Sucio amanece (casi una tragedia), de Jorge Márquez.


MARTA.- (Que entra.) Hola.
DON LUCIO.- ¿Por qué nadie me quiere? ¿Por qué nadie se fija siquiera en que existo? Mamá... Mamá: tu hijo no le importa nada a nadie.
MARTA.- ¿Qué ha pasado aquí?
DON LUCIO.- Nada. Nada...
AIT AHMED.- Tu adorable vecino, que ha decidido despertar de su letargo.
DON LUCIO.- ¿Por qué no morirme?
MARTA.- ¿Ha salido Lucio?
DON LUCIO.- Ya ni siquiera me queda dignidad.
AIT AHMED.- ¡Ya lo creo!
MARTA.- ¿Y todo esto?
AIT AHMED.- Nada, que lo hemos estado cele­brando.
DON LUCIO.- Gato... Gatito. (Se arrodilla a su lado.) Gatito mío. ¿Es que a ti tampoco te quiere nadie?
MARTA.- ¿Aún sigue enfadado?
AIT AHMED.- Enfadado, terco y agresivo. Le he invi­tado a bajar; ni siquiera ha querido escucharme.
MARTA.- Tal vez debería hablar yo con él. Después de todo, es culpa mía.
DON LUCIO.- A ti te quiero yo, gatito
AIT AHMED.- No, no es culpa tuya. (Le echa el brazo por los hombros, le besa la frente y la acompaña adentro.)


El canarito César gesticula temiendo que sus amos vuel­van a olvidarle en la terraza.


DON LUCIO.- Tenemos que llevarnos bien, gatito mío (le besa y le limpia el sudor y la sangre), porque ninguno de los dos tiene a nadie más en el mundo.
AIT AHMED.- Este mundo está lleno de gente así: fanáticos intransigentes, locos solitarios persuadidos de las ideas más peligrosas.
DON LUCIO.- Estamos solitos, solitos.


El canarito César intenta cantar para reclamar la aten­ción de sus amos, pero no puede. Al fin se resigna.


