El Cariño Al Hipopótamo, de Eugenio Frutos.

 

Pescadores de toda clase arrojan redes y anzuelos por pescar las características de nuestra época. Como si no estuviéramos muy seguros de ser nosotros, buscamos nuestras peculiaridades.


Mi aportación es ésta. He pescado incongruentemente un mamífero, que ni siquiera es ballena, cachalote o delfín, lo que pienso sería considerado por lo menos como disculpa. Nuestra época me ha resultado hipopotámica.


El hipopótamo me presenta un ser humorístico, desproporcionado y absurdo. Lo 1º y lo último tal vez como consecuencia de lo intermedio. En suma, una persona simpatiquísima. Los hipopótamos adultos, con aire de hombre maduros y bien conservados que van de juerga. Los hipopótamos niños, disformes como jugadores de rugby enjaezados para un match.

Pero esto podría ser solamente una preferencia personal. Y juzgo que no es así.

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La arquitectura es una de las pocas artes que guardan un valor altamente cotizable. Y la arquitectura de hoy es hipopotámica: grandes planos desnudos de los alemanes, cubos superpuestos y cuadriculados de los rascacielos yanquis. Geometría, pero geometría disforme. Igual que el cuerpo del hipopótamo.

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Problema gráfico probatorio: Trácese una elipse de focos poco separados o un óvalo. A su Oeste, un poco subido hacia el Noroeste, un óvalo de nueva especia, cuya circunferencia central sea la menos de las tres: así resultarán cóncavas las curvas de las partes medias, superior e inferior. Bajo el óvalo grande, cuatro rectangulitos en pie. Y después una decoración sobria: el rabito y las orejitas: las ventanas de la nariz; unos ojos casi borrados por horror a lo llamativo. Solución al problema: un hipopótamo. Véase si no la figura que acompaña.

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Nadie negará que este resultado es geométricamente desproporcionado, en absoluto. Desproporción entre cuerpo, cabeza, patas y decoración. Desde luego que el contraste entre la seriedad total de las grandes masas y los pequeños y graciosos elementos decorativos es humorístico. Las orejas y el rabo tienen una gracia infantilmente traviesa. ¿Y no resulta absurdo que floten estos animales? Hay que suponerles un interior de Montgolfier.

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Los planos lisos, las masas enormes, los rascacielos paralelepipédicos son geométricos y desproporcionados. Sobrios de ornamentación en su exterior. Por dentro el hipopótamo guarda su rica ornamentación de organismo, incluso con su ramo de arterias; y los rascacielos llevan un fino decorado de aluminio y cristal. Da gusto figurarse el interior de un muro hipopotámico tatuado delicadamente de japonesitas, ligeras porcelanas y flores de loto laqueadas al color del crepúsculo; otra vez contraste y desproporción, fuente de humorismo.

Contraste y desproporción es el leit-motiv de las películas cómicas yanquis. Cosquilleo inmediato de la risa, no indirecto como el provocado por el equívoco moral del vodevil francés o por la rareza de tipos y asunto -el absurdo- en las películas cómicas alemanas. Incluso, en películas dramáticas la pincelada de gracia es como el breve dibujo de las orejitas en la cabeza enorme: recuérdese la cabeza de goma que le pone Jorge O'Brien a la estatuilla del taller del fotógrafo, en "Amanecer".

Planos, masas y paralelepípedos figuran hipopótamos inmóviles, en diversa postura. La más original y característicamente paquidérmica es la de los paralelepípedos, que son hipopótamos en pie allí en América sobre el gran hipopótamo madre: el Manhattan que se baña en el Hudson. Al pronto, por esta postura, podrían tenerse por osos equivocadamente, con menosprecio de su dignidad. Un poco de fijeza basta para identificarlos. Además los osos bailan enseguida que cualquier húngaro toca un pandero. Y los rascacielos se mantienen majestuosamente inmóviles. Acaso un día se decidan a bailar, si a los diablos profundos se les ocurre tocar el pandero de la Tierra, en ritmo de terremoto.

¿Verán con sus larvas de ojos el cielo y los aeroplanos libres?

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La geometría desproporcionada de tal arquitectura la diferencia de todos los demás estilos geométricos. En esto, es antípoda de la geometría constructiva de los griegos, a base de círculo, rectángulo, triángulo. Otros estilos geométricos también desproporcionados, como el herreriano español, decansan en la geometría plana -rectángulos y cuadrados-, mientras aquí se conquista y aprisiona el espacio. Otras construcciones paquidérmicas hay: la pagoda y la pirámide. Pero siguen más la línea elefantíaca que la hipopotámica. De todos los estilos conocidos, el único que recuerda al hipopótamo es el románico. Porque, en el gótico, la línea se curva y alarga en contornos de caballo árabe, que a veces se exagera hasta el perfil de la jirafa. Pero el románico presenta un exterior desnudo, compacto y ovalado como el de estos caballos de agua. Acaso así queda explicada la simpatía actual por el románico. Pero, para nuestra época, la verdadera impresión hipopotámica -grandeza desmedida, absurdidez, humor, proporción terráquea- no nos la da el hipopótamo aislado, como se nos muestra en el templo románico, sino la manada, que una ciudad de rascacielos congrega. (Así lo han visto también los realizadores de "Cuatro plumas".) Por lo demás el románico une a sus características de masas y contorno, las otras necesarias para definir este estilo: desnudez en el exterior y decorado fino y humorístico en el interior, como los capiteles y en los claustros. Asoma la gracia (y también la sátira, llevada incluso hasta la exageración) en los asuntos del decorado, dando la mano al absurdo, como en el burro predicador y en las fantasías, parejas del erasmismo literario, que constituyen un erasmismo pictórico posterior al de aquellas esculturas, tal como se nos revela en los flamencos primitivos. Humor más sátira: agudeza de intención.

