El desconocido, de Justo Vila.
Cuando El Desconocido acopló el dedo al gatillo y apoyó
el punto de mira de la pistola en su cabeza, El Viejo volvió
a vivir el cálido y lejano día en que cruzó, por primera
vez, la frontera de Caya en un carro destartalado, cargado de cachivaches, del
que tiraban dos extenuadas mulas alentejanas a punto de reventar. Desde entonces,
poco antes de empezar los tórridos días del verano, había
vuelto todos los años al Guadiana, donde acampaba con su familia bajo
uno de los arcos del Puente Viejo. Cada día, antes de que saliera el
sol, abandonaba la ciudad con sus hijos mayores en dirección a la Vega,
en donde trabajaban recogiendo peras, melocotones y tomates. Así un día
tras otro durante dos o tres meses en cada campaña, hasta que empezaban
a caer de los árboles las primeras hojas, que era la señal para
volver a cruzar la frontera de regreso al pueblo seco, árido e improductivo
del Alentejo, en donde malvivían durante el invierno del fruto de su
trabajo en la Vega. Pero con el paso del tiempo los hijos fueron creciendo,
algunos se habían casado y, con las crisis y las malas cosechas, casi
todos abandonaron la cuadrilla en busca de nuevos horizontes.
Aquella misma tarde, cuando las cejas del sol caían al otro lado de la
frontera, tras la colina de Elvas, la vieja furgoneta se aproximó bufando
como un toro herido a la pequeña tienda de lona descolorida en donde
dos mujeres se afanaban con unas cacerolas junto a una menuda hoguera. Un grupo
de niños harapientos corría detrás de un perrillo escuálido
por la orilla del río. El vehículo se detuvo al lado de un conjunto
de pequeños huertos arañados a la ribera y de él bajaron
dos hombres carifracasados, taciturnos, que lentamente dirigieron sus pasos
hacia la pálida tienda, derrotados, como si acabaran de escapar de una
desigual batalla. El más viejo, la mirada perdida en el suelo, parecía
una sombra del hombre que había sido. Hemos pasao tiempos peores,
dijo el más joven de los dos, con triste y cansada voz, intentando dar
ánimos a su padre. Las faenas del campo están mal. Pero
ya verá usté como las cosas cambian. Mañana será
otro día. El Viejo se sentó en un taburete junto
al fuego, se agachó sobre las brasas, que removió con un atizador
y luego arrimó las manos extendidas a las llamas buscando calor. Ya
teníamos que haber vuelto a casa, dijo en un soplo de voz. Todos
los años, por esta época, estábamos en casa. No sé
qué está pasando, que ni la fruta, ni el tomate ni la vendimia...
Nada nos sale bien últimamente. Naide contrata a un viejo jornalero...
Uno ya no es más que un estorbo pa tos vosotros, se lamentó
el anciano. No diga usté eso, padre..., dijo el más
joven de los dos hombres, con el corazón astillado por las palabras del
viejo. Ya verá usté cómo ahora, con la aceituna,
cambian las cosas.
Durante horas, El Viejo no hizo otra cosa que alimentar la lumbre
con la mirada perdida entre las lenguas de fuego. Después de cenar, su
hijo se alejó pretextando cualquier cosa, no sin dirigir una última
mirada a la figura encorvada e inmóvil de su padre. Pobre -pensó
mientras se perdía en la noche-. Cada día que pasa está
más gastao. La enfermedad lo está consumiendo. ¿Cuánto
le quedará?.
Poco después, tras oír el eco de las campanadas del reloj de alguna
iglesia, El Viejo abandonó su posición junto al fuego
y fue a comprobar si todos dormían en la tienda. Sólo el lugar
de su hijo estaba vacío. Habrá ío a dar una vuelta,
pensó mientras se acercaba a la orilla del río para orinar. Mejó,
así no hay cuidao que me vea marchar. La niebla avanzaba desde
el agua, se enroscaba en las filas de eucaliptos y se hundía hasta lo
más profundo de la retina del hombre, de tal forma que éste, por
un instante, no pudo precisar si se trataba de una nubecilla en contacto con
la tierra o de la propia nube que manchaba la córnea de sus ojos.
