Antonio Reyes Huertas
Campanario,
1887-1952.
Poeta,
periodista, Antonio Reyes Huertas es el principal narrador del regionalismo
extremeño, es el novelista. Esto tiene su interés, si atendemos
a la dificultad que supone la construcción de una novela (es decir, de
una obra de ficción extensa) que mantenga el interés de los lectores.
La escuela regionalista, tan eficaz en la corta distancia un poema, un
cuento, tiende a perder tensión cuando quiere construir acciones
predecibles con personajes acartonados. Lo que la lírica
tiene de intensidad, de cierta mitología, se diluye en la narración
extensa.
Nació en
Campanario en 1887 y murió en 1952, después de una vida
de traslados y diversas ocupaciones, cuando la ilusión por el
mundo de armonía rural que había trazado en sus novelas
y estampas no era más que una sombra.
En su juventud,
tras algunos años en el Seminario de Badajoz, se decantó
por la literatura la edición a los diecisiete años
de su primer libro de versos le ocasionó un grave quebranto
económico durante mucho tiempo, y a ella dedicó
la mayor parte de su vida, bien como novelista, bien como periodista:
vinculado a los medios conservadores, extremeñistas y
católicos de la región, dirige revistas como
Extremadura cristiana que además funda
o en 1912, Noticiero extremeño. Desde 1928
dirigió el diario Extremadura en Cáceres, que
abandona en 1938 (con la desazón de la Guerra Civil); también
colaboró profusamente en el diario Hoy.
Si bien la figura de Reyes Huertas supera la dimensión de escritor de ficción, y debe ser entendido como un activista cultural del entorno conservador, nos interesa fundamentalmente como prosista literario: publicó quince novelas y multitud cientos- de estampas, narraciones breves para la prensa. Como su obra se dilata en el tiempo, se suelen distinguir dos etapas, con el intermedio de los años que rodean la caída del régimen de Alfonso XIII, la República y la Guerra Civil (1928-42), años en los que se entrega a la escritura de prensa, mucho más militante:
Como voy abstraído en esto no me doy cuenta de que está junto
a mí el guarda de lo que fue Sindicato.
-¿Adónde va usté? -me pregunta.
-¿Adónde voy a ir? A mi casa.
-¿A su casa?... Vuélvase para atrás. Nadie está
allí. ¿No lo sabe usted?
[
]
-Vinieron anoche y asaltaron los huelguistas la casa. Mataron las mulas y las
vacas, destrozaron bastantes árboles y la familia tuvo que huir a la
ciudad como han huido todos los que moraban en sus cortijos. ¿Pero no
ha visto usted lo solos que están los campos?....
[
]
Una elegía parece levantarse de la tierra toda para decirme que he perdido
la poesía y el miajón de la vida. Me uniré al fin a los
míos. ¿Pero cómo? ¿Cómo será la vida
sin este campo y hogar? ¿Y cómo será este campo sin la
compañía de nuestro corazón? ¿Quién la amará
como nosotros? ¿Quién interpretará como nosotros sus pulsos
y sus latidos? La tierra misma tiene su alma amorosa o esquiva al mimo familiar
y al despego de los extraños.
Y al volver la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas, parece como si
la casa, los árboles, los caminos, la campiña entera saliesen
a decirme adiós con un dolor que no tiene nombre ni consuelo....
Sin campo ni hogar (1933).Estampas Campesinas extremeñas,
p. 88
En realidad, no
hay apenas diferencia entre estas etapas, salvo que la primera parece
más fresca no acostumbra a ser la innovación una
cualidad de las obras regionalistas.
Las novelas de
Reyes Huertas combinan, como es propio de los narradores
conservadores y regionalistas, la descripción idealizada de
las costumbres, que aparecen asediadas por el acoso de ideas y
costumbres perniciosas... junto a tramas amorosas simples y, a veces,
infantiles. Esto ocurre en Los humildes senderos
(1920) y La ciénaga (1921), cuyo título
describe el tema, la situación de explotación del campo
extremeño inquietudes que resuelve con condescendiente
paternalismo, que será una de sus principales
preocupaciones en las estampas: preocupación social muy
frecuente en los autores regionalistas, casi siempre resuelta con
facilidad providencialista. Las novelas siguientes, Agua de
turbión (1924) o Fuente serena (1925),
tienen estructuras muy sencillas, casi de collar de escenas
unidas por una trama amorosa. Agua de Turbión, por
ejemplo, presenta en una imaginada y ennoblecida población
extremeña (Alcores del Prior) a un joven madrileño que
se debate entre dos mujeres que lo atraen: la sensualidad frente a la
sencillez de quien aparece casi como símbolo de la tierra y
sus costumbres.
