Los Bosques Interiores, de
Basilio Sánchez.
SE presiente la lluvia. En las ventanas
el paso de los años ha dejado fisuras,
recodos inquietantes, humedades azules.
Unas piedras labradas delimitan el paisaje exterior:
escaleras ocultas por las hojas,
pabellones de invierno decorados
con dibujos geométricos, especies diferentes
de frutales y arbustos de estatura magnífica.
La chimenea de mármol,
el color amarillo de los muros,
el café distendido: aquí, junto a la llama,
al calor que trasciende esta humedad nocturna,
la lluvia se concibe como un temblor de lámparas,
como el último gesto del suicida.

SIEMPRE supe que el ruido de los trenes
atenúa el dolor.
Hemos venido aquí
cubriéndonos el pelo, poseídos
no por la lucidez,
sino por la memoria de la lluvia.
Pues intuyo que la noche ha perdido
su cadencia lunar y ahora desata
sobre los adoquines,
los relojes cubiertos por las enredaderas
su jauría de lobos.

UN vehículo oscuro me conduce
por las estribaciones
de una tarde ya ambigua. No estremece,
su sonido es el roce de los párpados,
una puerta entreabierta con los goznes de agua.
Absorto, apenas miro;
hace rato que intuyo el ascenso de la savia,
esa argucia legítima con que se perpetúan
las hojas de los árboles
y que está ahí fuera,
esquivando el embate de la carrocería.
En las manos, imágenes,
escenas que suceden de nuevo con idéntico ritmo,
palabras fragmentadas,
diálogos que no soportarían el pulso de unos labios.
El desvarío, tal vez, de alguien aturdido
por la escasez de tiempo.
No necesito más: este equipaje mínimo
con que distraigo acaso
mi propia desnudez y la certeza
de saberme en los límites,
a un paso ya de la filosofía del perfume.

UNA mujer me observa desde un ángulo oculto,
desde la biografía incompleta de las lámparas.
Pertenezco a una estirpe numerosa
que agitó sus insignias sobre los laberintos
cavados en las rocas y las fulguraciones
de las altas ciudades, opulentas e idílicas.
Urgido por la necesidad, espero ahora
la crecida del río sobre los vegetales,
su lenta evolución entre las frutas
de mirada febril, de corazón proclive.
El tiempo es un recinto asolado
por las murmuraciones de las aves.
Excedido en el uso de la inmovilidad,
no puedo sustraerme a los placeres del sueño,
a las divagaciones de las sombras, al paso de la luz.

MUY pronto la tormenta nos dejará a oscuras.
Como el año de las inundaciones,
cuando el roce imprevisto de unos labios
nos causaba temor.
Luego vendrá el murmullo de las hojas
recogiendo la lluvia,
la inquietud de los muros, el brazo de la noche
sobre nuestras espaldas como una sombra inmóvil.
Porque todo sucede de la misma manera:
las aguas que amenazan de nuevo
con llegar hasta el borde de las estanterías,
unos besos furtivos en las inmediaciones de la muerte.

LAS piedras se habitúan
a la inmovilidad, así los ojos.
Tras la lluvia,
la tierra devastada se sumerge en sí misma.
Los bosques, los edificios nuevos, los antiguos
son tomados ahora por un vaho
muy lento que los cubre.
La ciudad apagada,
esta hora sin luz ni oscuridad en la que el humo
del día y de la noche se confunden,
el fondo inconsolable de nuestros pensamientos.
Queda sobre las cosas, solitaria,
una estrella culpable.
Para ella, también para nosotros, debería haber perdón.

DEJO pasar las hojas que el afluente conduce
más allá del recodo.
Permanecer inmóvil es ahora el destino
del que ya nada oculta,
del que al margen se inclina y se abandona.
Es éste un tiempo de ternuras difíciles,
sólo sucede
la sombra de la acacia, el gozo fugitivo
de sentirme observado por encima del hombro:
así es la soledad del que dispone
su mesa para nadie, del que intuye
su perfecta viudez en el trazado
de esta corriente inerme.
Porque el agua no oculta sino lo que destruye.
Lo demás es sustancia
tan sólo de sí misma, de su propio destello:
cada temblor, por leve,
le confiere certeza; cada temblor, al cabo,
su vuelta a la memoria.
Dejar que la humedad toque mis pies
es el secreto último de la incineración,
mi debate inconsciente con la muerte.
Pues ya nada se niega ni se otorga,
ya no hay otra razón que estos reflejos,
este murmullo débil, familiar,
que sin pudor se ofrece
en todas las aristas de las rocas del fondo.
Aquí donde yo vivo como pájaro insomne,
como jinete al uso.

SON las primeras lluvias
las que al fin me revelan que he de partir ahora,
cuando el mes agoniza y los arbustos
revisten las laderas que la luz no rebasa.
Como aquella ciudad que fue sitiada
y a pesar de los años permanece
tras la línea imprecisa de sus muros,
he usado las despensas para ocultar la herida:
la tierra es blanda aún, pero la nieve
conoce ya los límites de lo que poseemos.
Acercarme a la orilla del estanque,
reivindicar el tiempo que ofrecimos
a unos dioses fluviales, esas horas sumidas
en la contemplación
y en el descubrimiento de las cosas,
transcurridas en torno a las palabras
como un rescoldo íntimo
que desprende reflejos al final de la noche.
Con la eficacia antigua del que teme al invierno,
recojo los vestidos que ayer depositábamos
sobre rocas ardiendo. Por qué marchar
si aquí, bajo estos árboles,
se amaron los más jóvenes.

EL MIRADOR
El mirador, la playa,
la estación más propicia.
Aquí, sobre la arena de los libros sagrados,
junto a los grandes cántaros
que hemos ido llenando con nuestras esperanzas
y con nuestras plegarias.
Detrás de la mirada en la que el agua
se transforma en memoria.
Aquí, cerca de todo,
convertido de nuevo a este silencio
que unas veces nos une y otras nos disgrega.
Sentado frente al mar al que ahora ofrezco
caracolas votivas.

EL BOSQUE
El bosque,
su inconsciente temor al inventario,
al recuento exhaustivo de recodos,
elementos triviales, pájaros ocultos.
Cada ciclo lunar pervive en una hoja:
un calendario atroz apenas verosímil,
un embalaje espléndido para la eternidad,
una visión efímera.