Pensadores
extremeños, de
Manuel Pecellín Lancharro.
JOSÉ
MARÍA VALVERDE PACHECO
Cuando eran aún
bien perceptibles las calamidades de la posguerra civil, un joven
estudiante sacudía la atención de los escritores
españoles más conspicuos ahí están
los elogios de los premios Nobeles J. Ramón Jiménez y
Vicente Aleixandre, o los del gran Max Aub, desde el exilio-,
atónitos ante el poemario Hombre de Dios, obra que
prologaba Dámaso Alonso. Desde entonces, y sin ser
excesivamente fecundo en el campo lírico, José
Valverde se mantuvo fiel a la poesía, hasta convertirse
en una de las voces más respetables del panorama hispano. El
volumen antológico Poesías Reunidas,
1945 1990 recoge los versos en los que el autor más
se reconoce. Aunque muchos de ellos encierran profundas reflexiones
filosóficas, no me ocuparé aquí de esta parcela,
que ya abordamos en otro lugar. Como tampoco de otra, fruto de la
pasión por el lenguaje que siempre ha distinguido a este
hombre, y por la que el año 1991 se le concedía el
Premio Nacional de traducción. Aunque ¿cómo
silenciar sus versiones al castellano de Rilke, Hölderlin,
Göethe, Morgenstern, Shakespeare, Melville, H.U. Balthasar,
Brecht, R. Guardini, Heidegger, Shakespeare, Novalis o el Nuevo
Testamento, con la ya mítica del Ulises de Joyce a la
cabeza?
José María
Valverde (Valencia de Alcántara, Cáceres, 1926) se
doctoró en Madrid con tesis sobre el alemán Humboldt,
uno de los pioneros en esa corriente magmática que ha sido la
filosofía del lenguaje, tal vez la más importante del
siglo XX. Lector de español en la Universidad de Roma desde
1950 a 1955, este año obtuvo la cátedra de Estética
en la de Barcelona. Por solidaridad con otros profesores
represaliados, dimitió de la misma en 1965 y no volvió
a ella hasta 1977. Vivió unos años en USA y, molesto
contra el gobierno yanqui por la guerra de Vietnam, se fue al
Canadá.
Cada vez más
comprometido socialmente, nuestro hombre se proclamó
comunista, pero no marxista, sintiéndose próximo a la
"teología de la liberación", aunque no
aceptase el concepto de "teología". Su magisterio,
no pretendido por él, se extiende merced a los artículos
periodísticos, libros variados, charlas, congresos y clases,
aunque Valverde prefirió siempre, como Sócrates,
la conversación directa.
Poco antes de
fallecer, este inolvidable maestro vino a Badajoz para participar en
el Aula Enrique Díez Canedo. Tanto en privado, como en
declaraciones recogidas por la Prensa regional, el escritor hizo
públicas sus raíces extremeñas, sin
renunciar para nada a sus vinculaciones con Cataluña y al
espíritu cosmopolita que lo animó siempre. Yo había
adoptado mucho antes el acuerdo de incluirlo en el tercer volumen de
mi Literatura en Extremadura, y al capítulo que allí le
dediqué me atrevo a remitirme. También uno de los
Dominicalia, suplemento que el periódico HOY publicaba en
colaboración con la Asociación de Escritores
Extremeños, le dedicaba un monográfico a Valverde el
año 1992. Insistiré ahora en la faceta más
claramente ensayística del autor, aunque en todos sus
trabajos, incluso los poéticos, cabe percibir un fuerte
contenido ideológico.
La fidelidad a la
pureza del Evangelio primitivo, la llamada marxista a luchar
contra la explotación de las clases trabajadoras, el respeto
hacia la persona concreta del existencialismo escuela Aranguren,
el ideal griego del kaloskaiagazós (lo bello,
indisolublemente fundido con lo bueno, traducido al latín
como nulla aesthetica sine ethica), un sentido visceral de la
justicia y una irrefrenable simpatía hacia los más
pobres del mundo, pueden constituir algunas de las claves de su
pensamiento.
La obra no
creativa de Valverde, en trance hoy de publicación
completa, ha sido calificada por R. Argullol, que le niega el
carácter de ensayo, como "historia
crítico irónico divulgativa de las
ideas". Sin interés por el estudio de las cuestiones
metafísicas, preocupado por describir "la autobiografia
del lenguaje", Valverde se sintió más próximo
que a ninguno a S. Kierkegaard. Como éste, tuvo un pathos
pesimista e incluso trágico, más fuerte en los años
finales, cuando llegó a proclamar su certidumbre de que el
capitalismo iba a terminar arrasándolo todo de manera
despiadada.
