Historias
Mínimas, de
Manuel Pecellín Lancharro.
ENCUENTRO
DE ESCRITORES EN HERVÁS
Las paradojas
constituyen el fermento vital de lo mortecino, la gracia y el
acicate para romper ideas anquilosadas o situaciones decadentes. Las
antítesis, el oxímoron, es recurso precioso para el
literato. Pues bien, lo paradójico extendió sus alas
sobre Hervás aquella primavera deslumbrante, las sierras
todavía nevadas, y vino a teñir con el azul de los
asombros al observador más conspicuo.
Nadie tan reacio
se dice ante la actividad conjunta, programada,
sostenida, como el escritor, más aún el poeta. Celoso
de soledades, rehúye habitualmente el grupo o las
organizaciones, sometiéndose acaso a la indisciplina de
tertulias, donde más priva la improvisación
anárquica que las labores regulares. Y al extremeño se
le atribuye cualquier cosa, si no es la capacidad para la armonía
del trabajo en común. Sin embargo, los escritores de
Extremadura iban a producir un nuevo desmentido a la triste décima
de Salas, que nos crucifica con el espíritu de la desunión,
la abulia y el solipsismo.
A Hervás,
la villa que mereció ser libre "por tener todas las
proporciones para ser uno de los pueblos más felices del
reino", (R. Privilegio de Exención y Villazgo. 1876),
acuden los escritores de Extremadura, convocados por su Asociación.
Llegan también poetas, narradores, ensayistas, críticos...
de otras Comunidades españolas:
Rafael de Cózar
(Andalucía), Ana Maria Navales (Aragón), Nel Amaro
(Asturias), Raúl Guerra Garrido (País Vasco), Norbert
Bilbeny (Cataluña), Jaume P. Montaner (Valencia)... Casi todo
el panorama autonómico tiene en Hervás su
representante. La invitación de la A.E.Ex. ha encontrado un
eco sorprendente en los diferentes rincones hispanos. Entre sus
fríos sueños de plata Ambroz, Santihervás y
Gallego murmuran atónitos por los tajos de la sierra. Las
sombras de los Cohen, Haben Haxiz, Bellida la Rica susurran
admiraciones por los recovecos del barrio judío.
Un orden
impecable, que se conjuga con la jovialidad y el desenfado, preside
incluso los apuntes mínimos de una convivencia hasta entonces
inédita. Nadie parece advertir dónde reside la causa de
que todo funcione a la perfección: los horarios
ineludibles, las ponencias bien mesuradas, el exquisito
refectorio, la fotocopia siempre a punto se deben a dos genios de la
organización. Durante los tres días del congreso
derrochan habilidad y firmeza para conducir debates, atender
solicitudes y satisfacer a los más puntillosos o
desasosegados. La diosa de la antítesis sonríe, ella
misma tal vez asombrada, cuando se sabe que los muñidores del
encuentro han sido Jesús Delgado Valhondo (presidente de
la mesa) y Jaime Alvarez Buiza (secretario). Bohemios, ácratas,
caprichosos, dandys, hasta bebedores, como ningún otro, los
dos grandes poetas extremeños, tan afines en sus diferencias
generacionales, llevaron el ritmo en Hervás con la misma
delicada firmeza con que construyen versos definitivos.
No fue la paloma
de Alberti la más equivocada. Erró más Platón,
pese a su inmensa sabiduría, al poner el gobierno de la
ciudad en manos de los filósofos. ¿Y qué decir
sobre la propuesta platónica ver libro X de La
República para expulsar de la polis a los escritores
de versos? Craso error. Los pueblos deben estar regidos por personas
como Buiza o Valhondo. Aunque, según la propuesta firme del
último, la reforma agraria consista en sembrar todo el campo
extremeño de amapolas.

