Humanismo
El
Renacimiento supuso un cambio radical, prácticamente
en todos los órdenes de la vida, con respecto a la época medieval.
Asistimos, en efecto, a lo largo de los siglos XV y XVI a profundas transformaciones
de orden político, social, económico, artístico e, incluso,
geográfico, debido a los descubrimientos de territorios hasta entonces
desconocidos, fundamentalmente en lo que hoy conocemos como América.
Pero, sin duda, el
aspecto clave del Renacimiento es la cultura y la ideología
que lo sustenta. Surge ahora una nueva forma de entender la vida
que conocemos con el nombre de humanismo. Con el término
de humanista se designa al estudioso formado en la cultura clásica
redescubierta en los últimos siglos de la Edad Media y muy
deformada a lo largo de ésta. Los textos griegos y latinos que
paulatinamente van saliendo a la luz permiten leer a los clásicos
desde una perspectiva nueva: centrándose en lo humano
(humanismo). Por eso, lo importante, en realidad, no son los
conocimientos clásicos en sí mismos, sino la captación
a través de ellos del espíritu de un hombre nuevo,
liberado de la ignorancia medieval, centro del mundo, amante de la
belleza, intelectualmente cultivado, orgulloso de su razón,
etc.
Como
dice Juan Luis Alborg, se viene
aludiendo a la admiración por la Antigüedad clásica como
principal motivo determinante de lagran revolución cultural que provoca
el paso de la Edad media a la Moderna. Pero debe entenderse que este volver
a la cultura antigua, este renacer de aquel mundo pretérito,
no se limita a la admiración por unas determinadas formas de arte, por
unas bellezas literarias que se estimaban superiores (por muy importante que
pueda ser este estímulo), sino que tiene un alcance de mucha mayor profundidad;
de no ser así, no podría imaginarse una transformación
tan radical de todo el cuerpo de Europa. Lo que el hombre del Renacimiento busca
en el antiguo es un nuevo concepto de la vida, una distinta estimación
del hombre que le hace contemplarse a sí mismo de acuerdo con una nueva
escala de valores. En efecto, los hombres y mujeres del Renacimiento
no se limitaron a resucitar el pasado sino que trataron de construir un mundo
nuevo en todos los órdenes de la vida.
Sí es cierto, sin embargo, que la mirada hacia atrás, hacia la antigüedad clásica, por parte de los humanistas, fue el germen que posibilitó esa amplia transformación ideológica que se da en los siglos XV y XVI. Así lo expresaba en 1440 el humanista italiano Lorenzo Valla:
Desde hace siglos no sólo nadie habla ya latín, sino que ni siquiera
lo entiende al leerlo. Los estudiosos de la Filosofía no entienden a
los filósofos, los abogados no entienden a los oradores, los jueces a
los juristas y los restantes no entienden ni han entendido los libros antiguos,
como si una vez perdido el Imperio Romano no nos conviniera ni hablar ni entender
el latín, dejando que el moho y la herrumbre borre aquella gloria de
la latinidad
Pero de cualquier forma, lo mismo que el tiempo pasado fue
triste porque no se encontró en él ningún hombre sabio,
de igual manera en esta nuestra época debemos congratularnos, porque
si nos esforzamos un poco, confío que pronto restauraremos, más
que la ciudad, la lengua de Roma y en ella todas las disciplinas.
Se
considera a Francesco Petrarca (1304-1374) como el primer gran representante
del humanismo italiano y a la vez la figura que, probablemente, más influencia
tuvo a la hora de difundir los ideales humanistas. Pero a su nombre habría
que unir el de otros grandes escritores o estudiosos como Giovanni Boccaccio
(1313-1375), Marsilio Ficino (1433-1499), Pico Della Mirandola (1463-1494) o
Jacopo Sannazzaro (1456-1530). Desde Italia, el movimiento humanista se extendió
por toda Europa en un proceso que llega hasta el siglo XVI: las Universidades
crean los Estudios de Humanidades, y la imprenta contribuye a divulgar
la nueva forma de pensar a través de los escritos de los humanistas,
poetas, filólogos, etc.
Se configura durante el Renacimiento una nueva relación entre los tres elementos claves sobre los que se sustentaba la cosmovisión de la época: el mundo, el ser humano y Dios. Recordemos brevemente la idea medieval sobre estos conceptos: Dios Todopoderoso crea al hombre pecador y lo pone en un valle de lágrimas para que consiga su salvación. La muerte será, simplemente, un trámite, un paso a la otra vida. El Renacimiento modifica las relaciones entre estos tres elementos: Dios es un ser accesible y cercano que crea al hombre y a la mujer como seres supremos de la Creación. Ésta es buena, y el hombre debe dominarla y gozar de ella. La vida, y no la muerte, es el dato principal, y el ser humano es el centro de lo creado y, por lo tanto, el objeto fundamental de estudio del sabio humanista. Observemos, a este respecto, cómo en las artes plásticas aparece la figura humana, con mucha frecuencia desnuda, en todo su esplendor. En definitiva, hay una revalorización de la dignidad del hombre y de los valores humanos. El Renacimiento impone una visión antropocéntrica, frente al teocentrismo de la Edad Media:
El hombre está en el centro de todo lo que acontece. Cuando todo hubo
sido creado, y el mundo estaba completo, emergió el hombre, y Dios le
dijo: "No te he fijado lugar alguno, ni tarea, ni plan, de manera que puedas
emprender cualquier empresa y ocupar el lugar que desees. Todo lo demás
que existe estará sometido a las leyes que ordené. Tú serás
el único en determinar lo que eres.