Aparte un buen
número de artículos periodísticos, las obras de
Valverde con mayor hondura filosófica son Estudios sobre la
palabra poética (1952), Guillermo de Humboldt y la
filosofía del lenguaje (1955), Cartas a un cura
escéptico en materia de arte moderno (1959), Logos;
curso de filosofía (1962), Antonio Machado (1978),
Vida y muerte de las ideas: Pequeña historia del pensamiento
occidental (1980), El barroco: una visión de conjunto
(1980), La mente de nuestro siglo (1982), Breve historia y
antología de la estética (1987), Viena: fin del
imperio (1990), Arquitectura y moral: pasaje autobiográfico
(1992), Nietzsche, de filólogo a Anticristo (1993) y el
Diccionario de historia (1995).
Para Valverde, la
gran revolución producida en el campo de la filosofía
contemporánea ha sido la conciencia, más compartida
cada vez, de la íntima relación entre lenguaje y
pensamiento. Señalada ya por los Románticos (y aún
resulta posible fijar precedentes anteriores), puesta de manifiesta
por el Nietzsche convencido de la coerción del lenguaje
("Oh, la Gramática, ese vieja zorra engañadora.
Pienso que mientras exista la Gramática, seguirá
habiendo Dioses ") y las tesis de lingüistas como
Saussure o Sapir Whorf, constituirá el núcleo de
la reflexión para los miembros del Círculo de Viena, el
atomismo lógico, las escuelas analíticas..., con
Wingenstein y Russell al frente.
Eugenio de Nora
insiste en algo bien conocido por todos los que acercaron a la
persona y/u obras de Valverde. Adoptó muy pronto, como
suyo, el lema que Wittgenstein proclamase en el aforismo 6.421
de su famoso Tractatus: "Ethik and Aestetik sind Eins.
Quien tan profundamente lo conocía, desarrolla así sus
reflexiones sobre "la voz poética más grave y
reflexiva de su generación: "Incluso, para el conjunto
de su obra, no sería inadecuado pensar en un neoclasicismo
de tipo dieciochesco, en una reencarnación (y aquí ya
no sólo en las formas, sino en los contenidos) del
"racionalismo ilustrado", metamorfoseado en humanista
creyente, cuyos versos van impregnados siempre de cierta
irradiación moralizadora, de un ponerse en claro a sí
mismo para invitar a ponerse en claro a los demás" (...)
Talante ético y autenticidad de unas pocas creencias
esenciales, sí, pero lejos de todo dogmatismo"'.
Ricardo Senabre,
en el análisis que realiza de un poema de Valverde para
el homenaje arriba citado, concluye, contraponiendo el fuerte
sentimiento religioso de nuestro autor con otras tradiciones
distintas: "Para los escritores religiosos, vivir equivalía
a seguir en todo momento los designios divinos, y la propia
incapacidad del individuo para modificar tales dictados resaltaba la
ineluctable pasividad de ser humano. Aquí, en cambio, el
sujeto ha recibido la vida pero la mantiene con esfuerzo; por
eso le "da cuerda", la mantiene, la aviva como una llama
que le hubiera sido confiada, y al morir no tendrá ya la
necesidad de hacerlo. El hombre es también artífice de
su vida, aunque a la postre pierda la batalla entablada contra el
tiempo. Las viejas ideas de la literatura religiosa y moral han
recibido aquí una forma nueva. Estamos ente un cristianismo
muy personal, teñido de senequismo barroco, y con algunas
dosis de existencialismo contemporáneo".
Poeta por encima
de todo, Valverde está inmerso, como todos los grandes
pensadores contemporáneos, en lo que se juzga la
característica fundamental del siglo XX, "el giro
lingüístico" o, según él mismo lo
dijo, "el escándalo del lenguaje". Consiste éste
en considerar 1) que el máximo problema (pro ballo:
lo que se nos arroja exigiendo respuesta) es el lenguaje y 2)
que cualquiera otra cuestión sólo es comprensible
dentro del lenguaje. Recordemos cómo quiso dedicar su tesis de
doctorado a Humboldt. Hoy es un lugar común sostener que el
lenguaje condiciona las ideas, que el pensamiento sólo puede
darse en forma de palabras, dentro de la gramática de una
lengua. De ahí que la historia de la filosofia occidental
pueda ser metafóricamente contemplada como una odisea del
pensamiento abstracto "que, al cabo de un tormentoso periplo más
que bimilenario, volvería a su Ítaca para hallar a
su fiel Penélope esperándole en el telar el
telar del lenguaje". El hombre sigue siendo alguien que habla y
busca dar razones de todos los fenómenos de la realidad,
aunque hay conciencia creciente de que el lenguaje ordinario o
cotidiano no va a poder cumplir con tamaña tarea, originándose
así una formidable tendencia a la construcción de
lenguajes formalizados lo que " puede verse, en cierto modo,
como una rebelión contra el lenguaje, que es también
una rebelión contra el limitado y concreto ser del hombre".
Por eso, frente a
tantas muertes anunciadas (la de Dios, la del hombre, de la libertad
de las ideologías, la de la historia...), Valverde
experimenta la tentación de "proponer la palabra poética,
al modo heideggeriano, como fuente de nueva vitalidad espiritual".
Pero conoce, y lamenta, que tantos busquen reducir la palabra a un
ejercicio autoirónico destructivo, a un collage de
referencias (el texto mosaico) o a un simple metalenguaje,
"discurso sobre el discurso".
