El desconocido, de Justo Vila.




Cuando “El Desconocido” acopló el dedo al gatillo y apoyó el punto de mira de la pistola en su cabeza, “El Viejo” volvió a vivir el cálido y lejano día en que cruzó, por primera vez, la frontera de Caya en un carro destartalado, cargado de cachivaches, del que tiraban dos extenuadas mulas alentejanas a punto de reventar. Desde entonces, poco antes de empezar los tórridos días del verano, había vuelto todos los años al Guadiana, donde acampaba con su familia bajo uno de los arcos del Puente Viejo. Cada día, antes de que saliera el sol, abandonaba la ciudad con sus hijos mayores en dirección a la Vega, en donde trabajaban recogiendo peras, melocotones y tomates. Así un día tras otro durante dos o tres meses en cada campaña, hasta que empezaban a caer de los árboles las primeras hojas, que era la señal para volver a cruzar la frontera de regreso al pueblo seco, árido e improductivo del Alentejo, en donde malvivían durante el invierno del fruto de su trabajo en la Vega. Pero con el paso del tiempo los hijos fueron creciendo, algunos se habían casado y, con las crisis y las malas cosechas, casi todos abandonaron la cuadrilla en busca de nuevos horizontes.
Aquella misma tarde, cuando las cejas del sol caían al otro lado de la frontera, tras la colina de Elvas, la vieja furgoneta se aproximó bufando como un toro herido a la pequeña tienda de lona descolorida en donde dos mujeres se afanaban con unas cacerolas junto a una menuda hoguera. Un grupo de niños harapientos corría detrás de un perrillo escuálido por la orilla del río. El vehículo se detuvo al lado de un conjunto de pequeños huertos arañados a la ribera y de él bajaron dos hombres carifracasados, taciturnos, que lentamente dirigieron sus pasos hacia la pálida tienda, derrotados, como si acabaran de escapar de una desigual batalla. El más viejo, la mirada perdida en el suelo, parecía una sombra del hombre que había sido. “Hemos pasao tiempos peores”, dijo el más joven de los dos, con triste y cansada voz, intentando dar ánimos a su padre. “Las faenas del campo están mal. Pero ya verá usté como las cosas cambian. Mañana será otro día”. “El Viejo” se sentó en un taburete junto al fuego, se agachó sobre las brasas, que removió con un atizador y luego arrimó las manos extendidas a las llamas buscando calor. “Ya teníamos que haber vuelto a casa”, dijo en un soplo de voz. “Todos los años, por esta época, estábamos en casa. No sé qué está pasando, que ni la fruta, ni el tomate ni la vendimia... Nada nos sale bien últimamente. Naide contrata a un viejo jornalero... Uno ya no es más que un estorbo pa tos vosotros”, se lamentó el anciano. “No diga usté eso, padre...”, dijo el más joven de los dos hombres, con el corazón astillado por las palabras del viejo. “Ya verá usté cómo ahora, con la aceituna, cambian las cosas”.
Durante horas, “El Viejo” no hizo otra cosa que alimentar la lumbre con la mirada perdida entre las lenguas de fuego. Después de cenar, su hijo se alejó pretextando cualquier cosa, no sin dirigir una última mirada a la figura encorvada e inmóvil de su padre. “Pobre -pensó mientras se perdía en la noche-. Cada día que pasa está más gastao. La enfermedad lo está consumiendo. ¿Cuánto le quedará?”.
Poco después, tras oír el eco de las campanadas del reloj de alguna iglesia, “El Viejo” abandonó su posición junto al fuego y fue a comprobar si todos dormían en la tienda. Sólo el lugar de su hijo estaba vacío. “Habrá ío a dar una vuelta”, pensó mientras se acercaba a la orilla del río para orinar. “Mejó, así no hay cuidao que me vea marchar”. La niebla avanzaba desde el agua, se enroscaba en las filas de eucaliptos y se hundía hasta lo más profundo de la retina del hombre, de tal forma que éste, por un instante, no pudo precisar si se trataba de una nubecilla en contacto con la tierra o de la propia nube que manchaba la córnea de sus ojos.
