El Cerco de Zamora,
de Juan Donoso Cortés.
Ya, no sin ira de su hueste fiera,
Don Sancho con Vellido departiendo,
de la tienda y del campo salen fuera,
los pasos a Zamora dirigiendo.
Si Don Sancho mirara, quizás viera,
delante de sus plantas discurriendo,
una mujer que espectro parecía,
paciente aborto de la tumba fría.

Paróse en este punto el
compañero
del infeliz Rey; lanza un
rugido,
levanta el brazo armado, y el
acero
deja en el seno del Monarca
hundido.
-De traición me
juzgabas mensajero,
tirano Rey; como traidor te he
herido.
Mudo Don Sancho a su verdugo
mira
un momento, y en tierra cae y
expira.
Mientras huye Vellido y
desaparece,
¿Quién es esa
que, el aire turbio hendiendo,
junto al cadáver mísero
aparece,
con satánico gozo
sonriendo?
En sangre sus cabellos
humedece,
y parte entre sombras
repitiendo:
-¡Pérfido
asolador! Ya estás conmigo.
Ven al Averno a recibir
Castigo.