AIT AHMED.- Si son inteligentes y malvados, pueden conducir al mundo a sus peores desastres.
DON LUCIO.-¿Verdad, mamá?
AIT AHMED.- Si son pobres infelices, como ése (por Don Lucio), sólo se harán daño a ellos mismos.
DON LUCIO.- Pero no necesitamos a nadie más.
AIT AHMED.- Y están ahí, por todas partes. Eso no es culpa tuya. (La besa en los labios.)
DON LUCIO.- ¿Quieres reírte un poco de mí? ¿Por qué no te ríes un poco de tu ridículo amo, eh, gatito?
DON LUCIO.- (Baila.) ¡Mira qué tonto es tu amo! ¡Mi­ra qué payaso! Lalalalala.
MARTA.- Sí, lo es, porque no tuve en cuenta que podía hacerle daño; por eso. El es una persona muy frágil, y yo fui torpe. Me metí en su amargura y en su soledad con toda mi alegría de vivir; le inundé de luz; no respeté su penum­bra. Y cuando me pidió más luz, le dije que no. Eso es una crueldad. Y un error.
DON LUCIO.- ¡Ríete, ríete! (Adrede resbala y cae.) ¡Ojojó! ¡He tropezado! (Transición.) No llores, mi vida, no llores. ¡Ya sé! ¿Quieres que hagamos alguna llamadita de teléfono? ¿Eh?
AIT AHMED.- Escúchame bien, Marta. Ese hom­bre...
DON LUCIO.- Mi gatito...
AIT ARMED.- ...Está trastornado, confunde la reali­dad con los deseos; pero tú no lo sabías. Fuiste amable con él; nada más. Su mente perturbada deformó esa cordialidad y la convirtió en lo que no era. ¿Lo entiendes?
DON LUCIO.- Perdóname, gatito. (Le besa alocado.) Perdona, perdona, perdona...
AIT AHMED.- Quiso creerse una fantasía, Marta, un sueño; y se agarró a ti como podría haberlo hecho a cual­quier otra quimera. A nadie en su sano juicio le habría ocu­rrido. ¿Qué puedes hacer? ¿Subir y decirle que le amas?
DON LUCIO.- Perdona a tu amo malo. Por favor, no llores; por favor...
MARTA.- No; subir y decirle que estamos aquí, por si necesita algo. (Se levanta.)
AIT AHMED.- Marta, por favor.
MARTA.- Que no crea que somos enemigos suyos, que sepa que tiene a alguien en el mundo. Está solo; si además es cierto que está enfermo...
DON LUCIO.- Gatito mío; mi gatito.
AIT AHMED.- Pero no podemos estar pendientes de cualquier mosca que pasa volando.
MARTA.- ¿Qué quieres decir?
DON LUCIO.- Ven conmigo, ven. (Le ayuda a levan­tarse.)
AIT AHMED.- Quiero decir que he arriesgado mucho viniendo aquí, que he renunciado a muchas cosas muy im­portantes para mí, Marta. Me vine dejando detrás de mí mis raíces, mi vida entera; me vine para empezar desde nada. Por ti.
MARTA.- Y por ti, espero.
DON LUCIO.- Ven. Veremos juntos la televisión.
AIT AHMED.-Y por mí, desde luego. Pero a los pocos días de llegar, a ese infeliz le da por decir que su mujer, que por lo visto eres tú, le está siendo infiel con un moro, que por lo visto soy yo, y se encierra en su cueva. A partir de entonces, tú te apagas, te pasas horas y horas pensando en ese pobre chiflado.
DON LUCIO.- Siéntate aquí. (Lo acomoda en la buta­ca.) Aquí.
AIT AHMED.- ¿Qué pasa, Marta? ¿No estamos vol­viendo todos locos?
DON LUCIO.- Y ahora, yo... aquí. (Se sienta a su la­do, en el mismo sillón, forzando la postura de Gato don Pablito.)
AIT AHMED.- Necesito un equilibrio y un mínimo de felicidad para hacer frente a esta situación tan difícil. Vivimos en un país maldito en el que uno se presenta en cualquier universidad, para ofrecerse como simple profe­sor agregado, y hasta una secretaria, ¡una vulgar secre­taria!, te mira con recelo el color de la piel antes de mirar tu título académico. Todo me agrede, todo; pero cuando vuelvo a casa, buscándote, buscando el refugio de tus ca­ricias, tú empiezas a hablarme de la pena que te da ese pobre hombre.
MARTA.- No dramatices; no creo que sea de lo único que hablamos cada vez que vuelves a casa. ¿O es que quie­res convencerme de que el viejo Lucio tiene la culpa de to­dos nuestros problemas?
DON LUCIO.- ¿Estás contento? (Gato don Pablito asiente.)
AIT AHMED.- Lo que quiero decir es que éste es un mundo brutal, Marta; y que no deja sitio para los pobres enfermos como él. Es muy triste, pero ésa es la realidad. Y tú y yo somos otra realidad, distinta de la suya.
MARTA.- ¿Ah, sí? ¿Pues no eras tú quien defendía que en este mundo cabemos todos? ¿O quizá te referías a que ca­bemos más dándonos la espalda que los unos junto a los otros.?
DON LUCIO.- ¿Te gusta la televisión?
AIT AHMED.- Yo hablo de respeto, de vivir y dejar vi­vir. ¡Dejar vivir, Marta! ¡También a él!
DON LUCIO.- Y eso que no funciona el sonido...
MARTA.- ¿Para quién no hay sitio en este mundo, Ait? ¿A quién no le hacemos un hueco? ¿Quién no nos hace hue­co a nosotros? Estamos hablando de lo mismo: el interés de cada cual y nada más. Si afecta a las grandes cuestiones ha­cemos de ello una bandera: el racismo, la igualdad, el respe­to; y si se trata de un pobre infeliz, nos encogemos de hom­bros y decimos que así es la vida, y por respeto, por no me­ternos en su vida, le dejamos morir de asco; con todo respe­to. Pero es lo mismo en los dos casos: desdén, egolatría, co­dicia... Codazos, Ait, codazos; algunos de ellos, mortales.
DON LUCIO.- Si al menos viniera alguna vez el técni­co del televisor y arreglara el sonido...
MARTA.- Nuestro propio interés es el único tabique que separa el derecho a exigir del derecho a ignorar, y el au­téntico respeto, de la insolidaridad, del desprecio, del egoís­mo, del “no es mi problema”, “la vida es así”, “el mundo es muy cruel”. Todos hemos dicho esas frases cada vez que he­mos querido decir “¡y a mí qué me importa!”. Para ti, el viejo Lucio es “tan mosca que pasa volando”, como lo eres tú para un "cabeza rapada". Si las cosas siguen como van, los dos moriréis aplastados, igual que simples moscas. Des­de luego, tú haces lo que puedes por aplastarle a él.
AIT AHMED.- ¡Marta!
DON LUCIO.- ¡Oye, gato!
MARTA.- ¿Sabes por qué crees que es más grande tu causa que la suya? Porque es tu causa, la tuya. Pero tu cau­sa, la nuestra, no empieza ni termina en ese pobre hombre, no nos engañemos. Lucio buscó refugiarse en mí de su fra­caso como tú me buscas para refugiarte del tuyo. Y ¿dónde me refugio yo, eh? ¿dónde? ¡Qué solos estamos todos!
DON LUCIO.- ¿No oyes algo?
AIT AHMED.- ¿Qué quieres decir con eso, Marta?
DON LUCIO.- ¡Es el televisor! ¡Se oye!
MARTA.- Nada, nada... 0 sí, sí quiero decir algo. Quiero decir que no usemos el pretexto de ningún pobre ve­cino loco para esconder lo que nos pasa. ¿Y Orán, Ait? No vivía ningún loco encima de nuestra casa de Orán, y sin em­bargo tuvimos que dejarlo.
DON LUCIO.- ¡Bajito, pero se oye! Ha dicho ella: “Y sin embargo tuvimos que dejarlo”.
AIT AHMED.- Es muy duro lo que dices, Marta.
DON LUCIO.- ¿Tú lo has oído, gato? (Gato don Pablito afirma.)
MARTA.- Lo sé. Pero es así como lo pienso, y me quema las entrañas pensarlo y no decírtelo.
AIT AHMED.- Yo te amo.
DON LUCIO.- ¡“Yo te amo”, le ha dicho él a ella!
MARTA.- Yo también.
DON LUCIO.- “¡Yo también!”
AIT AHMED.- Marta, Marta... (La abraza.) No puedo vivir sin ti.
DON LUCIO.- ¡Cuánto se quieren! ¿verdad?
MAR~TA.- Oh, Dios mío.
AIT AHMED.- Te necesito. (La besa largamente.)
DON LUCIO.- Mamá, será mejor que te lleve a acostar (recoge la manta cuidadosamente); mañana tienes que ma­drugar, que hay mucho que hacer en la casa. Tiene una de polvo la casa... ¿verdad, gato? (y la arroja, como siempre, al pasillo.)
MARTA.- ¿Quieres una cerveza? Verás cómo te gusta; es nueva y muy suave.
AIT AHMED.- Bueno.
DON LUCIO.- ¡Bah! ¡Anuncios! Con lo interesan­te que se estaba poniendo ahora, ¿verdad? ¡Mira, ya vuelve!
MARTA.- (Tras darle la cerveza.) Ait...
AIT AHMED.- Marta, por favor...
MARTA.- No sirve de nada callar, Ait.
AIT AHMED.- A veces, sí.
MARTA.- No, no... (Se sienta a su lado.)
AIT AHMED.- Por favor. (Vuelve a abrazarla y a be­sarla.)
DON LUCIO.- ¡Gato! Esto es asunto de hombres, ¿eh? (Silencio. Suena una sirena. De pronto ido.) No. No. No. No. ¡No! ¡Otra vez, no! ¡Otra vez, no! (Gato don Pablito co­rre asustado y se acurruca en un rincón. Don Lucio derriba el televisor de un manotazo.) ¡Otra vez, no!


