcan fieras...
(Señala una vieja
fotografía en sepia que está en la pared) Ahí
está, el gran Marcus, el bebedor de cerveza. Con la estrella
de honor que le impuso el mariscal al acabar la guerra.
Mi madre era muy distinta.
Nunca reía y jamás se quitó su vestido de luto.
Perdió a dos hijos en la guerra, y a su padre antes, en la
primera de todas las batallas...por eso rezaba.
(La vieja bombilla se apaga)
¡Vaya por Dios! Ya estamos a oscuras otra vez. No falla. Tres
años llevamos así, tres años seguidos, día
a día. Y nadie hace nada para remediarlo. (Busca una vela y
la enciende)
Del Superintendente, para qué
vamos a hablar. ¿Tú crees que va a hacer algo? Nada. No
hace nada. Se lo he dicho también...que no podemos seguir así,
sin luz todas las noches. Pero él no escucha. Y si escucha no
sé porque no viene por aquí, ni pregunta...Seguramente
ha instalado en su casa uno de esos equipos autónomos que
funcionan con gasolina y le tiene sin cuidado que haya luz aquí
o no la haya.
Es un tipo especial este
Superintendente. No lo digo por decir, no es mi estilo. Cada uno es
como es. Pero no me acaban de convencer sus hábitos. Ni me
encuentro a gusto a su lado...¿para qué te voy a
mentir?
(Vuelve a coger el
envoltorio) Tú tranquilo, chico...no le gustan los
felinos, ni conoce sus costumbres. (Como el que cuenta un secreto)
Es más, creo que os teme...que tiene miedo a los
felinos...Otra cosa distinta es que os aborrezca, eso no. Cuando me
ordenó sacrificar al búfalo, me dijo que os diera las
vísceras y parte de sus cuartos traseros...una pequeña
parte. Luego se llevó el resto, incluida la cabeza, en su
coche. Échales las vísceras, Marcus...y un trozo
de las patas No os odia, no, pero os tiene miedo.
Aquel día se me hizo muy
duro, mucho. El viejo búfalo dormitaba en su camastro de paja,
ajeno a mis maniobras, confiado. Teníamos una relación
antigua, de cuando llegamos los dos a este parque, jóvenes,
impetuosos, dispuestos a comernos el mundo...a cornear el mundo y
empujarlo hasta que nuestro juego acabara...(Hace gestos de
cornear algo y se ríe) ¡Jóvenes! Pendencieros
los dos. Él, en celo permanente, intentando montar a todo
animal con cuatro patas que se le pusiera delante, y yo...igual...El
primer día se comió su propio lecho, toda la paja del
lecho, y por poco revienta...
No había cuidador que se
acercara a su jaula, coceaba a todo lo que se moviera en su
entorno...y resoplaba con una fuerza que era capaz de abrir el portón
sin necesidad de quitar el cerrojo...¡Menudos éramos!
Jóvenes...como tú
dentro de poco...dentro de poco, tal vez...o dentro de mucho, según
se mire. Jóvenes como esos que nos rodean desde las montañas
y juegan a arrasar el mundo con su fuerza incontrolada...O como los
otros, los que aguardan en la avenida de los francotiradores a que
alguien levante sus cuerpos inertes...Jóvenes...¡fíjate
bien!...y locos...absolutamente locos. No preguntes por
qué...¡Chissst!...no preguntes a nadie por qué...es
inútil. Primero se golpea, se parte en dos una mano, una
pierna...se destroza la puerta de la jaula y se escapa uno por los
jardines, arrasando todo lo que crece bajo sus pies...sin tener un
motivo...¡no preguntes nunca por qué!...(Fuera de sí)
¡No tienes derecho a preguntarlo, ni tú, ni nadie! ¡No
es el momento de preguntar nada! Porque nadie responde...
Se han callado ya...todos se
han callado...La respuesta vendrá, lo sé...un día
de estos, una noche...en cualquier momento...( Se mueve como un
animal inquieto por la habitación) La respuesta viene de
ahí...(Señala el exterior) Verás cómo
viene...está ahí, agazapada en la noche, esperando a
iluminarlo todo con su luz esclarecedora...¡Si lo sabré
yo!
Lo sé ¿me oyes?
porque soy viejo ya...porque ya se han agotado aquellas fuerzas de
búfalo indómito...aquella altanería de animal
joven que atacaba con preguntas y con coces a todo lo que
desconociera.
