El largo andar tan breve, de Daniel Casado.


Moneda portuguesa



Sostengo en mi palma una moneda.

Me la entregaste una tarde lluviosa de abril,

frente al Museo Romano;

te desprendiste de ella como de un zapato viejo:

súbitamente pasó de tu bolsillo a mis manos.

 

En ellas sigue, moneda vieja portuguesa,

como divisa de nuestra amistad,

como óbolo oscuro donde se cifra,

ahora, un latido.

 

Vendrán los años, dejará -si es que algo vale-

de representar algún poder, el brillo antiguo

para el que fue acuñada, y el recuerdo

borrará en ella también nuestras fechas.

 

¿Adónde, finalmente, llegará?

¿En qué rincones, teñidos por el silencio

o la lluvia, quedará varada?

¿De qué bulliciosa mañana, alguna mano

experta, amorosamente sabrá rescatarla?

 

A su futuro dueño, bien le valiera

esta advertencia:

Déjala estar, así:

pálida y hermosa, mas sin utilidad posible.

Hay ríos de sumergida luz bajo su manto y cuerpos

que nunca alcanzaron el mar.







De un libro atrapado

 

(Un canto en la espesura del tiempo,

de Nuno Júdice)

 

A Martín, de nuevo

 

Si existe una contraseña, una fórmula

o palabra, un solo pensamiento capaz

de regresarte, está entre las páginas

de ese libro que para siempre quedó

abierto sobre tu mesa, imperceptible.

 

Ahora lo rozan manos que tiemblan,

surcos que la noche abre en sus versos,

o quizá seas tú mismo que aún te entregas

a su lectura, en el silencio claro y lejano

del estudio, en su rudimentaria aurora.

 

Y piensas, o anotas ideas sobre una esquina

del papel; te ríes o lloras, te enojas, en fin,

con versos que parecen escritos por alguno

de nosotros, mitad verdad, mitad sangre.

 

Y ya el alba te va cubriendo, amigo mío,

ya amorosamente requiere tu atención;

Levantas la mirada y abandonas tu silla,

sales - ¿por dónde? - al encuentro del olvido.

 

Entre nosotros queda ese libro atrapado,

 

sus páginas, que nadie advierte, son movidas

al anochecer por fugaces manos de niebla.

 

¿Quién, me pregunto, está más lejos

de esos versos? ¿Quién de su secreta armonía

ha perdido ya un leve rastro, una pista?

 

Y sin embargo sé que ya no daré el paso

de requerirlo, ni sabría rescatarlo de ti,

robarte a ti mi libro, donde aún no se borran

las escasas palabras que nos unen.









LASCIATEMI MORIRE

(Lamento de Claudio Monteverdi

a la manera de José Hierro)

 

¡Dejadme ya morir!

 

Los vientos, Claudia, los vientos

de septiembre duermen tras la puerta;

en sus légamos mancha

el silencio que habrá de tenderse

a nuestro lado.

 

Mido la respiración que me traen,

que me traes como un fresco racimo de nieblas,

y te sueño, Claudia, Arianna mía,

aunque luego vuelva a la vida, retorne

a mi libro de madrigales, a la sombra atroz

de la capilla, a los estudiantes...

 

¡Qué cansado amor mío este sueño!

 

Siquiera algún refugio a su dolor,

mas que implacables notas,

su voraz temblor en las gargantas.

 

“¡Lasciatemi morire!”

 
La voz – en mezzosoprano – incendia mis oídos,

depositando lentamente su fúnebre muérdago.

¡Qué intensidad de muerte en sus labios!

















Claudia, amor mío, yo me vuelvo

dolorido en la noche

a las luces de Mantua.

 

Cruzo el fin de tus besos;

sin reposo acudo a mis oficios,

sin memoria y sin tiempo.

 

Tú, vida mía, dime ahora:

¿respondes a este viejo asustado?

¿lo acompañas por las calles de Cremona

donde al fin repose junto a ti?

 

Hoy tomé esta calesa

bajo el frío y la urgencia,

sus caballos cruzan por mi sueño,

Claudia, y te persiguen.

 

Persigo la sangre donde escribir mi lamento,

donde decir pueda, entre la luz tenaz:

“Claudia, Arianna mía,

no me dejes morir de nuevo”