El bobo ilustrado, de José Antonio Gabriel y Galán.

 


El primer problema fue subir a la anciana hasta el tercer piso. Tus fuerzas se hallaban francamente disminuidas a aquellas horas, pero las de la pobre mujer parecían estar en una fase terminal, pues, además de vieja, padecía una enfermedad que le impedía mover la rodilla con un mí­nimo de soltura. En el café no te habías percatado de esa invalidez, presa de los encantos de Pepa que no había de­jado ni un momento de reírse, probablemente de ti y con razón. Una vez en el portal, intentaste animar a la anciana, pero ni oía ni entendía. Su hija y tú la cogisteis cada uno de un brazo y así se inició la ascensión.
Nunca te pareció tan lúgubre la escalera de tu casa ni tan empinados los escalones. Tras superar los tres primeros llegaste a la conclusión de que a ese ritmo oiríais allí la misa del gallo. La mujer ni siquiera se quejaba, pero su respiración resultaba angustiosa, como si cada soplo fuera a ser el último y definitivo. Hiciste un alto para decirle a Pepa que así no podíais continuar, que era una crueldad aquella escalada estrafalaria. La Monserrat se echó a reír y su voz cascada pareció revolotear por el negro hueco de la escalera. No había de qué preocuparse según ella: en su casa todos los días vivía la misma historia y sólo gracias a la habilidad del sereno llegaban al segundo piso del nú­mero once de la calle jardines, donde tienes tu casa dijo.
Volvisteis a la carga con grandes dificultades, la anciana era un peso muerto del que sobre todo sentías su brazo de alambre incrustado en tu hombro. Conseguisteis avan­zar cuatro o cinco escalones más, tú ya sudabas copiosa­mente mientras la Monserrat se mantenía fresca y dichara­chera, de lo cual dedujiste que apenas empujaba, dejando que toda la responsabilidad recayera sobre tus fuerzas ya duramente castigadas. Una mirada hacia arriba: el primer descansillo aparecía con su banco de madera corno una tierra prometida, inalcanzable como todas las tierras prometidas. Volviste a poner objeciones, aún era más fácil bajar que seguir subiendo, todavía estabais a tiempo. Y si le pasa algo a tu madre, ¿qué hacemos? No te preocupes, es una mujer mucho más fuerte de lo que aparenta. La respuesta te dejó estupefacto, quizás habías bebido demasiado vino, y veías las cosas con un exceso de pesimismo. Lo más cu­rioso era que Pepa no mostraba prisa alguna por llegar arriba, como si el ritmo de la ascensión, más lento aún que el de cualquier procesión de pueblo, fuese perfectamente normal. Los tres estabais en el mismo escalón cuya madera gastada crujía, acompañando a otros crujidos que, como oscuros lamentos, surgían un poco de todas partes.
-¿Y cómo consigue subirla el sereno a tu casa? -pre­guntaste por si había alguna técnica secreta que pudiera be­neficiarte.
-Bueno, yo le doy una propina y él la coge en brazos como si fuera una niña pequeña.
Hubo un silencio embarazoso. Tú no eras ningún for­zudo y no tenías que pedir excusas por ello. ¿Cuántos escalones faltaban aún para llegar al primer descansillo? Había que alcanzar esa meta a toda costa. Con cierta brus­quedad tiraste de la anciana nuevamente. Pepa seguía sin colaborar, con lo que su madre se vencía hacia tu lado amenazando con hacerte perder el equilibrio a cada instan­te. Pero aquel impulso tuvo muy positivas consecuencias y os llevó, casi sin daros cuenta, al borde del dichoso re­llano . Entonces la mujer lanzó un clarísimo ¡ay, Señor! en forma de aflicción que se clavó en tu garganta, porque creíste que era su último suspiro. Además costaba creer que aquella voz cristalina procediera de una ruina humana como la que transportabais.
En el banquillo no cabían tres personas. Tú pensabas que el sudor que te corría cuello abajo te daba derecho a un hueco merecido, pero sucedió que la anciana se apoderó de un lado del asiento y Pepa, en hábil y rápida ma­niobra, del otro. Y allí te quedaste tú de pie, húmedo, vacilante, con una sensación de estulticia íntima que sin duda se reflejaba en tu rostro. Pepa, de vez en cuando, te lan­zaba miradas portadoras de enigmáticos mensajes. Por otra parte, cada escalón conquistado hacía bajar en un peldaño tu apetencia por la cómica.
