La voz en espiral, de Ángel Campos Pámpano.




PUEDE que llegue
la voz hasta tus manos
y celebres la tierra
con la misma ilusión
del exiliado
que vuelve a contemplar
un paisaje que va no reconoce.


La luz de la retama
se acomoda en tus ojos
al caer de la tarde.
Se desvela el silencio
secreto de los árboles,
su afán de soledad y de altura.
Un sonoro aleteo
es capaz de borrar sin pretenderlo
el leve movimiento de los hojas.


Tan cálida es la paz que tu memoria
retiene sin esfuerzo
la sedienta dureza del olivo,
la inocencia perdida de la encina,
la de la higuera sola que enmudece
al filo de la noche, el fuego lento
de la melancolía.


Puede que llegues
a escribir con tu voz
el lugar más adentro.
memoria de la herida,
lo que no puede hablarse.








No basta conocer el gesto, ni la mirada oscura que surge de las cosas, ni la voz necesaria, ligera, matinal, que susurra al oído una razón y otra para seguir aquí, solo, perdido, ante el vacío cómplice del lienzo.


Mirar, mirar la luz hasta su calma: mirar cómo respira, cómo alumbra, cómo se da al abandono de los ojos esa forma de luz que no acierta a fijarse, mirar hasta que surja un color, una mancha, una señal desnuda que abra el camino... Y procurar una vez y otra una imagen distinta, la claridad que basta para decir el mundo, la que prolonga el misterio de la materia inerte... Buscar, buscar con la impaciencia propia de quien se sabe lejos todavía del paisaje inicial de la mirada.





De pronto surge el mar y te inunda la casa. El mar es una forma vedada del paisaje, una metáfora ciega que tu mirada engendra en las paredes pobres del cuarto.
En medio de la noche reconoces entonces el grito negro de la espuma. Un viento enloquecido se agolpa en tu ventana y te devuelve la fascinante soledad del agua y el latido de un pez que se eleva hasta el aire desde la cóncava extensión de una ola.







ANOCHE. Tu voz o tu silencio
-escrito a la intemperie contra el viento-
no es una comprensión
sino una misteriosa disciplina,
una necesidad tal vez, un balbuceo
que se pierde en la dureza del aire,
calcinada labor contra la muerte.









VIENE a ser verdad el aire herido
de este doble silencio
que ya no necesita responderse.


Si se nos insinúa, si nos llama
la voz en espiral cuyo fin ignoramos,
que se distancie un poco,
que se aleje para poder mejor oírla.