Hazme
de la noche un cuento, de Jorge
Márquez.
SÉPTIMA
ESCENA
ANSELMO.- (Para sí, mirando el
día anochecido a través de la ventana.) ¡Y que nunca amanece!
(Un silencio muy largo, incómodo, en el que nada ocurre: Anselmo permanece
profundamente ensimismado. Luego suena el timbre de la puerta. Silencio
largo. Vuelve a sonar. Anselmo sale de su abstracción y llama.)
¿Dorotea? (Silencio.) Dorotea, están llamando. (Otro silencio.
Nuevo repique del timbre. Anselmo va a levantarse cuando golpean en la puerta
del salón. Se levanta y abre. Queda petrificado. Asustado, le habla
a nadie.) ¿Qué haces aquí? ¿Te has vuelto loca?
(La sigue con la mirada. Deja caer la puerta. Silencio.) Ni aunque fuera
un segundo. ¿Cómo te has atrevido a venir hasta aquí,
hasta mi propia pensión? (Silencio.) Pero no aquí. (Angustiado.)
¿No comprendes que me comprometes? (Silencio.) No, por dios, no;
no me avergüenzo de ti. ¿Cómo puedes pensar eso? (Silencio.
Triste.) Ya, ya lo sé,; pero a mí no me da igual. Eres lo que
más amo en este mundo. Lo único que de verdad amo. Lo único
que tengo. (Silencio. Abatido.) ¿Tan urgente esta vez, Paula? (Silencio.
Se desespera.) Dios mío. Cuándo terminará este cruel infierno.
(Hundido.) ¡Qué dolor! (Para sí.) ¡Qué dolor!
(Silencio. Piensa. Intentando parecer resuelto.) No puedo ayudarte más,
Paula. (Silencio.) No, no puedo. No me queda más dinero. No tengo nada.
(Silencio. Angustiado, se arrodilla a los pies de la silla en la que cree sentada
a Paula.) ¡No, Paula; no llores, por favor; no llores! Sabes que no soporto
verte llorar. (Acaricia al aire que envuelve el rostro de ella.) No flores así,
niña mía. ¡Vamos, vamos! (Se busca urgente un pañuelo
en los bolsillos de su bata. Cuando lo encuentra, se lo ofrece completamente
arrugado. Le limpia él mismo.) Hija mía... hijita... (Silencio.
Sobrecogido.) ¡Por los santos del cielo, Paula! ¿Cómo puedes
llamarme mezquino y cruel? ¿Cómo puedes decir que no me importas,
después de estos tres años largos? (Silencio.) No, claro que no.
Toda mi vida te ayudaría; es sólo que no me queda más dinero.
Sabes que tuve que vender la casa; y ya ves dónde vivo... hasta hoy;
hace un momento la dueña acaba de echarme porque no puedo pagarle la
habitación. ¿Entiendes? ¡Ni siquiera puedo pagar esa miserable
habitación! (Silencio breve.) No sé qué haré. No
sé a dónde puedo ir. (Silencio.) También yo tengo que conseguirlo
como sea. Es sólo que yo lo necesito para dormir, para comer: para
vivir... y tú lo necesitas para matarte. (Silencio.) Sí. Otra
vez la misma historia, Paula. Hace años que tu padre no tiene otra historia
en la cabeza. Me quedo dormido pensando en ti. Me despierto en mitad de la noche
y pienso en ti. Amanece y pienso en ti. ¿Dónde estará?
¿Por dónde arrastrará ese enfermizo aspecto suyo, esa cara
pálida y delgada? (Silencio. Amargo.) Paula, me muero contigo, me muero
a pedazos cuando oigo tu respiración fatigada, cuando te veo esas profundas
ojeras negras. (Angustiado.) ¿Seguro que no te las pintas, hija? ¿Eh?
Dime que sí; dime que sí que te las pintas para hacerme sufrir
un poco... (Silencio.) Necesitas dinero, ya lo sé. Dios mío,
¿qué he hecho mal?, ¿en qué te he fallado?, ¿en
qué me he equivocado? (Súbito.) Fue tu madre, ¿verdad?,
(vehemente) ¿verdad? (Reflexionando.) Sí, claro; fue tu madre.
