Esta es mi tierra, de Luis Landero.


En mi infancia, si alguien que­ría enterarse de lo que había ocu­rrido últimamente, y no sólo en nuestra comunidad sino también en el mundo, iba a la plaza. Allí llegaban enseguida las noticias (que quizá se habían previsto mucho antes, y allí se comenta­ban y se enriquecían con todo tipo de conjeturas y rumores. La plaza era telégrafo, estafeta, pe­riódico, heliógrafo, radio y tele­tipo.

Y aquí, en un pretil, siempre había un grupo de hombres ociosos sentados en hilera y mecien­do en el aire los pies. Cuando pa­saba algo excepcional (la llegada de un automóvil o de un foraste­ro, el encuentro fortuito de dos adversarios..., los pies se movían más deprisa; luego, otra vez se remansaba el vaivén. El grupo comentaba así los sucesos dia­rios de la comunidad, tanto los públicos como los privados. De tanto golpear con los talones, se había formado abajo una franja erosionada y sucia, como un ba­jorrelieve, y allí estaba registrada la crónica ilegible de nuestra his­toria cotidiana.

Y es seguro que eso ha ocurri­do durante siglos. A mí siempre me ha parecido más interesante y significativo ese posible discurso histórico que el más enjundioso y oficial del castillo o el de las iglesias... Hoy, los viejos cronis­tas han abandonado su atalaya, reclamados por esa plaza mínima y única que es el televisor. Pero entonces, ellos (además del reloj, las campanadas de las iglesias, la llegada del autobús que venía de Badajoz, el crotorar de las cigüe­ñas, la gramola del cine..., mar­caban el paso del tiempo y los aconteceres de la vida.