La vara de avellano, de Jesús Delgado Valhondo.



EL TONTO DEL POZO


Se ha caído en el pozo.
Iba a coger pájaros de luz
y su mano encontró la sombra
que tiró de su sangre.
Y ahí está, en el pozo,
por los siglos de los siglos del agua.
Las golondrinas lo llevan en la garganta
y hacen con él gárgaras de lirios.
El culantrillo le crece por la piel
y la humedad le mantiene
sin raíces.


Hoy ha cogido un gorrión por las patas
y ríe a reventar.
Igual que cuando el cubo se sale
y el agua le da en la cara
arrugada como una carta que se tira
al fondo del tiempo.







DE ESTA CALLE NUNCA JAMÁS SALDRÉ


De esta calle nunca jamás saldré,
larga como una muerte en el camino,
sin raíz y sin cielo que sostenga
nuestra manera de entender la vida.
No conocemos nada. Nadie escucha
y es inútil quemar la voz gritando
desesperadamente en el vacío.
Calle de la nada. Larga calle.
Oscuro y silencioso pasa el hombre
todos los días por el mismo sitio
de siempre.







TARDE DE DOMINGO


"Así murió aquella tarde solo
y quejándose al sol".
José María Gabriel y Galán


Puede ser que tú seas
en los ratos perdidos
esta tristeza absurda
de tarde de domingo.
Una pasión cualquiera
que no tiene sentido,
un recuerdo de música
entre ramas de olvidos.


Puede ser que te piense
sin encontrar camino
en este día hermoso
por el amor vencido.
¿Quién quedará en nosotros
si cobardes huimos?
¿Quién quedará esta tarde
en lo desconocido?


Pregunto: ¿qué será
lo que llaman destino?
Deben de ser los sueños
colgados en racimos.


Mañana el vino espléndido,
Dios de pan y de vino,
comer, beber las horas
de lo nunca acaecido.


En la cima se mudan
los pájaros de nido
en esta tarde tibia
de orillas y de abismos.


¿Quién quedará en nosotros
si nosotros dormimos?
¿Quién quedará detrás
de lo que ayer hicimos?


Va escondiéndose el tiempo
en la esquina del frío,
cansado como un hombre
que ha segado su trigo.


Suenan cerca campanas
de platas en el quicio
de la puerta del alma,
en un cielo escondido
donde sangran vencejos
grises nubes de gritos.
La calle queda sola
como un cerrado libro
y yo amueblo mi vida
con la vieja tristeza
de tarde de domingo.







TIRAR DE LA MANTA


I


Voy a tirar de la manta
para ver lo que debajo vive.
Hay que deshacer entuertos
para que reine la hermosa vergüenza
del cansancio.
Lo hondo quedará en la cima
cara sin piel
-cartel de anatomía-,
como una mano de sangre
o sabe Dios si como un ala
que de pronto va a volar.


Luego lo contaré. Será gracioso.
Será la fábula del mar en la trompeta.
Será romance de plaza con señoras.
Preocupación del árbol en la orilla.
Asombro de uno mismo.


Pero hasta mañana, si Dios quiere,
no tiraré de esta manta
que tanto tapa.


II


Llegó mañana.
(Será mejor callarme.)


Pasa una mujer dejando olor a fresas y a manzanas.
Un niño está llorando en un payaso.
Agoniza un anciano en el oído
que tengo en el bolsillo.
Me sorprende una voz.
(Era la mía.)
Me noto un poco extraño.
Un tanto raro.
Un pobre hombre de "buenos días, amigo",
de "usted lo pase bien don Ildefonso".




EL MUNDO-GENTE
A José María Rodríguez Méndez


I


Nadie se olvida ya.
Ninguno olvida su pasado.
Una muralla de palabras
ahoga tiempo y mata espacio.


Todos saben perfectamente
que dos y dos siempre son cuatro,
que lo ocurrido no se borra
y que será cantado
hecho romance en plena plaza,
ante toros descuartizados,
venga del lado que viniere,
voz y puntero señalando,
en un cartel de moscas tinto
y con tierra barro de llanto.


Nadie se olvida nunca,
es pena de hombre desalado.
Va por dentro la procesión,
las velas encendidas, Cristo recién matado.


II


No olvida el pueblo judío.
Ni tampoco los negros ni los blancos.
Ni el rojo ni el católico.
Ni los americanos.
Nadie se olvida y pasan
años, más años y más años.


Es terrible justicia bíblica:
ojo por ojo, pie por mano
y diente por simiente
y en venta Juan el Santo.


Que las aguas pasadas
van a un lugar de espanto.
Van al mar a amargarse.
A dar más sed a labios.


III


La historia de la Humanidad,
abierta llaga de paisajes:
sin montañas, sin ríos,
sin llanuras, sin cables,
sin caminos, sin cielo abierto,
sin árboles.
Sólo la sola flor
de la calle,
como una hoja caída
de una ciudad inhabitable.


¿Qué dirán si nos miran
las hormigas, las zorras, los caimanes,
el fuego, el viento, el mar
o aquello que aplastaste?
¿O seres invisibles
que cavan en la vida instantes tras instantes
o el ángel de la guarda
para que Dios nos guarde?


Quejas y gritos por el suelo,
bajos fondos, altos desastres.
Todo tan a mano que dudas
dónde está el mundo que pensaste.


Preguntamos: ¿dónde está el hombre
entero, vero y responsable?
Ninguno quiere saber nada
y no contesta nadie.


Si nos contemplan otros mundos
daremos risas. Aunque
también dirán: "pobres seres que abrazan,
aman, matan y tienen llaves".
Tener llaves es un castigo:
el castigo de tener llaves.


Seguro que dirán: Mejor será que olviden
que son imagen
de Dios. Mejor es olvidarse.


Y al mundo-gente se le olvida.
¡Pero nunca jamás lo que le hacen!







MI HERMANO JUAN


Mi madre, mis hermanos.
Ya sólo Juan. Mi casa ...


Ya no está Juan allí, donde quería
verle y hablarle de cualquiera cosa.
Es un caído sol de mediodía
que en mi costado como cruz reposa.


¿Quién si no estás? Ya Cáceres vacío.
Por no encontrarte a ti a nadie encuentro.
Sólo una tumba en mí, hermano mío,
y aquella vieja casa y nadie dentro.


Pasando un tiempo antiguo por nosotros
como el agua que vuelve al mismo río,
como ese espejo de escaleras roto
o madrugada de cadáver frío.


Callas y piensas: lento es un poema,
de Machado, con versos del camino.
Lento es tu paso que de amor se quema
hecho montaña con dolor de trino.


¿Quién a mi sangre llega y me requiere?
¿Qué mano está en la mía cuando escribo
en el recuerdo donde vuelvo a verte?
¿Qué espacio encarcelado donde vivo?


¿Recuerdas la oropéndola del pino
desde el fondo sombrío de aquel huerto?
Sé que recuerdas todo. Que el destino
es un vivir en otros cuando muerto.


El tiempo es sólo golpes de paciencias,
ayer es hoy, tu tiempo con el mío
se juntan como ramos de palabras
y hablo contigo por hablar conmigo.


O estamos en silencio, ¡cuánto dice!
Nosotros que supimos entenderlo
cuántas cosas nos dijo, cuántas cosas
supimos de nosotros en silencio.


Ya sé que tú me esperas, como siempre;
el tiempo va, Dios mío, tan de prisa
que buscando la vida de tu muerte
hoy me encuentro la muerte de mi vida.




Selección de Antonio Salguero Carvajal.