Nunca debió morirse y dejarnos tan solos. (Silencio.) Ya nunca volví
a dormir, pensando en qué podrías necesitar, qué podrías
echar de menos de tu madre que yo no pudiera darte. ¡La amabas tanto!,
¿verdad, Paula? ¿Verdad que sí? (Colérico, conteniendo
las lágrimas.) Y si la amabas tanto, ¿por qué maldita razón
te buscaste otra madre al poco tiempo? (Grita rabioso.) Sí, otra madre.
¿Y por qué aquélla que en vez de darte nos quitaba, Paula?
¿Por qué esa madre de plástico, más delgada que
este dedo mío (el meñique) y venenosa como una víbora
de un solo diente? (Llora hundido. Silencio largo. De pronto urgente. Supone
que ella se ha levantado.) ¡No, espera! No te vayas. ¿A dónde
vas? (Silencio.) Van a hacerte daño, Paula. No te vayas. Estás
delgada, enferma. ¡Mírate, vida mía! (La coge por los
hombros.) ¿Por qué no te quedas conmigo? Déjame que te
ayude. (Silencio.) Es cierto, no tengo dinero; pero eso no quiere decir que
no pueda ayudarte. Lo intentaremos juntos. Buscaremos ayuda. (Silencio.) No
te vayas, por favor. Estás muy cansada. Déjame que te abrace.
(Se abraza a ella con un suave balanceo de su cuerpo.) Paula, Paula...
Te quiero tanto, (musitando con los ojos cerrados) tanto, tanto... Saldremos
los dos a buscar casa, un piso baratito, un apartamento, no necesitamos
más para nosotros. Ya verás, mi niña, cómo yo te
ayudo; ya verás cómo encontrarás paz otra vez. (La lleva
hasta el sofá y se sienta acurrucándola entre sus brazos.) ¡Si
sólo tienes diecinueve años! ¡A dónde vas tú!
Ya verás, mi niña. Volveremos a dormir igual que cuando eras
pequeña. Yo te cantaba, y cantando espantaba los monstruos horribles
que te daban tanto miedo. (Silencio breve.) Volverás a dormirteen mis
brazos, lejos de esos monstruos que te rodean en la calle, lejos de las víboras
de un solo diente. Volveré a acurrucarte y te arroparé con mis
mejores mantas,
(la besa repetida y suavemente) te calentaré un poco de leche, y
tú te quedarás dormida, dormida, dormida... (Amargo, ido,
comienza a cantar una nana muy triste.) A la nana de noche, / duerme, mi niñaa,
/ yo te haré cuatro cunas, / una de vida, / otra, grande, de estrellas,
/ otra de risa, / y la cuarta, rellena / de golosinas.
Lentamente se abrió la puerta del
salón. Raquel apareció con la cara pintarrajeada por las lágrimas
y el restregar del maquillaje contra las sábanas. Llevaba entre
sus brazos, como el más preciado tesoro, la botella vacía de aguardiente
de pepinillos. Una nube de sueño y de dolor la llevó hasta el
sofá, y cuando estuvo allí, sin abrir los labios, se deslizó
entre los brazos de don Anselmo, se acurrucó y cerró los ojos,
dejando que el azar le regalara la nana triste del viejo maestro.
CORO DE VOCES BLANCAS.- A la
nana de noche
duerme viejito,
que en tus sueños no
quepan
los mares chicos;
que se guarde la tierra,
su seno frío,
donde duermen los muertos
que Nadie quiso.
La nana se hizo entonces una extraíia melodía empapada de un hítlito
de muerte y de locura. Luego fue la luz, el aire, la memoria... Y Raquel presintió
bajo sus pies la negrura donde los sueños confunden la realidad; miró
los ojos llorosos de Anselmo, su boca vieja, y se asustó como una niña,
y gimió como una niña horrorizada, y se abrazó a Anselmo
buscando el re@ infinito de la infancia, la negación del dolor, la obstinada
negación de una realidad demasiado cruel.