CON
ROSA CHACEL
Desde el
Departamento de Publicaciones de la Diputación badajoceña,
nos pusimos entusiásticamente a localizar cuadros de Timoteo
Pérez Rubio, el magnífico pintor de Oliva de la
Frontera, cuya producción sustancial sabíamos en
Brasil. León Romero Verdugo nos prestó el máximo
apoyo. Deseábamos hacer una exposición que proyectase
a tan importante artista, hoy casi desconocido, entre los medios
actuales interesados por las manifestaciones estéticas.
Según unos primeros atisbos, quedan dispersas por la
geografía española tres decenas de obras firmadas
por Timoteo. Contando con las mismas, más el fondo que
pudiéramos hacer venir desde América, el éxito
de la muestra parecía asegurado. Aurora Ruiz Mateos, profesora
de Arte en la Complutense, nos orientaba con generosidad y pericia.
También ella tuvo desde el principio el convencimiento de
que la crítica nacional quedaría deslumbrada frente al
arte del de Oliva.
Quien, andando el
tiempo, salvaría el Museo del Prado de los desastres de la
guerra, como Presidente de la Junta de Defensa del Tesoro artístico,
llegó a Madrid desde su Extremadura natal con la pana y la
gorra campesinas, pero con la mirada adolescente del genio iluminado.
Pronto se hace respetar tanto por intelectuales sesudos, como por
colegas más o menos bohemios. Y, becado en Roma, visitante
de media Europa, consigue rápido la madurez creativa que
lo distingue, situándose a caballo entre las innovaciones
pictóricas de los deslumbrantes años veinte y el nunca
olvidado tirón del mundo clásico.
Timoteo casó
muy joven con Rosa Chacel, la gran escritora, que por aquellos
días caminaba airosamente hacia el centenario, llena de
vivacidad y espíritu. Acudimos al homenaje que se le organizó
en Valladolid, su tierra, con estatua pública incluida, si no
multitudinario, sí caluroso. Entre los asistentes, pudimos
saludar a Francisco Pino, extraordinario poeta, Carlos Medrano y
Antonio Piedra, que participan también del entusiasmo por la
obra de Timoteo. Y no faltó Francisco Lebrato, gracias al cual
la memoria del pintor sigue viva.
En un aparte,
pudimos exponer a Rosa nuestras intenciones y nos citó
para un encuentro más detenido en la privacidad de su
casa madrileña.
Nunca olvidaré
la visita. Acompañado de Francisco González Zurrón,
pude admirar un auténtico fenómeno de la naturaleza.
Rosa guardaba aún en su feble arquitectura corporal energía
inimaginable. Oyéndola discurrir sobre todo lo divino y humano
con absoluta independencia de criterio, esta "duenna chica"
pondría admiración a todo un Arcipreste. Con ojos cada
vez más chispeantes, entre copita y copita, controla el
efecto que su discurso, irónico y tierno, nos induce. El
magisterio de Ortega, las tempranas lecturas de Nietzsche y un
J. Joyce aquí entonces casi desconocido, el trato con los
de su Generación, la famosa del 27, el inagotable tesoro de
experiencias variadísimas, dan a la Chacel apoyaturas miles.
Desde sus marcos en la pared, otras Rosas, azules, naranjas,
cúbicas..., según la viera por momentos el pincel de
Pérez Rubio, nos guiñaban una esplendorosa juventud.
Madrid era un
diluvio aquella mañana veraniega. No obstante, la escritora
aceptó comer en un restaurante próximo. Vinieron
con nosotros Carlos, el hijo arquitecto, y su mujer brasileira,
dulces los dos como una piña del trópico No fue Rosa la
más remisa a la hora de escanciar el recio tinto con que nos
acompañamos. Alguien sugirió pedir el café,
antes de la despedida.
No, hijo,
yo no, se oye decir briosamente a Rosa. ¿O queréis que
se me estropee el estómago? Para mí, un güisquito,
que ayuda mucho a la digestión.
Cuentan que
también el gran Dámaso, formidable como la Chacel, tras
una tarde vaporosa de ginebra recomendaba a los contertulios
seguir con cerveza, óptimo fármaco según
él, para rebajar alcohol.

