Crónica oficiosa de la Paca la Coja, de Leandro Pozas.



La pierna de la Paca

Aquellos que conocieron a la Paca no hubieran sospechado nunca que las andanzas de la joven concluirían de una forma tan brusca y terrible. Vista su vida desde ahora, con la perspectiva que da la relativa distancia temporal, parece muy cierto que no fue ella la que fraguó del todo su triste suerte y tampoco la propiciaron enteramente sus convecinos, aunque no sería descabellado afir­mar, como dice el dicho, que "entre todos la mataron y ella sola se murió." La Paca, para bien y para mal, vivió en otra época, en otro mundo, en los absurdos viejos años, en unos tiempos que, ¿para qué vamos a engañarnos?, eran como eran.

Pero, ¿quién era la Paca?

Diré que la Paca era coja. Cojeaba de la pierna derecha y se le daba un ardite pasear su tara sempiterna por las empedradas calles del pueblo. Podría decir sin temor a equivocarme que hacía gala de su cojera o que mostraba en público lo que a muchos parecía des­gracia con un orgullo sin disimulos, con una firme seguridad, con la fingida fiereza con la que adornan su figura los deformes nove­lescos que asumen, no sin cierta arrogancia, su repulsiva condición física y logran superar sus miedos primerizos a fuerza de contem­plarse durante largos años cada mañana en el familiar espejo, hallando casi sin percatarse una solución en absoluto baladí a las cuitas estéticas de sus iniciales zozobras infantiles.

A pesar de su pierna paralítica, la Paca en su conjunto no era una mujer fea, más bien todo lo contrario. Era lo que se dice una belleza lozana y, acostumbrada como estaba a su natural cojera, si para muchos esto era un defecto, a nuestra heroína le importaba sim­plemente un rábano, razón por la cual acarreaba su extremidad infe­rior sin que el asumo le incomodara y sin que sufriera por ello el más leve complejo. Su cojera no suponía un grave impedimento para el ejercicio de sus actividades profesionales o, al menos, tal era la especie de rumor que se ocupaba de divulgar, sin excesivos escrú­pulos, la popular voz de los aldeanos.

Se decía abiertamente, más que se murmuraba, que la Paca, además de coja, era puta. Sí, puta. Y se decía así porque llenarse la boca pronunciando el grueso vocablo sonaba a los bastos oídos de los lugareños mucho más contundente, exacto, preciso y directo que calificaciones más cultas, pero menos comprensibles, como ramera, prostituta, iza o cortesana, pongamos por caso y según las expresio­nes que para hablar de ese tipo de mujeres utilizaba don Paco, el médico. Además, estas últimas palabras no las contemplaba el redu­cido léxico que manejaban los paisanos en sus cotidianas conversa­ciones ya que eran gentes en su mayoría desconocedoras de seme­jantes sutilidades lingüísticas.

Cuando caminaba por las calles, la Paca ofrecía a los adocena­dos y abundantes ojos que se detenían a contemplarla un deambular curioso, unos andares como de renga vitalicia y soberbia que impre­sionaban a la concurrencia.

Llegados a este punto, he de hacer algo de historia, echar una fugaz mirada a la infancia de la Paca: La citada cojera se la había dejado de triste recuerdo y herencia de por vida una inmisericor­de, despiadada, poliomielitis, una "polio", según la expresión popular, que a punto estuvo de llevársela al otro barrio sin con­templaciones. No obstante, la Paca supo o pudo hacer un uso equi­librado de sus fuerzas y evitó como Dios le dio a entender un desenlace que, comenzando por el médico, todos barruntaban definitivo. Se defendió con una bravura digna de encomio del terrible mal e hizo frente a la enfermedad en el mísero campo de batalla constituido por un esquelético catre, un polvoriento jergón y unas sábanas antaño blancas y siempre empapadas del frío sudor que desprendía su tierno cuerpo de niña. A1 final, la Paca ganó a la Parca la dura partida y, pasando los años, pondría en juego esa su presencia de ánimo para afrontar otras batallas que la vida le

iría colocando en su retorcido camino o, mejor, en su sinuosa vereda.

