Al final de la tarde, de Basilio Sánchez.
 
                                       

El lugar de los hechos

 
Todo lo que ahora abarca la mirada,
la memoria, los momentos perdidos,
todo aquello
que ignoré de la vida,
que apenas reconozco, bajo su lentitud, en este hueco
que conforman mis manos.
 
Ese rumor que intuyo cuando escribo esta página,
este presentimiento, esta insistencia
que después me conduce, más allá de mí mismo,
hasta un lugar cercano
al de mi nacimiento, al de mi muerte.
 
Nada a mi alrededor, sólo la leve
respiración pausada
de un animal que mira con la cabeza vuelta.
Bastará con mis ojos,
con esta mano antigua que aproximo a su boca,
para que se levante y huya.
 


 

Formas de la memoria

 
Todo el suelo está lleno
de velas encendidas: alguien llora.
Camino entre los árboles
de los libros sagrados, bajo el cielo invisible,
bajo la noche cóncava
de las litografías en las que las mujeres
se cubren la cabeza y una inmensa
multitud de exiliados se abre paso
a través de las aguas.
 
No he visto nunca el mar.
Sé que el dios de los mansos lo hizo a oscuras,
que lo hizo y deshizo
varias veces seguidas hasta encontrar el modo
de que fuera aceptado sin prejuicios
por las generaciones de los hombres.
 
Por eso sé que es verde y es azul,
que ha estado siempre
detrás de la mirada
de aquellos que han vivido
durante muchos años en su proximidad y ahora lo invocan
con un gesto entrañable, detrás de mi mirada
como una forma antigua de mi propia memoria.
 
Camino entre estos árboles mientras los otros duermen,
palabra por palabra, paso a paso,
deteniéndome
en cada nueva página como el que restituye,
en medio de la noche, la mitad de una vida.
 
Es un proverbio hebreo:
Coge un libro en las manos
y eres un peregrino ante las puertas
de una nueva ciudad.
 
Hay un árbol de hojas que crece en la canícula
y hay un árbol sin hojas
para los días de lluvia, cuando arden
los muebles de la casa y la memoria
se desplaza en silencio por las habitaciones de los muertos.
Hay un árbol para el desasosiego y otro al lado
de madera aromática
para las ceremonias de la felicidad.
 
Pero ahora, todo el suelo está lleno
de velas encendidas y recorro la tierra
que no he dejado nunca, este desierto
terrible de langostas donde pastan
los antiguos rebaños y recogen
las gentes del espíritu su alimento nocturno.
 
Y subo hasta la cima de la ciudad que es santa,
la de las cien palmeras, y allí arrojo
mi figura de barro como símbolo
de que en este lugar aquellos hombres
se iniciaron en la contemplación, en el conocimiento
profundo de las cosas.
 
Y tomo entre mis manos unas piedras grabadas
y descifro sus signos,
las palabras escritas en un dialecto extraño por la propia
reflexión de la luz, y me pregunto
qué hemos hecho después para que un pueblo
se haya puesto a llorar frente a este muro
que ha cubierto la zarza, la enredadera seca del otoño.  



   

Al final de la tarde

 

No he escogido el lugar: alguien se acerca
desde fuera del mundo y me conduce
con los ojos cerrados hasta el centro
de un paisaje en el sur donde descubro,
bajo el sol de la tarde,
colinas diminutas del color de la pérdida y cultivos
que crecen lentamente hasta el mar y se sumergen,
después, bajo sus aguas,
bajo el débil reflejo provocado por sus oscilaciones
y el flujo de las rocas.
 
Una mujer al fondo recoge con sus manos
la piedad de la tierra
mientras crece en silencio, sobre el lento
corazón de las cosas, la sombra de los árboles.
 
Donde alcanzan los ojos, en el límite,
los muros de las casas que no ocultan las hojas
tienen brillos dorados:
aún es de día
en las habitaciones de los hombres.
  

 
 

Jardín contiguo

 

La oscuridad que digo se reduce
a tres únicas lámparas.
 
El jardín que yo digo se extiende hasta la puerta
de la casa cerrada, en las inmediaciones
de un río silencioso que cruza la ciudad y la divide
en dos partes iguales.
 
Con un árbol antiguo y un banco de madera
que permanece húmedo durante todo el año;
con una nube inmóvil
que recuerda a las otras pero que tiene a veces,
dibujando sus límites, tonalidades rojas.
 
El jardín que yo digo está cubierto
por tres dedos de sal, tiene por tanto
esa fisonomía de lo que, para el mundo, permanece excluido.
 
A uno y otro lado los objetos, los seres invisibles,
señalan el lugar hacia el que todas
las miradas convergen,
el origen exacto de la melancolía: un animal que pace
entre la adormidera; el tilo dulce, sin hojas;
el cansancio violeta de la tarde
sobre el borde del día o las paredes
vencidas de la casa, complacientes
en la cosmogonía de su sombra.
 
