Los caballos del alba, de Manuel Pacheco.


 

EN EL ESTAMBRE DEL ALBA


En el estambre del alba

está la niña durmiendo.


Por los pinos viene el aire

con cítaras de luceros,

en el ritmo de su falda

están naciendo los besos.


Te digo que la penumbra

tiene un cáliz para el trueno.

El galgo corre amarillo

entre las corzas del viento.


Dobladas como el gemido

campanas en tus cabellos.

veletas por el norte

con tulipanes de miedo.

En el estambre del alba

está mi niña durmiendo.









CARTA A MI AMIGO JOSÉ DíAZ AMBRONA

Y A LOS POETAS EXTREMEÑOS


Amigo, el corazón de la poesía

ha descendido al hueco de mi mano,

en ella está latiendo dulcemente

con ritmo de luz, flor y campo.

Nos has traído aquí. La tarde ríe.

Quieres una reunión de hermanos.


Que el canto azul de Extremadura

se ilumine de estrellas

y pájaros y encienda el alba en esta noche

caída en la tierra que pisamos.


Escribo esta carta a Extremadura

y a ti, que sientes su latir humano,

su corazón de recios encinares,

palomas, mieles y pan blanco.


A vosotros poetas os escribo.

Mi mensaje es un astro.

Para todos mi alma se abre azul

como la primavera que rozamos.


Os pido unión. La poesía

se mece en nuestros brazos.

Luchemos unidos por su lluvia buena,

que un ángel nos lleve de la mano.











A LOS POETAS, EN LA FIESTA DE LA POESÍA


La antorcha del almendro

enciende su luz blanca,

la tierra se tiende estremecida

como cuerpo desnudo de muchacha.


Hoy tengo el sueño herido

de pálidas nostalgias.

Me suena en las fuentes de mi pulso

el beso azul del agua.


A vosotros, hermanos de la rosa,

que tenéis un lucero en las entrañas,

en la boca el sonido de un cuchillo,

en la frente el secreto de las alas.


A vosotros que estáis sobre la tierra

como arcángeles blancos de esperanza

y regáis en el mundo la semilla

de vuestra dulce hermana.


Mi canto, estirpe de jardines,

ramo de sangre

quiere quemar vuestra alma

con el limpio metal de la palabra.


La poesía está para salvarnos.

Sembradla sobre el mundo que se pudre,

haced que nazca nuevamente el alba.









PARA INVENTAR EL ALBA


Quisiera una noche de gargantas azules.

Una noche dormida en la cuna del arpa,

pequeña de luna que sumida en tus pechos

escuchase el perfume de una flor chopiniana.

En el fondo de un vaso descubrir tu silueta

y tender a tus labios mis venas,

para que el ansia de besarme la sangre

me hiciese caminar una ruta sin mapa.


Deseo una noche con árboles de nieve,

con luna verde cubierta de pestañas,

en el agua de un pozo la sombra de un piano,

dientes liberados mordiendo una sonata.

Qué tuya y qué mía será la sombra aquella.

Tengo en mi cartera tus pupilas guardadas.

Tienes en tus pulsos mi retrato pequeño,


en caja de agujas mi verso esmeralda.

Pero ni tú ni yo, ni la noche ni el barco

saben la razón de una esponja caída.

La arena del mar libera las playas.


Lo saben tus ojos colgados de árboles,

lo saben mis uñas en limones clavadas.

Tus labios perdidos por la tecla más íntima

y el copo de la aurora besándote la cara.

Tu aliento entre mis manos es pájaro herido.

Un jardín llorado. El látigo del agua

fustiga el lamento de una sien de alabastro.


Cabalga la noche montañas de viento.

En el cáliz del beso inventamos el alba.











MAÑANA DE PRIMAVERA


Sirena y marinero. Luz desnuda.

Labios de sol rezando primavera.

Salía de un sótano de nieve

donde estuve apresado

por la muerte pequeña.


Los dos eran jardín.

Yo estaba en un sonido

de rubio sol, de tibia menta.

Sus cabellos de llama incendiaban el aire,

su pipa de marino quemaba chimeneas.


