El
proceso creativo, de
Justo Vila.
I
Creo que mi amor por los
cuentos nació antes de aprender a leer, cuando mi abuelo, para
cambiar una realidad que no le gustaba la disfrazaba en su
imaginación y nos contaba a mis hermanos y a mí
historias de tiempos y mundos lejanos, casi siempre inventados, para
lo que utilizaba su increíble facultad de fantasear, tan osada
como poco escrupulosa.
Eran tantas las fantasías
que rondaban por nuestras febriles cabezas que siempre estábamos
dispuestos a fingir tesoros donde fuera. Un día, en Helechal,
explorando una de las primeras casas abandonadas cuando la emigración
(el tiempo había hecho estragos en ella, las puertas estaban
podridas, el tejado hundido), mi hermano Rafael golpeó con una
piedra la pared de una cantarera y sonó a hueco. Aquí
hay algo escondido, exclamamos de forma espontánea. No
había nada más que hablar. Inmediatamente buscamos un
zapapico y nos pusimos manos a la obra, descalando la pared, por si
la quimera tomaba formas tangibles. La desilusión fue
tremenda, una vez más. Pero nunca llegamos a escarmentar.
Recuerdo que aquella noche,
mientras mi hermano y yo nos lamentábamos aún del
fracaso, mi padre quiso hacernos comprender, de una vez por todas, la
auténtica diferencia entre realidad y ficción. De
hecho, casi lo consigue, pero en aquel entonces como siempre,
como ahora la línea divisoria entre una y otra era tan
imprecisa que cinco minutos después ya estábamos de
nuevo atentos a la voz seductora y misteriosa de la abuela que
poblaba de seres mágicos nuestra jadeante imaginación.
Y es que hay una edad en la que los hechos más fantásticos
se conciben como si fueran reales: las cosas inanimadas son seres
capaces de saltar y parece natural que un gato hable, que un árbol
cante y que del fondo de una laguna encantada surjan tres ninfas
maravillosas.
Si lo cuentos del abuelo casi
siempre estaban relacionados con los tesoros enterrados por los moros
al ser expulsados de La Serena, los de la abuela casi siempre tenían
un aire como de no saber dónde meterse, de forma que más
de una noche, después de avistar una llamarada como humana
surcando el cielo o ver a un mago diminuto, vestido de fraile,
saltando en la lumbre, dormíamos los hermanos apretujados unos
contra otros para espantar el miedo. Si, además, oíamos
el viento azotando la puerta de la calle, aullando en los tejados o
enroscándose como una gigantesca culebra en las ramas de la
higuera del corral, nos tapábamos la cabeza con las mantas y
nos apretujábamos más aún, si cabe.
Han pasado cuarenta años.
Uno podría deducir que, con el paso del tiempo, poco a poco se
va perdiendo el interés por este género. Pero, no
siempre es así. A veces pasa que el amor por los cuentos nos
acompaña durante toda la vida, porque en los cuentos,
solamente en los cuentos, las cosas se realizan como nosotros
querríamos que fuesen, como las hemos soñado.
La profundidad de aquellas
historias de la infancia apareció de nuevo, años
después, en unas páginas de Stevenson, leídas
con todos los sentidos. No me acuerdo muy bien de la edad que yo
tenía entonces. De lo que sí me acuerdo es de que
estudiaba alguno de los cursos de aquel bachillerato de siete años
y que estaba interno en la residencia de estudiantes de Villanueva de
la Serena. Y recuerdo que empecé a leer La isla del tesoro
en la cama, con fiebre, y una dieta mágica a base de leche
caliente y aspirinas (el médico que cuidaba de nuestra salud,
un anciano despistado y entrañable, siempre recetaba lo mismo,
ya fuera para una gripe o para una meningitis). Me acuerdo también
de que durante toda la lectura tuve la vaga impresión de que
había como unos hilos invisibles que unían las
aventuras escritas por Stevenson y las historias de tesoros que
escuché, antes de saber leer, en voz de mi abuelo al amor de
la lumbre.
Al levantar los ojos de aquel
libro (creo que ya no tenía fiebre) sentí un extraño
vértigo de horizontes marinos que, al pronto, me impidió
reconocer que había regresado a la realidad de las cosas.
