Las ciudades de la llanura, de José María Cumbreño.




??ÚLTIMA NOCHE EN SODOMA


No me lo reproches.


Además,
¿quién sino tú me enseñó la costumbre
de dejar siempre unas nueces
y un poco de vino caliente sobre el mantel?
¿Quién sino tú ponía sábanas limpias
en la habitación de los invitados,
a pesar de que nadie, lo que se dice nadie,
podía llamar a la puerta a tales horas?
¿Quién sino tú?


Así que, por favor, deja de repetir
que debo darme prisa,
que para qué me entretengo en hacer todo esto
si sé que no voy a volver.


Aún no ha amanecido.
Aún me queda algo de tiempo,
lo presiento,
para regar la higuera del jardín
con la paciencia con que tú solías,
para dar de comer a los perros.


Fíjate.
Fíjate en lo quieta que está
el agua del estanque.
En la manera que tiene
de aceptar su destino
de océano triste
cubierto por la hojarasca.
Fíjate.
El lugar de la devastación
ha de ser algo semejante
a esas sillas de mimbre
olvidadas por descuido bajo la tormenta.


No, no me lo reproches.
¿No entiendes que es preciso
que todas las luces de la casa
permanezcan encendidas?
¿No entiendes que sólo así,
cuando por última vez vuelva el rostro
desde el último recodo,
me marcharé convencido
de que en efecto hubo una ciudad?


Y será esta ventana lo que brille a lo lejos.
Mientras dure el aceite en las lámparas.
Y resultará sencillo creer que tú me esperas
detrás de su indolencia.
Que me pedirías que entrase
como si hiciese mucho
que estuvieras esperando
y me lavarías los pies en silencio.


Y es que aún no ha amanecido.
Y es que aún puedo pararme a coger
unos cuantos higos verdes por el simple deseo
de notar la quemazón de mi esqueleto
entre la inercia de las sombras.


Así que, por favor, deja de repetir
que debo darme prisa,
que para qué me entretengo en hacer todo esto
si sé que no voy a volver.


A fin de cuentas,
tampoco sé cómo comprenderé,
qué cambio en el color
del agua o qué chirrido
de nubes restregándose
me indicará que he llegado
por fin.


Y tú eras quien insistía,
acuérdate,
en que los preparativos de un viaje,
aunque lo parezcan,
no son las corbatas ni los pocos libros
que uno decide meter en la maleta.







LA ESTATUA DE SAL


Y la rueda resbala sin avanzar,
resbala sin avanzar ...
Pablo García Baena




Se han ido las aves acostumbrando
a anidar en mi boca.


Han descubierto al fin
que al tronco aquel, retorcido y nocturno
en lo alto del cerro,
jamás suben las serpientes.


Bajo la lluvia, Sodoma conserva
el candor de las piras apagadas.


Veo ciegos que se sientan alrededor de un pozo.
Veo mujeres con el vientre
abierto por el eclipse.
Veo panes sin cocer.
Veo niños que derraman
su saliva sobre los hormigueros.
Veo dátiles y nueces encima de una mesa
donde no hay comensales.
Veo el rumor oculto de las premoniciones.
Veo la higuera, los perros.
Veo el sigilo, transparente y dócil,
del veneno en las copas.
Me veo a mí misma,
caminando sin entender nada:
huyendo; simplemente huyendo.


No conoce la sombra el rostro de su esclavo
ni el fuego es rama que arde.


Ninguna puerta puede cerrarse por completo,
porque no volver no es no regresar.


Bajo la lluvia, Sodoma
va rindiendo sus piedras como bosques al fuego,
va olvidando, gota a gota,
el lugar al que sus calles llevaban.


Hay días en los que aún me pregunto
por qué miré hacia atrás.


Puede que algo asustase a los asnos.
Puede que Lot no me oyera.
Ya no lo recuerdo.


Desde aquí, la llanura cobra su dimensión
de hoguera y aljibe,
de espacio donde las aves
se reúnen y emprenden el camino del sur
para pasar otro invierno.


Llueve.


Llueve como si el agua
pesase más que la piedra,
más que el esfuerzo del carro
atrapado en el lodo.


Llueve.


Llueve como si nada fuese a sobrevivir
a la lluvia, como si esta lluvia
se llevase consigo
lo que ni tan siquiera la sal pudo quitarme.







SOAR


He plantado una higuera al lado del estanque
para que endulce el agua la sombra de los frutos.


Tengo perros y un horno donde cocer el pan.


Imagino que el tiempo continuará pasando:
volverá a germinar una semilla
en el excremento de alguna bestia,
sellarán los eclipses el vientre de las vírgenes,
y seguirá precediendo a la lluvia
ese olor a placenta de la tierra mojada.


Ya no estoy seguro de que mi nombre
sea el que sacudió la boca de aquel ángel.
Tal vez las vísceras de los corderos
no augurasen la destrucción de la ciudad.


¿Y si no fuese yo
el que debería haberse salvado?
¿Y si aquellos extranjeros
se hubiesen confundido de puerta?


Me lavaré los pies, pondré sábanas limpias
en la alcoba de los huéspedes,
y aguardaré junto al fuego
hasta que se consuma mi memoria.


Imagino que el tiempo
es una escudilla volcada sobre la mesa.


¿Y si yo jamás me hubiese marchado?
¿Y si no hubiera creído
que el aceite que en el candil se quema
impide la incubación de las aves?
¿Y si en realidad aún estuviese en Sodoma,
paseando por el jardín,
observando cómo las hormigas
arrastran un escarabajo muerto?


Exige la llanura un tributo de hogueras
al que se atreve a cruzarla.


El vino se habrá enfriado, lo sé;
pero no espero a nadie,
porque nadie mide
lo que mide su sombra.


Me pregunto si será cierto
eso de que todos murieron.


Me pregunto si de verdad
huir me ha salvado de algo.







GOZNES


Incluso las puertas de una casa
en ruinas
pueden abrirse sólo hacia un lado







EL ÁRBOL


Ten en cuenta que el árbol crece en dos direcciones,
pero sólo una brinda un lugar a la sombra.