La memoria del gallo, de
Justo Vila.
LA PRIMERA VEZ
A boca de noche llaman las
campanas a retirada. Huye noviembre en un falso caballo manso,
anunciando el duro invierno que nos espera. El humo de las chimeneas
se mezcla con los primeros aires de carámbano negro, presagio
de que no vendrá otro día de templadas arboledas hasta
que vuelvan las cigüeñas al campanario.
El paseo, paralelo al río,
empieza a vestir colores fríos de soledad. Un soplo helado
mueve las copas de los chopos y las ramas susurran sobre las cabezas
de quienes apuran los minutos. Tres de las últimas muchachas
de la tarde se alejan cogidas del brazo (Damiana Durán, la
mayor, mira de reojo a una pareja que se esconde detrás de
unas matas de adelfas). Detrás de ellas, a una distancia más
que discreta, se dan codazos tres chavales, que se ríen con
fingido descaro. (Zacarías Cortés, que es el que
aparenta desenvolverse mejor, no quita ojo a Damiana.) Han escoltado
a las muchachas, con cara de domingo, durante toda la tarde. Y aquí
siguen: paseo arriba, paseo abajo; ahora aligeran, casi corren; ahora
moderan el paso; ahora se detienen y vuelven a apresurarse. Siempre
así, guardando las distancias (es éste un juego muy
antiguo, con reglas estables pero resultados inciertos). Tal vez
esperan algún detalle de ellas, una señal que no llega,
un gesto, una mirada, un pañuelo blanco que se deja caer al
suelo con disimulo.
Ahora que las campanas se han
callado, las muchachas abandonan la ronda pavoneándose
(orgullosas las dos mayores de sus rotundas caderas, de sus pechos
enormes y temblorosos; radiante la pequeña porque, al fin, hoy
que cumple once años, su madre le ha dado permiso para pasear
la arboleda del río Jara con sus primas). Todavía la
mayor mira con sigilo por encima del hombro y sonríe
complacida. Los muchachos de las miradas huidizas, ahora cabizbajos,
como soldados derrotados, siguen detrás de ellas.
Sobre los tejados asoman,
tímidas, las primeras luciérnagas del cielo. En la
calle de la Fuente huele a humo de jara y chaparro. Las jóvenes
vuelven a casa confundidas. Al cruzar la plaza, por donde la iglesia,
los futuros se han perdido en alguna oscura calleja, así que
ahora van solas y aún no hay luna. (No hay luna, pero en el
cielo tiemblan las estrellas, haciendo coro a un lucero que parpadea
con una ternura infinita.)
El barrio, separado del resto
del pueblo por una calle de huertos, está colgado en los
primeros riscos de la sierra, como un nido gigantesco. Un viento
oscuro y lento mece las ramas de los limoneros y se va a dormir al
llano. Se oye un canto de arroyo nuevo que invita al recogimiento.
Vienen las mozas, que son primas hermanas (ya se ha dicho), en
silencio, mirando con recelo las formas cambiantes y confusas de la
noche (no sería la primera vez que de la negrura surgiera una
sombra casi humana). Vienen, más que cogidas del brazo,
agarrotadas, encogidas, como si sintieran un aliento helado de
marimanta en la cerviz. Nunca antes habían vuelto a casa tan
tarde, al menos ésta, de nombre Sara y de apellido Durán,
que acaba de cumplir once años, y que viene rumiando que no
son horas. Lo piensa, pero no lo dice, que podrían enfadarse
las otras.
Ahí delante, a la
izquierda, cuchichean los caños de una fuente. Mira la pequeña
hacia el fondo de la negrura, pero no ve nada, razón de más
para imaginárselos, como se imagina al ciego de los romances
que todos los años, más o menos por San Juan, siempre a
media mañana, se coloca justo ahí con un enorme
cartelón ilustrado y un largo puntero, complemento de una
hermosa voz rota que mueve a compasión, pero que inflama de
rabia a los presentes en cuanto detalla los pormenores del último
horrendo crimen, como el de Don Benito, que es uno de los que mejor
recuerda Sara, o el caso del monstruo de Bruña, que secuestra
y mata a una chiquilla para extraerle las asaduras, o la sinrazón
del río Jara, que sucedió, o no sucedió, muy
cerca de aquí, no hará ni cuatro lustros (cuenta el
ciego de los romances que, por una cuestión de honor, Jesús
El Blanco mató a navajazos a su hija y al hijo del amo, antes
o después de volverse loco). La niña arroja
de su cabeza las macabras imágenes y atiende a lo que dicen
sus primas, algo sobre el domingo que viene y una señal y un
pañuelo. No entiende nada.
Aquí, en esta parte del
pueblo, la noche ya es negra y profunda. Están las casas
arremolinadas en una encrucijada informe de callejones retorcidos que
se hunden como navajas en los riscos. Las muchachas se adentran en
una calleja tortuosa y empinada. Saben que entre estas sombras vaga
el alma en pena de un niño que murió el mes pasado de
empacho de tristeza. Por eso pasan de puntillas, mirando al suelo, no
sea que se les aparezca.