¡Cómo nos costó
echarle el lazo! ¡Ocho horas nos tuvo corriendo entre las
jaulas, por esos paseos...dejando su huella en cada planta, en las
cortezas de los árboles, en las tapias...agujeros de sus
cuernos que levantaban astillas, cemento...que rompían
cristales...que atravesaron las manos de los cuidadores, y sus
muslos...que abrieron canales de sangre...(Grita) ¡El
búfalo se ha escapado! ¡Que viene el búfalo!
Ocho horas hasta que cayó
extenuado bajo la lluvia de palos y latigazos que no cesábamos
de darle. Con los ojos llenos de sangre, firmes y paralizados, ojos
de loco...de animal que ansía más aire para sus jóvenes
pulmones, para hinchar su torso de piedra y volver a atacarnos. Ocho
horas nos tuvo hasta que dejó de moverse y pudimos arrastrarlo
hasta su jaula.
(Mira el biberón)
Todavía queda leche. Bebe, bébelo todo porque no
sabemos si...Y no preguntes, procura dejar en el aire esa pregunta
que te asaltará cuando veas el torbellino que te
rodea...Éramos jóvenes, y punto. Porque no te va a
gustar la respuesta, te juro que no te va a gustar la respuesta.
Aunque en esto me llevas ventaja...porque para un animal salvaje, la
respuesta puede parecer lógica. ¡Ni así siquiera!
¡Ni así tiene lógica esta locura! Ya lo verás,
pequeño...ya lo verás. Es cuestión de esperar,
de aguardar en la noche.
(Deja el envoltorio y coge
un antiguo fusil de un rincón del cuartucho) Me pregunto
si la muerte llega a olerse antes. Si existe algo que precede a su
presencia. El viejo búfalo vio cómo me acercaba a él
con este fusil en las
manos. Y ladeó su
cabeza...ni se molestó en olfatearme como hacía cada
vez que me acercaba a él.
¡El muy cabrón! De
qué forma reía cuando nos encerrábamos cada
mañana para que le limpiara su lecho semipodrido por la orina
de toda la noche. ¡Viejo cabrón diabético e
incontinente!
(Mira en el envoltorio y lo
toca para comprobar la humedad) Tenía que apartarle a
empujones para que me dejase trabajar. Y se reía. Ya sé
que es difícil explicar la carcajada de un búfalo...Pero
es algo así (Inexplicablemente hincha sus carrillos y
cabecea como una res. Asistimos a una carcajada genuina de búfalo
viejo)...así...aunque te cueste creerlo. Se reía
recordando aquellos años en los que su ferocidad tenía
atemorizado a todo el parque.
Pero aquella mañana fría
no se levantó de su lecho, ni me lanzó su carcajada
ronca...ladeó la cabeza cansino y molesto, y esperó el
fogonazo (Dispara el fusil)...luego se derrumbó.
Esa era la respuesta. Esa es la
respuesta, supongo. Al final, no hay nada...nada.
Igual que ellos...cuando dejan
de dar cornadas y se preguntan por qué...llega el disparo y se
derrumban.
Al principio nos
sobresaltábamos...(Hace que escucha algo) ¿Los
oyes? (Un disparo de cañón lejano se escucha)
Cada tres minutos suena uno...¡Atiende! (Suena un disparo
hueco) Calibre treinta...(Espera hasta que suena otro)
Mortero...desde las pistas olímpicas...y sobre la mezquita de
Omán...Cada tres minutos...no falla. Tres años a tres
disparos por minuto...¿Cuántos son?...¡No, no me
lo digas! Ciento setenta y cinco mil doscientos disparos.
Primero arrasan,
cornean...empujan hasta que su juego acaba...luego viene el silencio
hueco...el vacío espeso...y después...(Un disparo
suena muy cerca) ¡Bummmmmm! ¡La respuesta! ¿Lo
ves? No falla. Porque ya ni se mira de frente...es como el aire que
respiramos...cotidiano, normal....¡eso es! Es normal....como la
leche que estás bebiendo...igual de tibio, igual de denso...es
la respuesta. (Ríe atroz) ¿No te das cuenta? Es
la respuesta a esa pregunta sobre su comportamiento
irracional...sobre sus devaneos de juventud. No hay otra....(Suena
de nuevo un disparo cercano) ¡Bummmmm! Y ellos dejan de
cornear, y se entregan...se derrumban sin mirar siquiera a quien les
mete la bala en la cabeza...porque ya no se mira de frente, se da por
hecho...es lo normal...morir es algo normal, hasta para un viejo
búfalo que ni mira a quien viene a matarle.
