Óbitos súbitos, de Elías Moro.
ÁNGELUS
A él le gustaba actuar de noche y hasta ahora había
tenido suerte, con que lo soluciones hoy me doy por contento, decía siempre
El Viejo. O sea, que hasta cierto punto era feliz con su trabajo
y sin embargo hoy la orden era categórica.
-Tiene que ser
a mediodía, órdenes del patrón, chico, dijo Gigi
al tiempo que le daba la espalda para evitar cualquier posibilidad de
protesta y encendía uno de esos puros tan repugnantes que
acostumbraba a fumar.
Cuando se quedó
solo empezó a sudar. No podía evitarlo. Si lo
apremiaban se ponía nervioso, y si se ponía nervioso
comenzaba a sudar. Se enjugó con el pañuelo, tomó
el sombrero, lo sacudió un par de veces con el dorso de la
mano para quitarle un poco de polvo imaginario y salió
lentamente por la misma puerta que el otro.
A pesar de ser
noviembre, el día era bastante bueno, hacía una
temperatura excelente y el tráfico no parecía ser
excesivo ni agobiante como de costumbre, de modo que decidió
ir caminando. Tenía tiempo de sobra y además no le
apetecía conducir. No obstante, al pasar junto a su auto le
propinó una patadita cariñosa al paragolpes, quitó
tres o cuatro hojas secas del capó y le dedicó una
mirada más larga y tierna que de costumbre. Probablemente, ese
viejo Ford modelo Capri era el único amor que había
tenido, pero mientras pensaba esto se le vino a la mente que no, que
cuando tenía unos dieciocho hubo una pibita que lo trajo loco,
cómo estaba la nena, Dios mío, con aquellos labios
carnosos y sensuales, senos pequeños y firmes y aquel par de
muslos... El bocinazo lo sacó ipso facto de los muslos
antiguos y le subió el pulso a cien, así que se internó
por el parque para evitar nuevos sobresaltos. Miró el reloj y
respiró aliviado. Eran apenas las diez trienta, os sea, que
tenía noventa minutos aproximadamente para llegar al lugar y
el apenas para ahcer el trabajo. Siempre le gustó la
puntualidad y mediodía eran para él las doce. Ni a.m.,
ni p.m. Las doce en punto. La hora del ángelus.
Se dejó
ir lentamente y para quitarse los nervios empezó a marcar el
paso muy despacio, como si estuviese en un desfile a cámara
lenta, pero se dio cuenta que no se calmaba, pues a cada rato tenía
que sacar el pañuelo y secarse de nuevo. Lo intentó
ahogando piedras en el lago artifical y mirando los árboles,
estamos en otoño, se dijo, y se supone que los árboles
tienen que estar preciosos, propicios para una calma romántica,
y cuando pensó romántica volvió a recordar a la
chica de los muslos, áquella vez en la habitación del
hotel, subiendo y bajando alternativamente por su cuerpo, la cintura
y las rodillas, los hombros y los tobillos, el cuello tibio y suave,
y sus pies pequeños con las uñas cortadas hasta lo
inverosímil. Por dónde andará ahora, se
preguntó, y tuvo conciencia de pronto de cómo le
gustaría que estuviese con él, los dos solamente en
algún lugar lejano, Nueva Zelanda o así, bueno, quizá
no tanto, pero sí lejos, lejos de toda esta mierda de matar a
la gente por encargo y sueldo fijo como otros escriben a máquina,
o cortan el césped, o trocean salchichones.
Se sentó
un rato en un banco a fumarse un cigarrillo y por entre la niebla
efímera del tabaco, vio pasar a tres viejos tan doblados sobre
sí, que parecían competir para ver quien se partía
antes. Estuvo tentado de sacar el revólver y acabar a tiros
con aquella extravagante competición, pero pensó a
tiempo que si se cargaba a las tres ruinas, acaso no tuviese balas
para hacer el trabajo. La suerte que han tenido, pensó
sonriendo mientras los veía alejarse. Se levantó
presuroso y feliz, ya sin nervios, pues si bien sudaba un poco,
alguna gota atrevida bajando por el mentón, él se la
atribuyó al sol de manera categórica y ni siquiera se
molestó en secarla.
Otra ojeada al
reloj le informó que aún eran las once y diez. Se subió
el cuello de la gabardina había empezado a refrescar de
repente- y apresuró el paso hasta salir del parque. Dejó
atras la verja de hierro forjado, escupió de lado en una
papelera y se palpó la sobaquera. Se sintió seguro al
notar la forma familiar del 38 especial con silenciador acoplado y se
puso a silbar bajito una música antigua.
Antes de llegar
a su destino, esperó como quince minutos en otros tantos
semáforos y tomó un café en una cafetería
demasiado elegante para él. Se sintió como un elefante
en una sala de té, tales fueron las miradas que recibió.
Llegó al
edificio asignado y subió los tres pisos por la escalera. Tuvo
una extraña premonición al llamar a la puerta y al
abrirse ésta, allí estaba, era ella, la chica de los
muslos. Él intentó hablar, decir algo, pero se quedó
boquiabierto y no fue capaz de articular sonido alguno. El rostro de
la chica aún guardaba algo de su antigua belleza, el
maquillaje aplicado con profusión ayudaba a dar esa sensación.
Pero sus muslos, sus muslos, eran puro puré y el resto del
cuerpo algo parecido a un flan tembloroso.
Los ojos de la
chica reflejaban un terror infinito y al mismo tiempo le
pareció- una muda súplica que él no admitió.
Fue fácil.
Sólo tuvo que disparar un par de veces flop, flop- para
destruir aquella estatua decrépita, su sueño de un rato
antes.
Guardó
el revólver, cerró la puerta después de empujar
el cadáver hacia adentro y el pañuelo le sirvió
ahora para enjugar alguna lágrima que huyó de los ojos
sin permiso.
Era la hora del
ángelus. Las campanas de la ciudad dieron su repique cotidiano
y monótono.
Llevaba el
reloj adelantado y un asco inmenso en el rostro.
Siempre es duro matar los sueños.