La constante de la literatura regional extremeña, la nostalgia de la vida perdida, subyace en todas las narraciones:
En el azul diáfano de los días serenos destaca su perfil pacífico
la torre de la iglesia de la aldea. Es una aldea como todas las aldeas... Llevan
a ella caminos solitarios, por entre heredades toscamente muradas con cantos
de granito...
La aldea duerme, año tras año, el reposo continuado de su estancamiento.
La vida moderna, que ha llevado a otras partes ferrocarriles y fábricas,
resoplidos de vapor y actividad mercantil, la quedó rezagada un siglo
atrás, y la aldea está inmóvil, petrificada en su pobre
iglesia, en el antiguo palacio que se levanta al lado y en las pardas casuchas
que mutuamente se apuntalan y apoyan, defendiendo su común debilidad.
Los ancianos toman el sol en los días de invierno sobre las gradas de
piedra de la derruida cruz. Añoran tiempos de un buen pasado: cuando
jugaban a la palanca en las eras durante las Pascuas y corrían gallos
en la Candelaria. Parecen aspirar aún el perfume de los domingos de otoño,
cuando al reunirse en la plaza lucían los trajes, guardados entes entre
membrillos en los arcones de roble...
Hablan los viejos de un noble y rancio vivir español. Evocan la perspectiva
de la mies en los días de Junio, los rubios montones de las eras bajo
el sol de Agosto y el collar de oro del trigo, aventado por las palas primero
y desgranado después sobre los surcos abiertos.
La aldea parecía entonces más alegre, más dulce, más
sencilla, más aldea. La holgura se derramaba como una bendición
de Dios sobre los firmes hogares. Había pan de trigo molido en la aceña
y vino espumoso en los jarros pintados de Talavera. Manos de abuela hilaban
el lino y lo urdían en el propio telar, y la lana merina calentaba más,
cardada por ellas mismas y torcida en la rueca de castaño que se heredaba
de madres a hijas, como una noble tradición. Y en las noches de invierno,
mientras aullaba el lobo y el huracán relinchaba el las chimeneas, junto
al tronco de encina hervía en todo hogar la olla de carnero, abundante
y sabrosa, para la cena.
He ahí el castizo y austero vivir español que tuvieron nuestros
antepasados... Hoy los ancianos saben que hay una palabra llamada progreso y
que éste apareció un día por la aldea en figura de agente
desamortizador. Y aquellas dehesas del concejo donde tenían la mies,
donde desplegaban el abanico de oro del trigo y hendían con el hacha
el tronco de la encina, donde pacían el propio merino y la vaca familiar
y un régimen comunal hacía de la aldea un símbolo des patriarcado,
estas dehesas donde todos hallaban salud, abundancia, trabajo y bienestar, las
arrancó el progreso de las manos de todos juntos y las depositó
en las de uno solo que constriñó la austera e hidalga vida el
recinto de las ya míseros hogares y a los límites de las heredades
muradas con toscos cantos de granito...
Vive así hoy la aldea la vida raquítica y pobre de su desgracia,
de su abandono y de su vencimiento. Ni alientos tiene para llorar su incurable
mal, su heroica esclavitud de trabajo rudo que labra paciente las tierras, implora
los arrendamientos, paga los tributos al Fisco y mira al cielo, como esperando
de arriba la redención.
Nada turba el sosiego de muerte de la aldea... Sólo de vez en cuando
pasa por allí una banda de titiriteros, que al día siguiente desaparecen,
sin decir adónde van, o el aire triste de una leyenda sentimental, como
esta que vamos a referir, y que queda en la memoria de los viejos y en el corazón
desgarrado de alguna mujer...
Los humildes senderos, p. 11-13 (Introducción)
Así, no es
difícil encontrar entre los personajes de sus novelas la
visión melancólica que achaca la decadencia actual de
las tierras extremeñas al olvido de sus costumbres, a los
vicios foráneos que han sometido el carácter
del pueblo (simbolizado por alguno de los recios personajes que
enderezarán a los otros protagonistas). Esto es lo que
ocurre en la novela más celebrada de Reyes Huertas, La
sangre de la raza (1919).