¡Viejo búfalo
cabrón! ¡Cómo sabías la respuesta!
¡Cuántos años con ella dentro de esa caja de
hueso petrificado!
(Deja el fusil y toma una
botella. Bebe un trago mientras prosigue dando de beber el biberón
al cachorro que mantiene en sus brazos) El Superintendente tiene
absolutamente prohibido beber en el trabajo. Pero tú guardarás
el secreto. Un cachorro de pantera no desvela secretos...es vital
para él vivir en el secreto, y guardarlo...más que nada
porque me podría vengar y no darte leche hasta que te fueras
secando como un gato sarnoso...O echarte a las serpientes, si te
atreves a desvelar mi secreto...
El Superintendente se fue.
Metió en su automóvil toda aquella masa de carne y se
marchó a su casa...Desde aquel día no he vuelto a
verle. Estará a estas horas metido en una cama ancha con su
mujer, la de las caderas como un barco...o con la amante esbelta y
amarillenta que le leía poesías junto al jardín
de los flamencos...Igual está borracho esta noche y es incapaz
de hacerle el amor. Se fue el Superintendente después de
mandar sacrificar al viejo búfalo, y se llevó su cabeza
de viejo cabrón...que mantenía una sonrisa helada
porque era una mañana de carámbanos...
(Mira el envoltorio) Ya
te lo has bebido todo...¡muy bien, pequeño!. Ahora
tienes que dormir porque la noche es larga...
(Abre un ventanuco y
respira, tras haber dejado el envoltorio en el canasto) Huele a
pólvora aquí dentro...y afuera también...No es
prudente dejar la ventana cerrada con tanto humo, ni tampoco disparar
dentro de una habitación como ésta...¡Si se
enterara el Superintendente! (Se ríe a carcajadas) ¿Te
imaginas que me despide por haber efectuado un disparo? ¡Con la
que está cayendo! Claro que un disparo nunca es igual a otro
disparo...Para el Superintendente es más grave este disparo,
efectuado dentro de las instalaciones del parque, que ese otro...que
acaba de reventarle la cabeza a un niño que va a buscar agua a
la fuente de la esquina...¡Ante todo la disciplina!
(Mira al envoltorio) ¿No
te puedes dormir? Eso es la falta del calor de madre...Recuerdo una
nana que me cantaba la mía...decía así: A
dormir, mi pequeño porque los ojos cerrados alejan las sombras
y encienden luceros...a dormir, mi niño amado, porque el
silencio es el canto de un ángel que está a tu lado...
El silencio...¿Lo
sientes? No me acuerdo de cómo era el silencio. No hay
silencio...sólo están ellos...allí arriba...en
vela siempre, lanzando sus obuses contra los ángeles y contra
los luceros...infatigables, laboriosos...
(Se escucha un rugido
espantoso) No temas...es Landrú. Ya ni sé
dónde se esconde...Se volvió loco y el día en
que le abrieron la jaula con un proyectil, corrió ciego y
herido a esconderse... Landrú es descendiente de
Cabalgante, el
enorme león que regaló la ciudad a la emperatriz. Un
león que sirvió de modelo para los escudos rampantes de
la corona. Ruge todas las noches, pidiendo la muerte...rogando que
alguien tenga la puntería suficiente como para abatirlo sin
dolor...Se arrepiente de la imagen que da, de esa imagen de fiera
salvaje que hace huir a cualquiera. Estoy seguro de que si me
acercara a él con un puñal para degollarlo, me lamería
la mano...Pero está ciego, y no sabe dónde está,
ni dónde le aguarda su descanso...Ruge para que sus rugidos
guíen al proyectil de forma certera...y acabe su tortura. Pero
no hay que temerle...Ya no puede decidir sobre el destino de sus
zarpazos...Como ellos...¿Pero es que no comprenden que en la
oscuridad son incapaces de calcular hacia dónde dirigir sus
disparos? Son como Landrú que ruge para que
identifiquemos a la muerte en ellos...Hay veces que pienso que lo que
les impulsa es su deseo de morir...
(Vuelve a rugir el león)
Hace una semana estaba refugiado en la antigua parcela de las
cebras...Pero sintió que los obuses pasaban de largo y siguió
su trazado hasta ese lugar, hasta el lugar desde donde ruge
ahora...es más seguro, más fácil es que allí
caigan los proyectiles que disparan desde las pistas olímpicas...En
el caserón de las serpientes, allí está...Con un
poco de suerte, si no le alcanza una bala...puede morderle algún
reptil enloquecido...Es su instinto de muerte. Los humanos carecemos
de ese instinto, por eso somos crueles, porque al matar no tenemos en
cuenta que nuestra víctima humana no desea morir, y, lo que es
peor...ignora que va a morir...Vosotros, los animales carecéis
de crueldad porque al igual que os lanzáis a la vida...como tú
ahora, cachorro...también os lanzáis a la muerte...y
ambas deseáis de igual manera...
