Diario de Laurentino Agapito Agaputa, de Manuel Pacheco.




1
Me llamo Laurentino Agapito Agaputa y nací en la Tierra. soy calvo de nacimiento y en una guerra incivil me hicieron una herida en la cabeza que tiene la forma de un bello sexo de muchacha. Mi calva sólo tiene un pelo en forma de sexo de muchacho, y aprovechando la originalidad de mi pelo y mi herida, llamé a mi amigo el pintor Pinto-y-Meo para que dibujara en mi calva una muchacha desnuda, y Pinto-y-Meo hizo coincidir mi herida con el sexo del dibujo y así pude meter mi pelo-pene en la herida-sexo.
Las autoridades que velan por el sueño tranquilo de la moral de los padres de familia, las madres de familia y los hijos e hijas de familia, me acusaron de exhibicionista y a mi calva de pornográfica, y el juez me condenó a Sombrero Perpetuo.


2


Me gusta el verano, la luz crudamente azul que lo desnuda todo y hace que las mujeres muestren sus encantos y sus desencantos. Me gusta el río, soy un gran nadador y las muchachas, atraídas por mi pelo, vienen hacia mí para que les enseñe a nadar, pero el dibujo de mi calva tuvo la culpa de que las autoridades me prohibieran ir al río, porque al quitarme el Sombrero, los muchachos y las muchachas miraban mi calva y gritaban a coro:


-Agaputa, mete el pelo.
-Agaputa, saca el pelo.


Cursé instancias a las autoridades competentes declarando que no era exhibicionista, que era herido y héroe de guerra. Pero las autoridades eran tan moralmente competentes, que no me dieron permiso para bañarme a no ser que me pegara el sombrero a la cabeza, y una tarde puse en el colector de la ciudad una bomba y toda la mierda flotó sobre el río.
Pinto-y-Meo nadaba y se extrañó de aquellos corchos de colores que flotaban a su alrededor y olían demasiado mal hasta para su olfato sin prejuicios, y yo alquilé una barca y salvé a mi amigo de morir en olor de suciedad.


3


Como me habían prohibido bañarme, llevé a la feria de ganado a mi hermoso y caliente caballo negro. Las yeguas portuguesas tenían sus rabitos atados con cintas verdes y eran finas, como los filamentos de las lámparas, y los caballos, rozando suavidades de ancas, se pusieron enardecidamente amorosos.


La autoridad que mandaba en el real de la ilustre feria de la ilustre ciudad y el ilustre ganado, ordenó pasear el ardor de los caballos, y los guardias del municipio formaron filas, y las primaverales, pulposas y vestidas-desnudas muchachas que contemplaban el desfile, reían, porque mi caballo se puso amoroso, y ellas miraban dulcemente el amor del caballo que, no sabiendo de moral, iba creciendo y oscilando, creciendo y oscilando, creciendo y oscilando en su lento galope.
Y mi caballo se llevó el primer premio.


4


Cuando me pongo triste, sueño sonidos o miro un espejo con un álamo dentro y me quito el sombrero y el pelo-falo del hambre y la injusticia sigue introduciéndose en la ranura-mundo y me meto en el retrete y pienso en eso que llaman Alta Sociedad y me suena mal, muy mal, la definición y defeco largamente sobre la Alta Suciedad reinante y una vez realizada mi defecación, me pongo alegre y me paso la tarde hablando con mi calva en el espejo.


5


Estoy triste por haber nacido en una nación sexualmente atrasada. Temo por mi calva y por la belleza de la muchacha desnuda acostada en mi calva, porque si no me puedo quitar el sombrero, puede morir asfixiada. Yo no quisiera abandonar mi patria, pero como me es imposible continuar en ella con el sombrero puesto, pienso en Alemania, pero en Alemania hay que trabajar tanto que te conviertes en un tornillo. Y aunque gane mucho dinero, ¿para qué coño quiere dinero un tornillo? Creo que Suecia me conviene; es la nación más adelantada del mundo en lo concerniente al sexo y puedo vender mi preservativo, que intenté vender en mi patria, alegando que daría más divisas que el turismo y estuve a punto de ser fusilado.
Hoy me marcho a Suecia y me quito definitivamente el sombrero.


Hace unos días que estoy en Suecia y ya me han hecho un gran homenaje por mi maravilloso preservativo. Las muchachas y los muchachos de Esto es el Colmo se encargaron de la fiesta, y el vino fue servido en la célebre licorera que inventé y tuve que vender a un cabaret de Dallas .
La muchacha que ostentaba el título de Miss Citen pidió que hablara, y yo les lancé el siguiente discurso:


-Queridos amigos y amigas, gracias por vuestros aplausos de comprensión hacia el invento que a nadie perjudica y que preserva y no reserva y es, asimismo, un gran aliado del amor. Yo siempre he sido un gran estudioso de los sexos; tenía que llegar a la pureza táctil de algo que no fuera un elemento extraño ni para el muchacho ni para la muchacha y que, al efectuarse el acto, contribuyera a éste sin molestias, preservando del peligro del embarazo.


Todas las muchachas y muchachos de Esto es el Colmo me llevaron en hombros por las calles principales de la gran ciudad.