Juegos de la edad tardía, de
Luis Landero.
Había necesitado diez años para que las torturas del amor le revelaran
aquel episodio olvidado de la infancia. Era como si la memoria le ofreciese
la posibilidad de un último refugio, y por un instante se estremeció
en la oscuridad, pensando que acaso había equivocado la búsqueda
de la isla, imaginándola en los confines oceánicos y no en el
mapa no menos fabuloso de su propio pasado. Lleno de milagrosa levedad, apretó
los ojos y se dejó hundir en el tiempo. Por un mal cálculo fue
a parar al antiguo Egipto, pero en el regreso al presente afinó el pulso
y encontró intacta la tarde en que su abuelo lo llevó con él
a arrancar hierbas. Cuando ya empezaba a anochecer y el campo era rumor, su
abuelo se apoyó en la azada y, mirando a lo lejos, exclamó:
-¡El afánnn!
Gregorio no conocía aquella palabra, pero le sobrecogió el tono
lastimero en que su abuelo la había pronunciado, echándola
de sí con ansia, como si quisiera llenar con ella la noche y el silencio.
Por un momento se figuró que se trataba del nombre de un pájaro
o del conjuro de una aparición, y él también se puso
a mirar lejos, sin ver nada. Y su abuelo, por segunda vez, con terrible susurro,
apurando hasta el fondo la sonoridad de la palabra y prolongándola en
aullido de lobo, repitió:
-¡El afánnn!
Parecía un navegante loco descubriendo y dándole nombre a nueva
tierra.
Enseguida regresaron a casa.
-¿Qué es el afán, abuelo? -preguntó.
-El afán es el deseo de ser un gran hombre y de hacer grandes cosas,
y la pena y la gloria que todo eso produce. Eso es el afán.
-Y padre, ¿también tiene afán?
-También tiene.
-¿Y yo?
-Pronto tendrás edad para tenerlo.
-¿Y madre?
-Ella no. Las mujeres no tienen afán.
-¿Y los animales, los perros, las culebras?
-Tampoco, tampoco -zanjó impaciente.
Luego llegaron a casa. Vivían en el campo. en la soledad de un llano
y unos cerros ásperos, junto a unas minas abandonadas de antimonio,
v sólo dos o tres veces al año bajaban a un pueblo pequeño,
con calles empinadas y casas bajas de cal.
Su padre dedicaba el anochecer a fumar en silencio. Se iba a fumar lejos, a
una piedra que había junto a un camino. Fumaba, escupía y removía
la tierra con los pies. Era un espectáculo triste verlo allí solo,
chupando con rabia y enmierdándose de malos pensamientos. Su abuelo,
sentado bajo el eucalipto, y vestido como siempre con blusón de melero,
hurgaba en una cacerola de aluminio donde, entre otras cosas, había
recado de encender, librito y petaca, almendras amargas contra la artritis,
semillas para la quebradura y las tercianas, hilo de coser, monedas de
un rey, una prima de vihuela de tripa de lobo, un colmillo de jabalí,
un espejo de amor y un hierro guardado para por si acaso.
Apremiado por el amanecer, era el primero en recogerse. Su madre trajinaba en
la cocina, y su padre, que tenía una armónica, a veces la sacaba
de su cajita de muerto y tocaba canciones inventadas, que él decía
que eran de otra época.
Yo tenía entonces unos cinco años y aquélla fue la
época más feliz de mi vida, se dijo Gregorio en su noche
de julio. Luego, sintiendo el peso de su cuerpo multiplicado por el cansancio,
cerró otra vez los ojos.
