En cuanto amanezca, de Justo Vila.



LA SERENA: EL SECRETO ES LA LUZ


Las campanas graves aún están dormidas en las torres de las iglesias. El sol brota como una promesa más allá de las aguas del Zújar, que es un brazo gigantesco que rodea La Serena. Un minuto después las sombras se levantan y se van, las calles se tiñen de grana y oro, los montes se transforman en plata recia y la dehesa en una gigantesca túnica multicolor. Una malla de tupidos cordeles mesteños cubre la estepa, donde los ‘dientes de perro’ saltan como delfines de un mar merino, a ratos amarillo, a ratos verde.
La Serena es un resumen de la provincia de Badajoz. Por eso lo primero que aquí llama la atención es la variedad de paisajes. En unas noventa leguas cuadradas (un espacio extenso o pequeño, según los ojos del que viaje), se pasa de los llanos de Campanario y La Coronada a las dehesas de Quintana y Benquerencia; de las sierras de Castuera, Helechal y Zarza Capilla a las estepas más extensas de la península; del bosque y matorral mediterráneos a un ‘archipiélago’ de embalses (La Serena, Zújar, Orellana), encontrándonos así con toda una serie de biotopos característicos de la España interior que convierte a la que fuera Real Dehesa en uno de los muestrarios más interesantes de cuantos existen en el país.
Durante el recorrido no se le escapa al viajero el variopinto paisaje animado que hace bullir de vida los campos y montes, ni su impresionante panorama histórico artístico: dólmenes, pinturas rupestres, poblados protohistóricos, construcciones romanas, recuerdos visigodos, castillos musulmanes y luego cristianos, palacios, casas blasonadas, arquitectura popular, iglesias, ermitas, o el dístylo de Zalamea (soberbio monumento de la época de Trajano, único en Occidente, como luego se verá).
En definitiva, se trata de un conjunto armónico que marca la personalidad de sus pueblos y sus gentes, hombres y mujeres sobrios, afables, laboriosos, orgullosos de sus raíces, pero con los ojos colgados en el horizonte, siempre ávidos de futuro.
La Serena tiene una fuerte tradición ganadera, que se resume en conceptos como Mesta y trashumancia, y un importante componente agrícola, pero, hoy, sus gentes se afanan en el desarrollo de sectores complementarios, entre los que destacan el turismo interior y la industria agroalimentaria. Mas, como pasa casi siempre, las cosas no son blancas o negras. Así, por ejemplo, en Quintana predomina el sector del granito sobre el agrario, gracias a sus célebres canteras, de las que se extrae un material de excelente calidad desde la antigüedad (trabajado por los expertos profesionales locales, suministra piezas para la construcción a numerosos lugares del mundo).
La Serena debe abordarse con renuncia expresa a las prisas y, a ser posible, sin férreos itinerarios establecidos de antemano. Una vez aquí, como poco, sería lamentable resignarse a ir vadeando pueblos y dehesas, ermitas y santeros, grullas y pantanos, quesos y vinos, como quien cuenta olivos en lugar de recoger las aceitunas de cada uno de ellos. La Serena, que es una tierra entrañable, puede no abrir su corazón a quien confunda viajar con sólo pasar. Viajar es otra cosa. Viajar es andar, pero es también estar.
El viajero empieza la comarca por Magacela, que, contra lo que dice la leyenda, quizá deba su nombre al asentamiento romano que hubo donde hoy está el castillo, con lo que decir Magacela sería lo mismo que decir ‘Magna Cella’ (gran despensa), o ‘Umm Gazêla’, que es como la llamaban los árabes. La tradición sostiene, sin embargo, que el apelativo viene de la expresión ‘¡Amarga Cena!’, que sería la fórmula elegida por la reina mora del lugar para despedirse de este mundo, arrojándose desde la torre más alta del castillo, cuando los cristianos ya trepaban por sus muros. Aunque las crónicas no se ponían de acuerdo, hoy sabemos que la conquista de Magacela a los musulmanes aconteció en 1232, en el reinado de Fernando Tercero, siendo superior de la Orden de Alcántara Arias Pérez, el quinto con el rango de maestre. El castillo se ocupó después del de Mojafar –hoy Castilnovo, cerca de Villanueva–, quizá al caer la tarde, con lo que se estaría empezando a servir la cena, si es que alguien pudiera tener ganas de yantar a la vista de los espadones ensangrentados de los quinientos caballeros que abajo gritaban y de los mil doscientos infantes que ya trepaban sobre las murallas con escalerillas, pues aquí eran inútiles las torres de madera.
