Petra.
la noche, tú, de
Ana Castillo.
I
Atardece.
Se viste la luz de
blanco
a estas horas, en
Jordania.
Una extraña
impaciencia me posee.
Petra aguarda tras
las colinas.
Aún no
conozco su rostro,
pero ella,
seductora, se insinúa
con prodigios que
anticipan su belleza:
se diría
que es mar el horizonte
donde se sumerge
el sol
mientras un ángel
devana
sobre el cielo
un concierto
inaudito de colores,
sorprendente
cadencia de matices
que antes sólo
a tu rostro atribuía,
al naranja azulado
de tu voz,
gaviota huida,
recobrada en la
bruma
de este espejismo
de agua
que me envuelve.

III
Ajados sus
cuerpos,
evaporado el
aliento
por el duro sopor
de la miseria,
motas negras de
luto,
los beduinos
horadan
la ilusión
tornasolada del momento.
Mientras, ojos
curiosos
y flashes que
equivocan la visión
devoran sus
encantos torpemente.
Me pierdo
en esta ingente
escalada de trofeos.
Ya no existe la
senda luminosa
ni los versos,
bullendo, de un poema.

Regresaré a
la oscuridad,
al poder ilimitado
de las sombras
donde todo se
puede desear
sin que nadie te
robe un sólo instante
o te usurpe el
espacio de un latido.
Petra, la noche,
tú...
Y podría compartiros a mi antojo.