Su abuelo era un hombre de pocas palabras, pero si había que contar la
historia de la casa (cómo primero la ideó pintándola con
un palito en la arena, cómo transportó los materiales a lomos
de cuatro burros que se llamaban todos Félix y cómo finalmente
la alzó con la fuerza desnuda de sus brazos, sin ayudantes ni testigos,
y plantó el eucalipto y el parral, y construyó para su propio
recreo un poyatón de piedra, y cavó un pozo que dio un agua con
sabores de hierro y anís, y cómo en el otoño descansó,
satisfecho de la obra pero preocupado porque con ella había abierto
la mente a la quimera de otras obras, y por lo pronto no se le ocurría
qué hacer, y la incertidumbre le impedía el descanso a la vez
que la acción), si había que contar estos hechos, entonces
se convertía en un hombre de palabra fácil y rotunda, y nadie
lo sabía contradecir. Ahora bien, únicamente confiaba su relato
a los desconocidos, y como en todo aquel campo sólo había la casa,
y como el camino que llevaba a ella no llevaba a ninguna otra parte, los desconocidos
eran raros, y siempre aparecían por equivocación. Así que
Gregorio no tuvo ocasión de oír la historia hasta el año
siguiente, cuando empezaron a tender la línea férrea y acudían
los obreros a buscar agua al pozo y a comer a la sombra del eucalipto, que era
la mejor del contorno. Entonces su abuelo los agasajaba con bromas de mujeres,
filosofaba a sus anchas y acababa diciendo que el mundo estaba necesitado,
más que de trenes, de leyes justas y de buenos discursos. Los hombres
se abandonaban al respeto. Eran gente rota y de grande ignorancia. Llevaban
alpargatas y sombreros de paja, con espigas entalladas en la cinta. Venían
en cuadrilla, se tendían bajo el eucalipto y no levantaban los ojos del
sustento. El abuelo los presidía de pie y hacía el elogio del
agua y de la sombra. Sin duda esperaba un buen momento para contar su gesta.
Fue un anochecer de verano, como hoy, se dijo Gregorio, con la memoria
en carne viva.
Había estado vigilante y presto a la sentencia hasta que aquella noche
dio con el cabo del ovillo y comenzó a narrar el origen del hombre y
de las cosas. Lector de la Doctrina, se remontó al Génesis: Dios
hizo las aguas y las culebras, por imitación de las estrellas nacieron
los peces, el aire silbaba tanto que salieron pájaros, la tierra se llenó
de fieras y lombrices y de entre la espesura surgió el hombre expulsado,
con los ojos brillantes de voluntad y experiencia. Su voz sonaba con fatídica
monotonía de profeta. El campo y el cielo hacían ilustres sus
palabras. Recostados en el suelo, los obreros se avenían al discurso
y escuchaban sin porfía. En la piedra distante el padre fumaba y removía
la tierra con los pies. Era una noche de verano, quieta y clara, y un dragón
de estrellas metía la cabeza en el alto ramaje.
-Había acabado la casa, señores. Ya antes de empezarla había
cobrado por adelantado la satisfacción de concluirla. Así
que me senté en el poyo a hacer lo mismo con mi próxima obra.
Pero antes, ¿por qué no disfrutar de un buen discurso? Desde chico
me gustaron mucho los discursos, pero nunca me sentí con fuerzas ni tuve
auditorio para practicarlos. A veces me sentía inspirado, y si no sabéis
lo que es la inspiración os diré que es una potencia sin sosiego
ni norte, una furia que se hace terrible si uno piensa, "la vida
es corta", mientras va sintiendo por dentro la semilla maldita de
la inmortalidad. Entonces uno se envenena de supersticiones: "¡Mientras
dure la inspiración estaré a salvo de la muerte!", grita.
Pero la inspiración es débil y apenas dura un vuelo, así
que si consigo mantenerla pura, sin cumplimentarla de aquí para allá,
si detengo su empuje por medio de la voluntad, si logro familiarizarme con un
deseo imposible, moriré también, pero entretanto seré
inmortal y gozaré a todas horas de la vida. ¿A qué andar
poniéndole puertas al campo? Yo sentía que la inspiración
era un mal negocio y que servirla es como trabajar para un ajeno, y a mí
me gusta trabajar para uno mismo, según la necesidad de mis conveniencias.
Por tanto me dije allí en el poyo: "La vida es corta y está
hecha a la medida de los mansos de corazón. Cava un huerto, rodéate
de cabras, ten hijos y sé un hombre de bien. Tu mujer se llamará
Encarnación, y tus hijos recibirán los nombres de Pedro, Alonso
y Baltasar. Los reunirás a todos cada noche y les contarás
la historia de la casa y cómo, renunciando al instinto de la gloria,
a las obras hidráulicas y a la pasión por civilizar los llanos,
te sacrificaste por ellos, poblando un suelo de pizarra en torno a una pequeña
lumbre de sarmientos, y ellos te oirán con admiración, respeto
y temor, e irán diciendo: Nuestro padre es un santo, un pionero, un
reformador de las costumbres, y tu fama correrá por estos pueblos
y se oirá decir: Allí donde las minas de antimonio vive un
hombre justo, un varón íntegro, un Séneca. Y vendrán
a pedirte consejo, arbitrarás disputas, juzgarás caracteres
y tendrás ocasión de contar mil veces la historia de la casa".