Durante años seguí
leyendo con un ardor militante que me embriagaba y me hacía
caer agotado al acabar cada novela. El cuarto de mi casa había
sido conquistado por piratas y mosqueteros, ballenas blancas y raros
objetos con los que viajar al centro de la Tierra o a la mismísima
luna. Ni siquiera cuando el sueño me vencía podía
yo abandonar a tantos personajes como me llamaban. Durante mucho
tiempo cabalgó entre las cuatro paredes de mi casa un loco
entrañable con su fiel escudero, bajo la atenta mirada de un
robisón que era un clásico de la infancia,
aunque al principio fuera dirigido a los hombres graves de su tiempo,
a los comerciantes de Londres y a los marinos de su Graciosa
Majestad. Defoe puso en esa obra todo su arte, su rectitud
espiritual, su mucho saber y experiencia (todo eso y más es
necesario para entretener a los niños).
A saltos por la edad, hay
también un tiempo para las novelas de amor y las novelas
policíacas, y hay un tiempo para obras revolucionarias,
autores iconoclastas y biografías. El proceso de
independización que con respecto a los padres y profesores se
cumple en la adolescencia, impulsa a leer libros que exalten el
sentimiento de la libertad.
Después, cuando esa
llama avasalladora empieza a convertirse en brasa, atrae la obra
filosófica, la de pensamiento, quizás la de los
místicos. Es la edad en la que uno busca afanosamente unos
pilares en los que apoyar la propia personalidad.
A veces todas las direcciones
llegan a confundirse en una sola. Es entonces cuando el lector mejor
comprende a Platón, a Marx y al dulce Francisco de Asís.
También las buenas novelas, al poco que uno baje la guardia,
tienden a fundirse en una sola, de modo que no es raro que anden a la
greña por nuestras cabezas como si fueran personajes de
una sola novela todos los don quijotes, robisones, faronis o
aurelianos buendía, defendiendo un mundo de utopías
frente a ese otro mundo real en el que impera la idea aterradora que
sugiere que la totalidad de la vida puede ser reducida, precisamente,
a un aspecto: el beneficio material.
Antes, esas cosas de festejar a
los millonarios como a héroes sólo pasaban en los EEUU
de América. Al menos, eso es lo que yo creía. Eran
otros tiempos y, a este lado del charco, muchos sospechábamos,
ingenuamente y con su buena dosis de mala leche, que los dirigentes
de aquel imperio eran seres asombrosamente primitivos. Mientras en
gran parte de Europa los jóvenes se alimentaban de utopías,
Warren Austin, embajador de la Casa Blanca ante las Naciones Unidas,
apelaba (en plena guerra entre judíos y árabes 1948)
al buen sentido de los líderes de ambos bandos, sugiriendo que
arreglaran sus desavenencias por vía pacífica, como
buenos cristianos.
Antes aún, con motivo de
la inauguración del Canal de Panamá, William Jennings
Bryan, el Secretario de Estado de Relaciones Exteriores, había
invitado a representaciones de todas las armadas occidentales,
incluida la armada de Suiza.
Era el signo de unos tiempos
que creíamos definitivamente enterrados, pero que irrumpen de
nuevo, y con más fuerza que nunca, ahora en todo el mundo.
II
Como, además de lector y
escritor, he tenido la enorme suerte de dedicarme a la enseñanza
durante más de veinte años, he intentado hacer llegar a
mis alumnos (a veces niños y adolescentes; a veces hombres y
mujeres hechos y derechos) la idea de que todavía hay magia
por descubrir, futuro por inventar, libros que gritan que no todo
está dicho.
Nadie es más libre que
aquél que elige el libro que desea sin miedo (es la
comprobación de la sensualidad del papel que se ofrece al
tacto). Los libros hay que aprender a mirarlos, tocarlos, palparlos.
Esta es la primera lección que se debería de dar en los
centros educativos. Hay que hacer que se pierda el miedo a los
libros, a las bibliotecas y a las librerías, que no son
recintos sagrados, por más que el otro día, ahí
al lado, cuando la inauguración de la Biblioteca de
Extremadura, yo mismo citara a Borges para decir que una biblioteca
es un gabinete mágico donde están encantados los
mejores espíritus de la humanidad. En cualquier caso, si
Borges tuviera razón, esto no iría con Vds., futuros
sacerdotes de esos templos casi mágicos (en
realidad, la magia que pueda tener o no tener una biblioteca depende
directamente del corazón que pongan en su trabajo los
bibliotecarios, los documentalistas, los profesionales todos de la
misma).
