Los agachados, de Jorge Márquez.


Aurora


La madrugada es espesa, como si un ardor canalla aplastara el barrio menguándolo todo, martirizando sin piedad el sueño o la vigilia de los habitantes; el roce con las sábanas levanta ampollas en la piel y los mosquitos sudan bombeando la sangre de sus víctimas; en el cielo, abrumado por la canícula, los astros apenas se atreven a centellear.
Pero alrededor de las seis una brisa tímida quiebra de pronto la esfera plúmbea del firmamento y el aire se impregna de los primeros aromas del alba. Los vecinos insomnes suspiran aliviados, y los que hasta aquel momento han dormido nerviosos aquietan su respiración y se entregan a disfrutar de los últimos minutos de un sueño hondo. El canto del ruiseñor despide la madrugada; el eco de su lamento armonioso y palpitante parece enmudecer todos los demás ruidos de la aurora, como si la soledad bellísima del triste trovador contuviera el impulso de la ciudad entera, que durante unos segundos aplaza el estallido de su ajetreo cotidiano para embriagarse escuchándolo.
Es entonces cuando Sétimo Salazar viene a dar también por concluida la madrugada y, sin pretenderlo, el embrujo del concierto bucólico: se ladea en la cama, aprieta hasta enrojecer y brinda al barrio dos de sus pedos concluyentes; el primero, corto y redondo, el segundo algo más largo y triste, una especie de punto y coma estruendoso que acalla de golpe los trinos del ruiseñor y pone lubricante en el inicio de la jornada: como obedeciendo una orden celeste, todos los sonidos regresan al momento, los murciélagos vuelven a sus quebrajas y los gorriones comienzan a piar, aunque sin atreverse a abandonar todavía el follaje de las robinias. Por fin la nueva mañana asoma al barrio de La Estrella.
Sétimo Salazar exhala el gozo y el esfuerzo contenidos con un crujido casi palpable de su boca y sigue durmiendo. Desnudo y desparramado sobre la cama, tendido en aspa bocabajo, empieza a soñar con la Guinda, con sus nalgas bruñidas, duras, rotundas, con sus grandes tetas, sorprendentemente iguales y niveladas, con sus pezones oscuros y granulares, con sus labios pulposos, siempre húmedos, con el vello excesivo y enmarañado que le desborda las ingles hasta casi la mitad del muslo, sus muslos como columnas calientes y firmes, las uñas de sus pies, impecablemente laqueadas de rojo perdición y la santa madre que la parió tan bien parida. Si en ese momento alguien le hubiera dicho que la Guinda tiene contadas sus horas de lustre no lo habría creído, pero lo cierto es que a las once de esta misma mañana el objeto de sus fantasías será solo un cadáver ensangrentado, escrito queda.
–¡Sétimo, te vas a cargar la cama, joder! –grita su madre desde la cocina, donde calienta un torrefacto de recuelo entre bostezos sonoros y siseos de sus pantuflas arrastradas.
El frenético meneo del somier se interrumpe de golpe. A sus diecinueve años mal contados, el niño de Vicenta Salazar sufre un exceso de adrenalina que lo mismo desinfla haciendo bíceps en el gimnasio que en cualquier sitio donde una mínima intimidad se lo permite: ocultos rincones de su casa, del almacén, de los cines, de alguna escalera sombría de las muchas que por su oficio visita... y, claro está, del propio gimnasio, sobre todo cuando se le pone a tiro de ojo alguna practicante de buen ver, o incluso de mal ver, él es así de macho, qué pasa.
  Pero estas maniobras cenobíticas no son sino entrenamientos y caldeos con que mantenerse en forma y ofrecer lo más exquisito de su virilidad a toda hembra que acepte disfrutarla. Sétimo es un repartidor munífico para cualquier señora proclive a gozar de los encantos del cuerpo más que de los de la sensibilidad y la inteligencia. Grande, velludo, hercúleo a golpe de tenaz adiestramiento y algún que otro discreto potingue, de ojos glaucos, generosos y profundos, contornos indefinidos y mirada seductora, perfil sarraceno y cabello endrino, el repartidor de bombonas cuida su apariencia con un bien estudiado desgaire que invita a las mujeres a acariciar sudorosas escenas de una animalidad arrebatadora.
  Es frecuente, aunque no tanto como dicen las malas lenguas, y desde luego mucho menos de lo que él quisiera, que en ciertas casas deje al ama algún añadido a la bombona de gas, por las que, dicho sea de paso, percibe a veces propinas tan espléndidas que mejor se diría que la bombona es solo el complemento, y el favor, lo más sustancioso de la entrega. No en pocas ocasiones se ha visto obligado a abandonar un envío en mitad del trámite, de mala forma y con una desazón perceptible a ojos vista bajo su mono azul, cuando algún esposo astifino ha tenido la ocurrencia de volver a casa sin decir agua va, más que nada por ver si era cierto lo que decían que era cierto y lo era. Más de un cornudo ha encontrado a su mujer con el arrebol en los mofletes, la respiración agitada y la marrullería alerta mientras se alisaba el pelo y acomodaba el vestido dejando las bragas a medio subir, estrangulándole las nalgas, como quien dice.
Otros, en cambio, licenciados ellos, le permiten solazarse a sus anchas con la partícipe, confiados en la ingenua idea de que los tópicos son pobres recursos de la vulgaridad más zafia, y que, por tanto, aún si les dijeran que con un vendedor de enciclopedias, quizá lo dudarían; pero hombre, por Dios, con el repartidor del butano... ya podía la gente inventarse algo más original. Y así, en la bendita ignorancia de los sabihondos, les van creciendo los cuernos.