Cazador
de Lunas, de Javier Pérez
Wallias.
A VECES NOS LLEGA EL TEMBLOR
De pronto se abre la ausencia
y llega
como nos llega el temblor.
Entre estas piedras en soledad
duermen las caricias
que proporciona el vacío
la certeza y la lluvia de los años
que nos moja al alba
finísima,
entre nostalgias y recuerdos.
Sentado, solo y en el principio,
con las primeras horas de la mañana,
como quien espera la redención por unos ojos,
por todos los ojos de las estrellas
o por los ojos de un pájaro
o por los ojos que miran
la espuma próxima
a los ojos.
De pronto se abre la ausencia
y llega el silencio
como nos llega el temblor
ante la muerte.
En mi cuerpo una brizna de musgo,
tal vez,
en mi voz.

LAS ORILLAS de los ríos encierran un misterio.
El misterio
de cuántos atardeceres iluminados por la luna.
Mas la luna menguante de tus años
ya duerme tranquila,
arrullada por la corriente sonora de las aguas,
en el fondo
del pilón.
Mira,
mira callado el silencio frío
de esta sierra.

FRAGMENTO ÍNTIMO 1
Y es que estas soledades
de callejas conocidas
hacen resucitar
-siempre que regreso-
el amor con que la luna se detiene
sobre las baldosas de barro
y leve alumbra
los portalones antiguos

FRAGMENTO ÍNTIMO 2
Amable es la sombra
de estos árboles, que en volandas se agitan,
a la vera
del camino más triste.
A la vera y tras los ojos
del nuevo puente
que sobre remolinos y cantos
plenos de aire
respiran.

ÚLTIMOS DÍAS DE INVIERNO
Son los últimos días del invierno,
desapacibles.
La luz ilumina dolorosamente,
sin fuerza
las ventanas, el corazón,
las alfombras.
Y apenas ha caído lluvia en tus ojos
y en tu pelo
durante las últimas noches.
Y con tan poca cantidad de agua
recogida en el último otoño
y con tanta ausencia de luna
en los labios
quizás no sea fácil -¿tú qué crees?-
que lleguen a tiempo las próximas caricias.

CÔTE SAUVAGE
(Sobre las rocas de Quiberon, agosto de 1994)
Ahora vuelvo
la más limpia de las miradas
cordialmente hacia las cosas
y me doy cuenta
de que no estoy dispuesto aún
para mirarlas con todo el sosiego,
con toda la mansedumbre,
y con toda la distancia,
a pesar de los años ya vividos.
Así es como contempla la luna
de esta otra bahía
las retorcidas
copas
de los pinos
y el ir
y venir
brusco
del oleaje.

AIRE SOBRE SOMBRAS
(Paseando por Oporto, diciembre de 1993)
Entre la bendición,
entre el bullicio
del amanecer,
el difuminado del puente
y sobre el puente el aire
y bajo el puente las aguas.
Entre las aguas y los nubarrones
las hermosas sombras de hierro
sobre el vacío
infinitas de sol,
invierno en la lejanía puras,
casi marinas,
perfectas de luz.
Es la mirada,
entre la bendición,
entre el silencio,
la que concilia tanta
y tanta fuerza en la rosa,
rosa gris de los ojos del puente.

POR EL BARRIO ALTO
(De vuelta en Lisboa, diciembre de 1992)
Las calles son empinadas y antiguas
en el barrio alto.
Los eléctricos como luciérnagas ascienden
y descienden
de manera pausada,
sin acaloramientos,
y se miran unas a las otras al cruzarse,
una vez y en lo alto de la colina.
Y miran
no sin cierta tristeza
el difuminado del puente
y el estuario en lontananza.
Todo hace pensar que estas calles
han quebrado,
como las piedras
el centro blanco
de otro río,
el curso melódico del tiempo
por siempre.

BAHÍA SUR
Ahora vuelvo
la más limpia de las miradas
cordialmente hacia las cosas
y me doy cuenta
de que no estoy dispuesto aún
para mirarlas con todo el sosiego,
con toda la mansedumbre,
y con toda la distancia
a pesar de los años ya vividos.
Así es como contempla la luna
de la próxima bahía
las verdes hojas de la higuera
y el ir
y venir
pausado
del oleaje.
GRANDIOSA LENTITUD
Así avancen
las caravanas de hombres
con ritmo lento,
con ritmo cansino y lento,
con grandiosa lentitud
sobre las arenas.

Y AL FIN TODO ES TRÁNSITO
Pero irá la muerte contigo
y conmigo,
cazador de ilusiones poéticas,
hasta el amor, hasta la felicidad,
hasta el desgarro, porque al fin
todo es tránsito,
caminos
en un océano sin fondo.

DESDE LOS HAYEDOS DE BÉRTIZ
(elegía)
Fuiste
árbol
en tu tronco y en tus hojas
para que yo escuchara,
en pausado silencio,
todas las sombras del Señorío de Bértiz.
La niebla purifica aquí el alma
y el limón de los hayedos
otorga, en esencia, claros de luz
al que camina.
Humedeciste mis manos y mi espíritu
en el círculo frágil,
en el reflejo que pasa
de estas aguas bajando
como trazos de muerte
por entre el silbar
agudo y triste
de las cumbres.
Fuiste
árbol
en tu tronco y en tus hojas
para asirme, en un leve soplo,
a todas las sombras, a todas las tinieblas,
tinieblas o sombras
enmarañadas de Bértiz.
Déjame aquí, sereno, en descanso,
oyendo la caracola vacía
que me dejó tu silencio
y la claridad del bosque.