Todavía recuerdo la
primera vez que entré en una biblioteca (entonces, para mí
sí era un lugar mágico). Fue en Villanueva de la
Serena. Recuerdo que lo hice despacio, cautelosamente, como si en
realidad estuviera entrando en una de esas iglesias silenciosas y
umbrías. Fuera era diciembre. Tal vez enero. No me acuerdo muy
bien. Llovía. No importa que fuera diciembre o enero. Lo que
importa es que en aquel ordenado bosque de papel el tiempo no
contaba. Salí de allí no sé cuantas horas
después con ojos agrandados, tras haber tocado y hojeado
decenas de libros. Fuera había dejado de llover. Camino de la
residencia de estudiantes iba firmemente decidido a sembrar mi casa
con un bosque como aquél.
Digo esto a cuento de que he
llegado a la conclusión de que el pleno disfrute de un libro
empieza por el tacto. Un cuadro se ve, una sonata se
escucha. Ambas obras admiten explicaciones escritas. Así,
todos los signos, grafismos y dispositivos visuales con los que se
pretende explicar, por ejemplo, la estructura del Arte y fuga
de Bach, podrán ayudar a captarla, pero el pleno disfrute y
aprehensión de la misma sólo serán dables con la
audición de la obra. De igual manera, el buen libro, después
de mirarlo, tocarlo y hojearlo, hay que leerlo. De nada vale (a
parte, tal vez de una nota a final de curso) que en los centros
educativos se estudien, como si de los nombres de los reyes godos se
tratase, interminables listas de autores y obras, si no se enseña
a amar los libros, a disfrutar con ellos, a vivirlos. Ésta es
una buena forma de reforzar las humanidades, incluida la
literatura, en los planes de estudio.
Decíamos antes que hay
libros para cada una de las edades del hombre y que al gusto por las
historias se puede llegar a través de la narración
oral. A mí me sigue gustando sobremanera la narración
oral, pero como, desgraciadamente, hemos asesinado a los abuelos que
hacían llover sueños, pues leo novelas, buenas novelas
escritas según las viejas razones por las que los escritores
escriben, aquellas que dan testimonio de las inquietudes y
aspiraciones del hombre en su intento de encontrar sus propias señas
de identidad y las de su entorno. Una buena novela es el resumen de
todas las clases de lectura. Una buena novela presenta ante nuestros
ojos sucesos inesperados, ambientes inaccesibles, mundos
maravillosos, personajes fuera de lo común. Y también
intenta retratar lo más oscuro de nosotros o de nuestro mundo,
pone el dedo en cualquiera de las llagas que nos corroen, nos ayuda a
conocernos mejor, a tomar conciencia de los problemas, o simplemente
a descansar con la imaginación, a multiplicar nuestra vida y a
consolarnos de tantas tristezas. Un puñado de buenos libros
lo dije el día 23 en la inauguración de la Biex
es como una flotilla de carabelas cargadas de sueños,
esperanzas y sabiduría; un humilde grito en medio de la
tempestad de los tiempos, que nos ayuda a recordar el viejo y sabio
proverbio árabe que afirma que el hombre no puede saltar por
encima de su propia sombra.
III
Hace muchos años, cuando
empezaba a escribir, me preguntaba una y otra vez cómo se
hace un escritor, quién es o no un verdadero escritor.
Hoy sé que ser escritor es como ser albañil, un albañil
de sueños. Pero hace 30 años, cuando escribía
obras de teatro que nunca habrían de representarse y poemas
que nunca verían la luz, mi mayor preocupación era
saber cómo se hace un verdadero escritor.
Un día, con motivo de un
viaje que hice a Badajoz para recoger un premio de poesía, me
acerqué al admirado Manuel Pacheco, que formaba parte del
jurado que me había premiado, y le pregunté a bocajarro
que cómo se hacía un escritor. Escribiendo, me
respondió con aquella sonrisa de luz que lo acompañaba
a todas partes. ¿Ya está?, exclamé,
perplejo. Creo que no hay otra respuesta posible, agregó.
No hay fórmulas mágicas. Basta con querer serlo y
empezar ya a escribir, sin desanimarse, con paciencia. Si no se tira
la toalla, al final se puede llegar.
Aquel día regresé
a la residencia de estudiantes confundido (eso sí, con una
flor natural y ochocientas pesetas en metálico), pero seguí
escribiendo sin descanso, sobre todo canciones y poemas de amor, como
casi todos los que con aquella edad 16, 17 años
escribían. Luego, empecé a recitar mis poesías
en los tablados de las ferias de los pueblos junto al propio Manuel
Pacheco, junto a José Antonio Zambrano, arropados casi siempre
por las guitarras y las voces de Luis Pastor y Pablo Guerrero, hasta
que una noche, al filo de la madrugada de un verano de principios de
los setenta, en un pueblo de las vegas del Guadiana, tuve que saltar
de un escenario para huir de la Guardia Civil. Aquel día,
después de recitar un poema de amor a Extremadura, a sus
tradiciones y encinas, que fue muy aplaudido, leí unas líneas
en prosa que había escrito allí mismo, sentado en la
plaza del pueblo, mientras esperaba la hora del acto. Eran cosas que
me habían contado los campesinos y algunos emigrantes.