En cualquier caso, la elección de Magacela como punto de partida está más que justificada. Declarado conjunto histórico de interés cultural, el pueblo es el primero de La Serena que sale al paso viniendo de Badajoz, ofreciendo, por si fuera poco, una de las panorámicas más bellas de la comarca al amanecer el verano. Ya en las cercanías podemos empezar a viajar al pasado con la imaginación (¿hay mejor modo de hacerlo?), inspirados por la visión de un dolmen que, situado cerca de la ermita de los Remedios, sin ser el de Lácara ni el del Toriñuelo, es una de las huellas más antiguas del paso del hombre por estas tierras, más que las pinturas rupestres que se conservan en los abrigos de esa sierra que ahora queda a la espalda del viajero, y más que la significativa estela decorada de finales del Bronce que, no hace tanto, aquí se encontró.
Hoy, la ciencia niega que las ideas existan en el vacío, pero hace cuatro o cinco mil años, los hombres que levantaron este sepulcro colectivo, no lo sabían, atribuyendo a seres sobrenaturales la responsabilidad de cuanto les sorprendía. En su imaginación, excitada por los sueños, veían vivir a sus amigos y enemigos, y se veían a sí mismos, llegando a la conclusión de que cada cual tiene una doble existencia. Turbados por la idea de ese ‘doble’, se figuraron que sus pensamientos y sensaciones no eran funciones del cuerpo, sino de un ‘soplo’ especial que moraba en ese cuerpo y lo abandonaba al morir. Después surgió la idea de la inmortalidad del alma y de una vida posible del espíritu fuera de la materia, y surgieron los monumentos megalíticos y los santuarios y las mezquitas y las iglesias. Por eso, aunque el viajero sea de la opinión de que no es el espíritu el que ha creado la materia, sino la materia, en la forma del cerebro humano, la que ha creado el espíritu, no debe de andar muy desencaminado al sostener que sin la ilusión de la otra vida no existirían ni este dolmen ni esa ermita de los Remedios, monumentos que, no sólo por cercanía geográfica, podrían darse la mano, pese a que estén separados por casi cincuenta siglos de historia.
Todavía, mientras asciende por las empinadas calles del pueblo en dirección al castillo, el viajero sigue reflexionando sobre la idea de la doble existencia. En definitiva, se dice, en esto, el hombre no ha evolucionado tanto, por más que la ciencia se haya desarrollado hasta niveles que, hace sólo unos siglos, serían inimaginables. Quién le mandará meterse en camisa de once varas, observa su otro yo. ¿Acaso no vive él mismo más de una existencia cada vez que escribe una novela? ¿Acaso no es de los que asegura que el pensamiento es el que busca y el corazón el que encuentra? ¿Ya no recuerda que un día escribió que el hombre necesita saber, además de lo que ha sido, lo que pudo ser? Nuestra existencia no es, pues, sólo lo que nos ha ocurrido, lo que hemos logrado y realizado. Nuestra existencia es también todo lo que se quedó en el camino, las numerosas posibilidades que nunca llegaron a realizarse. El hombre consiste tanto en lo que es como en lo que no ha sido; el hombre es lo que fue y también lo que pudo ser.
En fin, más le valdría preguntar al primero que a su lado pase por el origen de los sorprendentes túneles que, situados bajo algunas casas de Magacela, comunican las calles con los corrales, salvando así los acusados desniveles del terreno. ¿Son de inspiración musulmana? ¿Acaso, judía? ¿Fueron importados por tardíos repobladores montañeses? Cualquiera sabe, dice un viejo campesino tostado por mil soles y tocado ccon un pañuelo con nudos en los extremos. Quien de verdad entiende de eso es uno de los maestros, el nuevo, que está escribiendo un libro sobre el pueblo. Y el viajero: Dónde puedo encontrarlo. Y el viejo: Vaya usted a saber. Los muchachos ya están de vacaciones y él debe andar de permiso. Creo que para por Villanueva.
El castillo, levantado por los árabes sobre una fortificación romana, presentaba un doble recinto amurallado, con mezquita en el interior. Luego, cuando el 24 de abril de 1234 el rey Fernando hace entrega de Magacela a Pedro Yáñez, sexto maestre de la Orden de Alcántara, éste convierte la mezquita en iglesia y establece aquí su casa prioral, con jurisdicción sobre toda La Serena, sin que por ello fueran expulsados los moros ni los judíos, que cohabitaron el lugar con los cristianos durante siglos. Es posible que los pasadizos cubiertos de la calle de La Fragua, entre otras, sean recuerdos de la antigua aljama, se dice el viajero mientras contempla ya, desde lo que queda de la torre del homenaje del castillo, más de media comarca.
No recuperado aún del vértigo, toma el andariego el camino de La Coronada, uno de los pueblos más hospitalarios de la vieja Iberia, ejemplo de convivencia durante la última guerra que asoló el país. Después de visitar la iglesia de San Bartolomé, se dirige a Los Llanos, extremo noroccidental de la zona esteparia de La Serena, terreno fraccionado en diminutas parcelas que convierten todo el espacio, hasta el Zújar, en un atractivo mosaico de siembras, rastrojos y barbechos que favorecen la presencia de numerosas aves: gangas, ortegas, avutardas, sisones, canasteras, carracas, alcaravanes, cernícalos, aguiluchos y mochuelos. Y así hasta Campanario, el pueblo que acogió al abuelo del abuelo del viajero cuando en el siglo XIX llegó desde Valencia.