El Viejo se abrochó la bragueta y miró el reloj: las
once y siete. Luego contempló el agua que corría monótona
y mansa, levantó la cabeza e intentó adivinar los juncos de la
margen izquierda del río, cubierta ya completamente por la bruma. A continuación
giró sobre sí mismo y se alejó del campamento. Lentamente
subió la cuesta hasta llegar al puente, con las manos dentro de los bolsillos
del pantalón, el cuello de la chaqueta encaramado en torno al canal de
su garganta, el ala del viejo sombrero portugués hundida hasta las cejas.
Ocupó casi quince minutos en cruzar el puente, la mirada baja, enterrada
en la punta de los zapatos, que parecían moverse mecánicamente.
Sólo una vez levantó los ojos del asfalto, hacia la mitad del
puente. Se acercó a la baranda y examinó la ribera, para sentir
el calor, quizás el último, del sueño de su familia. Pero
no vio la casa de lona, hundida al lado de la mancha negra del río, sumergido
en la niebla. Menos mal que La Bicha no sha despertao tovía,
pensó para fortalecer el ánimo. A la enfermedad que apuraba su
vida la llamaba La Bicha, harto de intentar pronunciar correctamente
el nombre impopular que de la misma le habían dado en Évora el
día que la descubrieron agazapada en los bajos de su pulmón izquierdo.
Con un poco de suerte, igual sigue dormía toa la noche.
En Puerta de Palmas un semáforo extravagante se emperraba en ordenar
un tráfico inexistente a aquella hora, ajeno al aire húmedo y
negro de la noche. El anuncio luminoso de un hotel escribía reclamos
que al viejo se le antojaron burlones, pues nunca había pisado en la
ciudad más albergue ni había tenido sobre su cabeza más
protección que la gastada lona en el campamento del río Guadiana.
El final de su camino, y quizás de su propia vida, estaba situado en
una devastada ermita, construida en el antiguo recinto del Alcázar árabe.
Le habían dicho que recorriera el sector poniente de la muralla y que
en alguna de sus entradas alguien lo estaría esperando.
Sobre las aceras de las empinadas callejas los coches parecían dormidos.
Cuando por fin se encontró con la Puerta de los Carros, El Viejo
se pegó al muro de la fortaleza y, muy despacio, siguió su camino,
con los cinco sentidos en guardia, ya mirando a un lado, ya al otro de la calle,
receloso, guiado por faroles aislados y siniestros que iluminaban vaporosamente,
a su derecha, las descuidadas fachadas grises de las casas del arrabal, sórdidos
solares y callejones hostiles que se perdían en la niebla.
En pocos minutos dejó atrás, a su izquierda, algunas torres albarranas
y las dos puertas del sector, encontrándose en los soportales de la Plaza
Alta. Ya dudaba si volver o no sobre sus pasos cuando, al cruzar el arco del
Corral de los Toros, descubrió, ante sus ojos, la Torre de Espantaperros,
en el ángulo sureste del recinto de la Alcazaba, mágicamente iluminada
por dos faroles. La neblina desdibujaba fantasías, pegada a la base octogonal
del edificio, incapaz de trepar por sus muros de argamasa.
Durante un instante contempló la torre, unida al recinto amurallado mediante
un largo muro almenado. Poco después dio media vuelta y deshizo sus pasos.
En la Puerta del Capitel lo esperaba un hombre con una linterna. Sin mediar
palabra, pasaron bajo un arco de herradura y, de pronto, se encontraron en una
estancia cuadrangular descubierta. Su acompañante tiró de él
y, haciendo un giro a la izquierda, cruzaron una segunda puerta árabe,
con doble arco, hasta el interior del recinto del Alcázar. Por un camino
en rampa, bordeado de zonas ajardinadas, acabaron frente al recinto abandonado
de un hospital militar. Luego giraron a la izquierda y se movieron en silencio
entre el solitario Palacio de los Duques de Feria y el solar de la Iglesia de
San Pedro. Minutos después se hallaban ante la enorme boca de las ruinas
de la Ermita del Rosario. Hasta allí, el viejo había avanzado
con decisión, pero al detenerse sintió una corriente interna de
aire helado en la espalda. Entonces, se llevó la mano derecha al ala
del sombrero y la alejó de sus ojos. Aguardó un minuto, temeroso,
desconfiando, receloso, hasta que oyó el rumor seco de unos pasos que
se acercaban desde el interior de las ruinas. Un haz de luz amarilla nació
entonces al fondo de la ermita. El viejo adivinó la figura gruesa de
un hombre de breve estatura que se escondía detrás de los destellos.
