La voz en espiral, de Ángel Campos Pámpano.
PUEDE que llegue
la voz hasta tus manos
y celebres la tierra
con la misma ilusión
del exiliado
que vuelve a contemplar
un paisaje que va no reconoce.
La luz de la retama
se acomoda en tus ojos
al caer de la tarde.
Se desvela el silencio
secreto de los árboles,
su afán de soledad y de altura.
Un sonoro aleteo
es capaz de borrar sin pretenderlo
el leve movimiento de los hojas.
Tan cálida es la paz que tu memoria
retiene sin esfuerzo
la sedienta dureza del olivo,
la inocencia perdida de la encina,
la de la higuera sola que enmudece
al filo de la noche, el fuego lento
de la melancolía.
Puede que llegues
a escribir con tu voz
el lugar más adentro.
memoria de la herida,
lo que no puede hablarse.


De pronto surge el mar y te inunda la casa. El mar es una forma vedada del paisaje,
una metáfora ciega que tu mirada engendra en las paredes pobres del cuarto.
En medio de la noche reconoces entonces el grito negro de la espuma. Un viento
enloquecido se agolpa en tu ventana y te devuelve la fascinante soledad del
agua y el latido de un pez que se eleva hasta el aire desde la cóncava
extensión de una ola.