“El Viejo” se abrochó la bragueta y miró el reloj: las once y siete. Luego contempló el agua que corría monótona y mansa, levantó la cabeza e intentó adivinar los juncos de la margen izquierda del río, cubierta ya completamente por la bruma. A continuación giró sobre sí mismo y se alejó del campamento. Lentamente subió la cuesta hasta llegar al puente, con las manos dentro de los bolsillos del pantalón, el cuello de la chaqueta encaramado en torno al canal de su garganta, el ala del viejo sombrero portugués hundida hasta las cejas.
Ocupó casi quince minutos en cruzar el puente, la mirada baja, enterrada en la punta de los zapatos, que parecían moverse mecánicamente. Sólo una vez levantó los ojos del asfalto, hacia la mitad del puente. Se acercó a la baranda y examinó la ribera, para sentir el calor, quizás el último, del sueño de su familia. Pero no vio la casa de lona, hundida al lado de la mancha negra del río, sumergido en la niebla. “Menos mal que ‘La Bicha’ no sha despertao tovía”, pensó para fortalecer el ánimo. A la enfermedad que apuraba su vida la llamaba “La Bicha”, harto de intentar pronunciar correctamente el nombre impopular que de la misma le habían dado en Évora el día que la descubrieron agazapada en los bajos de su pulmón izquierdo. “Con un poco de suerte, igual sigue dormía toa la noche”.
En Puerta de Palmas un semáforo extravagante se emperraba en ordenar un tráfico inexistente a aquella hora, ajeno al aire húmedo y negro de la noche. El anuncio luminoso de un hotel escribía reclamos que al viejo se le antojaron burlones, pues nunca había pisado en la ciudad más albergue ni había tenido sobre su cabeza más protección que la gastada lona en el campamento del río Guadiana.
El final de su camino, y quizás de su propia vida, estaba situado en una devastada ermita, construida en el antiguo recinto del Alcázar árabe. Le habían dicho que recorriera el sector poniente de la muralla y que en alguna de sus entradas alguien lo estaría esperando.
Sobre las aceras de las empinadas callejas los coches parecían dormidos. Cuando por fin se encontró con la Puerta de los Carros, “El Viejo” se pegó al muro de la fortaleza y, muy despacio, siguió su camino, con los cinco sentidos en guardia, ya mirando a un lado, ya al otro de la calle, receloso, guiado por faroles aislados y siniestros que iluminaban vaporosamente, a su derecha, las descuidadas fachadas grises de las casas del arrabal, sórdidos solares y callejones hostiles que se perdían en la niebla.
En pocos minutos dejó atrás, a su izquierda, algunas torres albarranas y las dos puertas del sector, encontrándose en los soportales de la Plaza Alta. Ya dudaba si volver o no sobre sus pasos cuando, al cruzar el arco del Corral de los Toros, descubrió, ante sus ojos, la Torre de Espantaperros, en el ángulo sureste del recinto de la Alcazaba, mágicamente iluminada por dos faroles. La neblina desdibujaba fantasías, pegada a la base octogonal del edificio, incapaz de trepar por sus muros de argamasa.
Durante un instante contempló la torre, unida al recinto amurallado mediante un largo muro almenado. Poco después dio media vuelta y deshizo sus pasos. En la Puerta del Capitel lo esperaba un hombre con una linterna. Sin mediar palabra, pasaron bajo un arco de herradura y, de pronto, se encontraron en una estancia cuadrangular descubierta. Su acompañante tiró de él y, haciendo un giro a la izquierda, cruzaron una segunda puerta árabe, con doble arco, hasta el interior del recinto del Alcázar. Por un camino en rampa, bordeado de zonas ajardinadas, acabaron frente al recinto abandonado de un hospital militar. Luego giraron a la izquierda y se movieron en silencio entre el solitario Palacio de los Duques de Feria y el solar de la Iglesia de San Pedro. Minutos después se hallaban ante la enorme boca de las ruinas de la Ermita del Rosario. Hasta allí, el viejo había avanzado con decisión, pero al detenerse sintió una corriente interna de aire helado en la espalda. Entonces, se llevó la mano derecha al ala del sombrero y la alejó de sus ojos. Aguardó un minuto, temeroso, desconfiando, receloso, hasta que oyó el rumor seco de unos pasos que se acercaban desde el interior de las ruinas. Un haz de luz amarilla nació entonces al fondo de la ermita. El viejo adivinó la figura gruesa de un hombre de breve estatura que se escondía detrás de los destellos. Cuando estuvo junto a la pareja de recién llegados preguntó: “El Portugués”. “En carne y hueso”, respondió el que acompañaba al viejo. “Creí que sería más joven -dijo el individuo pequeño, con voz perezosa-. Bueno, no importa. Pasad. Todo está preparado”.