Historias reales de sufrimiento e injusticias. Y sobre todo la
historia de una nueva iglesia que se iba a construir en el pueblo y
que no hacía falta con el dinero de unas nuevas aulas
escolares que sí hacían falta.
Debió de ser entonces
cuando dejé de escribir poesía. De pronto, de un golpe,
comprendí que todo lo que había escrito hasta aquel
momento tenía muy poco que ver con la realidad. Poco después
comprendí también que la literatura de buena parte de
los escritores e intelectuales de la época estaba divorciada
de la vida y que el escritor que yo quería ser sólo
podía surgir del reencuentro con la cultura popular.
Tal vez fue entonces cuando
intuí que la fuerza creadora viene de la oscura imaginación
del pueblo y que la auténtica obra literaria nace de la
colaboración del potencial del escritor con el entorno
familiar y la tradición anónima (vuelta a los grandes
fantasmas de la infancia, a los relatos de los abuelos, la tradición
rural, las páginas de nuestra historia
Todo ello
reforzado con lecturas que van desde la Biblia a Juan Rulfo, pasando
por Sófocles, Platón, Cervantes, Defoe, Albert Camus,
Arthur Miller o William Faulkner, por citar sólo unos pocos).
Sin embargo, todavía
tuvieron que pasar como quince años antes de que me pusiera a
escribir mi primera novela (La agonía del búho
chico). Durante esos quince años escribí relatos
cortos: al principio empecé a reescribir de memoria las viejas
y entrañables historias que había escuchado al amor de
la lumbre. Más tarde me puse a escribir aquello que veía
y oía. Hasta que, por fin, empecé a escribir lo que
imaginaba, es decir, lo que yo mismo creaba, que no era otra cosa que
una mezcla ingenua de lo leído, escuchado, visto, vivido y
soñado.
Para entonces yo ya era
consciente de que el mundo literario, el mundo novelesco, es un mundo
autónomo que puede alimentarse de la más tajante
realidad y de la más tajante fantasía. Julio Verne, por
ejemplo, escribió un viaje a la luna, dio la vuelta al mundo y
descendió al centro de la Tierra sin salir de Nantes y París.
Lo único a destacar en su niñez fue un intento de fuga
del colegio en el que estaba internado. Hasta en eso era un niño
normal, como casi todos. Mas, padecía una enfermedad:
la de la lectura. Leía todo lo que caía en sus manos,
sobre todo libros de aventuras. Además, como su abuelo materno
había sido navegante, había en su casa un desván
repleto de raros objetos y con retratos de gentes de mar barbudas,
que a veces se le aparecían en sueños.
A los veinte años de
edad marchó a París y entró en la facultad de
Derecho, más que nada por puro respeto a su padre, que era
notario en Nantes y quería que su hijo siguiera la tradición
familiar. Julio Verne se hizo abogado y se puso a trabajar, pero
siguió estudiando por su cuenta Geografía, Historia,
Matemáticas, Física y Astronáutica. De no
haberlo hecho así, sus relatos no hubieran sido tan
verosímiles.
Por el contrario, nuestro
Miguel de Cervantes tuvo una vida mucho más ajetreada. Sabemos
que incluso luchó en Lepanto contra los turcos, que fue
perseguido por la justicia y que conoció la cárcel.
Quiero decir con esto que hay
escritores que basan sus historias en la propia experiencia y los hay
que las basan en el estudio y la imaginación. Y a veces sucede
que lo real y lo imaginario se confunden.
Esto es así porque el
hombre necesita saber, además de lo que ha sido, lo que pudo
ser. Nuestra existencia no es sólo lo que nos ha ocurrido, lo
que hemos logrado y realizado. Nuestra existencia es también
todo lo que se quedó en el camino, las numerosas posibilidades
que nunca llegaron a realizarse. El hombre consiste tanto en lo que
es como en lo que no ha sido; el hombre es lo que fue y también
lo que pudo ser.
Es por ello que en mis novelas
compagino siempre la experiencia y la imaginación, lo real y
lo fantástico, como forma de decir unas cosas que de otra
manera no podría decir (algunos lectores me han dicho que
entienden mejor la historia de Extremadura después de leer
Siempre algún día. Algo así me pasó
a mí hace años con la historia de Italia al leer El
Gatopardo).