Fuimos triángulo

de sirena a marino,

de marino a mujer,

de mujer a poeta.

Estábamos sentados en un jardín de ensueño

donde blancas palomas besaban palmeras.


Ella estaba en el sol como copo de nieve,

decía que la vida era un poco de niebla,

vivir era azul como pulso de fiebre.

El ayer no existe y el mañana no llega.


Era un idilio dulce de seda desnuda

resbalando en la carne de muchacha nueva.

El marino pensaba en la luz del mañana,

la sirena quemaba turbia cabellera.

Los vasos se llenaban de champán y espuma,

mujeres desnudas y rubia cerveza.

Jazmines de alto vuelo ponían en el paisaje

arrullos de aire donde el amor se quema.


 Poeta, me decían, quizá nuestra palabra

te amargue la mañana de tibia primavera.

 Enamorados blancos de mar y paisaje

me gustan las flores perfumando tristezas.


Se pierde como un niño dormido

la mañana desnuda con cuerpo de fiesta.

El poeta os ofrece un rosario azul.

Abrid un ancho beso para quemar chumberas.

Con el fuego de vuestras bocas jóvenes

haced con cenizas un castillo de estrellas.











SIRENA Y MARINO


Estás rozando el agua,

se queman tus manos.

Una sirena rubia

ha parado tu barco.


Amigo marinero,

el mar está lejano.

La ciudad te quema

con aguas de asfalto.


Tienes nostalgias de luna

y navegas tardes sin balandros

por caracolas tibias como besos

con timonel de estrellas y vocablos.


Tienes la luz de una sirena

borrando horizontes limitados.

Al sur, tu corazón como una espiga

hecho de harina en temblor romántico.


Sirena de ciudad, arpón de luna,

aguja de clavel en tu costado,

los faros del crepúsculo te guían

y una amapola crece entre tus labios.


Cuando en el mar la noche caiga

con mano azul sobre tus párpados

soñarás en el sur y en la sirena

que hizo temblar tu corazón romántico.









TARDE EN CASTELAR


Sencilla como un niño cogido de la mano

la primavera tiene remansos de sueño.

Estamos bajo un árbol mirando a las palomas,

la tarde azulada te besa el cabello.


Te miro, tus ojos tienen luces

de fuentes rumorosas para encender besos.

Tus manos tienen brisas de blancas mariposas

y ponen en las mías un tacto de luceros.


¡Qué sencilla es la vida cuando tu voz me sabe,

cuando su roce tiembla iluminando el verso!


Estamos los dos sentados bajo un árbol,

las palmeras te nombran, los jazmines son rezos

que resbalan bocas de blancura pequeña

por tu rostro dormido de nenúfar moreno.


Los niños pasan tenues como barcos de mimbre

en coches de luna dulcemente pequeños.

Nuestras manos se unen comulgando jardines,

la tarde azulada besa tus cabellos.











TARDE AZUL


Tu casa era un jazmín entre

la lluvia, la tarde era un ala

que arropaba en plumas de camelias

el aire de la danza.


Se olvidaba la voz de los relojes,

las palabras crecían como bosque de acacias.


Todo se hacía dulce

como un cuento de hadas.


Tú ponías la música.

Los bisontes heridos de la lluvia

golpeaban las calles con pezuñas de agua.

Maríanela soñaba un baile nuevo,

todo era poesía en la luz de tu casa.









EL VIOLÍN DE LA NIÑA


El violín de la niña

por la luz del bongo

trajo la primavera.


Un filo de maracas

dominaba la selva,

por el aire azul

un saxofón violeta.




El violín de la niña

trajo la primavera.











MARIANELA DE MONTIJO


Sabes domar el ritmo

con los silencios blancos de

la pausa. La música te sigue

dulce corderilla blanca.


En el remanso azul de tu cintura

los sauces se derraman

enredando sus verdes cabelleras

en el limpio cristal de tus enaguas.


Tus saltos de gacela

elevan el suspiro de la danza,

ponen en la copa del sonido

surtidores de acacias.


Arcángeles de vidrio

te rozan con sus alas,

un camino de pétalos

acunan tus pisadas.


Sabes domar el ritmo

con los silencios blancos de la pausa.