“Ojalá que ‘La Bicha’ no me se despierte ahora”, pensó el viejo mientras seguía a los desconocidos por un lóbrego pasillo, sórdido, hostil, lleno de suciedad y escombros.
De pronto, tras completar un perfecto ángulo de noventa grados, el angosto pasillo los ubicó en una sala amplísima, con el centro de la misma muy iluminado. Sin duda se trataba de la planta central de la antigua ermita. El viejo contempló entonces con recelo, titubeante, aplastado por las ruedas del carro de la duda, el panorama que se abría ante sus cansados ojos: en el centro de la estancia había una mesa cuadrada y dos sillas, muy iluminadas por potentes y gigantescos focos. Alrededor, una tosca escalinata de madera, ocupada por cuarenta o cincuenta individuos, intentaba imitar el graderío de un pequeño anfiteatro. Por un instante, al entrar el viejo, cesaron los murmullos y todas las miradas se dirigieron hacia él. Pero, poco después, las discusiones y las polémicas llenaron de nuevo la nave. El hombre grueso y de breve estatura que lo había recibido lo agarró del brazo izquierdo y lo condujo hasta el centro de la sala. “Ahí”, dijo señalando una de las dos sillas vacías.
“El Viejo” se sentó y ya no pudo ver nada más. El resplandor translúcido de los potentes focos lo cegó. Entonces puso la mirada en la mesa e intentó que sus ojos se adaptaran al brillo que se reflejaba en la oscura madera. Poco después sintió unos pasos vacilantes y miró al frente. Adivinó, a través de los destellos de luz, la silueta de un desconocido que se sentaba frente a él. No pudo ver su cara, ni su cuerpo, ni sus brazos, sólo advirtió su mano izquierda, que se posaba nerviosa sobre la mesa con un cigarrillo entre los dedos, autónoma, libre de ataduras, como si hubiera huido del cuerpo de su propietario. Parecía tan alterado e inseguro como él mismo. “Debe estar tan acosao como yo por el perro de la necesidá y la miseria”, pensó “El Viejo”.
En aquel momento, sobre el murmullo de las conversaciones, se alzó potente la voz de “El Juez” para explicar o recordar las reglas del juego que allí se iba a jugar. Mientras lo hacía mostraba al reservado pero vehemente auditorio la pistola y las tres balas que sostenía en sus manos, pero “El Viejo” no oía sus palabras. Aún no podía creer que estuviera allí sentado. Qué edad tendría su adversario -se preguntó-. Por sus gestos parecía mucho más joven que él. Podría tener la edad de su hijo, año más, año menos. A punto estuvo de preguntarle su nombre, pero recordó a tiempo que una de las reglas que le habían explicado dos días antes, cuando se presentó voluntario para aquel juego, prohibía hablar entre sí a los jugadores. Entonces intentó penetrar con la mirada a través del cegador foco que hería directamente la nube de sus ojos, pero sólo pudo entrever la silueta, formidable, casi titánica, de su adversario y el movimiento de su mano izquierda, nerviosa, llevando el cigarrillo a los labios. Incapaz de sostener la mirada en el foco, el viejo movió la vista a izquierda y derecha, en un intento ingenuo de reconocer alguno de los rostros que se escondían en las sombras.