EN
ROBLEDILLO DE GATA
Por una carretera
serpenteante cuyas sinuosidades se deslizan entre pinos, castaños,
madroños, olivos, vides y el recio árbol que
proporciona el topónimo, hemos llegado a Robledillo de Gata.
El Árrego, en nerviosa búsqueda del Alagón,
rumbo al Tajo, fue percutiendo la montaña hasta dejar un valle
serpentino donde se cultivan huertas. Desde la otra parte, el río
Málena conduce hacia el Duero castellano las escorrentías
de las abundantes lluvias (1.400 mm. de precipitación media
anual). ¡Qué grande esta Extremadura, capaz de verterse
al Atlántico por el Oporto de los densos vinos o junto a la
suave manzanilla de Sanlúcar de Barrameda, amén de
Ayamonte y Lisboa la dulce! Las calvas terribles que los incendios
estivales produjeron en serrejones y hondonadas, heridos por
torpísima reforestación, van siendo vegetalmente
reducidas por el monte bajo. El madroño dará frutos y
las flores del té derrochan galanura.
Robledillo de Gata
fue desangrándose por las arterias de la emigración y
sus habitantes casi no alcanzan un par de centenares. Ni un solo niño
nos fue dado encontrar en sus callejitas y plazoletas, aunque es
tarde de sábado, luce el sol otoñal y todo induce al
paseo vespertino. Una vieja amable, con un cubo de aceitunas, recién
apañadas, sobre el cuadril, nos informa que sólo hay
media docena de muchachos. No obstante, una preciosa escuela,
recién erigida, luce la galanura de los muros inmaculados a la
entrada de la población. Junto a ella, la añosa ermita,
que ha pervivido desde el Renacimiento, se deteriora a golpes de
vendavales y lluvias, sin que un simple cristal proteja el
precioso retablo de tantas inclemencias.
Más nos
desconcierta la fastuosa Casa de la Cultura, cuya mole se yergue a
unos metros. No pervive en toda la población ningún
otro edificio que pueda comparársele, incluida la parroquia,
también renacentista, con doble fachada y bello atrio
poligonal (muy castigado por las goteras), o el ayuntamiento, un
pastiche inaceptable. La Casa de la Cultura de Robledillo debe
haberse inaugurado estos últimos tiempos. Pocas tan lujosas
existirán en toda la Región. En sus salones cabrían,
seguramente, bien sentados, todos los habitantes del pueblo...
si es que alguna vez se decidieran a dejar los televisores y
chimeneas del hogar para acudir a un improbable acto. Esta suavísima
tarde mantuvo cerradas sus tres fastuosas puertas de castaño.
Más arriba, en el único bar abierto, una corrobla de
ancianos se jugaba el café al tute, junto a la estufa de leña,
mientras el televisor daba la corrida de Jesulín de Ubrique.
Sobre el mostrador, el periódico HOY aguardaba fielmente a los
posibles lectores.
Según el
Madoz (existe reimpresión facsimilar del célebre
Diccionario Geográfico Estadístico Histórico,
por sabia medida del Centro C. Santa Ana, de Almendralejo), cuatro
molinos de aceite y otros cuatro harineros funcionaban aquí
antaño, gracias tal vez a la fuerza hidraúlica del
Árrago. Sería agradable escuchar el rumor de sus
muelas, que hoy, desaparecidas ya las industrias, se esparcen por los
rincones. Un
ruinoso conjunto de vigas, husos, ruedas y demás vestigios de
la antigua almazara saludan al visitante en la primera calle.
El "varaseto",
el gótico de la arquitectura popular, teje los retoños
del castaño con el adobe, elevándose sobre altos muros
de pizarra. Vigas de robles sin pulir, caprichosamente curvas
por los aires de la sierra antes de venir a la construcción,
apuntalan los muros. Constitúyense así las triples
viviendas de Robledillo, con el piso inferior para el ganado (cabras,
burros y las imprescindibles gallinas); la parte noble o media, por
donde discurren los moradores, castigados tal vez por el humo que
cura la matanza, sin chimenea en que encajonarse hacia el cielo;
el sobrado o desván, por fin, sobre el que la teja árabe
alivia las lluvias. Balcones volados, con balaustrada de madera,
añaden sus notas al tipismo.