Es éste un lugar que estuvo relacionado con la Orden de Alcántara, como casi todos los que vamos a hallar de ahora en adelante. En sus inmediaciones se han encontrado restos romanos, entre los que destaca la lápida que, según la tradición, ocultaba la imagen de la patrona de la localidad. Se trata de una pequeña talla de madera, fechada en el siglo XIII, muy venerada en toda La Serena. En el santuario que la alberga, declarado en 1994 monumento de interés cultural, se celebra el lunes de Pascua la romería de la Virgen de Piedraescrita, fiesta de interés turístico regional, de la que existen referencias documentales desde el siglo XVI.
Desde Campanario (aquí nació Bartolomé José Gallardo, apóstol de los bibliófilos extremeños, entre los que hoy destaca Joaquín González Manzanares) parte una ruta encinada que lleva hasta Quintana de la Serena, donde abundan las fachadas de granito (no podía ser de otra manera) y los blasones y escudos de antiguas casas señoriales. De cualquier forma destacan la iglesia de Nuestra Señora de los Milagros, obra originaria del siglo XV (muy reformada en las siguientes centurias), y la cercana zona arqueológica de Hijovejo, un impresionante recinto–torre que servía para controlar los caminos en los tiempos antiguos.
A salto de iglesias, pronto salen al paso las torres perennes de las del Valle e Higuera de la Serena, ambas llamadas de la Concepción. No son las primeras ni serán las últimas que visite el viajero, pues quieren los siglos, ya se ha dicho, que el arte de la piedra, y no sólo éste, fuera creado en buena parte ligado a la idea de la vida eterna. Alguien podría creer que este viajero es un peregrino en busca de campos elíseos, pero no lo es. Este viajero es sólo un viajero de principios del siglo XXI, hijo de estas tierras por más señas, que anda de árbol en árbol, de sierra en sierra, de pájaro en pájaro y de pueblo en pueblo, empapándose del encanto de sus paisajes y de la belleza creada por sus antepasados, aunque a veces, para manifestar sus sentimientos, sólo encuentre a mano expresiones poco menos que religiosas.
Casi todos los caminos que peinan La Serena se deslizan suaves entre encinas, retamas y adelfas, perdiéndose en el corazón azafranado de la mañana. Tenues repechos, tapizados de viñas y olivos, van a morir al despejado llano, que a ratos semeja borrones de oro antiguo. En el horizonte etéreo se levantan blancos los pueblos como gigantescas notas musicales. Al fondo, inmortalizada por Calderón de la Barca, aparece Zalamea. Muy cerca, a orillas del arroyo Caganchas, se encuentra el yacimiento arqueológico de Cancho Roano, uno de los más sobresalientes de la protohistoria a la hora de entender el proceso de aculturación de aquel periodo en la zona occidental de la península (se están encontrando aquí piezas orientalizantes de excepcional interés). Esta antiquísima localidad conoció una etapa de particular florecimiento cultural a finales del siglo XV y principios del XVI, en el que participó el propio Antonio de Nebrija. La Academia Literaria de Zalamea, con sede en el palacio de Juan de Zúñiga –último maestre sin corona de la Orden de Alcántara–, anejo a la fortaleza, tuvo una existencia brillante bajo su mecenazgo. Aquí se redactó la primera gramática de la lengua castellana, muy cerca del dístylo sepulcral de Iulipa, que fue el nombre que los romanos dieron a la localidad. Situado en el núcleo urbano, junto a la iglesia parroquial de Nuestra Señora de los Milagros, el dístylo confiesa una altura de veintitrés metros y dice que es el único de su clase en la península Ibérica. Lo grita gozoso, con una pizca de vanidad, todos los días, pero sobre todo a mediados de agosto en que se representa a sus pies ‘El alcalde de Zalamea’ ante cientos de espectadores. (La tradición sitúa al Pedro Crespo calderoniano en una hermosa casa labriega, muy cerca de aquí. La casa, casi en ruinas, existe, con lo que al viajero le cabe la duda de si fue primero la ficción o la realidad, si es que no son la misma cosa.)