De pronto el seco golpe de la pistola al ser depositada en el centro de la mesa, entre él y “El Desconocido”, atrajo su atención. Ni siquiera había reparado en los hábiles movimientos de “El Juez” mientras cargaba tres de las seis recámaras vacías. En alguna de las torres del barrio antiguo de la ciudad sonaron, ausentes, dos campanadas y, entonces, de repente, “El Viejo” sintió que había perdido todas sus fuerzas. La boca se le había secado, le dolía el estómago y sudaba copiosamente. En el silencio de la noche podía oír el mazazo de los latidos acelerados de su corazón y, por primera vez desde que había llegado al lóbrego lugar, sintió deseos de abandonar. “¡Al diablo!”, se dijo, pero inmediatamente recapacitó: “¿Qué van a pensar de mí! ¡Maldita sea...! ¿Se habrán dao cuenta que me sudan las manos? ¿Tendrá ese tanto miedo como yo?”. De nuevo miró al frente, intentando adivinar el rostro de su adversario, pero, una vez más, sólo llegó a entrever la silueta de “El Desconocido”, su mano derecha sobre la mesa y el cigarrillo en la izquierda, yendo y viniendo del cenicero a los labios nerviosamente.
En aquel momento, “El Juez”, después de gritar que se habían cerrado las apuestas, volvió a coger la pistola con mano firme y dio un golpe seco al tambor que giró suavemente sobre sí mismo. “El Viejo” repitió mentalmente: “Hay seis cámaras en el cilindro. Tres de ellas están ocupás. Tres están libres. Cincuenta por ciento. Es como tirá una monea al aire y pedí cara. Ahora, a esperá que no salga cruz”.
El cilindro se detuvo junto a los pensamientos del viejo. “El Juez” volvió a dejar el arma sobre el centro de la mesa y, entonces, cesaron los rumores y todo pareció detenerse, el tiempo, las respiraciones, la sangre en las venas. Hasta el humo del cigarrillo de su adversario quedó pegado a la mesa, como amilanado, sin saber qué hacer. La niebla del Guadiana llamó a los muros y “El Viejo” imaginó su sombra penetrando por los sórdidos pasillos, amenazando con ocupar el aire quieto de la estancia al menor descuido. “El Desconocido” alargó la mano y cogió la pistola. Golpeó nuevamente el tambor que volvió a girar con suavidad y cuando, sin dudarlo, se llevó el punto de mira del arma a la cabeza, “El Viejo”, que podía escuchar la respiración profunda de su adversario, volvió a vivir el cálido y lejano día en que cruzó, por primera vez, la frontera de Caya en un carro destartalado, cargado de cachivaches, del que tiraban dos extenuadas mulas alentejanas a punto de reventar. De pronto “El Desconocido” apretó el gatillo del arma. “¡Dios mío! -imploró “El Viejo”-. ¡Ayúdanos!”.
El percutor golpeó sobre una cámara deshabitada y un hueco estallido resonó en la estancia.
“El Desconocido” resopló, profundamente aliviado, y soltó la pistola en el centro de la mesa.
“El Viejo” acercó su mano al arma. “Ahora me toca a mí”, se dijo. Por un momento la pistola quemó sus dedos, quería escapar de allí, pero una especie desconocida de falso pundonor se lo impedía. Sólo necesitaba un poco de suerte. Sin embargo, “La Bicha” despertó de repente recordándole la provisionalidad de sus actos. “¡Qué demonios! -se dijo entonces-. Gane o pierda, saldré ganando”. Si tuviera la mala suerte de volarse la cabeza, sólo se habría adelantado en unos días, en unos meses quizás, a su destino. En ese momento, la pistola resbaló de sus dedos sudorosos y cayó a la mesa. El seco golpe sonó en su cabeza como un proyectil, sobresaltándolo a él y a “La Bicha”, que huyó cobardemente a esconderse en los bajos de su pulmón izquierdo. Pero, en compensación, su estómago se quejó amargamente. Su boca seca imploró silenciosos vasos de agua. Por un instante pensó que el zumbido de sus arterias podía ser escuchado en toda la sala, llena de niebla y de cigarrillos. Instantes después se había sobrepuesto al sobresalto que lo había paralizado y cogió de nuevo el arma. Hizo girar el cilindro y esperó unos segundos a que se detuviera. Luego, mientras su corazón se estremecía y saltaba en su pecho como un chivo loco, se llevó el arma a la sien, disparó y ya no vio nada, no sintió nada. Ni siquiera escuchó el golpe hosco del percutor al adherirse a una cámara vacía. No percibió el suspiro colectivo que salió del graderío, por lo que no sabría discernir si había sido de alivio o de desilusión. Ni siquiera vio cómo “El Juez” se acercaba, cogía la pistola de su mano derecha, agarrotada a la culata, como soldada, abría el tambor e introducía un nuevo proyectil. “¡Dios mío! -exclamó por fin su cabeza-. ¿Cómo me he metío en esta trampa pa ratones?”.