(Cierra la ventana) Los
primeros días creí volverme loco. Era increíble
lo que ocurría en este parque zoológico...De repente,
sin aviso previo, empezó a caer sobre nosotros una lluvia de
proyectiles y obuses que tenían un destino absurdo...matar
animales enjaulados, inocentes criaturas que jamás sintieron
el instinto de la guerra...que desconocían la crueldad.
Los monos...se
paralizaban...(Se sienta en el suelo y se encoge como un simio)
Puede que ellos, desde su mente cercana a la nuestra, capaz de sentir
emociones más definidas...adivinaran la respuesta a una
pregunta que ellos nunca supieron responder...en su evolución
se detuvieron justo antes de sentir el odio...la necesidad de
matar...de guerra...y una noche, saltando por encima del tiempo, de
la lenta evolución de las especies...nosotros les dimos esa
respuesta y les mostramos el odio y la guerra...
Y se paralizaron. Los monos
quedaron inmóviles...permanecían inmóviles horas
y horas. Algunos entre disparo y disparo se alzaban....(Los imita)
estiraban sus cuellos y abrían sus fosas nasales para
aprehender aquel olor nuevo...aquel aroma a pólvora y a muerte
que llegaba desde arriba, desde el lugar que ocupan los
hombres...Hasta que una puerta saltó hecha pedazos...y junto a
ella cayeron reventados muchos de ellos...docenas...Yo los vi salir,
vi salir a los supervivientes...en silencio, por el hueco de la
puerta rota por la bomba...arrastrando a los cadáveres de los
otros monos...alejando a sus compañeros muertos hasta las
matas de rosales y los setos...luego desaparecieron...Nunca más
he vuelto a ver a un mono en este parque.
¡Con la de veces que
clamé por el silencio! Puedes pensar que me he vuelto loco,
que estoy borracho...(Bebe otro trago) Todavía
no...Pero sé muy bien lo que digo.
Las noches eran una orgía
de gritos, de sonidos con significado propio...Gemía el
manatí...(Chilla como un manatí)...buscando a la
hembra...resoplaban los onagros incapaces de verterse sobre sus
compañeros estériles...rugían los osos inquietos
al olfatear los hielos de las montañas...al sentir el bullicio
del agua del Miljacka preñada con truchas y
salmones...Hablaban...¡sí, digo hablaban porque
hablaban! las hienas, las asquerosas hienas, en aquelarres
interminables...El parque era una orgía de sonidos y
yo...¡pobre idiota! aquí, tapándome los oídos,
canturreando canciones de taberna...(Canta) Al viejo del
molino le dan con una piedra, del molino, con piedra del molino, le
dan al viejo, del molino le dan, con una piedra... (Bebe más
y más, hasta que sale el licor por sus narices) Y ellos
fuera, rugiendo, bufando...gritando hasta el éxtasis...clamando
un poco de amor y de libertad...
Me pregunto qué habrá
sido del viejo Sacha...(Mira la botella) Cada vez que abro una
botella, me acuerdo de ti, Sacha...Estés donde estés...siempre
serás mi amigo...mi mejor amigo, viejo Sacha...el del
estiércol. No había nadie como él apilando
estiércol, nadie...Así olía...Aquellas enormes
cagadas de elefante...Un poeta, sí señor...un
grandísimo poeta, encargado de la mierda, pero poeta y sabio.
¿Te acuerdas,
Sacha...amigo mío...de aquel pensamiento sobre las jirafas?
Las boñigas de las jirafas no huelen. ¿No lo sabías?
No huelen...son grandes boñigas negras...pero no huelen, como
corresponde a la elegancia de sus depositarias.
