El
Despertar de las Adelfas, de
Ana Castillo.
Hace frío
Hace frío...
Oscuridad, ¿de
dónde vienes?
El pájaro
negro despierta.
En un rincón
de mi alma,
él...
¡dormía!
Me quedo callada.
Permite el
silencio
escuchar el tenue
latir de mi
sangre.
Hace frío...
Siento miedo...
Aún aguardo
la luz última
que irisará,
sin duda,
el oscuro dolor de
mis pupilas.
Oscuridad, ¿por
qué no duermes?
¡Tan lejana
y ausente
te creía...!

Niebla
Porque ella surge
así, tan de repente,
como un torpe
pañuelo que se escapa
mas perdura
obstinado entre los dedos.
Porque nada es
igual si nos envuelve
en la lenta
caricia de sus manos.
Porque es nada
y la nada
sobrecoge
cuando es densa
y penetra cuerpo
adentro,
y atraviesa
fronteras de la mente,
y avanza hacia
recodos del espíritu.
Ha llegado en
silencio, de mañana:
ingrávida,
tan ágil, escalando
los recuerdos que
vibran en las sienes.
Y han llorado los
brezos por su causa.
Y hasta el roble
ha humillado su ramaje.
Era toda dulzor
inaprehensible
o, tal vez, sólo
hiel evaporada.
Porque asciende,
descalza, hasta mis hombros,
aparece, de
súbito, en mis piernas,
se refugia,
serena, en mis cabellos
y emana de mis
poros, tan profusa,
que ya es mi
soledad
tan sólo
niebla.
Porque el cerca y
el lejos los ha unido
en el húmedo
abismo de su frente
y marchamos a
ciegas, mas seguros,
de su fiel
compañía a cada paso.
Porque anuda
misterios al enigma
y no sé de
qué boca ella es aliento.
Y ni un pájaro
vuela por su rostro
a pesar del
hechizo de su imagen.
¿Has nacido
del seno del vacío?
¿Con qué
signo marcada traes el alma?
¿Tienes
alma? ¿Eres dulce?
¿Son tus
ojos
los vagos
horizontes de ese mundo
que, a veces, yo
percibo en tu lenguaje?
¿Y si
fueras umbral de los ensueños
y anduvieras
rondando mi tristeza
para llevarme,
rauda, al universo
de la luz que, con
tal celo, custodias?
¿Y si al
fin fueras, niebla, sólo huida
y yo sólo
la huella de tu paso,
y una tarde de
sol, sin decir nada,
como tú, yo
también desaparezco?

Te amaré en
los celestes altozanos
Que cabalga la
noche por mis venas
perfumando mis
ojos con el sueño.
Que me quiere y no
cesa en el empeño
de mudar mi dolor
en azucenas.
Que me aleja,
veloz, de las arenas.
-¡Es el
mundo que piso tan pequeño...!-
Que ya soy, toda,
un pálpito risueño,
asomada a la luz
de sus almenas.
Que se funde la
noche con mi piel.
Delicioso es el
tacto de sus manos,
placentero pausado
como miel.
Te amaré en
los celestes altozanos
cuando el viento,
amigable timonel,
nos encumbre en
los cielos más lejanos.