La derrota de los fabulistas, de José Antonio Ramírez Lozano.

 


La Nacional vuelve cegatas las hormigas. Las formícinas, rubias y mínimas, de nuestra Biblioteca Nacional son hormigas urbanas y heredaron de sus padres ese afán por el conocimiento enciclopédico y bursátil. Son hormiguitas con vocación funcionaria que optaron a los mejores puestos de la administra­ción o la enseñanza y devoran temas de oposición y páginas del boletín oficial que primorosamente orde­nan y encuadernan por fechas. De pequeñitas, se las puede ver en el Retiro las tardes soleadas de domin­go, con sus gafitas graduadas, con su comedimiento chato y ese sentido cívico que les hace no saltar los setos y caminar en hilera por los senderos de grava. Pero en la Nacional también hay hormigas, las dorilinas, que acudieron de las tierras cálidas y leja­nas del sur, oscuras y cabezonas, robustas y apasio­nadas. Aquéllas, las formicinas, nunca vieron una pi­rámide de trigo; las dorilinas, sí. Las formicinas jamás se alimentaron del artejo de un moscardón o de la carne agria de un caballo difunto, sólo de migajitas y arvejones de los parques. Las dorilinas sí. Las dorilinas son hormigas rurales que fueron becadas para que realizasen sus estudios en la ciudad y frecuentan pensiones, colegios y comedores públicos. En fin, las de la Biblioteca, como digo, son todas hormigas cui­dadosamente seleccionadas para el estudio e inquisición de textos, obedientes e instruidas, celosas en extremo de la letra. Conocen la procesal y la góti­ca, la inglesa, la bastardilla e incluso las lenguas de la Comunidad Europea. Sus papás, sus abnegados y probos papás bien que se sacrificaron enviándolas a Londres en estío o poniéndolas en viejas academias. Sus ojos, sus grandes ojos bíblicos, se gastan cada jornada recorriendo quilómetros de renglones en ese menester de investigar para el que fueron escogidas y al que se deben. Seguro que el bedel Justino, Justino Mata Bascones, sigue sacando cada mañana en su cogedor, después de la barrida, cientos de estas hormigas que dieron su vida por corregir un solo acento o cambiar el rabito de una be con la tinta azulina o negra de su sangre.