Ciertamente, la novela es
ficción, pero, al cabo del tiempo, tienen más realidad
Don Quijote y Sancho, por ejemplo, que ninguno de sus contemporáneos
históricos del siglo XVII; tiene más realidad el
coronel Aureliano Buendía que toda la Colombia contemporánea;
porque, además, siguen sucediendo una y otra vez, como si
fuera un rito, cada vez que un nuevo lector llega a ellos.
Una novela no sólo
cuenta, sino que nos permite asistir a una historia, a unos
acontecimientos, a unos pensamientos, y al asistir, comprendemos. Y
es que, en ocasiones, se entiende mejor el mundo, o a nosotros
mismos, a través de esas figuras fantasmales que recorren las
novelas, o a través de esas reflexiones hechas por una voz que
parece no pertenecer del todo al autor, ni al narrador, ni a nadie.
IV
Los ladrillos con los que
trabaja el escritor son la forma, el lenguaje, la estructura, el
argumento
Hoy predomina en muchos
escritores el cuidado de la forma, la arquitectura, la composición.
No interesa tanto el tema, el argumento, como el trazado artístico
del mismo. Salvo honradas excepciones, al prevalecer cada día
más los elementos técnicos, la novela europea, y con
ella la española, se está deshumanizado. Muchos
novelistas escriben como si la novela no tuviera que mancharse con la
humanidad del autor para entrar en contacto con la humanidad del
lector.
Pues, bien, con ser fundamental
la estructura de un relato que lo es, lo primero es tener
algo que contar, es decir, una buena historia, porque si el tema no
funciona, si no tienes nada que contar, ni la estructura, ni el
estilo, ni la técnica pueden salvar una novela. La novela debe
buscar al hombre, entenderlo y ponerlo en comunicación con
otros hombres.
Si al leer una novela
comenzamos a sospechar que al autor sólo le interesan las
palabras, ello nos hace temer por su suerte como tal. Las personas
normales, quienes no han sido víctimas de una mala enseñanza
universitaria, no leen novelas únicamente por leer palabras.
Abren una novela esperando encontrar una historia, confiando en que
aparezcan personajes interesantes, posiblemente algún paisaje
atrayente aquí y allá y, como mínimo, alguna que
otra idea.
Generalmente, el escritor que
se preocupa más de las palabras que de la historia
(personajes, acción, escenarios, ambientes), no consigue crear
un sueño vívido y continuo: se estorba demasiado a sí
mismo. Embriagado de seudopoesía, no distingue el grano de la
paja (en los grandes maestros, Shakespeare, por ejemplo, el lenguaje
brillante nunca es gratuito, está siempre al servicio del
personaje y de la acción).
Pero una vez reconocida la
vitalidad del tema es necesario admitir que la estructura de una
novela es tan vital como la propia historia. La creación de la
estructura es tan decisiva que sus posibles fallos influirán
concluyentemente en el conjunto novelesco como tal. Si la estructura
(el andamiaje) es resistente y se escribe sobre lo que se conoce, ya
sólo resta encontrar el tono, es decir, la mirada desde donde
se cuenta la historia, la actitud del narrador respecto a esa
historia. Cuando pones bien la mirada, todo funciona en el proceso
creativo.
En resumen: forma, lenguaje,
estructura y argumento no se pueden separar. Van surgiendo de forma
paralela. Pero, lo primero, como dije antes, es tener algo que
contar, una buena historia (si no hay historia es mejor no empezar).
Luego viene la estructura, entendida como equilibrio y encaje de los
distintos elementos, personajes, acción, situaciones (los
andamios, que dice José Luis Sampedro). La forma (entendida
como elección de la narración en primera o tercera
persona, monólogos, diálogos, narrador externo o
interno) iría en tercer lugar. El lenguaje, la belleza formal,
es la pintura final y viene determinado por la estructura. Cuando se
sabe qué es lo que se quiere escribir, el estilo surge
inevitablemente.