Dios hizo el mundo y descansó. ¿Por qué una simple criatura
no podría hacer lo mismo después de construir una casa y
un pozo? Y así estuve largo rato, poniendo a prueba mi temperamento
y recreándome en el placer de la jurisprudencia. "¡Qué
bien hablas sin tener estudios!", me decía, "¡qué
buen legislador hubieras sido!, ¡qué gran tribuno se está
perdiendo el mundo!" Porque sólo la pasión por el Derecho
me tenía allí quieto, planeando maravillas. Y allí estuve
tres días moviendo la cabeza, sin que se me ocurriera nada salvo aquello
de ser un gran jurista, ganar pleitos y echar discursos en las asambleas. Lo
demás eran obras ruines, indignas de mi ambición. "Ambiciona
y se te concederá", me decía. Y miraba a lo lejos, por los
cerros, y por un lado estaba triste porque la sabiduría me había
llevado a desear lo imposible, y por el otro estaba contento de no malgastar
la inspiración en empresas menudas y perecederas, porque la ambición
es lo más grande que hay en el hombre y lo que lo aparta del animal,
y a más ambición más gloria, y ése era un mérito
que nadie me podría arrebatar y del que me sentiría orgulloso
de por vida. "Dedicaré mi vida a desear ser notario", concluí.
"Esa será mi gloria y mi penalidad."
Vosotros sois parias y entendéis mi lenguaje. ¿Puede haber
algo más grande que lo que no hay? ¿Puede haber algo que exceda
al afán? Así que a los tres días me levanté del
poyo,. monté en el burro, me casé, me rodeé de cabras y
tuve un hijo. Miradlo ahí en la piedra. Quiere llegar a coronel.
Ha aprendido de mí que sólo el afán nos mantiene vivos
y voraces. Estuvo en el servicio y podía haber llegado como mucho a sargento.
Y ¿no vale más querer ser coronel que ser sargento? Hay quien
se desespera porque no llueve o por un dolor en una pierna o porque vino
la zorra y le comió un pavo. Los pobres se desesperan porque son
pobres y los ricos por no ser más ricos. Entonces, ¿no vale más
desesperarse por el imposible? ¿No ahorraremos camino? ¿No es
una gran ventaja renunciar a los pequeños deseos por perseguir otro mayor,
el más alto, el más noble, del que no nos avergoncemos a la hora
de morir?
Nadie podrá decir de mí: "Ese pasó sin pena
ni gloria". No, pasé con ambas. Con una entretuve a la otra, las
engañé a las dos, las enganché juntas al carro del
afán. ¿Es que no hablo bien? ¿No soy un verdadero orador?
Por eso os digo que no os quedéis cortos en el pedir. ¿No habéis
oído que Dios es misericordioso y justiciero? Escuchadme si tenéis
hijos: no les pongáis puertas a sus ambiciones. Si quieren ser albañiles,
decidles que arquitectos, y si arquitectos que ministros de la vivienda. No
permitáis nunca que se cumpla el afán, no pongáis los sueños
al alcance de los niños para que nunca sean tan miserables como vosotros,
ferroviarios.
Calló. Y era mayor el silencio porque también el auditorio había
cesado de escuchar. Sólo se oía el enredo del aire entre las ramas.
Gregorio, escondido en la oscuridad, permaneció inmóvil,
hechizado aún por el discurso, hasta que su madre lo cogió por
la mano y se lo llevó a dormir. Y aunque apenas entendía nada,
le daban ganas de llorar. Desde la cama oyó las risas de los peones que
se iban. Cuando se perdieron las voces, su padre vino al poyo y comenzó
a tocar en la armónica una de sus canciones tristes de otra época.
Esa música atrae a la muerte, pensó Gregorio, y al
instante se durmió.
Fue así como supo que su abuelo iba a ser notario y su padre coronel.
Por el día trabajaban la tierra y el ganado, y a la noche se sentaban
a echar las cuentas del deseo, uno en el poyo y otro en la piedra del camino.