Cuando estuvo junto a la pareja de recién llegados preguntó: El
Portugués. En carne y hueso, respondió el que
acompañaba al viejo. Creí que sería más joven
-dijo el individuo pequeño, con voz perezosa-. Bueno, no importa. Pasad.
Todo está preparado.
Ojalá que La Bicha no me se despierte ahora,
pensó el viejo mientras seguía a los desconocidos por un lóbrego
pasillo, sórdido, hostil, lleno de suciedad y escombros.
De pronto, tras completar un perfecto ángulo de noventa grados, el angosto
pasillo los ubicó en una sala amplísima, con el centro de la misma
muy iluminado. Sin duda se trataba de la planta central de la antigua ermita.
El viejo contempló entonces con recelo, titubeante, aplastado por las
ruedas del carro de la duda, el panorama que se abría ante sus cansados
ojos: en el centro de la estancia había una mesa cuadrada y dos sillas,
muy iluminadas por potentes y gigantescos focos. Alrededor, una tosca escalinata
de madera, ocupada por cuarenta o cincuenta individuos, intentaba imitar el
graderío de un pequeño anfiteatro. Por un instante, al entrar
el viejo, cesaron los murmullos y todas las miradas se dirigieron hacia él.
Pero, poco después, las discusiones y las polémicas llenaron de
nuevo la nave. El hombre grueso y de breve estatura que lo había recibido
lo agarró del brazo izquierdo y lo condujo hasta el centro de la sala.
Ahí, dijo señalando una de las dos sillas vacías.
El Viejo se sentó y ya no pudo ver nada más. El resplandor
translúcido de los potentes focos lo cegó. Entonces puso la mirada
en la mesa e intentó que sus ojos se adaptaran al brillo que se reflejaba
en la oscura madera. Poco después sintió unos pasos vacilantes
y miró al frente. Adivinó, a través de los destellos de
luz, la silueta de un desconocido que se sentaba frente a él. No pudo
ver su cara, ni su cuerpo, ni sus brazos, sólo advirtió su mano
izquierda, que se posaba nerviosa sobre la mesa con un cigarrillo entre los
dedos, autónoma, libre de ataduras, como si hubiera huido del cuerpo
de su propietario. Parecía tan alterado e inseguro como él mismo.
Debe estar tan acosao como yo por el perro de la necesidá y la
miseria, pensó El Viejo.
En aquel momento, sobre el murmullo de las conversaciones, se alzó potente
la voz de El Juez para explicar o recordar las reglas del juego
que allí se iba a jugar. Mientras lo hacía mostraba al reservado
pero vehemente auditorio la pistola y las tres balas que sostenía en
sus manos, pero El Viejo no oía sus palabras. Aún
no podía creer que estuviera allí sentado. Qué edad tendría
su adversario -se preguntó-. Por sus gestos parecía mucho más
joven que él. Podría tener la edad de su hijo, año más,
año menos. A punto estuvo de preguntarle su nombre, pero recordó
a tiempo que una de las reglas que le habían explicado dos días
antes, cuando se presentó voluntario para aquel juego, prohibía
hablar entre sí a los jugadores. Entonces intentó penetrar con
la mirada a través del cegador foco que hería directamente la
nube de sus ojos, pero sólo pudo entrever la silueta, formidable, casi
titánica, de su adversario y el movimiento de su mano izquierda, nerviosa,
llevando el cigarrillo a los labios. Incapaz de sostener la mirada en el foco,
el viejo movió la vista a izquierda y derecha, en un intento ingenuo
de reconocer alguno de los rostros que se escondían en las sombras.
De pronto el seco golpe de la pistola al ser depositada en el centro de la mesa,
entre él y El Desconocido, atrajo su atención. Ni
siquiera había reparado en los hábiles movimientos de El
Juez mientras cargaba tres de las seis recámaras vacías.
