Todavía está todo todavía, de Manuel Pacheco.



AUTORRETRATO


Como un arco caliente

de violines

tengo mi espalda

tengo mi pelo oscuro

como una selva extraña.

El papagayo crudo

de recibir estatuas

nunca puso carriles

en los campos azules

de mi alma.


Voy caminando

con esta vida o carga

que estándome nacido

hay que saber sembrarla,

buscar luna o trigo

entre ortigas y paja.


Yo no soy tremendista,

la vida no es hamaca.

Yo no tengo la culpa

que se lluevan las casas

y pudran su dinámica

las raíces azules

que sostienen el alma.

No teniendo la culpa

me aconsejan que haga;

que siendo tan poeta

es lástima ¡qué lástima!

que escriba cosas negras

en vez de blancas.


Si existe la espiga,

la rosa y el hada;

si existen los que mueren

para que otros en panzas

siembren turbios dineros

con el sudor del paria;

si Dios en poesía

me ha perforado el alma

poniéndome una estrella

en sus fibras más sanas,

¿cómo traidor del mundo

con sus callos y mantas

voy a cantar la rosa

olvidando mi raza?


Ser poetas, amigos,

no es ser una palabra,

es llevar en la boca

un sonido de espada

y decir la verdad

caiga quien caiga.


Yo no soy tremendista,

soy un junco que canta,

una sangre que vuela,

un corazón con alas;

soy un libro delgado

de páginas muy blancas

donde escribe la vida

todas sus resonancias.


No me importa os digo

la fiebre que me mata

ni el delirio sin sueño

de mi cara de tabla.

Siendo fiel a mí mismo,

sigo con mis libros

para tocar las alas.

Mi mujer y mi hijo

comprenden mi causa,

saben que saberme

no es saber a un fantasma.

Yo sigo mi camino

hacia la luz del alba.











LA POESÍA


Se introduce en mi sangre

largo clavo de luz

que me punza los ojos,

me atraviesa la frente

y baja como hilo de miel y vinagre

hasta el hueco de vidrio de mi pecho.


Me golpean sus húmedas imágenes

como un río que sale de su cauce

y lleva entre sus aguas

marionetas de fango.

Llega hasta mis huesos

su vuelo de metal,

su esquila de algodón,

su rosario de pájaros.

Es como un ave gris

volando entre la niebla.


 

LA FORMA

A José Trebolle y Marina Barrera


La forma es un cántaro

que llenamos de agua

para la sed de los desiertos;

que llenamos de vino

para la sed de los hombres;

que llenamos de sueños

para el largo camino.


Si la forma galopa

como ciervo de música,

si se arropa con paisajes de nieve

y sólo queda el viento

de su inútil belleza,

la forma no me importa.

Hay que llenarla

poniendo en su esqueleto

ascuas de entrañas vivas.











ÉL

La primera estación

es un tren de soldados sin cabezas.


Detrás vienen los cálices

sostenidos por manos vomitadas;

vienen relojes epilépticos

a destruir el alma de los niños;

vienen clavicordios podridos

en las bocas de los viejos del sanedrín.


 Coged los látigos.

Él viene blanco de ángel y paloma

a poner en las bocas del fango

un encendido aliento de piano.

Viene a decir como los lirios

y a convertir el oro

en utensilios para escarabajos.

Viene lleno de flores infinitas

contra el olor de lepra

que pusieron los hombres en el templo.

 Coged látigos, espadas y clavos.

Poned bombas atómicas

en el reino espectral de la alondra.


Contemplo la noche

y el carro de la luna

escupe un ángel sobre el suelo.











DÍA Y HOMBRE

A Matías Nieto Fernández


El día cruje

como un barco encallado.

Los caballos del aire arrastran

el carro de las sombras

y la luz está con su anillo

de blanca desposada.


El hombre se levanta

con el temblor azul que tiene la madera

cuando el brillo del hacha ilumina su piel;

descorre las cortinas

que suenan como un niño que se duerme

mirando las pupilas de la madre;

se desviste de sueño

y pone su cabeza en los puños del agua

para sentir la realidad que llega.

El hombre toca el hueco de la taza,

pone un beso de abeja sobre el borde,

se bebe la sangre de la yerba,

toma un cigarro entre los dedos

y va durmiendo el humo entre sus pasos.

La ciudad con su brillo de fleje,

con cantar de cuervo,

con empuje de río,

con rodar de aro

y sus paletas húmedas de muerte.


El hombre está en la altura,

pisa el cuerpo planchado de los árboles,

golpea contra el hierro

o escribe en la oficina

helados alfabetos.


Después viene la novia,

la sombra del jardín,

el humo de la iglesia

y los cuerpos desnudos;

después viene el gemido

y la sombra del niño

para empezar de nuevo

la escarcha de otra historia.











ARPA ROTA

A Antonio Rodríguez-Moñino


Al mundo le han nacido muchas cruces,

muchos velos de humo,

oraciones podridas

y cestos de camisas de asambleas

manchadas por el llanto.


Una angustia de manos alambradas

va cercando la historia de la tierra.

A mí me tocan la palabra,

me dicen que cante a los jazmines,

olvide el cesto de la ropa sucia, lo

los cubos de agua sucia

y todas las babosas que pasean

por los cuerpos heridos de los hombres.


Gozar un paraíso

en el infierno de la tierra.

Inventar la mentira del tierno ruiseñor,

la mentira del agua

para la sed del hombre

y el canto de los pájaros

para el paisaje azul de los cobardes.

No puedo estar mirando en

los espejos los dientes de la lepra,

reírme del pasto de la herida

y quemar al payaso de la herida

para dejar mis manos

sobre las arpas dulces.


Estoy aquí... ¡No sé!

Me arrancaron del vientre

de mi madre, dejaron mi sombra

en el desierto.

En mi sombra pusieron

este pájaro de agua volteada

que se ensucia de lodo y va a la estrella,

miente su caída de lluvia cristalina,

nace manantío alguna vez

y otras veces se alarga

como verde oruga hacia el camino.


Si tengo el arpa rota

y la música escapa de las cuerdas

con roncas cicatrices de sonidos,

es mi verdad que canta,

mi tristeza que canta

y el hombre que me toca las pupilas

con su herida sin sueños.











EN EL NORTE DEL HOMBRE

José Alfonso


Me pides tantas cosas

que ya no sé si darte un guante roto

o mis manos vacías.

Me pides tantas cosas

que ya no sé si darte mi voz azul de padre

o mi garganta ronca de arcángel destruido.

Mi poesía es así,

como un golpe de sangre en las pupilas,

como la fiebre de los hombres

y sus manos partidas

por las piedras del mundo.

Pides un mensaje

como un vaso de agua,

un trozo de pan

o el beso de un niño.


Pides que te escriba una cartilla

para las manos de los callos.

Escribo para el hombre

y en el norte del hombre

pongo el alba del sueño.











CUANDO SE OYE EL SILENCIO


Cuando se oye el silencio

todo parece cubierto por una campana de nieve.

Los hombres caminan como bestias

tirando de las norias de los días.

La anemia sigue poniendo en los niños

caretas de cera. Los arcángeles negros del átomo

siguen conspirando contra la flor del mundo.


Lagartos amarillos

se comen las espigas del sudor

y los tiranos levantan sus palacios

sobre los huesos del hambre.


Cuando se oye el silencio

no existe la alegría de la madre

mirando sobre el nido de la cuna

la esperanza del hijo.

Una música verde

penetra las paredes

y se mueren los pájaros.

Hasta el aire se pudre

cayendo al suelo

como una rama seca,

cuando se oye el silencio.