El Cielo de las Cosas,
de Basilio Sánchez.
EL ENEBRO
En medio del paisaje, un hombre ordena las cosas de su vida: pone un
árbol, excava una ladera, hace brotar el agua.
Más tarde, sobre el suelo, distribuye las zarzas, los enebros,
empuja algunas rocas hasta el fondo y las convierte en montañas.
Luego enciende una luz, quizás la apaga. Con su única mano escribe
unas palabras que sólo él interpreta.
EL ÁNGEL
El sopor de la tarde atravesado por las aves de río. La tarde del
saúco, de la flor concebible, la larga tarde roja del aliso. El murmullo
del agua en las raíces, el manantial oculto. Las luces encendidas de
todas
las ciudades suavizadas por la memoria. Una casa en lo alto en la que
nadie entra y de la que nadie sale, una puerta que gira alrededor de su
secreto. El aliento que preserva la llama sobre la penuria de la ceniza,
el vaso en la ventana en el que crece muy despacio la luna. La mano que
ahora escribe sobre el mismo crepúsculo, la mano ensimismada, sorprendida
en su inmortalidad, lenta en las extensiones del misterio. Dos pájaros
inmóviles, inmensos en la usura del cielo. Dos luces diminutas,
temblorosas aún, y el horizonte que de pronto se arquea para que pase
un
ángel.
Ahora que oscurece, que asume su ceguera como una inevitable
fundación de la noche.
LOS ENSERES
Un niño lee en un templo, una niña recoge en una caja la ceniza
de
un mirlo, la luna escribe fuera en el Libro de los Salmos.
Mientras vamos dejando que el aceite de los ojos de Dios gotee en la
oscuridad, sube las escaleras, va cruzando las salas.
A veces se detiene a la entrada de las habitaciones, en su humildad
doméstica, una humildad que quiere preservar y que le impide acercarse.
Con los ojos descifra las huellas de la noche en los enseres del sueño,
en
las habitaciones cerradas a la luz.
El edificio en ruinas, la maleza, las antiguas paredes levantadas
contra las incursiones del dolor, la argamasa del miedo; unas habitaciones
clausuradas, una puerta entreabierta. Al final de los ojos, la mirada es
un molino de agua.