Corte y cortijo, de Antonio Hurtado.


Fragmento


Al día siguiente, el gobernador, vestido de uniforme, ostentando un calvario completo en el pecho, llevando del brazo a Carolina, y seguido de D. Justo, del alcalde, del médico y de los demás personajes que formaban su comitiva, penetró en la escuela del pueblo, a cuya puerta salieron a recibirle Claudio, su padre y media docena de chicos, engalanados con los trajes de los días de fiesta. La escuela estaba adornada de flores, y la mesa presidencial rodeada de una multitud de sillones de baqueta magníficamente charolados por el uso.
Instalóse el senado en forma de tribunal, y en la parte más culminante ocuparon sus respectivos asientos el ilustre gobernador y la bella Carolina. El bueno del maestro, preocupado y aturdido con semejante solemnidad, deseando no incurrir en faltas de atención, inclinándose ante el gobernador, saludando al alcalde respetuosamente, sonriendo de la mejor manera a D. Justo, y estrechando las manos con efusión al cura y al médico, se olvidó en la ocasión crítica del discurso que había preparado la noche anterior para inaugurar el acto. Y cortado y conmovido, como es de suponer, permaneció de pie delante de la mesa por espacio de cinco minutos, durante los cuales se hubiera podido oír clara y distintamente el revoloteo de una mosca. Inútil es decir que el extremo de la sala estaba ocupado por las familias más notables del pueblo, cuyos vástagos iban a jugar un papel importantísimo en el acto de la visita. El maestro, después de toser varias veces, y de estirarse el chaleco con una insistencia digna de mejor causa, procuró calmar los apresurados latidos de su corazón; y dando a su voz la inflexión más grave y campanuda que pudo hallar en la escala de los sonidos, exclamó:
- Ilustrísimo señor. A esta voz, que pudiéramos llamar preventiva, la concurrencia se agitó con curiosidad y alargó los oídos cuanto pudo.
-¡Ilustrísimo señor!... volvió a repetir el maestro, buscando el principio de su discurso.
Y aquí el gobernador, que había estado distraído y ocupado en dirigir algunas frases galantes a Carolina, fijó sus ojos en el orador, el cual acabó por desconcertarse completamente al sentirse objeto de la atención suprema del que tenía en aquellos momentos en sus manos el porvenir de su destino.
- Ilustrísimo señor, balbuceó por fin el bueno del pedagogo: la emoción de que me siento poseído me embarga la voz; quisiera ser más elocuente que Demóstenes en estos momentos; pero no encuentro palabras bastantes para expresar la gratitud que rebosa en mi alma por el alto honor que en esta ocasión recibo, y que apenas me permite decir: - Ilustrísimo señor, ahí está la juventud de este pueblo: sondead a vuestro antojo esas tiernas almas, esperanzas del porvenir; en ellas descansa la felicidad futura de la patria; ellas acabarán la gran obra comenzada por nuestros mayores, y darán a esta nación días de prosperidad y de gloria. Si al someterlas a la piedra de toque de vuestro ilustrado y superior criterio las encontráis fuertes en la doctrina cristiana y en el conocimiento de las obligaciones del hombre, y en las nociones de la Historia sagrada, y en las reglas de la aritmética y de la Gramática castellana, creed, ilustrísimo señor, y gozoso con vuestra elevada aprobación, me juzgaré sobradamente recompensado de los ímprobos desvelos que me ocasiona la enseñanza. He dicho.