Caballeros de fortuna, de Luis Landero.
[Luciano Obispo Rebollo] Era hijo único de doña Cándida
Rebollo, una mujer otoñal que vivía sola desde que murieron
sus padres, y en la misma casa donde había vivido enclaustrada desde
mucho antes, prácticamente desde que siendo niña sufrió
unas calenturas perniciosas y sus padres la encomendaron como última
esperanza a san Luciano Obispo, que era el santo del día. No sólo
se curó en poco tiempo sino que enseguida, de ser pálida
y enclenque, empezó a crecer y a echar cuerpo y a ponerse altiva hasta
convertirse casi de golpe en la mujer más hermosa que se había
visto nunca por aquí, y de una exuberancia terrenal que el pudor y los
lutos hacían más perturbadora aún. Porque fue el caso que
en acción de gracias, y animada por sus padres, había decidido
consagrarse de por vida a su benefactor, y desde entonces vestía
siempre de oscuro y sólo salía de casa para ir a la primera
misa del día y a los oficios de la tarde. El resto del tiempo se lo pasaba
esperando que se le apareciese el santo, y según los rumores conversando
a todas horas con él en interminables parlamentos místicos
llenos de reproches y requiebros, y rogándole que le mandase alguna señal
de que su servicio era bien acogido. Ningún cortejador logró arrancarle
nunca ni una mirada de piedad, y entretanto su belleza iba haciéndose
más inquietante cada día. Y así pasó el tiempo,
y cuando ya se acercaba a los treinta y estaba en lo más granado
de su madurez, un día el santo se le apareció por fin.
Fue una tarde de junio. Cándida Rebollo tenía entonces la costumbre
de dar un paseo al atardecer por los alrededores del pueblo. Salía
de la iglesia con su traje oscuro, su mantilla de encaje y su librito de oraciones,
llegaba hasta la ribera, se demoraba allí un rato rezando y conversando
con san Luciano Obispo, y con las mismas regresaba. Pero aquella tarde en que
la primavera exhalaba ya la fragancia de su propia podredumbre, al llegar a
la orilla, sentada bajo una higuera y envuelta en la atmósfera polvorienta
y dorada del crepúsculo, vio una figura extraña y al mismo
tiempo familiar. Tenía el pelo rizado y ceñido por una corona
de lirios, y luengas barbas rojas y cabrías, vestía una piel de
oveja, calzaba sandalias de hierbas y tocaba una flauta silvestre. A modo
de báculo obispal, había contra la higuera una vara de asfódelo,
y abierto sobre el pasto, un libro de Aristóteles. No había duda:
aunque con algún accesorio mitológico, aquéllos eran,
en efecto, los atributos del santo varón. Y ella misma contó que
los lirones nadaban panza arriba acunados por el son de la música pastoril,
y que los peces y tritones subían del fondo y se asomaban a la superficie
para oírlo tocar. Una luz milagrosa ponía un entorno de anunciación
en la cabeza del aparecido, el cual al ver a la doncella dejó la flauta
a un lado, empuñó el báculo, se acarició regiamente
las barbas y le tendió una mano invitadora: Acércate,
mi prosélita, le dijo, y ofréceme homenaje.
Y ella se acercó, se sentó junto a él y, murmurando hágase
tu voluntad, con un suspiro de éxtasis se abandonó
en el pecho de su benefactor.
De aquel encuentro, que se prolongó hasta el alba, nació Luciano,
y aunque según las malas lenguas el santo no era otro que un viajante
de tejidos, que en su despecho se había sentido industrioso y audaz,
y del que nunca más volvió a saberse, el caso es que aquel niño
nació con una gracia de arlequín que hacía honor en verdad
a su origen divino. Desde entonces, Cándida Rebollo traspasó la
última frontera de su soledad y se internó en una suerte
de beatitud tan irrevocable como equívoca. Era como si se hubiese convertido
de golpe en un híbrido de viuda, casada y soltera y viviese a un tiempo
en el fatalismo del pasado, en la plenitud del presente y en la promesa
ilimitada del porvenir. Todas las tardes comparecía junto a la higuera
con la puntualidad ilusionada de una cita primeriza de amor, y después
de una espera durante la cual pasaba de los temblores de la soltería
a la dignidad enojada de la viudez, regresaba al hogar envuelta en un aire de
dulzura y desastre, se daba un baño lento y perfumado, se paseaba por
la casa cerrando puertas y ventanas y dejando a su paso un rastro aromático
de aceites esenciales, se arrodillaba junto a la peinadora para rezar sus oraciones
de la noche, y luego se soltaba sobre los hombros la cabellera de recién
casada y se peinaba lánguidamente frente al espejo hasta que, al
oír las campanadas de las doce, se despojaba del salto de cama con un
gesto de inmolación trágica, apagaba las luces y se tendía
en el lecho conyugal a esperar la llegada del esposo místico, atenta
a cualquier ruido, a cualquier brisa, a cualquier presagio que anunciara el
deseo tan temido y el temor tan deseado, y alzando un monólogo de plegarias
que al amanecer desembocaba en un revoltijo de impudicias litúrgicas,
donde se unían en una misma desazón su trinidad inseparable de
viuda de día, soltera al atardecer y recién casada a medianoche.