La agonía del búho
chico, mi primera novela, está estructurada en tres partes
19 capítulos y un epílogo. El hilo de la
historia gira en torno a un grupo de personas, pertenecientes al
bando que perdió la guerra civil, que abandonan sus pueblos
por miedo a las represalias y se esconden en las sierras de La
Siberia y de La Serena. Son los huidos, los maquis,
gentes que asisten, desesperadas, a su propio aniquilamiento:
Permítanme leer un
pequeñísimo fragmento del primer capítulo de
esta novela:
Aquella
tarde del siete de diciembre, de pie en los riscos de Cantosnegros,
Alonso Veneno miraba con los prismáticos a lo
lejos. Sus ojos ahumados parecían atrapados por los luminosos
y transparentes colores que bañaban la serena llanura,
cambiantes, vaporosos y fugitivos a cada minuto que pasaba. Desde el
alto peñasco, todo le parecía eterno, imperecedero,
indestructible: el enorme cielo sin nubes; el vasto mar verde de
humildes chaparros y altivas encinas; el Guadiana inmutable, encajado
en dirección noroeste y de pronto quebrando hacia el sur. Y la
luz. Luz estallando en la blusa de las encinas, violenta, tensa,
cubriendo convulsivamente la distancia, disolviendo como humo de
nubes las sombras verdes.
Por
un instante, ante sus ojos, todo pareció detenerse, todo menos
las ganas de vivir y el miedo a ser fusilado por tan alto crimen.
V
Manolo Pacheco tenía
razón cuando me dijo, hace muchos años, que un escritor
se hace escribiendo. No conozco ninguna actividad humana que requiera
más tiempo que escribir una novela. Es muy raro que alguien
llegue a ser escritor sin pasar varias horas al día sentado
ante el papel o ante el ordenador. Es el mero acto de escribir, más
que ninguna otra cosa, lo que hace al escritor. Se tarda horas en
escribir unas cuantas páginas en borrador, y muchísimas
en revisarlas, hasta dejarlas en condiciones de poderlas leer varias
veces sin tener que volver a retocarlas (yo estoy convencido de que
la verdadera creación está en la revisión
constante de lo que has escrito. De hecho, el escritor encuentra lo
que quiere decir en el continuo proceso de ver lo que ha dicho).
La situación del
novelista es fundamentalmente distinta de la del escritor de relatos
cortos o la del poeta. El novelista es un tipo especial de escritor,
un escritor de fondo. A diferencia del poeta o del escritor de
cuentos, un novelista tiene el ritmo y la resistencia de un corredor
de maratón. Una vez oí decir que dentro de todo
novelista hay un campesino. Y algo de verdad debe de haber en esa
afirmación, pues si en escribir un buen poema se tarda dos
días, quizás una semana, lo mismo que un buen cuento,
una novela puede llevar años de trabajo. De hecho, durante el
proceso creativo de una novela se pone a prueba la mente del
escritor, llegando a desquiciarlo a veces.
Como John Gardner, creo que
sólo hay una forma de escribir una novela larga, seria: se
trabaja, se deja un tiempo en un estante, se trabaja, se vuelve a
dejar en un cajón, se trabaja un poco más, mes tras
mes, año tras año, y entonces, un día, se lee la
obra entera y, por lo que uno ve, no se descubren errores
(desgraciadamente, al minuto de su publicación, leyendo el
libro impreso, se ven bastantes).
Sospecho que este tortuoso
proceso de maduración lenta no le hace falta al escritor de
novelas comerciales, en las que no existe intención de que los
personajes tengan profundidad y sean complejos, en las que el
personaje Fulanito siempre es ruin, el personaje Menganito siempre es
un dechado de virtudes, y nadie es un cúmulo de
contradicciones, como las personas reales. Esa puede ser una de las
diferencias entre una novela literaria y una novela
comercial.
Gaspar
Higuera no dormía. Gaspar Higuera escuchaba en la noche la
respiración entrecortada de los compañeros recostados
en el tibio suelo, el cansino marchar de los trenes en el valle, la
llamada monótona de un sapo en celo en las charcas del arroyo
de adelfas, el grito angustioso de un pájaro afligido, el
rebuzno exultante de un burro entero y arriero, la respuesta afinada
y tímida de una hembra a lo lejos, el ladrido poderoso de un
perro de majada (...)
Gaspar
Higuera se preguntaba qué hacía él en la sierra.