Sacha las recogía al
empezar la jornada porque decía que así, sin
impregnarse de olor alguno, podía entrar en el resto de las
jaulas sin espantar a sus habitantes...Me dijo un día: En
la mirada de una jirafa se encierra todo el Universo Yo porfié
con él... Creo, Sacha, que exageras porque el Universo
es imposible encerrarlo en una mirada Hasta que me llevó
al cercado de las jirafas y me puso delante de una...¡Era
cierto, viejo Sacha! ¡Era cierto! En aquellos ojos se reflejaba
todo el jardín, todos los estanques, y las nubes, y lo
animales todos...y nosotros...y las montañas... Dios lo
último que creó, fueron las jirafas me dijo...
para que el mundo pudiera verse en sus ojos
(Hace un brindis con la
botella) ¡Viejo poeta, amigo, por ti...estés donde
estés! Brindando por la última jirafa, nuestra última
jirafa...la que cayó con el cuello perforado por un
obús...¡Bummmm! ¡Hemos terminado con el Universo,
Sacha! ¡Bummmm! ¡Se apagaron los ojos de nuestra jirafa!
¡Se acabó el Universo! ¿Dónde estás,
viejo amigo maloliente? Yo, ya me ves...aquí bebiendo...junto
a este cachorro de pantera que perdió a su madre...En mi
puesto, firme...sin fatiga...listo para salir ahí afuera y
decirle al Superintendente: Señor...cuando usted quiera,
volveremos a cerrar las puertas y a llenar las jaulas con
alimentos...y a meter a cada animal en su lugar. Como hizo Noé
antes del diluvio, señor Superintendente...
Aquí estoy, viejo
Sacha...esperándote para compartir este licor y estas horas.
Antes de que amanezca y te marches a tu puesto en el mercado junto a
tu vieja esposa, la vendedora de apio...antes de que lleguen esas
mujeres de negro que recogieron los restos sanguinolentos de los mil
inocentes que se llevó el obús, cuando ellos, los
jóvenes de las montañas...decidieron añadir la
muerte entre las mercancías...el mismo día en que se
apagó el Universo y murió nuestra jirafa...Antes de que
llegue el alba y nos pille derrumbados en ese camastro, borrachos
como cada noche...después de cantar el Gloria a
Sarajevo, patria de los inmortales, nuestro himno...
(Al canasto) No te dejo
dormir. ¿Verdad? No nos dejan dormir, mi pequeño. Es
ley...empezaron por robarnos el silencio y acabaron por robarnos los
sueños...No es tiempo para soñar...ni para los colores
de los sueños...hasta los pájaros exóticos que
compró la ciudad en América, perdieron sus plumas de
colores y se volvieron de color ceniza...hasta los pavos reales que
irritaban a tu madre con sus roscas orgullosas...hasta esos sueños
inverosímiles nos robaron.
¡Dios! Yo no he visto a
un animal más enfurecido que a tu madre cuando se le colocaba
delante un pavo real y abría su cola, y caminaba con soberbia
frente a sus barrotes. (Imita al pavo y también la
respuesta de la pantera) Se le erizaba la piel...gruñía
enseñando sus dientes...sus cuchillos de marfil que daban
terror, y se lanzaba como una flecha contra las rejas...Creo que no
consentía tamaña exhibición de vanidad, ella,
que era una princesa...que se
aferraba a la tierra con el
orgullo de una raza noble y pura...(Desprecio) Un pavo...un
pájaro que no tenía ni medio bocado...allí
delante, sacando no se sabe de dónde, mil colores, y
eclipsando todo lo que le rodeaba...hasta las flores. Estuve tentado
más de una vez de coger a uno de aquellos bichos petulantes y
echárselo para que almorzara...Hubiera estado bien, sí,
señor...
Hasta los pavos reales
perdieron el color y se tornaron cenicientos.
Fue la primera señal...
Se lo quise decir
inmediatamente al Superintendente, pero ya no estaba, habíamos
concluido el sacrificio de los animales herbívoros para el
mercado de carnes...y empezaba el de las grandes aves...Llegaban los
camiones para llevarse a los animales sacrificados y ellos, los
pájaros exóticos, cambiaron sus plumas y se
convirtieron en aves de ceniza...
(Suena un disparo cercano)
La ceniza y el cuero negro...así se visten ellos, los de
afuera...los que cercan este lugar, para esconderse entre los
pájaros...entre las aves asustadas y cazar al ingenuo que no
los siente...
Se confunden con el cemento
abrasado de los edificios, con las paredes calcinadas y asoman sus
rifles de precisión...
(Toma de nuevo el fusil y
abre la ventanuca. Se apuesta como un francotirador) Nadie
adivina su sombra porque son postes calcinados, ventanas
chamuscadas...voces ahogadas por el humo y el olor a la pólvora,
hojas de viejos periódicos que revolotean entre el polvo de
las avenidas desiertas...ellos son...No hay que engañarse.
