El claro de los trece perros, de
Jorge Márquez.
5.3
Una mañanita de marzo vimos los dos acercarse a Mariano, el cartero,
y descubrí que él y la maestra se miraban con una dulzura infeliz,
llena de resignación. Presté cuidado a partir de entonces
y pude comprobar que las caricias de sus ojos se repetían siempre, sin
faltar un solo día, aunque cada vez eran más angustiadas, más
vehementes y repletas de desesperación. Parecían morderse ambos
las palabras y los gestos por no estallar en un volcán de besos,
caricias y lágrimas. Pensé en lo necio que había sido este
pobre duende torpe al no advertir antes aquella lumbre prodigiosa que cada mañana
rebrotaba plena de vida delante de mis propias narices. Sólo las
Hadas del Amor saben cuánto tiempo llevarían mirándose
de tan paladina forma sin que yo me hubiera percatado. Y ¿sabéis,
señor, lo que ocurrió? Pues ocurrió que Laura empezó
a recuperar sus fuerzas, su apetito y sus anhelos, y, con ellos, el vigor
de su cuerpo y hasta un algo de salud. Se levantaba antes del amanecer, nerviosa,
soñadora, y poniendo mucho esmero en no despertar a su marido -que,
como os he dicho, regresaba cada madrugada a las cuatro de trabajar en
la ciudad-, dedicaba horas enteras a componerse y a maquillarse los labios,
los pómulos, los ojos, y luego contaba los minutos esperando a que el
reloj alcanzara las once, hora exacta en que aparecía Mariano por el
final de la calle, se apeaba de su bicicleta, la cogía del manillar,
se ajustaba al hombro la correa de la cartera y echaba a andar con pasos cobardes,
la visera de la gorra ocultándole los ojos con los que luego le decía
al soslayo que la amaba y le pedía que le dijera con los suyos que
ella le amaba aún más, y se juraban los dos una fidelidad que
nunca habían pactado, y lamentaban que el día hubiera sido tardón,
inacabable. Un minuto después, dejaban de verse y su aliento se
desvanecía asfixiado por la carga insufrible de esperar otro día
más, justo cuando aún nada tenían, y menos que nada, tiempo
para perder. Pero tal como se les atragantaba el último lamento, aplicábanse
ya a esperar las once de la mañana siguiente. Cada vez el paso de Mariano
por delante de la ventana de ella era más perezoso, para darse más
tiempo de mirarse el uno al otro, y cada vez eran los gestos más valientes
y más intensas las miradas, y más llenas de deseo y de martirio.
Hasta que un día de mayo el cartero no asomó por el fondo de la
calle a las once; ni poco ni mucho después; ni a la mañana siguiente,
ni a la otra. Entonces Laura empezó de nuevo a marchitarse. Recogida
en el rincón más lóbrego de su casa, desmoronada por lo
que creyó traición o veleidad de Mariano, sumióse de nuevo
en episodios de intensa fiebre y volvió -como en los viejos tiempos solía-
a levantarse de la cama de improviso para gritar: ¡Ceda la
mancuerda, mi señor, que me estiro como un chicle! ¡Qué
felicidad! ¡Di con la respuesta! ¡He ganado dos millones! Otra vez
será. Aquel miércoles, de madrugada, le trajo el marido
la noticia de que Mariano el Sobras había sufrido un accidente. Preguntó
intentando encubrir la ansiedad y el panadero le dijo que estaba bien,
salvo porque no tenía ya pierna izquierda. Se enclaustró aún
más en su amargura, dijo sentirse peor y anunció que no saldría
viva del lecho. Durante algunos días consintió que la muerte avanzara
a enfriarle el corazón; pero una madrugada insomne, después
de que el marido -desbocado por una abstinencia que duraba ya tres meses-
la cubriera adormilado y brutal (como siempre hizo, aunque menospreciando ahora
por añadidura una enfermedad que para él no existía), comprendió
que estaba siendo injusta y necia con el cartero y con ella misma. Se levantó,
se limpió el asco que en forma de vómito, espeso notaba resbalar
por sus piernas enflaquecidas, como si una babosa muerta le recorriera
lo más bajo de las nalgas (apenas piel), y se emperejiló igual
que antes, y entresacó su mejor vestido -en cuyo interior se le
perdían todas las carnes-, y esperó a que despertara su marido
para decirle: No hemos cumplido con el pobre cartero. Deberíamos
ir a verle.. Bueno -respondió el panadero, a quien la
tregua sexual había afinado la tolerancia-; después de comer.
No, después de comer, a poco que nos entretengamos, se te
hace tarde. Mejor a media mañana. Ya sé que es una hora extraña
para hacer visitas, pero no disponemos de otra; ni tengo yo salud para andar
por ahí, callejeando. Además, por la tarde siempre me sube
la fiebre. Bueno, repitió el panadero. Y a las
once en punto entraban de visita en casa de Mariano -que, como vuesamerced sabe,
era también la casa de la bruja cuyo nombre nunca digo- y se levantaba
el cartero con gran trabajo del sillón para saludarles. El la encontró
hermosa como nunca y se lo dijo a ella con su mirada de pasmo y su boca abierta.