A veces se comunicaban de lejos (¡Ehhh!, gritaba uno; ¡ehhh!,
contestaba el otro, pero simulando que eran ruidos independientes entre
sí), o se tosían, o como mucho cruzaban pronósticos del
tiempo o se concertaban para escuchar juntos el canto de la zorra, y así
iban distrayendo los sinsabores de la espera.
Luego llegó el invierno. El refresco de la tarde los reunía temprano
en la cocina. Hacían una fogarata hasta el techo, se sentaban alrededor
y tendían las manos hasta apurar las brasas.
Fue una de esas noches (a Gregorio le deslumbró la claridad del recuerdo)
cuando su abuelo le preguntó de golpe qué iba a ser de mayor.
-Yo quiero ser toro -contestó sin dudar, por culpa de la inspiración,
como observó enseguida su abuelo.
-Tonterías -dijo el padre-. Será almirante. Se le ve en la cara
que va a ser marino y que va a casarse con una princesa.
-¡Tú deja que hable el chico! -gritó el abuelo-. Vamos a
ver, ¿qué quieres ser?
-Toro.
-Eso no es un oficio -protestó el padre.
-¡Si él quiere ser toro será toro! -volvió a gritar
el abuelo. ¿De verdad quieres serlo?
-Sí, toro.
-¡Toro! -exclamó el abuelo maravillado.
Entonces intervino la madre:
-Hijo mío, ¿y no quieres ser sacerdote?
-¡Nunca! -aulló el abuelo-. ¡Por lo menos santo! ¡O
Papa!
-Yo quiero ser toro, toro santo.
-Pues ¡toro serás! -dijo el abuelo-. Es un crimen quitarle a un
niño la ambición. ¡Toro! ¡Qué gran afán!
Pero el padre se levantó y dio un golpe terrible en la mesa:
-Si vuelvo a oír hablar de toro, o de santo, o de toro santo, ese mismo
día rompo la mesa con el hacha, y a la casa le prendo fuego con un mixto.
Enseguida se oyó fuera la incógnita de un rumor. Ladraron los
perros.
-Han olido a la zorra -concluyó.
La lumbre flaqueaba. Se oía el hervor del puchero y el motorcito
eléctrico del gato.
-Vamos a ver -dijo el padre, echando palitos al fuego-, ¿tú
sabes lo que hay detrás de las montañas? ¿Lo sabes?
-No.
-Detrás de las montañas está el mar -dijo, y contó
que por él navegaban los barcos con sus almirantes condecorados
erguidos en la proa. Iba tirando palitos y recordando los nombres de los mares.
-Tú nunca has visto el mar -intervino la madre.
-¡Lo he visto en sueños! -gritó él-. Una vez soñé
que era buzo y que tocaba el fondo de las aguas.
-¿El mar es más grande que el campo? -preguntó Gregorio.
-Baste saber que la tierra toda es un accidente de las aguas. Y para que entiendas
mejor la proporción, piensa que un simple cabo de marinería es
más en el mundo que un coronel en tierra.
Tiró el último palito a la lumbre.
-Y una vez soñé también que moría de un navajazo
en un puerto internacional.
El abuelo quiso decir algo pero el padre gritó:
-¡Tú a callar!
Templó luego la voz:
-Dime, compañero, ¿tú quieres ser almirante?
Gregorio lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
-Es muy pequeño -dijo la madre.
-Entonces tú, ¿qué coño quieres ser?
-No sé, no sé -contestó Gregorio, y se echó a llorar.
Su madre lo llevó a la cama. Al ratito oyó la armónica
y otra vez pensó que aquella música atraía a la
muerte. En ese instante se durmió.
Gregorio abrió los ojos en la ardiente noche de julio. Ahora entendía
que quizá su tío había enloquecido de afán, y se
llenó de miedo y de ternura por él. Se preguntó si aquellos
recuerdos, situados en las regiones legendarias de la infancia, no se habrían
convertido en pesadillas con el transcurso de los años. Pero a pesar
del malestar que le producía sentirlos tan irreales como nítidos,
se dijo, entrando en casa, que la vida merecía la pena, aunque sólo
fuese para cuidar de aquellos recuerdos y despabilarlos cada noche como
un avaro su moneda de oro. De pronto sintió el soplo interior de su propia
identidad, y tuvo una visión deslumbrante del punto exacto que ocupaba
en el tiempo, y se creyó con fuerzas para combatir y vencer los infortunios
del amor.