La
ciudad blanca, de Ángel
Campos Pámpano.
La soledad se
cifra
en el trabajo gris
de las tabernas.
Sobre la mesa
oscura,
el aguardiente
arde derramado.
Y en la sombra el
salobre
perfil de ese
rostro que bebe a solas.

De pronto un olor
liento
a sal lo invade
todo.
El empedrado
espeso
de aceite y de
salmuera.
Fachadas de
azulejos
manchadas de
salitre.
Los callejones
huecos,
mugrientos y sin
nadie.
El puerto queda
lejos.
Neón en las
esquinas.
Bulla de marineros
nostálgicos,
borrachos.
Y tras el aire
quieto,
el aire
interminable:
el mar en la
memoria.

ALFAMA
1
Los niños
del verano calle arriba.

2
I
El barrio tiene
el aire de una
aldea
cuando amanece.
II
En la mañana
un olor a pescado
sube del río.
III
La brisa seca
tanta ropa tendida
en los aleros.

3
I
Tejados pardos.
Y el encalado
sucio
de las fachadas.
II
Al mediodía,
detrás de
los visillos,
un gato negro.
III
En el alféizar
de la ventana
verde,
unos geranios.

4
I
Cuando oscurezca,
os hablarán
del mar
en las tabernas.
II
La luna asume
los tonos
desvaídos
de un azulejo.
III
La noche blanca
por estos
callejones
en laberinto.

5
Di que tú
amas
la tibia
arquitectura
de estas calles.
Di que aprendes
del aire
el estrecho perfil
de sus esquinas.

COSTA DA CAPARICA
1
Frente al paisaje
mudo
el oreo del viento
sobre los juncos.
Sobre la playa a
solas
sólo el
vuelo rasante
de unas gaviotas.
Si a la tarde
vuelves
has de ver en el
agua
un nombre breve.

2
Hacia poniente el
sol
descubre un nuevo
límite,
otro horizonte.
Aquí entre
la espuma
mis manos en el
agua
conforman el
poema:
la firmeza de ser
en cada ola
memoria húmeda
del texto
o la opción
de unos niños
de jugar con la
arena.

3
El sol hacia
poniente
dibuja la otra
orilla.
Anochece.
La tarde es apenas
un esfuerzo de
luz, unos colores
que quiebran
la limpia
geometría
de esa línea
de sombra
donde se pierde el
mar
o se deshace.

SINTRA
La subida es un
goce entre la niebla menuda.
El encanto del
bosque y la firmeza
del verde en la
luz húmeda de las hojas:
un vuelo de raíces
y de ramas.
En mitad de la
fronda,
un jardín
con estanque.
La tierra huele a
lluvia entre helechos
y humo de
hojarasca: aquí se quedan
las tormentas que
vienen del océano.
La
subida es un goce entre la niebla más densa.
(Arriba hay un
palacio, o mejor,
un capricho inglés del diecinueve).