En ese momento, su instinto de conservación lo llevó de nuevo a buscar refugio en el recuerdo. Evocó otra vez su primer viaje a esta ciudad, contagiado por los sueños de un grupo de braceros, sin darse cuenta que los sueños, cuando se adhieren al alma de la necesidad y conquistan el corazón del infortunado, confunden deseo con verdad, ciegan los ojos de la razón, obligan a los sentidos a ser abandonados por sus facultades y hacen que el juicio sea vivamente dominado y poseído con vehemencia por la ilusión halagadora, el deseo esperanzador y la fantasía improbable.
Durante muchos años habían conseguido trabajo, por temporadas más o menos largas, en la recogida del tomate, en la vendimia y hasta en la aceituna, hasta que un día empezaron a tener dificultades para emplearse todos, las tareas escaseaban y por la región entera se paseó primero y se asentó después el fantasma de la escasez, la penuria y la insuficiencia. Una noche, después de una larguísima semana de vagar errantes por los campos, recibiendo como respuesta sólo negativas y contrariedades, completamente aturdido, “El Viejo” se alejó del campamento y, como un vagabundo más, pateó las calles del centro de la ciudad. En los soportales de un cine vio a un mendigo durmiendo entre unos cartones que no podían impedir que el frío de noviembre llegara hasta sus huesos. Al pasar a su lado se detuvo y, al ver su cara embrutecida junto a una botella de vino vacía, quedó paralizado. Por un instante creyó reconocerse a sí mismo, acabado, decrépito, consumido, con una talega de años más sobre el rostro. Entonces se alejó con rapidez de allí, con la convicción de que era demasiado tarde para espantar el perro de los sueños.
En aquel momento su adversario cogió de nuevo la pistola, hizo girar el tambor y, sin pensarlo dos veces, se la acercó a la cabeza. “El Viejo” quería ver temblar la silueta que tenía enfrente, pero “El Desconocido” no le dio ese gusto. “Es un valiente -pensó- o un desgraciado como yo”. El humo del cigarrillo se elevaba verticalmente desde su mano izquierda, situada ahora sobre la mesa, y se perdía sobre su cabeza, buscando uno de los focos. El viejo cerró los ojos y escuchó un martilleo suave sobre una cámara vacía. Cuando los volvió a abrir, la pistola estaba de nuevo sobre el centro de la mesa. La miró como hipnotizado y, como si de un conjurado autómata se tratara, terriblemente hechizado, la cogió con su vieja mano derecha y golpeó el cilindro. Se sentía mirado, taladrado, desamparado. “Tan viejo y tan perdío”, pensó horrorizado, pero sus manos seguían actuando, independientes, como si de repente su cuerpo se hubiera divorciado de sus pensamientos. Todo ello agudizaba su torpeza. Sentía angustia, ansiedad, mientras esperaba su suerte, temeroso e inmóvil. No sabía si huir al recuerdo interior o hacer frente a la niebla que lo envolvía. Estaba nervioso y asustado como nunca antes en su vida. Deseaba que todo acabara de una vez, como fuera, pero que aquella pesadilla terminara. El miedo secaba su boca y, sin embargo, sentía que por el entrelabio le resbalaba una babilla repugnante. Su oído se agudizaba más y más, intentando atrapar algún sonido, cualquier pequeño ruido, por insignificante que fuera, pero sólo un silencio denso, espeso, consistente, se movía entre los focos y las sombras. Su corazón se esforzaba en bombear sangre a la cabeza, a los pulmones, en dementes zumbidos. Pero no la hacía llegar a sus manos que sentía frías y sudorosas.
De pronto, el tambor de la pistola cesó de girar. “El Viejo” quiso taladrar con sus ojos el metal, para anticiparse en décimas de segundo al secreto que tan celosamente guardaba. Entonces, se acercó el arma a la sien y, sin pensarlo más, disparó.