La joven era conocida en el pueblo con el sobrenombre de la Coja y, así, la llamaban "la Coja" o "la Paca", indistintamente. A veces, algunos utilizaban ambas denominaciones seguidas dejando caer un ligero tono de perverso desdén en la pronunciación. La Paca o la Coja tenían un mismo valor semántico, hasta el punto de que ambos apelativos eran motes para las estrechas entendederas de sus convecinos. Pero, no sólo ella era la titular de algún alias en el pueblo, toda vez que los habitantes de la pequeña comunidad eran más que aficionados, especialistas en colgar sambenitos lexicológi­cos a sus paisanos, sobre todo a aquellos que padecían las secuelas producidas por alguna de las muchas enfermedades infantiles que asolaban con inoportuna periodicidad la población. Abundaban en

el lugar personas que llevaban motes, ya que habían sido muchas las epidemias infantiles que durante los denominados años del hambre y subsiguientes enseñorearon la localidad. Los males colectivos se hicieron de uso corriente y fueron dejando indeleble señal de su paso en la mayoría de los hogares. Las epidemias, ya fueran de sarampión, escarlatina, tifus, difteria, viruela, tos ferina, poliomielitis..., se sucedían unas a otras como se siguen invariables las estaciones del año, los días de la semana o las horas del reloj. Se cebaban con insana preferencia en la población infantil más menesterosa, en los más débiles, como sucede siempre, y no faltaban los niños que sucumbían destrozados por los virus, los micro­bios, las bacterias o por pestilencias varias, mientras otros queda­ban marcados para siempre, por desgracia, o por suerte.

Era ejemplo patente y vivo de tales estigmatizados Juan el Tonto, cuyo más celebrado don, dicho sea en buena hora, consistía en la posesión de un gran talento para sospechar los cambios mete­orológicos, ya fueran heladas, pedrisco, rayo, nieve, ventisca, sola­nera o lluvias, con un adelanto prodigioso y una certeza tal que lo hubieran envidiado los autores del popular Calendario Zaragozano de haberlo sabido y se hubieran ruborizado de vergüenza las pías canículas agosteñas. Estaba también Antonio el Picaduras que acarreaba su fealdad rayana en la horripilación cinematográfica con estoica resignación y que se había salvado de la viruela poniendo en el empeño ímprobo trabajo y vivo genio; ahora bien, vista de cerca, su cara resultaba una repulsiva composición puntillista des­pojada del más exiguo atisbo artístico y ofrecía a quien quería o se atrevía a contemplarla la inefable sensación de estar observando el satélite terrestre a una distancia no más allá de tres palmos de la nariz. La lista de damnificados no se agotaba en estos personajes, pero sería ocioso hacerla exhaustiva. Sirvan estos sucesos como muestras del paso por el pueblo de algunos de los azotes arriba rela­cionados.

Si bien es cierto que la Paca formaba parte por derecho propio del rol de las víctimas, es necesario apuntar que contaba con diecio­cho años envidiables, obviando la cojera. Dueña de una juventud lozana, los hombres entendían que estaba muy apetitosa de cintura para arriba, sin despreciar lo demás. Tenía las carnes prietas y unos pechos firmes y turgentes que eran blanco de las críticas de las enlu­tadas comadres, de los ojos lujuriosos de los impotentes compadres y del sarcasmo envidioso de una gran mayoría de las mozas casaderas y de otras no tan mozas ni tan casaderas que, hartas de esperar lo que no les llegaba aunque mucho lo deseaban, habían decidido por propia iniciativa u obligadas por las inciertas circunstancias dedicarse al tranquilo y mirífico que hacer de "vestir santos". También existían las pérfidas lenguas que refiriéndose a los enhiestos pechos de la Paca no querían creer lo que veían, aunque estaba a la vista, y manifestaban su envidioso escepticismo con diversas expresiones soeces:

 ¡Hombre, tetas..., tetas..., lo que se dicen tetas, no es que sean, precisamente!

 Esos bultos, a buen seguro, se los fabrica la Coja con gurru­ños de papel de estraza.

Otros aseveraban redundantes:

 ¿Las tetas? Rebujos de papel de periódicos que utiliza de relleno "úbrico" . Estos se creían más graciosos que los otros, porque sabían cabalmente que en el pueblo no entraban periódicos desde los tiempos de la República, la Primera.

Un tercer grupo, en alguna medida fantasmagórico, presumía de "conocer" a la Paca en el sentido bíblico de la palabra, defendía sin ambages sus atributos femeninos y aseguraba que las tetas eran tetas, reiterando a más abundamiento:

 Lo juro por mi madre, son grandes de verdad, dos señoras mamas, sí señor.

Algunos individuos de esta camarilla, usando de su particular fantasía, aseguraban rotundos que las veraniegas noches de luna llena sus pechos manaban finísimos, delicados arroyuelos de leche tibia y agridulce de hembra recién parida.

Entre la mera fantasía y las verdades a medias sobre estas y otras cuestiones de parecido jaez, discurría pluscuamperfectamen­te monótona y relativamente plácida la vida de un pueblo sumido en un aburrimiento que, a veces, se alteraba a causa de las menti­ras y las calumnias malintencionadas que algunos desalmados dejaban caer con venenosa suavidad entre las gentes sencillas y producían casi siempre el efecto expansivo y destructor de una bomba de fragmentación.