Muy interesante
también es el apunte de Valverde en el prólogo a la
reimpresión (1982) de Vida y muerte de las ideas, donde
insiste en que "estar del lado de la palabra es estar del lado
de los pobres, de `lo pobre', de lo concreto y lo de todos, y es
estar contra el despotismo 'de arriba, cuyo arquetipo está en
el idealismo del aristócrata Platón aunque ,
astutamente, se desdeñe utilizar ciertos `irracionalismos´
en cuanto droga de evasión e irresponsabilidad".
Encareciendo el
pathos lingüístico de nuestro pensador y sus
esfuerzos para preservar la memoria de lo que ha sido dicho, Fernando
Castro Flórez escribe: "Por medio de sus traducciones,
sus poemas y sus ensayos, Valverde ha protegido la memoria total
del lenguaje que, como Kraus, está guiada por un profundo
instinto moral. Recorriendo los restos de una cultura nihilista,
ha actuado sin desesperación. (...) Ha sido un auténtico
maestro acumulando fragmentos, dándoles sentido, "haciendo
la policía con varias voces", dando vida a lo que
aparentemente estaba muerto. Esa es la esperanza que resplandece en
la tierra baldía: memoria de nuestra experiencia poética".
La común
pasión por el lenguaje habrían de hacer que Valverde,
tan profundamente cristiano, se encontrase con el creador del
Anticristo. Dedicado al también extremeño Andrés
Sánchez Pascual, el estudio sobre Nietzsche, de filólogo
a Anticristo nos parece un modelo de rigor y lucidez. "Este
libro presenta el desarrollo de la vida y obra de F. Nietzsche en una
perspectiva doblemente desacostumbrada: en un sentido, a lo
largo de sus páginas, va dejando oír constantemente la
propia voz de Nietzsche y, a veces, de sus amigos ,
aproximadamente tanto como la voz del autor; en otro sentido, rompe
con la costumbre de ver a Nietzsche sobre todo como el autor de
Zaratustra, recordando que él mismo señaló
que ese libro era radicalmente diverso al resto de su obra; lo cual
hace posible seguir integralmente el itinerario que llevó
a aquel joven catedrático de filología clásica,
algún tiempo devoto de Wagner, a asumir cada vez más
obsesivamente una ofensiva, no sólo contra la metafisica
y la ética, sino contra el Cristianismo, y de forma aún
más concreta contra la figura de Jesucristo, casi en término
de lucha cuerpo a cuerpo, como "Anticristo", hasta que se
cumplió el siempre previsto final de su caída en la
locura. En algunas cartas, emotivamente, Nietzsche asoma detrás
de su "fachada" como hombre inerme, dolorido y solo,
que tal vez querría renegar de su papel nihilista, pero
su implacable inteligencia, consciente de que la vida mental no
consiste sino en palabras, más o menos bellas pero siempre
cargadas de "voluntad de poder", le proyectaba el destino
de ser "dinamita" el entonces reciente invento
de Alfred Nobel . El autor de este libro no ha querido escribir
aquí ningún ensayo sobre Nietzsche, sino dejarle
aparecer entero, sin esconder la referencia a su inevitable
punto de vista propio: su deseo es, simplemente, ofrecer una útil
introducción a la lectura del solitario de Sils María",
se lee en la presentación de dicha obra, redactada sin
duda por el propio Valverde.
Fallecido en
Barcelona el 6 de junio de 1996, numerosos escritores honraron
su figura con evocaciones espléndidas. Sólo voy a
reproducir dos. Manuel Vázquez Montalbán lo
recordaba así: "En la sociedad católica que se
recuperaba del cinismo de la guerra civil, Valverde fue un
agitador incansable desde su ejemplo de cristianismo dispuesto
a construir una esperanza terrenal mediante la lucha social y
cultural contra la dictadura y sus oligarquías
corresponsables. En la sociedad literaria que trataba de
autoconstruirse por encima de los dogmas oficiales y de los otros, su
ejemplo como poeta y como descodificador de lenguajes ayudó
a reunir el reino de la necesidad con el de la libertad" .
A Felipe L.
Aranguren, que se declaraba su discípulo, pertenecen estas
palabras: "La muerte de José María Valverde,
apenas mes y medio después de la de mi padre, me ha hecho
reflexionar sobre la extraña vida paralela de ambos. Amigos
desde los años 40 pese a la diferencia de edad, cristianos
y catedráticos, expulsado de la Universidad uno, dimisionario
por solidaridad el otro, comprometidos con su país y con sus
gentes humildes tanto aquí como en América, los
dos nos han dejado un legado de honestidad y valor intelectual a
partes iguales".
A propuesta de
Agustín González, director del Departamento de
Historia de la Filosofía, Estética y Filosofía
de la Universidad de Barcelona, al cual había pertenecido
nuestro autor, se ha creado una catedra ad honorem que
lleva el nombre de J.Ma Valverde.