Había unos grandes ventanales de medio punto cerra­dos con hermosas rejas. Detrás no se veía nada. En la pa­red la penumbra proyectaba vuestras sombras de espantajo moviéndose como figuras de una pasión lastimosa. Esa no­che todo era una pesadilla, te daba la impresión de llevar media vida con tan absurda carga encima y de que re­sultaba inevitable. No lograbas comprender por qué tu existencia pacífica se veía siempre envuelta en historias ex­travagantes a las que atraías como si tuvieras la piel iman­tada. Al fin tomaste posesión del segundo rellano, alea iacta est, ya no había forma de retroceder. Pepa os seguía a unos tres pasos, lo que te permitió depositar el bulto en el banco y sentarte a su lado dominando la situación. La cómica te secó el sudor de la frente con un finísimo pa­ñuelo perfumado, como una premonición de las delicias de su cuerpo. Tenías dificultades para expresarte, dada tu agitada circunstancia respiratoria. Pepa, sin embargo, no dejaba de meter baza, con un sentido del humor más que discutible, invitándote a considerar el fenómeno como un acto de caridad. El colmo fue cuando insinuó un paralelis­mo entre el Cireneo y tú, semejanza que, según ella, tenía muchas ventajas, pues al fin cargar con una cruz com­portaba una recompensa segura. Por ese camino Pepa aca­baría involucrando a España, la imagen de un país que soportaba la más pesada de las cruces, la invasión de los ejércitos endemoniados. Resultaba excesivo para un solo día. Te incorporaste decidido, poseedor ya de cierta expe­riencia, y cogiste en brazos a la vieja que no había vuelto a abrir los ojos. Así iniciaste la última ascensión lleno del ánimo que te proporcionaba el no tener que escuchar un nuevo sermón de la montaña de labios de la cómica. Pero no era tu día de suerte, sin duda. En un mal paso, se te torció el pie y el zapato salió disparado por el hueco de la escalera. Cayó como un suicida, produciendo abajo un ruido seco, y luego volvió el silencio, sólo roto por tus imprecaciones desatadas. Pepa seguía indiferente a los acontecimientos. Tuviste que dejar a su bendita madre de­positada contra la pared, en una posición en la que se resbalaba lentamente hacia el suelo. ¿Te daría tiempo a bajar a por el zapato aún salvar a la pobre mujer de un buen costalazo? En todo el verano no habías sudado tanto como aquella noche. Descendiste los escalones de tres en tres y desde el portal mirabas hacia arriba con ira apenas conte­nida. Tras ponerte el zapato apresuradamente comenzó de nuevo el ascenso penoso, con miedo de no llegar a tiempo. Alcanzaste a la vieja justo cuando estaba a punto de que­darse acurrucada, doblada sobre sí misma contra la baran­dilla. La Monserrat estaba de pie frente a la bola negra, dando muestras de un despego que no lograbas explicarte. Había que poner fin a la siniestra aventura. Tus modales para con la anciana dejaron de ser corteses, no hacías más que imitar a su hija. Quizá le hiciste daño al agarrarla del brazo levantándola a pulso, pero no hubo el menor que­jido de su parte. Diste un tirón hacia arriba temeroso de quedarte con el brazo de la mujer entre las manos; cierta­mente la vieja estaba demostrando una resistencia envidia­ble. Sea como fuere, el caso es que llegasteis al final. Una especie de feroz alegría pareció nimbarte el rostro húmedo. Ella debió de sentir también algo similar, pues ablandó la presión de sus músculos de alambre y comenzó a musitar una rara salmodia que en tu opinión no podía ser sino una acción de gracias. Pepa se apoyó con descaro en el quicio de la puerta mirándote con sorna. Mientras abrías, te besó en la mejilla, cálida, parsimoniosamente.
-Pedro, tengo algo que decirte.
Acercó sus labios a tu oído, dándole misterio a su revelación.
-Que no es mi madre.
-¿Quién?
-Esta mujer. No es mi madre. Es mi abuela, lo que pasa es que como yo soy huérfana la llamo madre –dijo, como si con ello quisiera justificar su conducta.
Aquella confesión te encolerizó como un insulto, pero finalmente estallaste en una risotada que pareció caer en el vacío igual que antes lo hiciera tu zapato. Pepa se unió a la risa mientras la abuela permanecía contra la pared soste­nida por algún gracioso equilibrio. La falta de luz te impe­día ver el grado de su sufrimiento.