Cuánto tiempo más podría seguir manteniendo su
difícil historia. Por qué huía de todo, si antes
o después habría de llegar la catástrofe y todos
averiguarían, si es que no lo sabían ya, su verdadera
historia. A nadie como a él mismo iba a doler tanto echar por
tierra toda una trayectoria de heroicas acciones inventadas, de
luchas, batallas, refriegas y calamidades pasadas. La defensa de
Madrid, Guadarrama, Valencia, Barcelona, el éxodo a Francia,
Argelés. La reorganización del Partido al otro lado de
los Pirineos. La vuelta inmediata al interior para salvar lo
salvable. La emisora de radio que introdujo hasta Sevilla. Las largas
marchas por la provincia de Córdoba. La llegada a Cabeza del
Buey, en cuyas sierras tuvo que dejar abandonada la emisora, tras una
refriega con la Guardia Civil
Lo único cierto era su
encuentro con Mateo y la deshecha partida de Benítez y la
posterior marcha de los compañeros hasta Cantosnegros,
cruzando la Serena y la Siberia. Lo demás
Todo, antes o
después, sería descubierto. Su verdadera historia. La
historia de los seis desertores nacionales. Un día
Un
día sería descubierto
Y entonces
VI
Cuando se va a escribir una
novela hay que comenzar por elaborar un plan: un esquema detallado
del argumento, notas sobre los personajes y ambientes, sobre
incidentes de especial importancia
Para mí, escribir una
novela es como si me adentrara en el mar con una barca. Si se sabe a
dónde se quiere ir, es conveniente conocer el rumbo. Si no se
tiene mapa, ni rumbo trazado, tarde o temprano la confusión
obliga a observar las estrellas.
El punto de partida para
empezar a escribir una novela puede ser una situación, un
personaje, un ambiente. En mi caso, al principio tengo una idea muy
general de lo que quiero escribir. Luego, conforme voy escribiendo,
surgen situaciones y personajes que al crecer sugieren nuevas
posibilidades. En el periodo anterior a la escritura, e incluso
después, en el mismo proceso creativo, van surgiendo ideas que
apunto y guardo para utilizar más tarde. Dedico mucho tiempo a
investigar. Antes de abordar La agonía del búho
chico ya había publicado tres libros de historia sobre ese
periodo histórico, lo que me facilitó el trabajo. Sin
embargo, cuando surgió la idea de mi segunda novela, Siempre
algún día, tuve que ponerme a estudiar el contexto
histórico en que se habían de mover los personajes
(segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX. Algunos de
ellos trabajaban en la construcción del túnel de las
Cabras, a las puertas de Extremadura, y yo desconocía casi por
completo los medios y métodos de construcción de
túneles en aquella época, así que averigüé
dónde existía la mejor documentación sobre el
tema y marché a la sede del Colegio de Ingenieros de
Barcelona, donde estuve varias semanas estudiando planos,
herramientas y hasta el argot de los constructores de ferrocarriles.
Eso me da una gran seguridad a la hora de escribir. Si yo me creo lo
que escribo, pienso que el lector también lo encontrará
verosímil (es uno de mis principios como escritor, ya que si
en las palabras y en los sentimientos no hay honradez, si un autor
escribe sobre cosas que no le importan o en las que no cree, tampoco
a nadie va a importarle nunca).
En definitiva, cuando empiezo
el proceso propiamente creativo ya he dedicado mucho tiempo a cavar
las zanjas para los cimientos y a reunir todos los materiales que
creo voy a necesitar en la construcción del edificio final que
es la novela.
Luego escribo una primera
versión, que reescribo tres o cuatro veces, hasta alcanzar una
especie de borrador definitivo. Sobre el mismo corrijo,
reviso, una media de ocho o diez veces, pues, según mi punto
de vista, la verdadera creación está en la revisión
continua de lo que ya has escrito.
Mi tercera novela, La
memoria del gallo, está estructurada en dos partes, de
nueve capítulos cada una, y un capítulo final a modo de
epílogo. Cada uno de los capítulos mantiene una
estructura cerrada, pero abierta a la vez. Es decir, el lector puede
leer el libro como un conjunto de relatos, empezando por cualquiera
de ellos, o bien como una novela, empezando por el principio. Gonzalo
Hidalgo llama a esto estructura de cabeza de ajo o de mandarina:
todos los dientes o los gajos, todos los capítulos,
están, por una parte, completos en sí mismos y son, por
otra parte, igual de necesarios en el conjunto. El capítulo
número tres, titulado La primera vez, tuvo 22
redacciones distintas:
A
boca de noche llaman las campanas a retirada. Huye noviembre en un
falso caballo manso, anunciando el duro invierno que nos espera. El
humo de las chimeneas se mezcla con los primeros aires de carámbano
negro, presagio de que no vendrá otro día de templadas
arboledas hasta que vuelvan las cigüeñas al campanario
VII
Como decía antes,
cualquier novela puede tener o no una base real. De hecho, yo suelo
partir de una situación o un evento real. A veces se trata de
una historia ajena a mí, una historia que selecciono para
contarla y que inmediatamente pasa a formar parte de mí, una
historia que recreo, que reinvento, porque en una novela lo que
importa en definitiva es el libre navegar de la imaginación
del autor, abriendo caminos por los que circule luego la imaginación
del lector.