En alguna de las torres del barrio antiguo de la ciudad sonaron, ausentes, dos
campanadas y, entonces, de repente, El Viejo sintió que había
perdido todas sus fuerzas. La boca se le había secado, le dolía
el estómago y sudaba copiosamente. En el silencio de la noche podía
oír el mazazo de los latidos acelerados de su corazón y, por primera
vez desde que había llegado al lóbrego lugar, sintió deseos
de abandonar. ¡Al diablo!, se dijo, pero inmediatamente recapacitó:
¿Qué van a pensar de mí! ¡Maldita sea...! ¿Se
habrán dao cuenta que me sudan las manos? ¿Tendrá ese tanto
miedo como yo?. De nuevo miró al frente, intentando adivinar el
rostro de su adversario, pero, una vez más, sólo llegó
a entrever la silueta de El Desconocido, su mano derecha sobre la
mesa y el cigarrillo en la izquierda, yendo y viniendo del cenicero a los labios
nerviosamente.
En aquel momento, El Juez, después de gritar que se habían
cerrado las apuestas, volvió a coger la pistola con mano firme y dio
un golpe seco al tambor que giró suavemente sobre sí mismo. El
Viejo repitió mentalmente: Hay seis cámaras en el
cilindro. Tres de ellas están ocupás. Tres están libres.
Cincuenta por ciento. Es como tirá una monea al aire y pedí cara.
Ahora, a esperá que no salga cruz.
El cilindro se detuvo junto a los pensamientos del viejo. El Juez
volvió a dejar el arma sobre el centro de la mesa y, entonces, cesaron
los rumores y todo pareció detenerse, el tiempo, las respiraciones, la
sangre en las venas. Hasta el humo del cigarrillo de su adversario quedó
pegado a la mesa, como amilanado, sin saber qué hacer. La niebla del
Guadiana llamó a los muros y El Viejo imaginó su sombra
penetrando por los sórdidos pasillos, amenazando con ocupar el aire quieto
de la estancia al menor descuido. El Desconocido alargó la
mano y cogió la pistola. Golpeó nuevamente el tambor que volvió
a girar con suavidad y cuando, sin dudarlo, se llevó el punto de mira
del arma a la cabeza, El Viejo, que podía escuchar la respiración
profunda de su adversario, volvió a vivir el cálido y lejano día
en que cruzó, por primera vez, la frontera de Caya en un carro destartalado,
cargado de cachivaches, del que tiraban dos extenuadas mulas alentejanas a punto
de reventar. De pronto El Desconocido apretó el gatillo del
arma. ¡Dios mío! -imploró El Viejo-. ¡Ayúdanos!.
El percutor golpeó sobre una cámara deshabitada y un hueco estallido
resonó en la estancia.
El Desconocido resopló, profundamente aliviado, y soltó
la pistola en el centro de la mesa.
El Viejo acercó su mano al arma. Ahora me toca a mí,
se dijo. Por un momento la pistola quemó sus dedos, quería escapar
de allí, pero una especie desconocida de falso pundonor se lo impedía.
Sólo necesitaba un poco de suerte. Sin embargo, La Bicha
despertó de repente recordándole la provisionalidad de sus actos.
¡Qué demonios! -se dijo entonces-. Gane o pierda, saldré
ganando. Si tuviera la mala suerte de volarse la cabeza, sólo se
habría adelantado en unos días, en unos meses quizás, a
su destino. En ese momento, la pistola resbaló de sus dedos sudorosos
y cayó a la mesa. El seco golpe sonó en su cabeza como un proyectil,
sobresaltándolo a él y a La Bicha, que huyó
cobardemente a esconderse en los bajos de su pulmón izquierdo. Pero,
en compensación, su estómago se quejó amargamente. Su boca
seca imploró silenciosos vasos de agua. Por un instante pensó
que el zumbido de sus arterias podía ser escuchado en toda la sala, llena
de niebla y de cigarrillos. Instantes después se había sobrepuesto
al sobresalto que lo había paralizado y cogió de nuevo el arma.
Hizo girar el cilindro y esperó unos segundos a que se detuviera. Luego,
mientras su corazón se estremecía y saltaba en su pecho como un
chivo loco, se llevó el arma a la sien, disparó y ya no vio nada,
no sintió nada. Ni siquiera escuchó el golpe hosco del percutor
al adherirse a una cámara vacía. No percibió el suspiro
colectivo que salió del graderío, por lo que no sabría
discernir si había sido de alivio o de desilusión. Ni siquiera
vio cómo El Juez se acercaba, cogía la pistola de
su mano derecha, agarrotada a la culata, como soldada, abría el tambor
e introducía un nuevo proyectil. ¡Dios mío! -exclamó
por fin su cabeza-. ¿Cómo me he metío en esta trampa pa
ratones?.