Pero es de hoy la visión de la manada de hipopótamos, en toda su sugestión; y la visión de su teoría, a lo largo de los ríos, engarzados por el cordón azul del agua, como cuentas de un rosario que van rezando las selvas y cuelga de los pechos de los continentes sobre el mar. En el mar se hunden los relicarios terminales, que a veces son cruces simbólicas de una religión desconocida, como los deltas del Nilo: flores siempre abiertas deshojándose sobre las aguas.

Así ha nacido una nueva geometría artística, que juega las figuras del espacio, ornamentadas de líneas ovoelipsoidales y hasta más atrevidamente parabólicas.

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No está de más hacer constar que el humor del hipopótamo no es melancólico, sino por el contrario lleno de alegría vital: un buen humor. Su risa es una risa de globo terráqueo. Piénsese cuánto le semejaría la tierra si abriese su boca por el Ecuador -o mejor, por el Trópico de Capricornio. Pero la Tierra es la persona más seria que he conocido. Y eso que la Luna, con su antifaz de quita y pon, y el Sol, prestidigitando en los crepúsculos, pretenden con ahínco el hacerla reír. Pero, nada. Cabe sospechar que en su niñez fuera menos hosca. Acaso un simple sonrisa suya costó entonces la desaparición de la Atlántida y la del agua del Sáhara.

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No sé si mi simpatía al hipopótamo me ha llevado a leer el "Descubrimiento de las fuentes del Nilo", el diario de Speke, o si, a la inversa, de tal lectura ha manado el estudio presente. En todo caso, no ha habido conciencia en el surgimiento.

Y es que múltiples formas de la vida moderna traen el recuerdo del mamífero jovial.

Su actitud y su mirada perezosas, el ocio contemplativo, en un medio exuberante, predisponen a la jovialidad. Y sobre todo su forma tan cómoda de comer.

En esto no es único. La ballena, por ejemplo, le hace la competencia. Abren las enormes bocas y allí, en los innumerables registros del amplio vestíbulo se pierden los pequeños animalitos, que ni siquiera se sabían en su interior. Toda la morralla anónima.

Enormes fuentes servidas de pescado sin pescar, estas bocas en bostezo de hambre. Da gusto cerrar los ojos y sentir posarse el alimento -alegre y descuidado- entre las abundantes molduras, útiles y no simplemente decorativas. Esta confianza debe servir admirablemente de digestónico.

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También las ciudades de hoy abren enormes bocas ávidas, al descuido, y como sin dar importancia a su apetito de oro. Son lugares importantísimos estos para nuestra vida presente, los vestíbulos de los Bancos y las Bolsas. Por ellos pasa la corriente de esa vida. La enorme boca del vestíbulo con sus encías -alabeadas o lisas- de cristal está parada en aquel mismo sitio siempre quieta y alimentándose gozosamente. En los vericuetos de los rincones, en los bajos engañosos de las ventanillas se pierden los hombres, al descuido y con júbilo. Repliegues y capas y capas de cristal y níquel: dentadura suave y firme; limpia, para estar siempre en el escaparate público encuadrada en su caja-joyero.

Impavidez perezosa y proporciones hipopotámicas, ironía jovial, conciencia deliciosa de estar allí, enormemente quieto y activo, al tiempo, en su nutrición.

Bandeja tendida al agua generosa y rica.

Las bocas colosales brindan pasaje para la eternidad, o para lo futuro, en sus barcas con tapa. Panda la barca, la tapa enorme como de caja de caudales: la tapa igual a toda la cabeza del hipopótamo menos el maxilar inferior, o a todos los pisos de los rascacielos, menos el bajo; en el entresuelo se abre la boca.

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Y también la boca del hipopótamo, reloj con tapa. Pero esencialmente diferente de cualquier otro reloj. En ella, las horas -innumerables- se reparten en la esfera de la dentadura, que no es una esfera circular.

¡Qué idea tan falsa del tiempo -continuo y sin retorno- da esta reducción mensurable suya en un espacio cerrado y siempre repetido! Limitación y clausura del círculo.

La esfera de la dentadura gigantesca, inacabable, no es circular, sino parabólica: imagen perfecta del tiempo continuo; infinito y sin retorno, pero curvo.