Ella, al verle esforzándose por conservar el equilibrio sobre sus muletas,
apenas logró ocultar las lágrimas; entonces comprendió
algo que no había comprendido ninguna de las mañanas en que le
vio con sus dos piernas a través de los cristales: que amaba a aquel
hombre tan desvalido y necesitado como ella misma, que le amaba con tanta ternura
como ninguna mujer sana podría amar nunca a un hombre entero.
-¿Cómo está usted, Mariano? -le preguntó ella aparentando
una frialdad magistral que a los dos desgarraba.
-Bueno; poquito a poco -respondió él-. Pero, siéntense,
por favor, siéntense. ¿Qué tal, Marcelino?
-Bien -masculló el panadero.
-Vaya, hombre; qué lástima. Y ¿por qué no se muere
usted, en vez de ella? -soñó que respondía, pero en realidad
dijo con voz de corderito:- Me alegro, me alegro.
-¿Y cómo ha sido? -preguntó ella ávida.
Mariano el cartero narró la misma historia que había contado ya
al menos cien veces, aunque fue la primera vez que la explicaba de corazón
a alguien que por primera vez de corazón le escuchaba. Durante el
relato, Laura contuvo las lágrimas y, sobre todo, los deseos de abrazarle
y de besarle, de decirle con caricias que sentía como propia aquella
invalidez terrible. Aún estuvieron los cuatro un rato más
de plática, si bien pronto se disculpó la bruja con la excusa
de que le esperaba la cocina, y fuese a guisar. Por su parte, el panadero
zote, desde mucho rato antes habíase ausentado sin pedir aquiescencia,
y aunque apenas movió las nalgas un centímetro en su silla, le
volaba el entendimiento a muchos kilómetros de allí, en un
lugar de las montañas de la provincia de León que llaman
Babia y que, según es fea costumbre decir, anda siempre muy concurrido
de lerdos, lelos y otras gentes como él. Por si no fuera suficiente,
avanzada la mañana, tuvo el detalle la bruja de mostrarse atenta y rumbosa
con la visita, y les puso por delante una botella de fino, tres chatos y tacos
de queso manchego salteados con alguna raja de lomo de la última matanza.
Nadie probó las viandas (pues ni estaban los enamorados por comer, ni
el consentidor tenía olfato más que para el vino), pero un pumpum
incesante del carapalo en tres minutos cortos mandó la botella cadáver
a la basura, con lo que se le encaramó la modorra hasta la coronilla.
Así pudieron a sus anchas decírselo todo el cartero y la maestra
como el tiempo y la indigencia les habían enseñado: sólo
con mirarse. Y con mirarse sólo se juraron amarse por encima de trabas,
frenos y rémoras, sin parar en tiempos, ni en lugares, ni en modos. Más
borrachos acabaron de sueño y delirio que de vino lo estaba ya el hornero.
Al borde de las dos, el mediodía reclamaba la costumbre del almuerzo,
y llegó el momento de despedirse y adormecer la ilusión.
Cuando se fueron, quedó desolado el cartero, con sus viejas heridas de
amargura que el olor enfermizo y las miradas pálidas de ella habían
desgarrado otra vez, y que ahora le sangraban y le escocían como nunca
antes. Quizás una mañana no muy remota Mariano decidiera
que la dicha tenía que estar oculta en algún sitio del mundo,
y que, por muy lejano y apartado que ese escondrijo estuviera, más tarde
o más temprano él habría de encontrarla. Tan sólo
nueve días después, volvió a coger su portacartas, lo llenó
de guijarros y se lo colgó al hombro27.
Ya veis en fin, señor, que no da tampoco esta carta -contra lo que
mis cuentas vaticinaron- para saldar el informe y razones de quién mató
al tabernero y por qué lo hizo. Y es que la peripecia de los hombres
se alarga siempre cuando uno bucea en los entresijos de la memoria, porque nada
es tan sencillo ni tan recto, ni tan blanco ni tan negro, que se pueda de ello
tomar certero juicio con sólo escuchar una parte del todo, y concluir
desde tan truncas razones que las cosas son como a una mirada trivial aparecen.
Vuestra licencia me tomo, pues, para continuar, y doy palabra de acabar
en la próxima carta -que a la vuelta de dar ésta a entregárosla
ya principio-, sin que haya de tomar descanso ni para comer, ni para dormir,
ni mucho menos para holgar en tanto no la dé por cumplida.
Las Hadas os guarden, señor.
Firmada en la casa de salud de Nuestra Señora del Carmen de Santa Edelmira,
en el día primero del mes Julio del año de mil novecientos noventa
y tres, por su affmo. Elías, llamado el Duendecillo Nemoroso.
27
Este episodio puede ser aproximadamente cierto -aunque no me consta por testimonios-,
si se tienen en cuenta las acciones, posteriores que la maestra y el cartero
emprendieron.