Desde Zalamea a Esparragosa de la Serena, a un lado y otro del camino salen al paso lugares de una singular belleza, recia y suave a la vez. Es como si el paisaje, bajo la última hora radiante de la mañana, fuera un inagotable lienzo de sucesivos velos transparentes, mutables a medida que los ojos lo exploran. ¿Cuál es el secreto de La Serena?, se pregunta el viajero, al tiempo que las tempranas chicharras amenazan con cubrir el mediodía con su loco canto. El secreto de La Serena es su luz, proclaman, cordiales, dos cigüeñas que lo escoltan desde hace rato. El viajero levanta la cabeza para darles las gracias y de repente se forma una nube, un amago de nube, que no logra cubrir el sol del todo, pero que los ojos agradecen. Recuerda: el secreto es la luz, que es única y maravillosa, repiten las cigüeñas al unísono antes de perderse en el cielo de junio como dos arcos ingrávidos de leche y sombra.
La arquitectura de Esparragosa y de Malpartida de la Serena hiere con su blancura. Una vez más, los monumentos más destacados son iglesias: la de Santa María Magdalena en el primero de los pueblos, con una hermosísima torre–fachada del siglo XVI; la de Nuestra Señora de la Asunción en el segundo, tan bella y crecida que bien podría pasar por colegiata o catedral.
Ahora, en el campo inmenso que envuelve el camino de Castuera, fuera de la chicharra, que muere borracha de luz y canto, no se oye nada más que el cuchicheo misterioso y mágico de las tórtolas. El aire amenaza con convertirse en una descomunal bola de fuego, que se ha de materializar en el horizonte verdinegro de los olivares de las faldas de Benquerencia. En la ribera de un arroyo crecen discretas las juncias y arrogantes las espadañas, mientras, no muy lejos, en el poblado de la presa del Zújar, el viajero imagina a un grupo de jóvenes muy jóvenes bañándose en el río. Chillan ellas de placer al sentir el frescor del agua lamiendo sus cuerpos. Alardean ellos de audacia, a la vez que se dan codazos de risa natural, antes de entrar en la poza. El río, que antaño bajaba lento, como sin ganas, brama como un toro de espuma al salir de la presa. Luego modera su osadía y se amansa en la balsa donde chapotean los jóvenes. Es posible que, tabla abajo, una familia de patos nade entre nenúfares. En la margen derecha hay un jardín interminable de olorosas adelfas con flores rosas y blancas.
Al llegar a Castuera, que es conocida como la capital del turrón y el queso, impresiona la placita de San Juan, en la que se levanta la casa de Pedro de Valdivia. Aquí, ahora que el silencio es largo y sonoro, la paz es tan corpórea que las pisadas retumban, como si debajo de losas y guijarros hubiese un secreto laberinto habitado por el espíritu de los hombres y mujeres que en el XVI partieron con don Pedro rumbo a América, donde fundó Santiago del Nuevo Extremo, Concepción y Valdivia, siendo nombrado gobernador de la Nueva Extremadura. (Pedro de Valdivia fue uno de los extremeños viajeros del Quinientos que pasó a la posteridad, pero los embarcados fueron miles, constituyéndose desde entonces la emigración en uno de los procesos más relevantes, y tristes, de la historia de la región.) Dos siglos después, de aquí partieron también los Godoy, ahora hacia Badajoz, donde habría de nacer el extremeño que más poder tuvo en la península. Y también el más vilipendiado, a veces con fundamento –como cualquier todopoderoso–, otras sin más razón que su inquebrantable lealtad al caído Carlos IV.
En fin, está uno como en casa oyendo cosas como éstas en boca de Juan María Vázquez, paseando por las calles de Castuera, de donde fue alcalde, antes que presidente de la Diputación, y visitando monumentos (éste es el palacio de los condes de Casa Ayala, aquélla la morada de los Godoy, ésa la iglesia de Santa María Magdalena), cuando oyes la llamada de una sierra, y dices, lo siento, compañero, pero me tengo que ir. Es como un timbrazo, una orden imposible de ignorar, y de explicar: todos los hombres llevamos dentro un paisaje, desde la infancia, que sirve de fondo a todos los demás. El paisaje de la memoria del viajero es esta sierra que aquí se llama de Castuera; en Helechal, de Tiros; y de la Rinconada en Cabeza del Buey. La misma que llevaba en el corazón, allá por los primeros sesenta, al emigrar con su familia a las cuencas mineras de Asturias. ‘Extremadura, dos’, recitaban en una escuela de nieve los hijos de los desterrados del sur, mientras buscaban, con mal disimulada expectación, la silueta de su región en el mapa de España. Pero, ¿en verdad existía Extremadura? Arrancados de la tierra a muy temprana edad, los de Helechal –casi cordobeses– sólo sabían que eran de Helechal; lo mismo les pasaba a los de Olivenza –casi portugueses–, a los de Baños de Montemayor –poco menos que leoneses– o a los de Monesterio –casi sevillanos–. Extremadura, La Serena, eran sólo palabras dibujadas en un mapa, pero ya entonces, a los niños emigrantes se le llenaban los ojos con esos nombres.