La sangre de la raza es la novela más recordada de Antonio Reyes Huertas -de la que se sentía especialmente orgulloso, sobre todo por su celebridad-, en la que siguiendo un modelo de mucho éxito entre los narradores regionalistas -pensamos en Pereda y Peñas Arriba-, el de un joven de ciudad que llega a regañadientes a cualquier aldea, pasa de la desconfianza a la sorpresa y de ésta, a la confusión y final aceptación de todo el mundo rústico, amores de campiña incluidos. César Medina pasará de la obligada estancia en Torrealta -puesto que es su último recurso económico- a sentirse integrante, privilegiado integrante, de la vida rural tal como se concibe desde el regionalismo literario, opaca a cualquier innovación social, pero también opuesta al modelo de terrateniente absentista y explotador. Esta transformación, eje de la novela, es paralela al conocimiento de Dolores, arquetipo de la mujer del regionalismo, cuyo amor acaba por redimir al ya reformado César:
Iremos derechos a La Millona, César. Nada de lo que veamos por ahí
será tan hermoso como esta tierra nuestra, allá en los días
de otoño, que son la delicia de Extremadura. Ya lo has visto: los campos
verdes y llenos de flores. Las esquilas de los rebaños nos sonarán
a égloga, a armonía, a paz... Tenemos en nuestra tierra el campo
fecundo, el cielo diáfano, el sol tibio entonces y suave, y las noches
de luna plácidas y transparentes...
Medina, conmovido, expresó a Dolores su agradecimiento. No se había
atrevido él a suplicarle aquello que ella misma le decía, porque
le pareció que iba a exigirle un sacrificio. Pero ¡oh! ¡aquello
era lo que palpitaba en su alma! El concebía la vida feliz al lado de
Dolores y rodeado de los suyos. Poder así sentarse a tomar café
en el jardín, ir a las majadas, cuidar el establo, segar la hierba, ordeñar
a la Carrilona, acariciar a los chotos, entrar en la iglesia de La Cancha, oír
por las noches, mientras se dormía, aquellos romances lejanos, tan dulces,
tan melancólicos, tan ingenuos...
La
sangre de la raza presenta un paisaje real, pero idealizado para
que el punto exacto de rusticidad no rompa la magia que rodea el universo imaginario
del autor, su recreación de la realidad; la exaltación de lo extremeño
estalla de puro contento:
¡Extremadura! ¡Qué épica, qué heroica se le
presentaba entonces a Medina esta región! Sufrida, noble, laboriosa e
hidalga, ella parecía ser la mandataria de las otras regiones en las
grandes empresas peninsulares. No satisfecha con escribir ella sola la historia
del Nuevo Mundo, ella asiste a todas las catástrofes y todas las venturas
de la patria y en todas las palpitaciones de esta alma nacional, cada latido
lleva un eco de Extremadura. Ella nutría de capitanes los tercios de
Flandes, las compañías de Italia, la expediciones de África;
y cuando llega aquella convulsión patriótica por la santa y viril
independencia, Extremadura se desangraba en Medellín, recobraba su vigor
en Talavera, se enardecía en Cantagallos, cantaba triunfal en la Albuera,
y ahora en la paz cuando, perdido el emporio colonial, ni la desgracia lograba
empañar el sol de nuestra grandeza, mientras la patria descansaba como
rendida, vieja, pero no agotada, Extremadura entera reposaba también
al sol, mostrando sus entrañas para dar oro de sus mieses y para que
en otras regiones innumerables fábricas, en una actividad laboriosa y
patriótica, enorgullecieran a España tejiendo las blancas y finísimas
guedejas de sus vellones merinos...
Medina, enardecido por estos pensamientos, no pudo contener su entusiasmo y
gritó desde el pico más alto del monte:
¡Viva España! ¡Viva Extremadura!
Este ambiente de felicidad, de dicha radiante está salpicado por el polvo de la realidad, la preocupación social que Reyes Huertas introduce con frecuencia:
¿Qué quería? ¿Que le peláramos esas
ovejas, pa ajorrarse asina un jornal, o dos? Porque ¿qué iba uno
a pedir por una oveja que le tocara? Asina, que traiga mañana a dos hombres
y le cuesten los cuartos...
Sonaban sus voces y sus risotadas entre las encinas. Alguno de ellos iba hablando
luego de república, de socialismo, de igualdad, porque con estas palabras
se percibían los vítores de entusiasmo. Luego, montando en la
barca, mientras cruzaban el río, todos a coro entonaron el himno de la
Internacional, grito de odio y de venganza, que turbaba el sosiego de los campos
en el silencio del anochecer.
Sus acentos llegaban rencorosos a los oídos de Medina, y pensó,
cómo muchas veces los buenos deseos se reprimen en los corazones, cuando
la mala voluntad ha de recibirlos. Obrar así el bien era arrojar la semilla
al páramo pedregoso y estéril.
Siguiendo así, no sabía Medina adónde iba a llegar aquello.
Encendida la hoguera de los odios, todo se teñía de un resplandor
siniestro de sangrientas llamaradas. ¿Qué diría el boticario
de esto?
Pensaba Medina que él había contratado a aquellos hombres para
que le prestaran un servicio. La parte del contrato que a él le tocaba
cumplídola había escrupulosamente: lo que ajustaron de jornal
les dio. Pero ellos se habían contratado para esquilar, y esto es lo
que no habían hecho, pues le cortaban las ovejas, le estropeaban la lana,
todo era hacer paradas para hablar, para beber, para liar cigarros y afilar
las tijeras.