Un día, hacía de ello escasamente una semana, la vieja furgoneta regresó bufando al campamento del Guadiana a una hora inusual. “La Bicha” había empezado a trabajar a destajo en su cuerpo. Primero despertó en el pulmón izquierdo; minutos después arañó su vientre y luego, inmediatamente, como caballo desbocado, galopó por todo su cuerpo. Su hijo decidió entonces regresar con él. Cuando descendieron del vehículo y preguntaron por las mujeres, el mayor de los niños les dijo que su abuela y su madre habían salido de compras con sus dos hermanos más pequeños. Entonces, como iluminado por una idea que nunca lo había dejado vivir, con mucho dolor a cuestas, otro dolor, aunque “La Bicha” seguía escribiendo con sangre en sus entrañas, se fue a buscarlas. Anduvo por las calles de la ciudad sin rumbo, pegado a las paredes, buscando los soportales de las iglesias, mirando a todos con desconfianza, perdido, inseguro, solo. De pronto, cuando más grande era el dolor, vio a su mujer y a su nuera sentadas en el suelo de la puerta de una iglesia, con un niño entre los brazos cada una de ellas, los ojos caídos, las manos tendidas en señal de misericordia. Hombres y mujeres pasaban ante ellas esforzándose en no advertir las pequeñas figuras ausentes, aplastadas contra el suelo. Un niño compasivo reparó en los pequeños, desde lo alto de sus inocentes ojos, y tiró de su madre al salir de la iglesia. La mujer se paró, abrió el bolso, sacó el monedero y entregó al muchacho unas monedas que éste depositó en las manos estiradas. Las mujeres las tomaron y se confesaron agradecidas con encogidas sonrisas y grandes gestos asentimiento.
“El Viejo” se sintió entonces humillado en lo más hondo de su ser y no supo qué hacer. De pronto, dio media vuelta y, con lágrimas en los ojos, huyó de allí, con tanta rapidez como le permitieron sus debilitadas piernas. Jamás en toda su existencia había mendigado aquella clase de ayuda. Nunca antes se había sentido tan inútil, tan incompetente e inepto. Nunca tan desvalido e inerme, tan confundido y avergonzado.
Sin saber muy bien qué hacía, ni por donde iba, estuvo dando vueltas por la ciudad durante horas, meditando, reflexionando, calculando, esforzándose en no reparar en la presencia de “La Bicha”, hasta que al anochecer, pasos inconscientes, pasos de autómata, lo llevaron hasta el campamento. Para entonces, había tomado ya una decisión. Tal vez la última.
El ¡clic! del percutor al romper el vacío de la cámara atronó en la estancia. Enfrente de él, hasta el humo del cigarrillo de “El Desconocido” pareció aliviado y por primera vez en la noche se movió en zigzag.
Los nervios huyeron del anciano, se hundieron en la cargada atmósfera, escapando por la punta de sus dedos; sus pupilas se empequeñecieron, hasta regresar, de golpe, a su estado normal; las señales de su corazón moderaron sus gritos y suavemente volvió el calor a sus manos, empujando de ellas la humedad. Entonces dejó de sentirse tan torpe. “Es posible -pensó bañado, por primera vez en toda la noche, en tibias esperanzas- que todo salga bien”. En aquel momento, “El Desconocido”, cogió por tercera vez la pistola de la mesa, por tercera vez hizo girar el tambor y, cuando éste se detuvo, sin pensarlo, confiado, se acercó el punto de mira a la cabeza y apretó el gatillo.
La descarga sacudió la nave en ruinas. La bala se hundió en la cabeza del oculto joven y reventó en su cerebro, esparciendo su mirada, su ánimo, su aliento y confianza en la luz gris del aire, entre el brillo de la oscura mesa y el ojo de los focos. Su cuerpo cayó al suelo, roto, quebrado, sin vida, a la derecha de “El Viejo”, lejos del círculo de influencia de los cegadores focos, mostrando un rostro espantado. Una infinita incredulidad había quedado enredada en su retina, como pajarillo aterido atrapado en las zarzas. Cuando reconoció en “El Desconocido” la cara de su hijo, cargada de espanto, el alma de “El Viejo” saltó hecha pedazos.


Tomado de Manuel Simón Viola, La narración corta en Extremadura, Servicio de Publicaciones de la Diputación de Badajoz, Badajoz, 2000.