Ahora, yendo por los riscos que conducen a Benquerencia, con todos los sentidos infiltrados de perfumes de serranía, el viajero reflexiona sobre la identidad de la Comunidad Autónoma. Realidades anteriores fueron La Lusitania, el reino aftasí de Badajoz y la Extremadura de las órdenes militares y los obispos, que la dividieron en grandes feudos y se la repartieron, favoreciendo su orientación ganadera, hasta más allá de la disolución de aquellas comunidades de falsos monjes–guerreros en el siglo XIX. (‘Badajoz, tierra de Dios’, repetíamos, ingenuos, para loar nuestra patria ante críos de otras regiones y países. Sólo años después comprendimos la verdad que se escondía tras esa expresión, la otra verdad, que la provincia, durante siglos, había estado en manos, no de Dios, sino de quienes decían representarlo en la tierra: los aristócratas de las órdenes de Santiago y de Alcántara, la nobleza eclesiástica y unos pocos señores laicos. ‘Badajoz, tierra de Dos’, acuñamos entonces, no tan ingenuos, aunque igual de idealistas.) En definitiva, Extremadura –aplastado por la fuerza de las armas el intento democrático de la segunda república– sólo empieza a ser protagonista de su destino, auténtica protagonista, con la constitución de 1978 y el estatuto de autonomía de 1983. Al menos eso es lo que piensa el viajero en lo alto de un castillo, el de Benquerencia, que los moros creían inexpugnable. Hasta que llegó el maestre Pedro Yáñez en 1236 y los sacó del error (el ejército que mandaba era el más extraordinario que jamás se hubiera visto entre el Guadiana y el Zújar). Desde aquí, las vistas son extraordinarias, tanto al norte, la zona esteparia de La Serena, como al sur, la zona arbolada de la comarca, donde, hasta Monterrubio y la raya de Córdoba, se encuentran las manchas de encinas mejor conservadas de lo que un día fue Real Dehesa.
De todos los cambios que el hombre ha introducido en la naturaleza, la creación de la dehesa ha sido uno de los más positivos. Y de todos los modelos de explotación de terrenos de secano, es éste el más rentable y racional, ya que hace compatible la ganadería con la agricultura, permitía la obtención de leña y otros combustibles derivados de ésta, y conserva, como ningún otro modelo, la fertilidad del suelo.
En otoño, cuando lleguen las primeras lluvias, los pastizales, dorados por la ardiente sequía, reverdecerán. El suelo se empapará ávido, haciendo brotar, como por milagro, tréboles y finas hierbas bulbosas, en tanto las corolas de los `quitameriendas´ se abrirán tapizando de lila las praderas. Las bellotas, que ya irán maduras, pondrán reflejos cobrizos en los encinares y, como si fuera una llamada percibida a miles de kilómetros de distancia, desde el norte de Europa acudirán bandadas de grullas, formando uves estiradas y densas sin principio ni fin. El viajero ha contemplado tantas veces el milagro otoñal de estas dehesas que, aún sin cerrar los ojos, puede ver lo que cuenta, incluido Puerto Hurraco, que está ahí abajo, en la falda de esa otra sierra, la que llaman del Oro, por el color rubio de sus crestas al atardecer. El silencio aún cubre los tejados de la aldea. Sólo se oye alborotar a los pájaros en las huertas y algún coche que pasa por la cercana carretera, ajena a unos sucesos que dieron la vuelta al mundo y que nadie en un pueblo de gente tan noble y generosa pudo haber imaginado jamás (en el pequeño cementerio de la localidad hay nueve lápidas con nueve nombres, seguidos siempre por la misma fatídica fecha: 27 de agosto de 1990).
Laderas de la Sierra del Oro adelante, muy cerca de los Pedroches cordobeses, aparece Monterrubio, donde las mujeres son tan bellas que algunas lucen con orgullo el sobrenombre de Diosas. Su término municipal, uno de los más accidentados de La Serena, es un gigantesco olivar y su aceite, comercializado bajo denominación de origen, el mejor del mundo, según dicen los monterones. Y no sólo ellos.
Aquí, el viajero se entretiene en buscar las huellas de su padre, y lo imagina de niño, José, correteando a la sombra de las cigüeñas de Nuestra Señora de la Consolación, o de la Armentera, que es como antes se llamaba esta iglesia, y junto al antiguo pilar adonde iban los arrieros con las bestias al caer la tarde. Entonces, ni él ni lo suyos imaginaban las vueltas que habrían de dar al mundo, empezando por el inmediato Helechal, adonde se trasladó la familia cuando José contaba dieciséis años de edad.
