El
guitarrista, de Luis
Landero.
Lo conocí
al otro día, el sábado, a la hora de comer. Era casi
tan alto como yo, y aunque vestía con cierto desaliño,
resultaba a su modo elegante. Tenía el pelo negro y espeso, un
poco entreverado de canas, y a veces se pasaba una mano por él,
peinándose hacia atrás, pero así y todo siempre
había un mechón que al rato se le volvía a caer
sobre la frente. Se le veía enseguida que era poco hablador,
y lo que más me llamó la atención desde el
primer momento fue el modo que tenía de escuchar. Apenas nos
sentamos, me interrogó un poco sobre mi vida, cosas
convencionales, qué tal el trabajo, qué tal los
estudios, qué tal la guitarra. Yo contesté con frases
rutinarias pero él escuchó mis respuestas como si
fuesen interesantes e incluso problemáticas. Escuchaba con
mucha intensidad, ladeando la cabeza y entornando los ojos, y
suspendiendo el cubierto en el aire, con una mirada incisiva y casi
escrutadora. Quizá por eso parecía que participaba
mucho en la conversación, pero no: en lo que participaba mucho
era en el silencio. Y de vez en cuando se distraía, se
concentraba en el plato y se dejaba el mechón caído por
la frente. Entonces yo aprovechaba para observarlo. Tenía
las manos largas y delicadas, y los dedos de la mano izquierda sucios
de nicotina. Eran unas manos nerviosas, que a veces le temblaban un
poco y que al coger los objetos parecía que iban primero a
tantearlos, con esa avidez titubeante que suelen tener algunos
ciegos. De tarde en tarde, parpadeaba muy deprisa, y al mismo tiempo
arrugaba ligeramente la nariz y la boca, pero sin que aquel
movimiento llegara a ser un tic. Yo me fijaba en su manera profunda
de callar, en cómo el silencio lo rodeaba y casi lo anegaba,
como el mar a una roca, lamiéndolo, ocultándolo,
mostrándolo de nuevo. Tenía dos arrugas muy marcadas
que le subían bifurcándose desde las comisuras de la
boca. Pero era atractivo, y algo de su juventud se había hecho
fuerte y como indestructible en su figura y en su rostro.
El señor
Rodó es bibliotecario dijo mi madre . Trabaja en
la Biblioteca Nacional.
¿Has
estado alguna vez allí? me preguntó. No me
disculpé.
Tiene más
de tres millones de libros dijo mi madre, animándolo a
hablar . Y hay un montón de gatos para los ratones, y
cada gato tiene su nombre y consta en nómina, como un
empleado más.
Y sí,
entonces habló de la biblioteca, de libros raros, de códices,
de archivos, y confirmó lo de los gatos, pero todo muy
vagamente, con ganas de zanjar pronto el tema.
A ti te
gusta mucho leer, ¿no es verdad, Émil?
El señor
Rodó tardó en levantar los ojos del plato. Luego se
despejó el mechón peinándose lentamente con la
mano hacia atrás, demorando el momento de mirarme con un gesto
fingido de sorpresa.
¿Qué
tipo de libros te gustan? preguntó, y al decirlo se
rascó delicadamente una ceja con la uña del meñique.
Comprendí que le era del todo indiferente mi respuesta.
No sé,
me gusta la filosofía dije yo con cierto afán de
desquite, y procurando ser lo más lacónico posible.
Él adoptó
entonces una actitud ponderativa: se llevó un dedo a los
labios y remotamente asintió. Luego con la otra mano dibujó
en el aire una espiral, incitándome a continuar.
Bueno, me
interesan sobre todo Heráclito y Schopenhauer.
Ah,
Schopenhauer dijo él, evocándolo . ¿Y
qué es lo que más te interesa de él?
Su visión
de la vida. Esa idea de que la vida es un negocio que no cubre
gastos. El topo, por ejemplo. Cava túneles a todas horas, en
la más absoluta oscuridad, toda la vida cavando túneles,
y lo único que consigue a cambio, ¿qué es?,
la alimentación y la cópula. Luego se muere, y sus
hijos harán exactamente lo mismo, y siempre igual. No hay
proporción..., no es justo..., tanto trabajo para tan poca
recompensa. ¿Qué ha hecho el topo para merecer ese
castigo?
Era una idea que
conocía muy bien porque el profesor
de filosofía
nos seguía hablando a menudo del topo para ilustrar lo poco
rentable que era el negocio de vivir. Se ponía a hablar y,
tarde o temprano, siempre salía a relucir aquel topo.
También nos repetía mucho otra cosa que decía
Schopenhauer: que, ante las obras de arte, o ante un paisaje, hay que
comportarse lo mismo que ante un rey: esperar a que sean ellos los
que digan algo, porque si hablamos primero nosotros, sólo nos
oiremos a nosotros mismos. Se lo conté también al señor
Rodó.
Tanto lo del
topo como, sobre todo, lo del rey es muy interesante dijo, y
sobre su entrecejo se cernía la tormenta de una reflexión
. Esperar a que las cosas te hablen. Sí, en esas
palabras se encierra todo un mundo.
También
le gustan mucho las novelas dijo entonces mi madre . ¿No
es verdad, Émil? Sobre todo esas de tiros que se alquilan en
los quioscos.
Después de
haber hablado con tanto aplomo de Schopenhauer, yo me sentí
ridículo, como si me hubieran desenmascarado.
También
leo otras dije con rencor.
¿Por
ejemplo? me preguntó el señor Rodó.
Pues no sé,
por ejemplo Mika Waltari, Vicki Baum, Simenon, Somerset Maugham. O
Víctor Hugo.
El señor
Rodó cabeceó concesivo , pero se le notaba que aquellos
autores no eran sus preferidos.
Y también
oye poesía en la radio. ¿Cómo se llama ese
programa, Émil?
No me
acuerdo.
¿Has
leído, por ejemplo, a Dostoievski? me preguntó
el señor Rodó.
No... tardé
en responder.
Cuando nos
levantamos de la mesa, fue a su habitación y volvió con
un libro: Crimen y castigo, de Dostoievski.
Lo leí
cuando tenía más o menos tu edad y me gustó
mucho fue todo lo que dijo.
Esa misma tarde me
puse a leerlo, o más bien a devorarlo. Pensé que
acaso quería enviarme un mensaje a través de aquel
libro. Cuando llegué al crimen, y cuando Raskolnikov pasa a la
clandestinidad, no sé por qué pero de repente tuve una
intuición que me dejó sobrecogido. Quizá el
señor Rodó fuese un activista político.
Probablemente comunista. Por eso no había en su cuarto
papeles ni cuadernos. Debía de tenerlos escondidos en la
maleta y en los cajones cerrados de la mesa. Quizá escribía
proclamas y consignas. Quizá también él
vivía en la clandestinidad. Me pareció tan
verosímil, que dejé de leer para dedicarme únicamente
a explorar esa idea.
Me costó
dormirme, y cuando poco antes de la madrugada me levanté
a orinar, vi la línea insomne de luz bajo la puerta de su
cuarto, y el silencio que llegaba de allí me pareció
que estaba cargado de conspiraciones y asechanzas.