Pero barro y paja
están desgranándose por doquiera, rehuyendo la pretura
de los lascones pizarrosos; la carcoma corroe viguerías; los
lienzos de pared, antes orgullosos, se curvan ahora cansinos, como
las pocas parejas que discurren con el haz de heno o el cestillo
de aceitunas cárdenas... Inevitablemente, algunos de
nosotros, entre las fascinación de tanta belleza ajada,
evoca La lluvia amarilla, de
julio Llamazares,
el novelista leonés de otro pueblo mortecino.
La noche cae
rápida, mediado ya el otoño. Antes de abandonar este
Robledillo de las tres ermitas (las del Cordero Místico, San
Miguel, Cristo del Humilladero), que tuvo 139 casas y 657 habitantes,
cárcel, escuela sostenida por la retribución de los 40
niños asistentes, "con curato de entrada y provisión
apostólica" (Madoz), nos maravilla otra vez su inmensa,
deslumbrante, novísima Casa de la Cultura. Cerrada, eso sí.
Y el edificio escolar, espléndido, aunque sólo para
seis niños. "Cuando pitos, flautas; cuando flautas,
pitos", cantó ya el Góngora más irónico.
Luego de cenar en
Cadalso una bandeja de bogas y barbos excelentes, con el
increíble vino de esta Sierra, llevamos hasta la Moheda a
los amigos que nos acompañan. (Hace poco se encerraban y
hacían huelga de hambre, con otras decenas de familias, en la
iglesia de este "pueblo de regadío", junto al Árrago
caudaloso... porque siguen sin tener agua corriente). ¿Serán
siempre las contradicciones el símbolo de nuestra
Extremadura?.

D.
ANTONIO RODRÍGUEZ MOÑINO
Llegó
diciembre, esta vez con lluvias tan esperadas como agradecidas. Fiel
a sus compromisos, la UBEx se propuso organizar las II Jornadas
Bibliográficas, que llevan el nombre de "Bartolomé
J. Gallardo", el insigne extremeño que enseñó
al mundo contemporáneo cómo abordar científicamente
el estudio de los materiales escritos.
Se eligió
dedicar esta segunda cita a otro insigne hombre, D. Antonio
Rodríguez Moñino (Calzadilla de los Barros
1910 Madrid 1970), que tanto hiciese por restablecer los
justos méritos del de Campanario.
A esta distinguida
población de la Serena nos dirigimos para inaugurar los actos.
En el vestíbulo de su Instituto de Segunda Enseñanza,
tres hermosos estantes recogían buena parte de los títulos
que Moñino dio a imprenta. Sólo una persona de enorme
vocación, cualidades y laboriosidad pudo componer tan
extraordinaria gavilla. Los ejemplares expuestos llegaron de la
biblioteca que en Almendralejo ha ido formándose por los
designios de Mariano Fernández, Marqués de la
Encomienda, también incansable bibliófilo y amigo
íntimo que fue de D. Antonio. En una cálida
intervención, ante ese público siempre fervoroso
de Campanario, compuso un espléndido ramillete de anécdotas
sobre Moñino y su entorno intelectual. Valga de muestra la que
tal vez mejor define la finura de nuestro hombre. Corrían los
días de la guerra civil y el entonces muy joven catedrático
andaba por Extremadura con la misión gubernamental de poner a
salvo los tesoros artísticos que, tantas veces, la ignorancia
y los prejuicios estaban en trance de destruir. En una tierra como la
española, gran parte de aquellas maravillas se guardan en
iglesias, conventos, monasterios, ermitas... que Moñino se
esforzaba por salvaguardar de actitudes vandálicas. Un día
se presenta en la casa de cierta señora, cuyo catolicismo le
consta. Llevaba un copón, con hostias presumiblemente
consagradas. Deseoso de evitar que puedan profanarlas, el antiguo
alumno de los PP. Agustinos, representante entonces de la
República, ruega a la mujer las consuma. Un gesto de
caballerosidad, respeto y tolerancia, que más tarde hubo de
aliviar el expediente abierto contra el bibliófico (y cuya
resolución última no fue, ay, un paradigma de lucidez
ni generosidad).