Cuentan en el barrio que sobre
los tejados de ese callejón oscuro y aterido que se abre a la
derecha duerme un cuervo negro (negro y maléfico). Una noche,
hace menos de un año, oyó Guadalupe Segunda la Blanca
sus graznidos agoreros y aquella misma madrugada parió un niño
del que se dice que tiene dos alitas nevadas en mitad de los ojos,
que son fuente de luz. Cuentan que, a los pocos días, el padre
estuvo a punto de arrojar a la criatura al vacío desde lo alto
de un barranco, como se hace con las camadas de gatos recién
nacidos (el cabrero de Navaclara lo vio amagar, desde lejos, un
mínimo de tres veces), pero al final no pudo tirarlo y volvió
a Azófar llorando con el niño dentro de un saco.
Cuentan los vecinos que desde entonces no es el mismo hombre, que se
ha dado a la bebida y que, cuando regresa borracho a casa, le pega a
su mujer como si le estuviera pegando a una mula.
En la sierra de la Morisca
aúlla un lobo que no es inventado. Se estremecen los riscos.
Las muchachas se sobresaltan y se arriman un poco más entre
sí, buscando en la vecindad de los cuerpos la seguridad que
ninguna siente. Ahora ladra un perro. Lo hace sin ganas, inseguro,
como por obligación, pero el lobo enmudece. Menos mal que
están llegando.
Ésta es la casa de las
dos que son hermanas.
Si quieres te acompañamos
dice Aurora de buena fe.
¿No tendrás
miedo? pregunta con retintín Damiana.
¿Miedo, yo?
balbucea Sara, con fingida entereza.
Una mano empuja el postigo, que
sólo está echado, y se introduce para correr el cerrojo
de la puerta. Pasan las hermanas. El miedo que traían se queda
fuera, flotando en la suave brisa negra que ahora golpea la cara de
la que se ha quedado sola, se enreda en sus cabellos y le araña
el vestido, como la gata ciega que tiene en casa.
Aviva el paso la niña,
que el miedo pone alas. Ya queda poco, apenas unos metros de
laberíntica cuesta. Un momento. Sara ha oído algo
extraño y aminora la marcha. Ahora se detiene. Mira con ojos
de luna a un lado y otro. Del viento, que se ha desperezado de
pronto, surge una voz tétrica y quejumbrosa, como el graznido
de un cuervo. El corazón de la niña le tiembla en el
oído. La voz ha salido de la nada. El viento, que imagina
huracanado, la distorsiona, pero ella está convencida de haber
oído su nombre, que viene envuelto entre aromas de sierra. De
pronto, al levantar la cabeza, Sara ve un resplandor en los riscos.
Al principio parece una nube blanquecina, luego una llamarada como
humana surcando el cielo. Ahora, una gigantesca mujer aureolada,
suspendida en el aire. ¡La Nocherniega!, susurra sin voz,
mientras se le agolpan en la cabeza, con punzante repiqueteo, los
miedos y recelos de las viejas agoreras de la calle.
Sara dirige la mirada al suelo
en busca de algo que arrojar a la aparición antes de que baje
y la arrastre por los aires, pero cuando vuelve a mirar, con una
piedra en la mano, la luz ya no está. No hay modo de
entenderlo. Tiene ganas de gritar para que su madre venga a llevarla
de la mano, pero aprieta los dientes y se aguanta.
Ahora se pone de nuevo en
movimiento. Al doblar una esquina escucha otro debilísimo
murmullo. Mira hacia un lado y otro con el rabillo de los ojos y sólo
ve sombras. Sin embargo está segura de haber oído su
nombre, como si alguien que no fuera de este mundo la estuviera
llamando. La oscuridad, impenetrable, le impide ver nada, por lo que
ella sigue imaginando. Ahí delante hay algo que, sin moverse,
se mueve. Sea lo que sea, flota en el aire. De pronto siente en el
rostro un soplo maléfico. Como surgida de las entrañas
de la tierra, una sombra vuela por el centro de la calleja. La
muchacha se queda quieta y contiene la respiración. Da la
impresión de que va a dar media vuelta para desandar el
camino, pero entiende que una mujer de once años no puede ir
por ahí con el miedo a cuestas, gritando de pánico
(¿qué iban a decir sus primas?), así que se
queda sin hacer nada, sólo temblando y con los ojos cerrados.
Mientras se encomienda a Santa Eulalia, oye aletazos sigilosos que
tan pronto se acercan como se alejan. Una ráfaga de viento
barre el callejón, empujándola hacia un abismo que
imagina insondable. La muchacha, que ni siquiera puede llorar, cierra
los ojos, los abre y así hasta que la sombra del pajarraco
desaparece. Entonces suenan cascos de corcel allá abajo, por
el camino de la fuente. Sara echa a correr cuesta arriba (el jinete
que se acerca sólo puede ser el diablo) y ya no se detiene
hasta llegar a su casa.
¿Estás
sorda? pregunta su madre en la puerta. Me han tenío
que oír hasta en Traslú.
Yo no la he oío a
usté dice Sara, una vez dentro, con gesto de nunca
jamás.
Fuera, la noche parece ahora preñada de un sosiego especial. Hay en el
cielo una sinfonía de silenciosas estrellas viajeras. Desde los huertos
se eleva el canto del arroyo invitando al sueño. Tras la sierra negra
la luna viene amaneciendo. Un búho la mira desde lo alto de un tejado.
La mira y luego levanta el vuelo en busca de su próxima presa.