Ahora, viniendo de Monterrubio por la misma senda que hace cincuenta y ocho años siguió su padre, el viajero no puede apartar la mirada de la Sierra de Tiros. Siempre que hace este trayecto, dos leguas en coche, algo menos yendo a pie por antiguos caminos de herradura, hay algo que viene a herirle el corazón como un venablo que se queda temblando después del impacto. ¡Parece mentira que el mundo pudiera haber sido hecho en tan sólo una semana!, se dice, atrapado por la belleza de crestas tan fascinantes como Las Calderas, El Montón o La Morisca. Si Dios hizo el mundo en seis días y el séptimo descansó, el primer sábado de la historia, a última hora, mientras contemplaba, satisfecho, el resultado, como cualquier creador que se precie, firmó su obra, inventándose la Sierra de Tiros en Helechal. Luego dejó que los hombres dibujaran debajo un pueblo muy hermoso, con la primeras calles hundiéndose como cuchillos en los riscos, a poco de las pinturas rupestres que tanto abundan por aquí.
Cuando el viajero llega al pueblo, en los corrales ladran los perros y en el cielo los luceros. En la calle Higueruela, que es la primera que sale al paso viniendo desde Monterrubio, lo espera su madre, Inocencia, con una cesta de besos y la cena, que pronto desaparece de los platos. Más tarde, mientras aguarda la llegada del sueño, el viajero oye el silencio de los jilgueros en los naranjos de una huerta, los grillos en el ejido, el tintineo de unas esquilas en lontananza y un búho en la higuera del corral (el canturreo del cercano arroyo tiene que imaginárselo, pues va sin agua). Por la ventana, enrejada y abierta, entra la noche, dulce como un pájaro de estrellas. A lo lejos, en la infancia de quien todavía no duerme, aúlla un lobo, escapado, sin duda, de alguno de los cuentos oídos alrededor de la lumbre en las largas veladas invernales de Helechal.
El amor del viajero por los cuentos nació antes de aprender a leer, cuando su abuelo, para cambiar una realidad que no le gustaba la disfrazaba en su imaginación y les contaba a sus hermanos y a él historias de tiempos y mundos lejanos, casi siempre inventados, para lo que utilizaba su increíble facultad de fantasear, tan osada como poco escrupulosa.
Eran tantas las fantasías que rondaban por sus cabezas que siempre estaban dispuestos a fingir tesoros donde fuera. Un día, explorando una de las primeras casas medievales abandonadas por los emigrantes (el tiempo había hecho estragos en ella, las puertas estaban podridas, el tejado hundido), uno de los hermanos golpeó con una piedra la pared de una cantarera y sonó a hueco. ‘Aquí hay algo escondido’, exclamaron a coro, antes de buscar un zapapico y ponerse manos a la obra, descalabrando la pared, por si la quimera tomaba formas tangibles. La desilusión fue tremenda, una vez más. Pero nunca llegaron a escarmentar.
Al viajero se le ríe el alma al recordarlo. Aquella misma noche, mientras aún se lamentaban del fracaso, su padre quiso hacerles comprender, de una vez por todas, la auténtica diferencia entre realidad y ficción. De hecho, casi lo consigue, pero en aquel entonces –como siempre, como ahora– realidad y ficción se confunden, de manera que, cinco minutos después, ya estaban atentos a la voz seductora y misteriosa de la abuela que poblaba de seres mágicos su jadeante imaginación.
Si lo cuentos del abuelo casi siempre estaban relacionados con los tesoros enterrados por los moros al ser expulsados de La Serena, los de la abuela casi siempre tenían un aire como de no saber dónde meterse, de forma que más de una noche, después de avistar una llamarada como humana surcando el cielo o ver a un mago diminuto, vestido de fraile, saltando en la lumbre, dormían los hermanos apretujados unos contra otros para espantar el miedo. Si, además, oían el viento azotando la puerta de la calle, aullando en los tejados o enroscándose como una gigantesca culebra en las ramas de la higuera del corral, se tapaban la cabeza con las mantas y se apretujaban más aún, si cabe.
La profundidad de aquellas historias de la infancia apareció de nuevo, años después, en unas páginas de Stevenson, leídas con todos los sentidos. El viajero no se acuerda muy bien de la edad que tenía entonces. De lo que sí se acuerda es de que estudiaba alguno de los primeros cursos de aquel bachillerato de siete años y que estaba interno en la residencia de estudiantes de Villanueva de la Serena. Y recuerda que empezó a leer ‘La isla del tesoro’ en la cama, con fiebre, y una dieta mágica a base de leche caliente y aspirinas (el médico que cuidaba de la salud de los muchachos, un anciano despistado y entrañable, siempre recetaba lo mismo, ya fuera para una gripe o para una meningitis). También se acuerda de que, al levantar los ojos de aquel libro (ya no tenía fiebre), sintió un extraño vértigo de horizontes marinos que, al pronto, le impidió reconocer que había regresado a la realidad de las cosas.