Aquí, los protagonistas, César y Dolores, harán honor de esa raza a la que pertenecen, raza extremeña de genética literaria, resumen de la identidad extremeña que un coro de personajes de mayor o menor rango veneran y recuerdan:
Otro día vino Frasco a consultar a Medina:
Digo, señorito, que si nos da la su licencia, podemos casar este
verano a los mozos, pos como el señorito fue tan güeno que dobló
el jomal a Bastián, como a tóos, pos dice el muchacho que ya es
razón, al cabo de tres años de noviasco, y no va descaminao. Una
enfermedá nos cuesta desprendernos de la nuestra hija, pero ¿qué
vamos a hacer? Asina está el mundo dispuesto y no hayle otro remedio.
De modo, señorito, que si da el su consentimiento, usté dirá
cuándo se hace el pitorio.
Pues cuando tú quieras, Frasco. En eso eres tú el que manda.
Pos entonces, vista la su conformidá, pué ser el domingo,
que anda la gente sin ocupación. Los papeles hace tiempo que los tienen
arreglaos y las proclamas dichas están dende el año pasao que
iban a casarse, pero como no pudo ser por el mal año...
Medina prometió asistir y apadrinarlos. Tenía él también
curiosidad de conocer elpitorio, la vieja costumbre extremeña
de que le hablaba su abuela con entusiasmo.
Si
hay un tema que progresivamente gana terreno en la imaginación narrativa
de Reyes Huertas es la antítesis espacial y moral campo-ciudad, un asunto
clásico que el regionalismo extremeño llevó a sus últimos
extremos; en novelas como Blasón de almas (1926), La Colorina
(1928) o en la segunda etapa, con Lo que la arena grabó (1942),
Luces de cristal (1943), La llama colorada (1944)
y Myrta (1946): se esencializa la visión de la tierra, que acabará
siendo la esencia patriótica como lo era en Gabriel y Galán,
como lo será para Chamizo. Lo que en la lírica
adquiere un tono épico, en la novela se vuelve tesis reiterada; Myrta
narra desde este punto de vista una metamorfosis novelesca, casi milagrosa,
de señorito a labriego justo, al hilo de una trama de virtuoso folletín.
Las estampas, como textos breves, son a la vez repetitivas y expresivas, y reúnen mejor la intención de relacionar un paisaje con una figura o un acontecimiento: consigue crear, brevemente, el perfil de una personalidad a la vez que traza el paisaje, el contexto. Alternando la narración en castellano con diálogos en habla, ofrece personalidades como las típicas del regionalismo, atormentadas por el sufrimiento o las circunstancias y sumisas, casi felices de esa vida que es una inversión de nuestra idea de felicidad. Aunque los referentes geográficos quieran ser precisos, se desdibujan con facilidad; crea comarcas de campesinos y pastores de melancólica imaginación:
Relata entonces Donato el calvario de una vida mísera, vinculada a lo
que parece la antinomia del trabajador. Paros forzosos en los pueblos. Brazos
inactivos, un suelo duro y esquivo a las caricias del humano afán. Una
agricultura pobre, rudimentaria, pendiente del azar, de las nubes, de la langosta
y de la sequía. El jornalero inquietado por la angustia de la ocupación.
Las obras públicas suspendidas, la industria de la ciudad despidiendo
brazos. Una odisea triste de pueblo en pueblo y sin saber hacer otra cosa que
cavar y desterronar y limitados oficios manuales. ¿Qué hacer?
Cualquier cosa menos estar parados. Buscar una tierra, dar lo que pidan por
ella de arriendo y sembrar, sembrar que es el azar más amoroso del campesino,
aunque se sepa que a veces todo el sudor va a ser ingrato y todo el esfuerzo
improductivo.
La elegía del pan (1931) Estampas campesinas extremeñas,
p. 72
Reyes Huertas asume, dentro de los autores regionalistas, el destino didáctico de quien instruye deleitando; su novela, atada a la necesidad de ofrecer modelos morales claros, carece de la espontaneidad de sentimientos y acciones que hoy valoramos; preciosista en una expresión retórica, es paralela pero ignora la renovación estética que en su universo imaginario va unida a la depravación de fuera, de la ciudad, de otra patria:
-Son alcornoques -respondí, casi hermanos de la encina que es nuestro
árbol sagrado. Son nuestro orgullo, nuestra riqueza y nuestro porvenir.
Los árboles de América, aún los árboles nobles,
como la caoba y el cedro, no tienen la tradición ni el empaque heráldico
de estos dos árboles nuestros que son como el símbolo de nuestra
raza...
Los árboles de Hernán Cortés (1933).Estampas
Campesinas extremeñas, p. 115
L.S.D.