Ello es así porque
nuestra curiosidad se ve atraída, ante todo, por lo
extraordinario. El narrador debe presentar ante los ojos del lector
sucesos inesperados, ambientes inaccesibles, mundos maravillosos,
personajes fuera de lo común, pero intentando siempre que la
balanza esté finalmente equilibrada entre lo que no es
habitual y lo que sí lo es, de manera que mientras por un lado
se despierta el interés, por otro se expone la realidad.
De cualquier forma, no se puede
ser totalmente objetivo. La realidad es tan rica y multidimensional
que, inevitablemente, hemos de elegir un punto de vista. En cierto
modo, el escritor interpreta la realidad y, en cierta medida también,
crea o recrea la realidad; no la realidad objetiva, sino su realidad.
Casi todos hemos oído
alguna vez la historia de unos ciegos que querían conocer un
animal extraño que acababa de llegar a la ciudad. Cada uno de
ellos, después de tocarlo, da su versión. Uno dice que
es un conjunto de columnas, porque tocó las patas; otro, que
es como una serpiente, porque tocó la trompa; y un tercero
dice que es como un abanico, porque tocó una oreja. Nosotros
sabemos que era un elefante, pero los ciegos no sabían lo que
era un elefante. Con esto quiero decir que los novelistas no
describimos, sino que interpretamos, recreamos la realidad.
Otro rasgo que yo creo
definitorio de algunas buenas novelas es que el autor debe de ser
capaz de meterse en la piel de cada uno de sus personajes, tiene que
aprender a salirse de sí mismo para ver y sentir las cosas
desde cualquier perspectiva, humana o inhumana. Un novelista tiene
que ser capaz de dar a conocer de forma precisa y convincente cómo
ve el mundo un niño hospiciano (Sábanas
mojadas), un asesino entrado en años (La
promesa), una maestra de escuela a las puertas de la locura,
cuando, sola y abatida, comprende que todo está perdido
(Crudeleius est
), o una joven prostituta (Mujeres
en el umbral), a la que la vida no le ha dado opción:
Una
de las cigüeñas del campanario, atenta a cuanto no pasa
abajo, crotora las cuatro y media de la tarde. Todo es quietud. A lo
lejos, en el llano, confundiéndose con la calina, el hilo de
humo de un tren se eleva remolón y se estira hasta el
cansancio, como una cobra fantasmagórica. En los olivares de
la falda de la Morisca, reunidas en comparsa, las chicharras de
agosto ensayan monotonía.
El
tren, jadeante, entra en el apeadero de Azófar arrastrándose
como un reptil antediluviano. De él sólo baja una mujer
con una criatura en el brazo izquierdo y una cesta de mimbre en la
mano derecha. Nadie la espera, ni siquiera la Virgen de las Cosechas
que hoy celebramos. Si acaso esa cigüeña que todas las
tardes se acerca a curiosear un rato. ¿Quién eres,
muchacha? Sara. Y la cigüeña: Sara, Sara
¡Ah,
ya! La hija de Blasa, la que vive pasando el arroyo de la Moyana, en
la última casa que cuelga de los riscos. Y Sara: La misma. Y
la cigüeña: Estás muy cambiada. ¿Sabes?,
después de tanto tiempo, tu madre ya no hacía cuenta de
ti. ¿Vienes para las fiestas? No. Vengo con mi hija pa
quedarme, dice Sara mientras el tren se aleja somnoliento, como sin
ganas, en dirección a Trasluz. La cigüeña le desea
toda clase de parabienes y luego regresa a la iglesia pensando en la
mejor forma de dar la novedad a la Virgen, que ya debe de haberse
levantado de siesta.
FINAL
Ya acabo, aunque quedan en el
aire algunas cosas, como por qué alguien decide ser
escritor. Tal vez no sea exagerado decir que con la escritura te
libras de pesos que, de no ser así, se pudrirían dentro
de ti. Yo creo que la literatura nace de la insatisfacción.
Generalmente, quien está satisfecho con el mundo que lo rodea
y consigo mismo, no fantasea. Es una forma de echarle un pulso a la
realidad y, tal vez, a la muerte. Ser escritor es una forma de vivir,
de conocerse y explicarse a uno mismo, de darse a otros, de
encontrarse con otros. La creación se vive a solas, pero para
que otros te comprendan y compartan tus dudas, tus temores y
esperanzas. Escribir no es tanto una profesión cuanto una
especie de yoga, un camino, una alternativa a la vida
ordinaria. Las recompensas que procura son de cariz casi religioso;
no da más satisfacción, generalmente, que no sea la
espiritual. Nada más y nada menos. Al escritor le basta con
esto.