Francisco Valdés Nicolau.
Don
Benito, 1892-1936
Valdés
constituye un caso único, trágicamente contradictorio, en el panorama
del regionalismo extremeño. Es, sin duda, el mejor prosista, pero además
es el único que en su desesperación tiene una visión clara
de la falta de horizonte de la escuela elegida el regionalismo extremeño,
la única que sabe o puede relacionar con su propia opción política.
Nacido en Don
Benito (Badajoz) en 1892, muere en 1936, víctima de la Guerra
Civil, en el mismo lugar. Aficionado a la literatura desde la niñez,
cursa estudios universitarios en Madrid, y allí conoce y
participa de un ambiente literario que, si bien tiene el sustrato de
modernistas y autores del 98, ya está plenamente inmerso en
las innovaciones de novecentistas y vanguardistas: esta atmósfera
estética le fascina. Sin embargo regresa a Don Benito en 1929,
y pese a sus esfuerzos, progresivamente su trayectoria intelectual se
aleja del mundo innovador y abierto que para nosotros representa
simbólicamente el grupo poético del 27; al contrario,
su literatura se volverá rabiosamente melancólica,
dentro de la tradición temática del regionalismo
extremeño, tanto en la ficción como en la prensa.
La obra de Valdés, fundamentalmente textos de
carácter ensayístico (muy en la línea de la reflexión
literaria del novecentismo, de dOrs, por ejemplo), se recoge en obras
como Resonancias, de 1931, o Letras (notas de un lector), de 1933.
En ambos casos, como en Vida y letras, recopilación de textos
muy posterior (1980), se trata de la expresión de un lector, penetrante
y que se permite una elegante dubitación a la hora de elegir sus objetivos
estéticos.
Sin
embargo, el Valdés que nos interesa es, sobre todo, el diametralmente
opuesto a esta experiencia cosmopolita, será el autor de las Ocho
estampas extremeñas con su marco, publicadas en 1932, con
una edición anterior, de 1924 (Cuatro estampas extremeñas con
su marco). Las estampas género cultivado también
por otro regionalista, Reyes Huertas son una colección
de narraciones de deliberado estatismo, a veces simples cadenas de impresiones
incluso buscando ese impresionismo pictórico ensayado por
autores como Gabriel Miró que participan de la más amarga
nostalgia consagrada por los fundadores del regionalismo, autores que, como
en el caso de Gabriel y Galán, admiraba profundamente
Valdés. En cada estampa se plantea el desgarro que la visión del
presente extremeño produce en Valdés, desgarro que le llevará
a tener una expresión agresiva y desesperanzada: en este punto el excelente
prosista se acerca a posturas de un extremismo conservador absoluto, que se
duele de la realidad y se entrega a la nostalgia de la identidad extremeña:
Es el hombre extremeño jayán y gañanero. Nadie más
que él puede encarnar la vieja raza, amiga del sol y enemiga del sarraceno.
En los hombres de su cuño están vívidas la integridad,
la honradez, el trabajo, el amor. Ellos son los que labran la tierra y la hacen
producir el grano bendito que colma las trojes de donde mana el pan nuestro
de cada día.
Son ellos los pilares de la vida. Son ellos los viejos robles de la raza. Son
ellos los que llegan a querer con todo el empuje de su corazón a la tierra
madre. Y si algún cacho de su querer quedó libre de esta esclavitud
amorosa, le dedicaron a una hembra, a unos retoños de su carne, a una
vieja y pobre imagen que se venera en la ermita de su pueblo.
