El Romántico Del Siglo XX, de Eugenio Frutos.
ESPRONCEDA RESUCITA Y VUELVE A ESCRIBIR, EN FORMA NUEVA Y CON
NOTAS, SU "HIMNO AL SOL", QUE AHORA SE TITULA:
A ELEGIR:
"UN SALUDO AFECTUOSO AL SOL"
"UNA INTERVIÚ CON EL SOL"
"UNAS PALABRAS CON EL SOL"
-¡Hola, míster Sol! ¿Cómo está V.?
Míster Sol, ¿podría hacerme el favor de detenerse un momento
y escucharme dos palabras?
- Ante V. Me siento un poco confundido y torpe y me detengo con admiración
. Sólo así me atrevo a hablarle.
Yo no sé por qué, pero es lo cierto que dentro de mí siento
como una llama, como otro sol. Algo ardiente. Puede que fiebre. A esto le llamamos,
aquí en la Tierra, fantasía. Es bastante entretenida, por lo general.
Pero ahora la ha tomado con V., desde luego con el mejor deseo, porque le admira.
Siente algo así como un ansia, como un arrebato por V. Debe ser histerismo.
Discúlpela. Pero el hecho es que con este motivo a mí me da la
gran lata. Siempre diciéndome: "¡Llévame al Sol! ¡Llévame
al Sol!" Esta chica es demasiado intrépida. Porque, claro, en cuanto
se acerque a V. se va a quemar. Por lo menos las alas. Y toda, si no se vuelve
a tiempo.
- Me parece que con esta tormenta no me oye V. nada . Desearía que mi
voz fuese muy alta. Mucho más que estos truenos tan molestos y que arman
tanto ruido. Puede que así me oyera V. y se parara .
- Si todo este fuego que me anda por dentro, me saliera por los sentidos, entonces
podría mirar al rayo cara a cara y decirle de tú . Y podría
mirarle a V. también. A V. con su cara recién sidolada , aunque
esto sería un atrevimiento, bien lo comprendo. Pero no una estupidez,
porque ya no me dañaría su brillo. Si me salieran llamas por los
ojos, se comprende que tendiesen mis ojos a V.: espíritu de clase. Pero
el que esto suceda o no le importará poco, ¿verdad? En cambio
a mí me importa que no suceda, porque con esas llamas estaría
muy feo .
- Siempre me agradó V. mucho, mi buen cara de cobre . Cuando yo era niño
bueno, no sé si contarlo, porque naturalmente- ¡es tan pueril!
Pero, en fin, lo contaré. V. sabrá disculparme. Cuando era niño
quería seguirle por el cielo, sobre todo cuando, después de llover
tendían el cielo a secar . Entonces me quedaba extasiado . Me pasaba
con V. las horas muertas.
- Podría hablarle ahora, además, del paseo que se da V. todos
los días de Oriente a Occidente, tan engalanado y bien dorado. De cómo
se sube V. a lo alto, al centro de lo más alto, y se deja caer como un
chico travieso . Me será fácil contraponer su duración,
de buena pieza metálica, al desgaste del tiempo, blando y mal hecho.
Le preguntaría salvando mi indiscreción- si seguirá
V. siempre así. No dejaría de exponerle mi recelo de que sea V.
mortal. No eterno y sin semejante, sino una pequeña parte de algo muchísimo
más grande. Puede que tal sospecha me acarrease su enojo. No me importaría
mucho, porque así quedaba confirmada su mezquindad . Luego, supuesta
verdad mi sospecha, le daría consejos, extralimitándome, sin duda,
en mi humilde papel . Le aconsejaría, quizás, que se preparase
V. a bien morir o que, por si acaso, la gozara y se divirtiese todo lo posible.
Este último consejo parece responder más propiamente a mi carácter.
- Le diría todo esto y más, adornándolo con muchas flores
y adjetivos laudatorios para V. y para mí. Pero, aparte de que sería
muy largo y aburrido, no debo hacerlo. Porque bien comprendo que es imperdonable
detener tanto tiempo a un personaje para nada.