En ese momento, su instinto de conservación lo llevó de nuevo
a buscar refugio en el recuerdo. Evocó otra vez su primer viaje a esta
ciudad, contagiado por los sueños de un grupo de braceros, sin darse
cuenta que los sueños, cuando se adhieren al alma de la necesidad y conquistan
el corazón del infortunado, confunden deseo con verdad, ciegan los ojos
de la razón, obligan a los sentidos a ser abandonados por sus facultades
y hacen que el juicio sea vivamente dominado y poseído con vehemencia
por la ilusión halagadora, el deseo esperanzador y la fantasía
improbable.
Durante muchos años habían conseguido trabajo, por temporadas
más o menos largas, en la recogida del tomate, en la vendimia y hasta
en la aceituna, hasta que un día empezaron a tener dificultades para
emplearse todos, las tareas escaseaban y por la región entera se paseó
primero y se asentó después el fantasma de la escasez, la penuria
y la insuficiencia. Una noche, después de una larguísima semana
de vagar errantes por los campos, recibiendo como respuesta sólo negativas
y contrariedades, completamente aturdido, El Viejo se alejó
del campamento y, como un vagabundo más, pateó las calles del
centro de la ciudad. En los soportales de un cine vio a un mendigo durmiendo
entre unos cartones que no podían impedir que el frío de noviembre
llegara hasta sus huesos. Al pasar a su lado se detuvo y, al ver su cara embrutecida
junto a una botella de vino vacía, quedó paralizado. Por un instante
creyó reconocerse a sí mismo, acabado, decrépito, consumido,
con una talega de años más sobre el rostro. Entonces se alejó
con rapidez de allí, con la convicción de que era demasiado tarde
para espantar el perro de los sueños.
En aquel momento su adversario cogió de nuevo la pistola, hizo girar
el tambor y, sin pensarlo dos veces, se la acercó a la cabeza. El
Viejo quería ver temblar la silueta que tenía enfrente,
pero El Desconocido no le dio ese gusto. Es un valiente -pensó-
o un desgraciado como yo. El humo del cigarrillo se elevaba verticalmente
desde su mano izquierda, situada ahora sobre la mesa, y se perdía sobre
su cabeza, buscando uno de los focos. El viejo cerró los ojos y escuchó
un martilleo suave sobre una cámara vacía. Cuando los volvió
a abrir, la pistola estaba de nuevo sobre el centro de la mesa. La miró
como hipnotizado y, como si de un conjurado autómata se tratara, terriblemente
hechizado, la cogió con su vieja mano derecha y golpeó el cilindro.
Se sentía mirado, taladrado, desamparado. Tan viejo y tan perdío,
pensó horrorizado, pero sus manos seguían actuando, independientes,
como si de repente su cuerpo se hubiera divorciado de sus pensamientos. Todo
ello agudizaba su torpeza. Sentía angustia, ansiedad, mientras esperaba
su suerte, temeroso e inmóvil. No sabía si huir al recuerdo interior
o hacer frente a la niebla que lo envolvía. Estaba nervioso y asustado
como nunca antes en su vida. Deseaba que todo acabara de una vez, como fuera,
pero que aquella pesadilla terminara. El miedo secaba su boca y, sin embargo,
sentía que por el entrelabio le resbalaba una babilla repugnante. Su
oído se agudizaba más y más, intentando atrapar algún
sonido, cualquier pequeño ruido, por insignificante que fuera, pero sólo
un silencio denso, espeso, consistente, se movía entre los focos y las
sombras. Su corazón se esforzaba en bombear sangre a la cabeza, a los
pulmones, en dementes zumbidos. Pero no la hacía llegar a sus manos que
sentía frías y sudorosas.
De pronto, el tambor de la pistola cesó de girar. El Viejo
quiso taladrar con sus ojos el metal, para anticiparse en décimas de
segundo al secreto que tan celosamente guardaba. Entonces, se acercó
el arma a la sien y, sin pensarlo más, disparó.
