Vuelos de Eternidad, de Ana Castillo.

 

 

Primera parte: Recuérdame


IV


Recuérdame feliz con mis coletas,

y mis leotardos rojos y aquel brillo

del charol del domingo

en mis zapatos nuevos.

Y recuerda también

la misa perfumada de las once,

tu presencia distante, pero cierta,

la breve curva del agua rendida,

la cita con el puente y sus regatos,

la nobleza de un aire

festejado de soles.


-Ahora cabalgo nubes que no nombro

y está el puente poblado de ojos nuevos

que no podrán saber de tu prestancia-.


Olvida

aquel momento triste en que, sumida

en medio del bullicio, me ausenté;

mis pupilas oscuras, tan lejanas...,

inmolando el azul de la mañana;

mi huida hacia el remanso del olvido;

la pulsación sombría de las aves

que acecharon, tenaces, mi regreso.


Olvídalo. No importa.

Sólo importa que fui

voraz caleidoscopio de ilusiones,

libro que estaba abierto a la escritura

naciente del amor ,

ingenuo manadero de delirios

sobre el perfecto talle de tu imagen.


No olvides

la alquimia de la hoguera

en la noche embrujada de las cruces;

los ancianos en círculo,

protegiendo el arcano de las llamas;

a nosotros, danzando enloquecidos

al conjuro de extraños sortilegios,

cantando, ingenuos, "a tapar la calle"

para impedir que el alba destruyese

el luminar flamante de la fiesta.













Segunda Parte: Vuelos


IV


Sumérgeme en tu seno,

aire que ahora comienzas

a ondular tus promesas sobre mí.

Haznos sólo de ti, aire purísimo,

aire fresco de garzas y gaviotas.


Mi amigo y yo queremos

cubrirnos con la brisa de tu piel.

Mi amigo y yo te amamos.

Mi amigo, cristalino como tú.

Mi amigo, transparente como un vuelo.

Mi amigo, que ya es viento,

que ya es viento...





XII


Vuelos, vuelos de luz, vuelos muy altos,

que remonten montañas gigantescas

donde nada se escuche,

sólo el canto

de algún pájaro libre y vagabundo.

En la cima de un monte

que recorte

con sus crestas el cielo

y haga suyo

el silencio de nubes, el vacío,

para colmarlo todo con su aliento,

con su enorme energía contenida.


Así, pájaro mío, te vislumbras.

Reflejas tu silueta en el espejo

de un horizonte inmenso

como el alba.













Tercera Parte: Eternidad


I


Flotamos en el viento,

somos plumas

viajando al paraíso de las aves.

El cielo es transparente como un niño.

Las nubes han bañado nuestros rostros

y nos sentimos limpios.


Ya nada es comparable a no ser nada,

ser sólo pluma leve en el espacio.




Ya nada es comparable a serlo todo,

ser plumas de algún ave prodigiosa.











XIII


Un poco más, amor,

estamos cerca,

muy cerca de tapar todas las calles

que nacen de las sombras y del miedo;

las calles con que inician las mañanas

su anarquía de cielos apagados.