Ocho estampas extremeñas con su marco,
Jayán y gañanero, p. 63
La vinculación a la tierra, rota, despierta un sentimiento trágico de la misma, de algún modo Valdés retoma la tradición melancólica para descubrir que detrás de la nostalgia no puede haber nada:
Aquí he vivido yo. Me he criado entre mis retamas, que antes fueron de
mi padre, y antes de mi abuelo, y antes de mi bisabuelo. Salvo una temporada,
pasada baldíamente en la Universidad madrileña, mi vida estuvo
adscrita a este retamal con sus viejas encinas. Era mi fiel consuelo y la flor
de mi existencia. Mi trato con la vida mundana me dañó el cuerpo
y el espíritu. Iba logrando sanarlos al contacto del abierto paisaje
de la recia Extremadura; en este rincón del mundo que mis antepasados
lograron infundirle su aliento con sus dignos deseos y sus obras de rectitud:
el buen consejo atinado, la ayuda consoladora, la censura estricta cuando era
necesaria, el respeto y la consideración mutuas. Que no llegara a abrir
sus fauces el hambre en derredor.
[
] No es la brasa del volcán quien ha destruido mis retamas, como
esas del canto leopardino. Ha sido la lava del volcán de la codicia humana.
El brazo destructor al servicio de la intención malvada. Llegaron de
las villas inmediatas. Entre ellas, Magacela. En ese desborde incontenido de
feroces cuadrillas insaciables, en pocos días, me arrasaron el retamal
magnífico: orgullo comarcano, delicia de la vista, consuelo de mi vida.
Juntas de hombres se llegaron a él, acometiéndole con las manos,
con las hachas, con los picos, con los zachos. Quedó rasa y desnuda la
tierra que le mantenía. No parecía la misma. Quedaron como testigos
de la afrenta las viejas encinas, las charcas bruñidas de azul rizado,
los aguardos de la perdiz, la roja piedra guijeña. Quedó como
campo de abandono y desolación lo que antes fuera alegría y abalorio
de feria campesina.
Ocho estampas extremeñas con su marco. Las retamas. p.
82, 86
El Marco, brevísima descripción en la que late el espíritu que explica la melancolía desesperada de todo el libro, es un texto incoherente y estremecedor, que resume el final de una época:
Un pueblo extremeño: la terrosa iglesia con su desmochado torreón,
rodeada de unas casas de adobes, con unos tejados verdirrojos. Caminos polvorientos
en estío y encharcados en la invernada. Monotonía, fanatismo y
lujuria. Un casinillo, donde los ricachos parlan de barraganas y escopetas y
se juegan los dineros heredados. En cada barriada, varias tabernas. El maestro
de escuela sale de caza. Las jóvenes distinguidas confiesan semanalmente
y estiman impúdico bañarse. Reacción, caciquismo e intolerancia.
Los chicuelos, sucios y desarrapados, vagan por los ejidos, matando pájaros
y desgajando los escasos árboles. Un abogadillo, desde el Juzgado municipal,
administra justicia conforme a sus pasioncejas y ruindades. En una sórdida
rinconada, un prostíbulo, donde los mozos rijosos pescan las enfermedades
repugnantes y comienzan a odiar el trabajo. Todos los años mueren varias
personas de paludismo y viruela. Emigración, infanticidios y hambre.
Mendigos y truhanes toman el sol del invierno en el pórtico de la parroquia.
Por las calles, sin acerado y desempedradas, husmean los canes y gruñen
los cerdos. Odios y envidias seculares entre las familias abolengas. En un centro
obrero se reniega de Dios y se habla del reparto de tierras. Hipocresía
y estatismo. De vez en vez un crimen feroz y espeluznante.
Y por encima de todo este fango social, la fecundidad de las entrañas
arcillosas del contorno, unos paisajes fuertes, recios, magníficos, y
un sentimiento hondo del bien en los corazones de los castúos afanantes
del terruño.
Ocho estampas extremeñas con su marco. p. 121.
La figura de
Valdés debe entenderse en un contexto complejo, de vicisitudes
políticas y culturales complicadas, como fueron los años
veinte y treinta: todavía, cuando leemos a Valdés, no
podemos dejar de recordar la trayectoria de los autores que caen en
la trampa del totalitarismo por simple indignación. La pureza
intelectual que inspira su reacción a los movimientos sociales
que acompañan al espíritu de la época, explícita
en el Marco, serán acaso la respuesta inevitable de un autor
que se sentía ajeno a su tiempo y con dolor a su
lugar.
L.S.D.