Un día, hacía de ello escasamente una semana, la vieja furgoneta
regresó bufando al campamento del Guadiana a una hora inusual. La
Bicha había empezado a trabajar a destajo en su cuerpo. Primero
despertó en el pulmón izquierdo; minutos después arañó
su vientre y luego, inmediatamente, como caballo desbocado, galopó por
todo su cuerpo. Su hijo decidió entonces regresar con él. Cuando
descendieron del vehículo y preguntaron por las mujeres, el mayor de
los niños les dijo que su abuela y su madre habían salido de compras
con sus dos hermanos más pequeños. Entonces, como iluminado por
una idea que nunca lo había dejado vivir, con mucho dolor a cuestas,
otro dolor, aunque La Bicha seguía escribiendo con sangre
en sus entrañas, se fue a buscarlas. Anduvo por las calles de la ciudad
sin rumbo, pegado a las paredes, buscando los soportales de las iglesias, mirando
a todos con desconfianza, perdido, inseguro, solo. De pronto, cuando más
grande era el dolor, vio a su mujer y a su nuera sentadas en el suelo de la
puerta de una iglesia, con un niño entre los brazos cada una de ellas,
los ojos caídos, las manos tendidas en señal de misericordia.
Hombres y mujeres pasaban ante ellas esforzándose en no advertir las
pequeñas figuras ausentes, aplastadas contra el suelo. Un niño
compasivo reparó en los pequeños, desde lo alto de sus inocentes
ojos, y tiró de su madre al salir de la iglesia. La mujer se paró,
abrió el bolso, sacó el monedero y entregó al muchacho
unas monedas que éste depositó en las manos estiradas. Las mujeres
las tomaron y se confesaron agradecidas con encogidas sonrisas y grandes gestos
asentimiento.
El Viejo se sintió entonces humillado en lo más hondo
de su ser y no supo qué hacer. De pronto, dio media vuelta y, con lágrimas
en los ojos, huyó de allí, con tanta rapidez como le permitieron
sus debilitadas piernas. Jamás en toda su existencia había mendigado
aquella clase de ayuda. Nunca antes se había sentido tan inútil,
tan incompetente e inepto. Nunca tan desvalido e inerme, tan confundido y avergonzado.
Sin saber muy bien qué hacía, ni por donde iba, estuvo dando vueltas
por la ciudad durante horas, meditando, reflexionando, calculando, esforzándose
en no reparar en la presencia de La Bicha, hasta que al anochecer,
pasos inconscientes, pasos de autómata, lo llevaron hasta el campamento.
Para entonces, había tomado ya una decisión. Tal vez la última.
El ¡clic! del percutor al romper el vacío de la cámara atronó
en la estancia. Enfrente de él, hasta el humo del cigarrillo de El
Desconocido pareció aliviado y por primera vez en la noche se movió
en zigzag.
Los nervios huyeron del anciano, se hundieron en la cargada atmósfera,
escapando por la punta de sus dedos; sus pupilas se empequeñecieron,
hasta regresar, de golpe, a su estado normal; las señales de su corazón
moderaron sus gritos y suavemente volvió el calor a sus manos, empujando
de ellas la humedad. Entonces dejó de sentirse tan torpe. Es posible
-pensó bañado, por primera vez en toda la noche, en tibias esperanzas-
que todo salga bien. En aquel momento, El Desconocido, cogió
por tercera vez la pistola de la mesa, por tercera vez hizo girar el tambor
y, cuando éste se detuvo, sin pensarlo, confiado, se acercó el
punto de mira a la cabeza y apretó el gatillo.
La descarga sacudió la nave en ruinas. La bala se hundió en la
cabeza del oculto joven y reventó en su cerebro, esparciendo su mirada,
su ánimo, su aliento y confianza en la luz gris del aire, entre el brillo
de la oscura mesa y el ojo de los focos. Su cuerpo cayó al suelo, roto,
quebrado, sin vida, a la derecha de El Viejo, lejos del círculo
de influencia de los cegadores focos, mostrando un rostro espantado. Una infinita
incredulidad había quedado enredada en su retina, como pajarillo aterido
atrapado en las zarzas. Cuando reconoció en El Desconocido
la cara de su hijo, cargada de espanto, el alma de El Viejo saltó
hecha pedazos.
Tomado de Manuel Simón Viola, La narración corta en Extremadura,
Servicio de Publicaciones de la Diputación de Badajoz, Badajoz, 2000.