El año cero, de Jesús Delgado Valhondo.
AIRE
A Arsenio Gállego
Ser aire, molino, aire
para que muelas mis manos
y hagas el pan de mi sangre,
como los besos, molino,
del corazón a la tarde.
Para la nube, ser aire,
para esa nube que pasa,
para ese seno sin nadie,
para que me beba justo
la respiración del ángel.
Para el tacto de tu baile,
para limpiar a la luna,
para pegarme en jarales,
para verterme por todo
el poema del paisaje.
Ser el poema, molino,
que entrega a tus aspas aire.

LA VENTA
I
Árbol, colina, canción ...
El campo da a luz las ventas
con el calor de las siestas
cuando se seca el dolor.
¡La ventera es la mejor!
Húmeda de olor a cienos,
flores de trapo los senos,
pasea su condición.
II
Se van deshojando eras
y sólo queda el color ...
y sólo queda el olor
a bestia de la ventera.
III
Todos somos carreteros
lamidos por los caminos,
labradores, campesinos,
hombres ceros.

PEREGRINO
A Manuel Monterrey
Por el ancho camino de mi tacto
confusamente ciego
voy palpando penumbras y tinieblas
en la memoria -para mi tormento-
que me queda de ti viva, segura
y muda en el cerebro.
Peregrino de mí por esta vida.
Que peregrino, Dios, cuando esté muerto,
sólo de Ti seré, que hacia Ti voy
en zumo de misterio.
(¡Y me dices, amigo, que yo soy
amante del silencio!)
Peregrino, sí, por el camino ancho
de éste mi paisaje arenoso y seco,
por donde incierto voy todos los días
robándome secretos.
Peregrino por este andar ansioso
de ir más allá, donde comienzo
y la carne tiene sabor a barro
y la sangre a recuerdos.
Ir andando del corazón al alma ...
(Y me da pena y vuelvo.)
-(Esta carne me pesa todavía)-
Ir andando por donde lamo sueño,
por la congoja sola
que me busco en peregrino dentro.

NOCHE
A Antonio Zoido
La roca muerta crece en voz para la noche
y un cuerpo de gigante se lo sueña la forma.
Con las olas del viento sus cabellos se sueltan
en arenas playeras sin sentido de espacio.
Las encinas abrazan las lechuzas venidas,
ansia larga en la espera, como siglo estirado.
Los trigales vigilan el momento presente
para labios impuros.
Verdad la luna llena con música de sapos
robada entre los juncos de la orilla del día.
Amanecen los cuerpos bautizados de noche
por el ala del ángel ganada en el abismo.
En esquinas de cuatros, por sombras proyectadas,
en la piel de la tierra, cicatriz de la nube,
las inmóviles aves de actitud perezosa
se lamentan agudas.
He confundido el cuerpo con la tiniebla virgen,
con la carta secreta sobre el seno del mundo,
las manos en profundas cosas que se apagaron,
al mirarlas en duda, soñando lo infinito.
Expectación secreta de la noche en el campo,
sonidos que persiguen simientes de sonidos:
los sombríos sigilos de la espera en la rama
y sombríos sigilos para ver el infierno.
Los temores se nutren de mi carne naciente,
siendo verdad la luna sobre el paisaje mío.
La inmensidad me extiende la sangre dolorosa
y de pronto me encuentro por la tierra vertido.
¡SEÑOR!
¡¡SEÑOR!!
A Manuel Terrón-Albarrán
I
En el cielo, Señor, tan alto cielo,
tan alto corazón, tan puras aguas
para esta sed de Ti que me amanece,
para este día en que supura el alba.
¡Mi vida!, desterrada de la vida,
es un cristal herido por el hacha,
de soles se ilumina, falsos soles
que ciegan, sin querer, mis esperanzas.
A tu nombre mis ojos y mis brazos
en oración, Dios mío, se levantan,
que quisiera tocarte como el árbol
te toca en primavera con las ramas.
II
Escucharte de azul amanecido
por esta lejanía solitaria,
que caminos se cortan y aparecen,
aunque lejos, detrás de las montañas.
Escucharte, Señor, dentro, en mi sueño,
tu voz sobre mi voz en lluvia plácida,
beberte el aire, tan querido y dulce,
jugo amoroso en flor, de tus palabras.
Te veo cada día, cada noche,
en todos los instantes, pues me labras.
Pero, Señor, si intento yo cogerte,
eres la luz que de mi mano escapa.
Crece en mi sed el ansia por quererte
y la lengua se me hace pura llama.
Esta pasión por Ti, que a Ti me lleva,
es cofre abierto de palomas blancas.
Si -viento- intento olerte
como perfume por el cielo pasas.
Y yo me quedo en mis instintos solo
temblando y loco, bajo costra amarga.

A Mahizflor
Mérida, ¿dónde has ido
que no te siento?
Contrarias nuestras vidas
se nos están perdiendo.
(Duerme la estatua, frío,
sobre su tiempo;
arco de puente y río,
dolor de sueño).
Tú te mueres de joven
y yo de viejo.
Mérida, yo te piso
y tú ¡qué lejos!
Selección de Antonio Salguero Carvajal.