Las argucias de Frestón, de
José Antonio Ramírez Lozano.
Ventura Duarte había sido un hombre del común hasta aquella madrugada
en que escuchó por vez primera la voz del grifo. Si es verdad eso
de que en la vida de cada hombre hay un instante lúcido en que se le
revela por completo el destino, a Ventura le sucedió esa noche de
Junio cuando se levantó a beber. Lo que extrañó Ventura
fue la condición tan anodina y vulgar del suceso. Los poetas como él
esperan siempre que esa voz les venga de lo alto; jamás de procedencia
tan doméstica, propia más bien de una cotidianidad novelesca
que de un trance revelador. De haber sido novelista quizás no le hubiese
resultado del todo impropio aquel sometimiento de lo mágico a una trivialidad
tan municipal como fuera el corte del abastecimiento. El poeta aguarda
esa voz de las bóvedas, como san Pablo, y apenas si admite que el destino
pueda hablarnos por boca misma de un grifo.
-Venturaaaa.
Ventura no cayó en lo de las restricciones. Abrió el grifo con
la ansiedad del sediento y topó de pronto con la oscura vaharada de aquella
voz que parecía pronunciar su nombre. Y cerró, volvió
a cerrar con la determinación de alejar de sí absurdas figuraciones
como esta con que acostumbra a tentarnos el desvelo nocturno y la mucha sed.
Pero las del destino suelen ser voces tercas que dejan en quienes las rechazan
el reclamo de la curiosidad más canina, así que Ventura no fue
capaz de volverse a la cama. Tapó la botella de Lanjarón, se limpió
a bocamanga las comisuras y giró de nuevo el pomo del grifo, pegando
su mentón al fregadero.
-Soy yo, Venturaaaa.
Esta vez Ventura no cerró. Se quedó con la barbilla pegada
al aluminio, los ojos desorbitados y sin decir palabra, negándose a participar
en lo que parecía una terrible dialéctica de cuyos círculos
no podría escapar si entraba. Aunque, por otro lado, aquel encantamiento
le irritaba como para romperlo de rabia y atrever respuesta.
-Venturaaaa.
-¿Qué pasa con Ventura? -contestó con amago chulo, ahuecando
él también su voz.
-Soy yo, Martinaaaa.
Aquel nombre apenas si le dijo algo, disuelto el hálito de sus sílabas,
esdrújulo de tuberías como le llegaba.
-¿Martina? -extrañó.
-Martina, sí. Martina la del quinto.
Ventura no daba crédito a su oído. Martina la del quinto era una
muchacha demasiado tímida como para atreverse a este tipo de juegos.
Su madre, doña Pelaya, no se lo hubiera consentido por profundo que fuera
su sueño, que era viuda sargenta ella y hasta dicen que escondía
un ojo bajo el moño que siempre le andaba en vigilia.
-¿Martina, la de doña Pelaya?
Martina no hablaba en la calle, apenas si daba los buenos días, ni se
atrevía a mirar siquiera. Todo lo hablaba doña Pelaya, siempre
con aquella su prosodia académica, lacónica hasta el campanazo.
-¡Y tu madre te deja?
-Sí, cuando duerme. Ella no cree en los sueños, ¿sabes?
Yo sé que tú si. Por eso esperábamos dar cotigo una
de estas noches.
-Oye, esto de hablar por tuberías no puede decirse que sea realmente
un sueño.
-Sí que lo es -rebatió Martina enseguida-. La realidad tiene un
envés en el que se cumple lo que en ella resulta imposible. ¿No
te parece mágico el aprovechamiento que hacemos de la red de aguas?
Ventura calló un segundo más por recelo que por asentimiento.
La sospecha de que el plural con el que hablaba Martina amparaba en su complicidad
a otras voces, le incomodaba hasta hacer de aquél un acto impúdico
y sórdido más que nada.
-¿Y hablas con mucha gente?
-Sólo con algunos.
Ventura entonces imaginó ese entramado urbano de tuberías como
el envés oscuro de la ciudad, como una ciudad catacumba a la que recurrían
en la noche cientos de noctámbulos que allí encontrasen el rostro
perdido de una personalidad demediada que no les consintió la vida.
-Es Tobalo, ¿lo escuchas? Reza continuamente.
Don Sebastián Tobalo era el comandante del portal vecino, agrio
y castrense como para imaginarlo con el rosario en la mano. Su voz parecía
venir del otro mundo, lejana y cóncava, tropezándose con su propio
eco lo mismo que una salmodia purganda.
-La amenaza de una tercera guerra mundial es su mayor miedo. Tiene una devoción
loca por la Virgen de Fátima.
-Realmente -se atrevió Ventura-, más que mágico, éste
de las tuberías me parece un mundo sórdido, ¿sabes?
-Pues te equivocas, Ventura. No siempre la vida a que atendemos es más
halagüeña que la que constituye su envés. ¿Cuál
de las dos elegirlas en mi caso? ¿La de esa Martina huraña y muda
con que te tropiezas en el descansillo, o la de esta otra Martina? A ver.
Ventura volvió a callar. Realmente no sabia si entender aquella conexión
con Martina como una suerte o como un extraño síndrome. Pero el
entusiasmo con que ella le hablaba atenazaba su voluntad como a Ulises
las sirenas.