Sombras, parecen sombras inofensivas...vestidos de cuero negro y
camisas cenicientas. Pero están ahí...¿no los
sientes? Agazapados, esperando sin prisas...sin temblarles el
pulso...olfateando a sus víctimas...calculando el recorrido de
su zarpazo bestial...saltando sobre la gacela, sobre el viejo Sacha
que regresa del mercado desolado porque no encuentra a su esposa
entre el montón de cuerpos rotos...pedaleando en su bicicleta
que ruge como un león herido...Y en un punto, en una inflexión
del tiempo...¡zas! (Dispara) ¡Diana! Se vuelve a
inventar el silencio de tres minutos...y el de una eternidad para el
joven que yace en el suelo de la avenida...para ti, viejo poeta y
amigo...tumbado como un fardo negro...como un león ciego, como
un búfalo cabrón...en el asfalto...muerto de una
puñetera vez...muerto, Sacha...¡Entiéndelo bien!
Muerto para siempre...en silencio para siempre.
(Suena el rugido de
Landrú) Lo siento, Landrú...he
vuelto a fallar. A mi edad suele fallar el pulso y te gasta estas
malas pasadas...¿O ha faltado sincronía? ¿quién
tenía que descubrirse primero, tú o yo?
(Cierra la ventana)
Este es el juego. No hay otro.
Matar y desear la muerte.
Hubo un tiempo en el que todo
esto era inconcebible...porque había luz...porque los leones
no estaban ciegos...Entonces venían los niños y sus
padres compraban globos de colores y bebidas refrescantes. Y llegaban
mujeres hermosas que gritaban coquetas ante las obscenidades de los
monos y las vergas de los camellos en celo...Hasta un viejo
organillero se instalaba en el paseo de la fuente y tocaba melodías
del imperio. Cada animal era una figura decorativa y orgullosa...con
un letrero ante sus rejas que indicaba su procedencia y sus
costumbres...(Como si leyera) Cabra enana del Nepal,
Flamencos europeos , Rinoceronte africano...Un
mapa señalaba el lugar exacto de procedencia y los profesores
que acompañaban a los escolares, ordenaban escribir cada
nombre y cada lugar de origen...
En cierta ocasión un
niño, un pequeñajo como tú, cachorro de
pantera...me preguntó por la jaula de los dragones...Y le
llevé hasta la jaula de los dragones...¡tenías
que haber visto su cara! ¡ y el salto que dio cuando creyó
ver salir fuego de sus fauces! Un maestro me reprendió por
desinformar a su alumno... Los dragones no existen, señor...no
sé a qué viene esa mentira. (Sonríe)
Que no existen los dragones...pero si es lo único que nos
queda...¿acaso no los ve cada noche vomitando fuego sobre
nosotros, señor? ¿acaso no han arrasado con su aliento
todo lo que nos rodea, hasta su casa, tal vez, señor? Que no
existen los dragones...
¡ ¿Cómo no
van a existir los dragones?! Entonces...¿quién ha
entrado en el arca de Noé y ha terminado por incendiarla?
Estamos rodeados por dragones...acechan los dragones...¿Cómo
que no existen? ¡No! No estoy borracho, señor
Superintendente...los veo, veo sus fauces vomitar fuego sobre
nosotros. ¿Quién si no, ha llenado de cenizas los
paseos y ha cegado la fuente?
(Mira el canasto) Te has
dormido, pequeño...te has dormido ya...Es tarde. Pronto
amanecerá y debemos salir de nuevo a buscar leche. No puedo
permitirme que tú, el último habitante de este parque,
te vayas también...No puedo permitirlo, y creo que el
Superintendente no me lo permitiría...sería una grave
negligencia por mi parte.
Amanecerá pronto y
volverá el viejo Sacha pedaleando en su cacharro oxidado que
ruge como un león herido...y tendremos que limpiar las jaulas,
y mirarnos en los ojos de las jirafas...Es muy tarde y supongo que
amanecerá pronto, tal vez...Y Sacha llegará
refunfuñando por el frío y por su esposa, esa vieja
vendedora de apio en el mercado...
Buenas noches...estés
donde estés, pequeño cachorro de pantera...mañana
tendrás leche caliente de teta...de hiena no...calla...de teta
de madre felina...de aquella madre de la que me enamoré un
día, cuando había luna en Sarajevo.
(Una enorme explosión
apaga la poca luz del cuartucho. Tiembla el espacio y las llamaradas
del aliento de los dragones consume los restos)
OSCURO