Antonio Ventura
Díaz, a quien mucho debe la Unión de Bibliófilos
Extremeños, intervino también, en su Campanario,
para resaltar al personaje.
Otras actividades
tendrían lugar en Badajoz. La joven Facultad de
Biblioteconomía y Documentación dispuso establecer el
aula "A. Rodríguez Moñino". Allí
conferenciaron José Luis Bernal y quien esto suscribe,
exponiendo las aportaciones fundamentales del de Calzadilla sobre la
literatura española (imposible ignorarlas hoy si se estudia la
lírica castellana de los siglos XV, XVI, y XVII) y en torno a
Extremadura: ningún papel le fue ajeno (muchos figuraban
en su propia, riquísima biblioteca) de cuantos dicen relación
con la historia, el arte, la literatura, el folclore, la imprenta,
los personajes relevantes de nuestra Comunidad.
Obras suyas, hitos
imprescindibles ya, son la colección de "Cancioneros
Españoles" (diez vols.); la serie titulada "Floresta
Joyeras poéticas españolas": Las fuentes del
Romancero General; Construcción crítica y realidad
histórica en la poesía española de los siglos
XVI y XVII; el Manual bibliográfico de Cancioneros y
Romanceros (4 vols.) o el Diccionario de Pliegos Sueltos Poéticos.
Entre las dedicadas a la tierra patria, que tanto amó, ahí
quedan La imprenta en Extremadura, Historia literaria de Extremadura,
Poetas Extremeños del siglo XVI o el Diccionario Geográfico
Extremeño; entre un casi centenar de trabajos, todos ellos
rigurosos, con información de primera mano, cuyas fuentes
buscó por buena parte de Europa y América.
El Instituto
pacense que lleva el nombre de D. Antonio y cuyos directivos se
mostraron infatigables en el desarrollo de las jornadas, acoge la
brillantísima intervención de D. Rafael
Rodríguez Moñino. Antiguo diplomático,
historiador fecundo, ausente ahora de la cátedra por mor
de una ronquera pertinaz, establece ante varios centenares de alumnos
y profesores la estrechísima colaboración que
mantuvieron sus tíos, Antonio Rodríguez Moñino
y María Brey. Mujer sabia, fiel y generosa, de personalidad
tan recia como la de aquél, alentó en vida de ambos y
supo mantener, viuda, durante veinticinco años la obra
del esposo (suya también, en buena parte). Dos existencias
paralelas, con lógicas disonancias puntuales, pero
radicalmente ligadas en el amor al libro.
Como epílogo,
se produjo la entrega oficial a la Junta de Extremadura del legado
que un día cediese Moñino a la Biblioteca pública
de Cáceres. Si supuso sólo una parte de la riquísima
que fue acumulando en su casa y, muerta M. Brey, ha pasado a la
Nacional de Madrid (unos quince mil títulos, todos
perfectamente elegidos; muchos, de valor incalculable), el depósito
cacereño, con sus más de setecientas obras,
constituye un fondo importantísimo para la historia de
Extremadura.
Las dos
publicaciones periódicas de la UBEx, su Gazetilla (sic) y
Oeste Gallardo, revista ésta que vino distribuyéndose
dentro del período HOY, para figurar después con cuerpo
propio, dedicaron sendos números a glosar la figura y obras de
Moñino.
"Yo no soy
más que un hombre lleno de tesón y de amor por su
tierra, Extremadura", dijo en solemnes momentos quien llegaría
a ser catedrático de la Universidad de Berkely (California),
vicepresidente de la Hispanic Society de New York, maestro de varias
generaciones de hispanistas, editor de buena parte de los
mejores prosistas castellanos y "príncipe de los
bibliófilos españoles", según frase del
gran M. Bataillon.