La tristeza es eterna como el gesto de un árbol
o la sabiduría.
 
Como este río profundo en cuyas aguas
un hombre sobrevive, como el río
con una sola onda que discurre
sin tiempo y sin memoria,
equidistante siempre de la vida y la muerte.
 
Agua apacible
que fluye en las ermitas
y en las proximidades de los grandes silencios.
 
El jardín que yo digo está formado
de pequeñas derrotas
agrupadas en círculo en torno a los residuos
levemente amarillos de las hojas
que viven en el suelo.
 
Desde que vine aquí
me he vuelto sigiloso: mi corazón ya es noble
como el que se alimenta
del fruto de la muerte,
de sus tiernas raíces y sus complicidades, de la pura
soledad de la sal.
 
¿Qué puedo hacer entonces, si adquirí la costumbre
de darme en la tristeza?  



   

El espíritu de la poesía

 

Ésta es sólo una lluvia destinada a los árboles,
un paisaje que crece
sobre el espíritu de los iconos.
 
Hablo de la memoria, de una mirada íntima,
o de la confluencia de dos formas distintas de materia.
 
Hablo de esta palabra
que ha de ser concebida tan sólo como el ruido
que divide a la noche en sus dos gatos siameses.
  

 
 

Lugar de nacimiento

 

Aquí, mientras el agua
va llegando a nosotros, cubriendo los espacios
a oscuras de la casa, el lecho íntimo
de un río persistente que discurre entre el débil
sonido de estas hojas
y el desvanecimiento de estas mismas palabras.
 
Aquí, mientras el agua se derrama en silencio de los vasos
colmados de los muertos,
mientras fluye después sobre los bordes
de las cosas cercanas, sobre sus viejas sombras,
sobre los instrumentos
probables de la vida. Aquí, durante el tránsito
a la fertilidad, cuando decenas
de caballos visibles se aproximan esquivando los árboles,
dejando en los umbrales de las casas vacías
la brevedad de un nombre.
  


   

Aguas abajo

 

Aunque no nos quedara
más que esta incertidumbre,
este desasosiego que ha crecido en nosotros con los años,
continuar aún,
dejar que en el camino las pequeñas imágenes
vayan depositando en nuestros ojos
sus minuciosos fuegos.
 
Y alcanzar, finalmente, esa mirada inmóvil,
la que nos sobrevive.
  

 
 

El arte de ser

 

El paso de las horas
hará girar la sombra de la acacia
sobre su mismo centro: éste es el sitio,
este lugar visible desde los corazones de los hombres.
 
Inmensa, frente a mí, como una imagen
surgida lentamente de una página oculta en algún texto
que no fue destruido,
la tierra del pasado, de la luz incesante,
de las dulces mujeres del espíritu.
 
Hay una soledad que se percibe, que se instala
suavemente en el aire y lo equilibra;
hay un silencio antiguo
que se otorga a la vez en cada ángulo,
en cada nueva hoja desprendida al azar, en cada una
de las imperfecciones que los cielos protegen
en sus oscuros límites.
 
Llegar, desposeernos,
dejar después que el tiempo nos vaya dando forma,
nos declare inocentes.
 
Y así, reconciliadas, ellas viven aquí: hijas del agua,
de su exacta locura. Desde su gran silencio
me observan, me interrogan,
me sonríen a veces si sus ojos
se cruzan con los nuestros en su proximidad;
descubro entonces
que ocultos en sus ropas llevan ramos silvestres,
velos humedecidos y breviarios
que luego depositan sobre un lecho de hojas en la íntima
soledad de sus celdas.  



   

Un lugar transitable

 

He escrito algunas páginas y he bajado a la calle.
 
Ya ha caído, quizás, la última hoja
y el invierno se extiende lentamente
entre las dos orillas: este año
rodará sobre el césped
y hará crujir los labios de los hombres
que ahora son vulnerables. Hace frío.
Recuerdo, sin embargo, que mis últimos versos
fueron rocas azules sobre un paisaje íntimo,
miradas encendidas por la luz del verano.
 
En los alrededores,
unos muros de piedra ponen límite
a un jardín inconcluso.
 
Ha quedado la sombra, detrás de la ventana,
del hombre que aún no soy, entre las hojas
que hasta ahora no escrito, en las palabras
que encontraré algún día.
 
El que he sido hasta hoy cruza de nuevo
sus bosques interiores,
los lugares contiguos en los que la mirada
se vuelve y se apacigua, donde un rumor apenas
pone nombre a las cosas
que sólo he presentido.
 
Los pájaros nocturnos están cerca.
Van llegando de lejos,
con las alas plegadas,
para apagar la llama de todo lo que duerme.
 
Ya no hay nadie en las calles,
ya no hay nadie que arroje tampoco su moneda.
 
La belleza del mundo, la oscuridad del mundo.
 
¿Qué extraño privilegio, qué escritura indeleble
dará forma a este espacio que una puerta
divide y no divide,
 quién hallará el camino, su lugar transitable?