Durante años siguió leyendo con un ardor militante que le embriagaba y le hacía caer agotado al acabar cada novela. El cuarto de su casa, éste que ahora ocupa, había sido conquistado por piratas y mosqueteros, ballenas blancas y raros objetos con los que viajar al centro de la tierra o a la mismísima luna. Ni siquiera cuando el sueño le vencía podía abandonar a tantos personajes como le llamaban. Durante mucho tiempo cabalgó entre estas cuatro paredes un loco entrañable con su fiel escudero, bajo la atenta mirada de todos los náufragos que en el mundo han sido, hasta el punto de que, a la larga, al poco que bajaba la guardia, todas las buenas novelas leídas se confundían en una sola, de modo que no era raro, no es raro, aún hoy, que anden a la greña por su cabeza, como si fueran personajes de una sola novela, don quijotes y náufragos, faronis y aurelianos buendía, defendiendo un mundo de utopías frente a ese otro mundo real en el que impera la idea aterradora que sugiere que la totalidad de la vida puede ser reducida al ‘tanto tienes, tanto vales’.
El viajero se despierta con las primeras luces del día y con diez o doce años menos (de la cocina llega el olor del café recién hecho). Poco después de despedirse de su madre, que le ha preparado sustento para un mes, se encuentra marchando por la cañada real que, desde hace siglos, cruza estas sierras por dos puertos y una nava, uniendo las dos Serenas –la esteparia y la de los olivos y las encinas–, pero enseguida le da el alto una alambrada, que abarca todo el macizo. El viajero, que no se lo puede creer, consulta los mapas que siempre lleva encima, y los mapas, incluidos los del ejército, confirman lo que él ya sabía. Entonces se desespera, yendo arriba y abajo de la cerca en busca de un acceso. Si las cañadas y los cordeles son sagrados, es decir, de todos, y, por tanto, inviolables, ¿qué hace aquí esta enorme valla de hierros y alambres? ¿Por qué se prohibe el paso por donde siempre se pasó? ¿Con qué derecho puede alguien ocupar, a lo largo de kilómetros, noventa varas a lo ancho de suelo colectivo?
Desde que empezó el viaje a la provincia de Badajoz, nunca hemos visto al viajero tan irritado, ni tan decidido a tirar algo por tierra; quiera Dios que no aparezca nadie, dando voces, al otro lado de la cerca que ahora agita, pues podría acabar la mañana como el rosario de la aurora.
En fin, vuelva el caminante sobre Helechal, si es que quiere continuar el viaje, y rodee la sierra, carretera de Cabeza del Buey adelante, hasta llegar al castillo de Almorchón, que se alza sobre una prominente afloración rocosa que le debió de proporcionar una importante defensa natural a los musulmanes en el momento que fueron sitiados por las tropas de Fernando Tercero.
El castillo ya se ve a lo lejos, pero el viajero no deja de lamentarse: los nidos de cigüeña negra de la Sierra de Tiros están vacíos, y las águilas no sobrevuelan los riscos (dicen en el pueblo que, ante la ausencia de sus padres, el verano pasado se tiró del nido el último pollo de cigüeña negra, yendo a caer a los pies de una mujer que llamó a los amigos de Adenex para que se hicieran cargo de él). Debería estar prohibido –¿acaso no lo está?– disparar contra animales en peligro de extinción, aunque quien lo haga sea, además de un desalmado, un mandado. Debería estar prohibido prohibir el paso a los abrigos de las pinturas rupestres que tanto abundan en estas sierras (acaso altares prehistóricos, y esquemáticos, de un gigantesco santuario formado por el macizo en su conjunto, o puede que uno de los primeros ‘libros’ escritos por el hombre). Deberían prohibirse proyectos venatorios de dudoso interés, sobre todo si no se respetan los derechos de los demás, si se siembran de cicatrices gigantes los espacios naturales, se arrasan las corrientes de agua y se cortan cañadas, cordeles, caminos y veredas con desmedidas alambradas, lo que, a juicio de uno, aquí, constituye un ataque sin precedentes al medio ambiente (el viajero no sabe nada de cotos ni de caza, pero quienes entienden sostienen que esto es un campo de concentración de animales). O se actúa de inmediato para salvar uno de los más hermosos paraísos naturales del país o mañana será tarde, como lo puede ser para el arruinado castillo de Almorchón, el que cedió el rey santo a los templarios en 1236, el mismo en el que excavó hace muchos años el viajero buscando tesoros escondidos, y desde el que, en viejas tardes invernales, observaba a las grullas escribiendo uves gigantes en el cielo, regresando de las dehesas hacia sus dormideros del Zújar.