Pico de la Mirandola
Íntimamente
relacionado con lo dicho está la confianza en el poder de la razón
humana. El hombre y la mujer pueden ser el centro de la creación
gracias a su capacidad racional. Frente al criterio de autoridad, surge ahora
el sentido crítico que pone en tela de juicio muchos de los principios
considerados inamovibles hasta el momento. Lógicamente este aspecto está
profundamente relacionado con el individualismo característico del hombre
renacentista.
Se originan muchos abusos en el mundo, o, por decirlo de una manera más
atrevida, todos los abusos del mundo se originan porque se nos enseña
a temer manifestar abiertamente nuestra ignorancia y nos vemos obligados a aceptar
todo lo que no podemos refutar. Hablamos de todas las cosas por criterio de
autoridad... Odio lo verosímil cuando me lo plantean como infalible.
Me gustan estas palabras que ablandan y moderan la temeridad de nuestros juicios:
quizá, alguno, se dice, creo.
Montaigne
Por
otro lado, la nueva visión de la relación Dios-ser humano impone
una profunda transformación del sentimiento y de la práctica religiosa.
Muchos humanistas, como Erasmo de Rotterdam (1469-1536)
-sin salirse de la ortodoxia católica- mantuvieron actitudes fuertemente
críticas hacia la Iglesia oficial: se oponían al criterio de autoridad
sin más; criticaban abiertamente el lujo y la riqueza a todas luces excesivas
de la Iglesia así como la falta de auténtica religiosidad en el
Papa y en el resto de la jerarquía católica; pero, sobre todo,
pensaban que la fe era algo íntimo y personal, que se desarrolla en la
esfera más honda del ser humano, de aquí que buscaran formas de
religiosidad que les permitieran una comunicación más directa
y personal con Dios.
No pienses tú luego que está la caridad en venir muy continuo
a la iglesia, en hincar las rodillas delante de las imágenes de los Santos,
en encender ante ellos muchas candelas, ni recitar las oraciones muy bien contadas.
No digo que sea malo esto, mas digo que no tiene Dios tanta necesidad de estas
cosas. ¿Sabes qué llama San Pablo caridad?: Edificar al prójimo
con buena vida y ejemplo, con obras de caridad y con palabras de santa doctrina,
tener a todos por miembros de un mismo cuerpo, pensar que todos somos una misma
cosa.
Erasmo de Rotterdam
Todas estas ideas
tuvieron una fuerte influencia en Europa y en España, en
concreto durante el reinado de Carlos I. A la muerte de éste,
su hijo Felipe II y la Inquisición
perseguirán duramente estas actitudes religiosas por
considerarlas próximas a las creencias luteranas.
Precisamente, la Familia Charitatis, secta a la que se adhirió
el humanista extremeño Arias Montano,
participaba de muchas de estas ideas, aunque su posición con
respecto a la Iglesia Católica es mucho más discutible.
En
realidad, si se leen con atención las líneas precedentes se observará
que la mayoría de los aspectos comentados tienen un común denominador:
un fuerte individualismo. La experiencia individual se convierte en la autoridad
suprema. Esto explica la búsqueda de una piedad íntima y personal,
el rechazo frontal del criterio de autoridad, el libre examen de la Biblia luterano,
etc.
De los grandes
filósofos de la antigüedad clásica, Platón
y Aristóteles, el Renacimiento eligió al primero sin
ninguna duda. Surge así una corriente de pensamiento, conocida
con el nombre de neoplatonismo, que influyó poderosamente en
todo el movimiento renacentista. La belleza de los seres materiales
es sólo un reflejo de la belleza de Dios, por lo cual, la
contemplación de aquellos puede conducirnos a la divinidad.
Muy específicamente, en la mujer, en la naturaleza y en el
arte el Creador ha dejado su huella de modo sutil y al ser humano
compete descubrir esa belleza oculta que produce la elevación
del espíritu y lo conduce hasta la perfección. De este
modo de pensar surgen los procesos de idealización que operan
sobre la naturaleza o sobre el aspecto externo de la mujer y que tan
claros son en la literatura renacentista, por ejemplo, a través
del tópico del locus amoenus y del tópico de la
belleza femenina. Precisamente por su capacidad de crear belleza y
por lo tanto de elevar el espíritu del ser humano y de
acercarlo a Dios, algunos de los artistas del Renacimiento recibieron
el calificativo de divinos:
Francisco de Aldana, Fernando de
Herrera, el músico ciego Salinas, el pintor Morales
Aparte de los humanistas ya señalados a lo largo del artículo, tenemos que citar en España al extremeño Francisco Sánchez de Las Brozas y a Juan Luis Vives. En Inglaterra fue decisiva la figura de Tomas Moro, autor de la célebre Utopía.