El golpe del televisor contra el suelo inquieta a Marta, quien se detiene y se aparta de su marido. Pero Ait Ahmed vuelve a besarla y apaga la luz.


DON LUCIO.- (Sereno de pronto.) Ya está, gato. ya es­tá. No te asustes. No ocurre nada, no ocurre nada; tranqui­lo. Ven. (Gato don Pablito desconfía.) Ven, que quiero en­señarte algo. Quiero hacerte un regalo. Ven, mi gatito. Ésta guerra también es la tuya; ¿recuerdas que te lo dije? (Gato don Pablito asiente. Don Lucio aparta la red metálica de la ventana.) Que lo disfrutes. Adelante; es todo tuyo.


Gato don Pablito se descuelga por la ventana y empieza a bajar. El canarito César se pone a temblar, intenta avisar a sus amos cantando, pero la voz no le responde; golpea la puerta de cristal, pero los amos no le oyen. Gato don Pablito se yergue sobre sus patas traseras. El canarito César se resigna; mira fijamente a su verdugo. Gato don Pablito se le acerca lentamente y extrae del bolsillo derecho una na­vaja, que abre.


Apenas les separa un centímetro, Gato don Pablito descarga un navajazo en el costado del canarito César; al mis­mo tiempo, se oye un jadeo erótico de la pareja. Suena una sirena en la distancia. Gato don Pablito asesta un segundo navajazo al canarito César, de nuevo coincidiendo con el jadeo de los dos amantes. A partir de ese momento, Gato don Pablito clava una y otra vez su navaja al compás del apareamiento. Al fin, se confunde el grito del orgasmo con el de la muerte del canarito César. Silencio. Suena un grifo que chorrea. El canarito César se desploma.