En la puerta de La Serena esteparia, al pie de la sierra y muy cerca del castillo, emerge la ermita de Belén, donde se celebra, cada veintisiete de septiembre, una multitudinaria romería, y, desde 1996, cada primer sábado de mayo, el día de la comarca. Antigua casa–cuartel de la Orden del Temple, el santuario se levanta en torno a un reducido claustro de doble galería, sobre arquerías apuntadas y pilares octógonos. En la planta baja, una de las celdas de los monjes blancos es hoy alojamiento del santero, mientras otra hace las veces de cantina, antesala de la iglesia, donde hay un angelote que es amigo de los ojos del viajero desde antes de que éste situara aquí a los personajes de su novela ‘Siempre algún día’. Es el que está más cerca de la entrada principal, ése que se sorprende ahora al verlo llegar: Dichosos los ojos, dice mientras desciende de las pinturas barrocas del techo. Hacía tiempo que no te dejabas ver. Y el viajero, que, viniendo del claustro, siempre se le corta la respiración al acceder al templo en penumbra: He estado muy ocupado visitando otras iglesias. El ángel lo mira, desconcertado, mientras vuela ante él, como abriéndole paso hasta el presbiterio y el camarín (el recién llegado siempre hace este recorrido). Desde luego no tiene motivo alguno para desconfiar de él, pero, como no se lo imagina yendo por esos campos de Dios como un penitente, se lo dice. Hay muchas formas de rezar, asegura el viajero, volviendo sobre el claustro, después de celebrar la restauración que la Consejería de Cultura ha hecho de los frescos del templo. Y el ángel, que tenía muchas cosas que contarle y algunas que preguntarle, se las calla, complacido. Otro día será, se dice, mientras vuela hasta el campanario para ver como el otro se aleja por la planicie que se abre al norte de la ermita, donde, junto a sisones, alcaravanes, gangas, ortegas y avutardas vive una de las mayores colonias españolas de aguiluchos cenizos. Después de mediodía, cuando el ser alado ya no hacía cuentas de él, lo ve volver, y, luego de rodear todo el santuario con una parsimonia que desespera, repara en que se detiene junto al santero, que está bregando en el jardín. Poco después lo ve marchar hacia la parte del castillo de Almorchón y trasponer hacia el Puerto de la Nava, al sur de Cabeza del Buey, donde unas termas romanas se quejan de olvido. A veces, dice ahora el angelote en voz baja mientras desciende del campanario, me gustaría ser sólo un viajero. Ya en la nave, vuela hasta el altar para informar a la Virgen de cuanto ha visto y oído desde la espadaña, que no es mucho, algo sobre que Belén es un paraíso –¡vaya una novedad!– y la posibilidad de convertir las celdas superiores de la antigua sede de los soldados de Cristo en posada de escritores y viajeros. ¿Sólo de escritores y viajeros?, pregunta Ella.
Pronto el viajero se encuentra en la patria de Diego Muñoz Torrero, donde busca y encuentra la casa que llaman de la Encomienda, que vio nacer al padre del constitucionalismo español, y la iglesia de Nuestra Señora de la Armentera, hasta donde, por San Miguel, viene todos los años en larga procesión la Virgen de Belén desde su hogar en el campo. Luego, para ojear las colas del primero de los pantanos españoles en capacidad (3.232 Hm. cúbicos), el viajero se dirige a Zarza Capilla, el pueblo de su amigo Paco Muñoz y de los ‘Estopa’ –José y David–, que tiene en sus alrededores interesantes muestras de pinturas rupestres esquemáticas; a Peñalsordo, famosa por sus fiestas de la Octava del Corpus; y a Capilla, que fue uno de los grandes estados señoriales de Extremadura, con muchas de sus tierras hoy cubiertas por las aguas del embalse de La Serena. La presa, de 90 metros de altura y 579 de longitud –situada entre los términos de Castuera y Esparragosa de Lares– se terminó de construir en septiembre de 1990. Desde entonces, a vista de pájaro, la comarca tiene un aire como de península, abrazada por las aguas del embalse y lo que aún queda del río. Al menos eso es lo que, entre luces, le parece al viajero que la mira desde lo alto del castillo de Capilla.
Abajo, las encinas, que han ido a beber al Zújar, suenan como un mar de esquilas. Hace rato que el sol del temprano verano cayó tras cerros de bruma y rojo, dulcificados por leguas de agua. Hay en la etérea atmósfera una increíble armonía de religioso recogimiento. Impresiona el canto absoluto del silencio. Ni siquiera echando mano a refuerzos teológicos se podría expresar tal demasía. Ante un canto tan fuerte y armónico sólo cabe cerrar los ojos, retraerse un instante y escuchar.
Cuando el viajero vuelve a colgar la mirada en el horizonte, el cielo ha mudado. Los cerros de bruma y rojo se destiñen, mientras brotan vaporosas nubes, heridas por flechas doradas. Al norte emergen pinceladas perezosas de violetas, grises y azules que se pierden en las profundidades del cosmos formando una escalera cromática. De pronto aparece la luna sobre las aguas y un azul absoluto, sólo hendido por cuchillos blancos, hace enmudecer a todos los demás colores, cubriendo de suavidad las distancias. Por la superficie del Zújar galopa un potro de espuma y aire. Se oye una balada de aguas, perenne y adormecedora. Luego vuelve a cantar muy fuerte el silencio.